CRISTO REY Y LAS APOSTASÍAS POLÍTICAS Juan Fernando Segovia (I)

01-Cristo-rey

En estos tiempos de elecciones y cambios políticos en los que la conversación gira en torno a las izquierdas y las derechas, aquellos que nos consideramos católicos y queremos profundizar en la fe podemos leer sobre la doctrina social y política de la Iglesia. En ambientes personalistas o liberales católicos se ha oscurecido esta doctrina. Quizás este grupo, todavía conserve intacta la doctrina en materia de moral sexual (un amigo los llama católicos de bragueta), pero se ha extendido en gran parte de ellos estas herejías en material social y política. El artículo es largo por lo que lo voy a publicar en varias partes. Uno de los temas que he comentado muchas veces es las piruetas mentales que estas personas hacen para mantenerse en su herejía liberal.

Este artículo se publicó en la revista Verbo num 553-554 del 2017.

 

 

1.  Precisión conceptual

 

En cuestiones que atañen a los errores de la fe, el género es la infidelidad y las especies son la herejía y la apostasía, entre otras. De acuerdo a Santo Tomás (1) la infidelidad se constituye por toda doctrina que se opone a la fe verdadera ya de un modo negativo o por negación (el que no tiene fe), ya de uno positivo por oposición a la fe (sostener una doc- trina contraria o no prestar atención a la verdadera). Es un pecado del entendimiento (2), pero como éste dirige y ordena a la voluntad, fallando aquél se tuerce ésta.

En un sentido absoluto y riguroso, cuando la Iglesia habla de apostasía se refiere al abandono de la fe cristiana (3). Constituye un pecado grave contra la fe, porque rechaza la doctrina revelada; contra la religión, porque rehúsa a Dios el culto verdadero; y contra la justicia porque pisotea las promesas del cristiano.

La apostasía es un abandono total de la fe, esto es, una infidelidad positiva, interna y externa (4). Si el abandono no es total, constituiría una herejía (5), pues ésta importa una

elección que «tiene por objeto los medios orientados a un fin», como dice Santo Tomás (6), entendiéndose por «fin» la divina autoridad de Cristo, y por «medios» las verdades reveladas que son sometidas a nuestra inteligencia por la autoridad divina para su aceptación.

La herejía puede ser parcial pues, como afirma Santo Tomás, una verdad pertenece a la fe de dos modos: uno, directo y principal, como los artículos de la fe; otro, indirecto y secundario, como las cosas que conllevan la corrupción de un artículo. Sobre ambos extremos puede versar la herejía.

Así, una vez claras las cosas, en esta colaboración hablaremos en sentido lato de infidelidad y apostasía, como si fuesen sinónimos, aunque en propiedad correspondería referirse a herejías –en la mayoría de los casos a considerar.

 

(2). La enseñanza de la Quas primas

 

 

La experiencia de estudiar y enseñar a jóvenes la encíclica Quas primas de Pío XI (1925) me permitió descubrir la gran cantidad de apostasías o herejías en las que, muchas veces involuntariamente, se cae.

Algunos que por vez primera enfrentaban la cuestión, caían en un silencio propio del alma perturbada por un con cepto y una realidad que no podían digerir fácilmente. Les era más fácil acusar al profesor –e incluso al Papa– de retrógrados y preconciliares que ocuparse de estudiar la verdad. Otros me sucedió con un joven abogado del Opus Dei interesado en la Doctrina social de la Iglesia– levantaban prontamente la voz aduciendo que sería así en teología pero no en la práctica, porque en los días que corren era incon- veniente hablar de ese modo a los hombres: la libertad de religión se había impuesto y ella exigía otro tipo de diálogo y sobre otras premisas.

Finalmente, hubo en pequeño grupo que aceptó el concepto pero que renegó de él en los hechos: teniendo que manifestar públicamente la Realeza de Cristo –portando una bandera en una manifestación, por ejemplo, de grupos pro vida– lo consideraban inoportuno. Así se ve como la voluntad se ve también afectada.

Me voy a referir ahora a algunas formas conscientes de apostasía política, tomando como guía aquella carta encíclica de Pío XI.

3.  Primera apostasía: un Reino espiritual

 

Un crítico católico ha podido afirmar que el Reino de Nuestro Señor Jesucristo no es social ni político, porque no siendo de este mundo es simple y solamente espiritual (7). En lo cual coincide con Lutero y Calvino y desprecia la larga tradición de la Iglesia. Ese es el sentido que se da a las pala- bras del Cristo «mi Reino no este mundo» (Jn. 18, 36), como diciendo Nuestro Señor que su realeza es exclusiva y exclu- yentemente sobrenatural, celestial, nunca con dimensiones naturales y terrenales, carnales.

