En busca de la masculinidad con Homero, Austen, Tolkien y otros

Nueva entrada del maravilloso blog de Miguel Sanmartín

http://delibrospadresehijos.blogspot.com.es/

Pueden enlazarlo también en nuestra sección “que nazcan en el asombro”

                 El caballero en la encrucijada. Óleo de Viktor M. Vasnetsov (1848-1926).

 

 

«Estando ya cerca los días de su muerte, dio David a su hijo Salomón estas órdenes: Yo me voy por el camino de todos los mortales; muéstrate fuerte y sé hombre».

Reyes III, 2,2.

«Velad, estad firmes en la fe, esforzaos y portaos varonilmente».

1 Co., 16, 13.

 

 

En el tema de hoy no voy a descender a profundidades metafísicas, ni siquiera culturales o sociales. Me propongo constatar brevemente algo que todos ustedes viven cada día ¿Qué pasa con los hombres? La respuesta es de sobra conocida: se les persigue, se les acosa y parece que hay una intención “social” de exterminarlos ––incluso por parte de muchos de esos hombres––. Y ante eso nuestros jóvenes crecen desorientados. Unos y otros, chicos y chicas, se muestran desconcertados ante ese impulso social suicida. Si a los chicos no se les deja ser masculinos ¿qué pueden ser entonces?

Pero comencemos por el principio. Todo tiene su origen en una mentira. Es el procedimiento habitual del Malo. Así, desde las instancias de opinión y los distintos “ministerios de la verdad”, se denuncia la existencia secular e inmemorial de una peculiar y dañina mística de la masculinidad que englobaría dentro sí intolerables manifestaciones de violencia, racismo y xenofobia, que promovería una una cierta actitud de arrogancia y superioridad, y que ha venido perviviendo como el ideal de lo que debería ser todo hombre que se precie.

Sin embargo, no hace falta ser un erudito, haber leído y releído LaRama Dorada(1890)de James G. Frazer,o tener una licenciatura en antropología, para saber que nada de esto es la masculinidad. Sin duda un hombre debe ser masculino, este es su telos, su destino, su propósito vital. No puede ni debe ser otra cosa. Pero esa masculinidad, esa virilidad que caracteriza la condición de hombre, la vieja virde los romanos, no es nada de lo que trata de imputársele falsamente: no es bravuconería, abuso, violencia, conquista y dominio. Estas no son sino desviaciones, faltas y perversiones de aquello que debe ser un hombre, de lo que de verdad significa la masculinidad. Y sobre lo que ella es y dónde podemos encontrarla en este nuestro mundo, para ofrecérsela a nuestros desconcertados hijos, va esta entrada (y quizá otras).

Vivimos en un mundo que solo ofrece a los jóvenes dos modelos de hombre: aquel que representa lo que falsamente atribuyen los corifeos sociales a la virtud masculina y que, como acabo de referir, no es más que su perversión, y aquel que, por reacción, borra en él todo vestigio de masculinidad. Unos por exceso y otros por defecto, abandona ambos el concepto de ser hombre, de ser viriles y masculinos.

Así, tenemos a un hombre que solo busca el poder y el dominio (a través del dinero o de una carrera política o laboral que le dé potestas,o por medio del abuso de su superior fuerza física y de la violencia, o haciendo mal uso de su inteligencia y encanto) y que por el camino de su existencia va dando muestras de miseria moral y falta de grandeza, pues usa esa fuerza y ese poder para someter a otros en su propio beneficio. El hombre se vuelve bestia, pierde su condición social y solo mira hacia sí mismo. Ello da lugar a varias figuras características de nuestro tiempo (y no solo de nuestro tiempo), como el narciso,que cultiva únicamente su cuerpo de forma obsesiva (olvidándose del viejo proverbio clásico: mens sana in corpore sano), con la única intención de ser admirado o de hacer uso de esa belleza fugaz como medio de conquista y de poder, o el jefe sicópata,«líder» de hombres que en los ámbitos empresariales o corporativos o de otra índole, hace uso de los prójimos para sus fines (o los de la corporación), asfixiándolos, explotándolos y denigrándolos, en pos de su particular progreso pecuniario y de su personal escalada de poder.

En el otro extremo, encontramos al grupo (cada vez más numeroso), de aquellos que renuncian a la fuerza y a la grandeza para evitar hacer abuso de ella, sin darse cuenta que solo castran su propio destino y con ello hurtan de esa fuerza y grandeza a aquellos que las necesitarían. El hombre se vuelve así débil, femenino. Algunas de las figuras que encontramos aquí son más novedosas, pero no por ellos menos llamativas: tenemos al activista feminista, al progre de salón, al oportunista de toda la vida y al clásico pusilánime y tibio. Todos ellos, débiles y dispuestos a lo que sea (como los otros), pero en este acaso, para comulgar con ruedas de molino y prosperar a través de la renuncia a su propia naturaleza en el nuevo mundo postmoderno que parece avecinarse.

 

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