Jugando a ser dioses: Frankenstein o el moderno Prometeo

Nueva entrada del maravilloso blog de Miguel Sanmartín

http://delibrospadresehijos.blogspot.com.es/

Pueden enlazarlo también en nuestra sección “que nazcan en el asombro”

                                   Prometeo, óleo de Arnold Böcklin (1827-1901).

 

 

 

«Si el hombre llegare a fabricar un hombre, el enigma del hombre no habrá sido descifrado sino entenebrecido.»

Nicolás Gómez Dávila.

«¿Os solicité, Hacedor, tomar mi arcilla y moldearla como hombre?
¿Os imploré acaso dejar la oscuridad?»

John Milton (El Paraíso Perdido, X).

«Si los Científicos Cognitivos pueden pensarlo,
el Nano pueblo puede construirlo,
Los Biopueblos pueden implementarlo, y
El personal de TI puede monitorearlo y controlarlo».

National Science Foundation, Tecnologías convergentes para mejorar el rendimiento humano.

 

 

 

Las maquinas son, en teoría, unos artefactos originalmente serviles y obedientes que en su concepción ideal no serían sino ayudas y complementos para hacer más cómoda y fácil la vida de los hombres. Pero ya vamos sabiendo muchas cosas de estos, en apariencia, inocentes y útiles artefactos como para tragarnos tal película. Desde hace un cierto tiempo algunos sospechamos que las máquinas y la tecnología que las hace posibles encierran un misterio terrible en su interior. Y es que vienen para cambiarnos y no precisamente para bien. A pesar de ello, estúpidamente aspiramos a que puedan superarnos en aspectos para nada irrelevantes, lo que incluso parece divertirnos. Aunque no faltan voces, calificadas como siempre de apocalípticas, que postulan que pronto serán superiores a nosotros y que no nos alegraremos de que esto suceda.

¿Debemos ser desconfiados y reservados ante su creciente influencia? Es posible que no debamos dejarnos atrapar por un temor paranoico y quizá exagerado, pero creo que en este tema una cierta distancia crítica y un halo de prudencia harán más bien que mal.

Y siendo esto así, ¿nos alerta sobre ello la buena literatura?

Para encontrar algún tratamiento literario a esta inquietud tenemos que remontarnos quizá a principios del siglo XIX (ciertamente, mucho antes podemos encontrar a Talos, con el con que se toparon Jasón y sus Argonautas, pero no está claro si era un semidiós o un artefacto), donde nos encontraremos con las elucubraciones fantásticas de una novela titulada Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), escrita por una jovencita inglesa llamada Mary Shelley (Shelley, por ser la esposa del famoso poeta británico Percy B. Shelley).

Casi todo el mundo conoce a Frankenstein, sin duda más por protagonismo cinematográfico que por su pedigrí literario, pero se trata de una criatura nacida de la pluma de Mery Shelley, que tiene poco que ver con el tratamiento fílmico que lo ha popularizado en todo el mundo.

                                                   Dos recientes ediciones de la novela.

Mary Shelley tenía 18 años cuando escribió la novela. Quién lea el libro se dará cuenta de que no era una chica vulgar. Pareja del literato Shelley y amiga de otro gran poeta, Lord Byron, era la hija de los filósofos William Godwin y Mary Wollstonecraft, y eso se hace notar. Estaba impregnada de poesía y espíritu romántico y había recibido una formidable formación cultural desde una edad muy temprana. Solo así puede entenderse una obra de tal madurez y profundidad. Porque Frankenstein es una gran novela. Ahora bien, como dice Joseph Pearce, es una de las novelas del siglo XIX de mayor impacto, «pero peor entendidas y más injustamente tratadas».

Recientemente la historiadora Jill Lepore se hace una inquietante pregunta que podemos hacer nuestra: «¿Después de doscientos años, ¿estamos preparados para la verdad sobre la novela de Mary Shelley?» Yo tengo mi opinión; creo que no solo estamos preparados, sino que tal vez este es un momento muy oportuno para que el libro nos revele su verdad: una seria advertencia sobre la insensatez y la soberbia en las que puede caer el hombre, y consecuentemente, una admonición sobre su facilidad para deslizarse hacia el abismo.

Dos años después de la publicación de la novela, Percy B. Shelley escribía uno de sus más famoso poemas: Prometeo encadenado. No puede ser casualidad. Sin duda el tema del mito prometeico y sus implicaciones fueron tema de encuentro y discusión entre la pareja. Pero Mary hace un enfoque diferente al de su amante. Shelley escribe su poema basándose en la versión original del mito, la griega, que describe a un Prometeo rebelde frente a los dioses, quien, con astucia, roba el fuego del Olimpo con el fin de ayudar a la humanidad, y muestra la desinteresada motivación del personaje. Pero en el cuento de Mary, el Prometeo que nos encontramos es más bien el elaborado por la versión romana de Las Metamorfosis de Ovidio: un Prometeo que no se ocupa tanto de salvar a los seres humanos como de crearlos. Por tanto, un ser más soberbio y egoísta, representación clara del satánico «non serviam». Por otro lado, tampoco podemos olvidar ni las influencias bíblicas que hay en la obra (de las que después hablaré), ni sus antecedentes literarios (como El Paraíso Perdido de Milton, pues con unos de sus versos ––el citado en el encabezamiento de esta entrada–– se inicia la novela), así como tampoco la posible influencia del Golem, la mítica figura del folclore judío.

 

 

Para seguir leyendo:

http://delibrospadresehijos.blogspot.com/2020/01/jugando-ser-dioses-frankenstein-o-el.html

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