Es la repetida lectura liberal de la realeza de Cristo. Mas como enseña Pío XI y han esclarecido diversos teólogos, filó- sofos y apologistas católicos, el principio de la realeza de Cristo –al que se alude en el pasaje del Evangelio de Juan– no es mundano porque no proviene del mundo ni se funda en las potestades terrenas, sino que es de origen divino; pues «mundo» no designa un lugar opuesto a «cielo» sino el origen y la raíz de su poderío regio. Por ser éste así, se ejer- ce sobre todo lo creado, incluso sobre el mundo y sobre la vida humana en su plenitud.

Es un reino de y en los corazones, es cierto, pero del corazón que se dice del hombre todo, incluso de la sociedad en la que vive. La recta interpretación no es la intimista protestante, sino la que predicaba el padre Leonardo Castellani: «Su Reino no surge de aquí abajo, sino que baja de allí arriba; pero eso no quiere decir que sea una mera alegoría, o un reino invisible de espíritus. Dice que no es de aquí, pero no dice que no está aquí. Dice que no es carnal, pero no dice que no es real. Dice que es reino de almas, pero no quiere decir reino de fantasmas, sino reino de hombres» (8).

4.  Pío XI refuta la primera apostasía

 

Cuando Pío XI instituyó la Fiesta de Cristo Rey, explicó que el reinado de Nuestro Señor no era solamente espiritual sino también temporal y social. Veámoslo.

«Temporal», porque «erraría gravemente –dice el Pontífice– el que negase a Cristo Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio». Quiere decir: Jesucristo es rey en tanto que Cristo es Señor de la his- toria (9) y también Señor de la creación, porque en Él y por Él todo fue creado, como enseña San Juan en el prólogo de su Evangelio.

Pero añade Pío XI: y «social», pues siendo Cristo «la fuente del bien público y privado», siendo Él «quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones», es Jesucristo –agregaba– la firme roca de la paz, la concordia, la estabilidad y la felicidad de las naciones (10).

En consecuencia, como la Iglesia siempre ha sostenido, hay un orden social y político querido por Dios (al que nor- malmente damos el nombre de «orden natural»), orden que corresponde a nosotros los hombres ponerlo en obra y que tiende, como fin natural y sobrenatural, a instaurar el Reinado de Nuestro Señor Jesucristo.

En otros términos, el orden social y político católico tiene a Cristo Rey como fundamento y como ápice o corona: porque se asienta en la realeza temporal de Nuestro Señor (Él es el pilar de las sociedades y de la sociedad polí- tica católica) y culmina en el notorio reconocimiento y en el culto público a Cristo Rey que es culto debido a Dios, fin del hombre. La realeza de Jesucristo está en los comienzos y en el fin de la sociedad humana.

Por tanto, apostata quien en nombre de la democracia, de la libertad religiosa, de la sana laicidad o de cualquier otra patraña renuncia al reinado político-social del Verbo Encarnado reduciéndolo a la comodidad de la profesión privada. Es cierto aquel aserto evangélico que la boca habla de lo que hay en el corazón (Mt. 15, 18; Lc. 6, 45): si no se confiesa con la lengua lo que en el corazón se cree y ame, difícilmente puede decirse que se tienen tales fe y amor. En verdad, un reino intimista y privado, es una suerte de egoís- mo espiritual, pues no se comparte nada más que consigo mismo.

––––––––––––

    1. S. th., II, II, q. 11, a. 2 resp; I, II, q. 32, a. 4 resp.
    2. (2) S. th., II, II, q. 10, a. 2.
    3. SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. th., II, II, q. 12, a. 1 resp.; A. BEUGNET,

«Apostasie», en Alfred VACANT, Eugène MANGENOT y Émile AMANN (ed.), Dictionnaire de théologie catholique, París, Libriarie Letouzey et Ané, 1926, t. I, 2.ª parte, col. 1602-1612.

(4)Albert MICHEL, «Apostasie», en Dictionnaire de théologie catholique, cit., Tables générales, 1951, t. I, col. 209-212.

(5)Albert MICHEL, «Hérésie», en Ibid., t. VI, 2.ª parte, 1947, col. 2208-2257.

(6)S. th., II, II, q. 11, a. 1 resp.

(7)Por ejemplo y recientemente, Thibaud COLLIN en su reseña de la obra de Bernard DUMONT, Miguel AYUSO y Danilo CASTELLANO (eds.), Eglise et politique: changer de paradigme, aparecida en L’Homme Nouveau, París, núm. 1609 (2016), págs. 10-11.

(8)Leonardo CASTELLANI, «Cristo Rey», en Cristo ¿vuelve o no vuelve?, 2.ª ed., Buenos Aires, Dictio, 1976, págs. 164-165.

(9)El Hijo del hombre es dueño también del sábado», dice Él enMc. 2, 27.

(10)Quas primas, núm. 15, 16, 17 y 18.

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