El liberalismo o la aceptación imbécil del optimismo pelagiano.

Adan-y-Eva

Es una característica de nuestra sociedad padecer enfermedades sin profundizar en las causas que las producen. Una de ellas es el liberalismo, enfermedad que mata todo lo que toca. Por eso el liberalismo (en todas sus vertientes, económica, social, política…) es estéril y lleva a la apostasía. La raíz filosófica de todo él es la misma.

El pelagianismo niega la experiencia de los hombres. Niega lo que experimenta cualquier pagano consciente, como el poeta Ovidio (43 aC-17 dC): «video meliora proboque, deteriora sequor» (veo lo que es mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor: Metamorfosis VII,20). ¿Puede acaso haber algún hombre –algún ser racional– que niegue la realidad de esa situación mental y volitiva?… El pelagianismo niega lo que la historia informa acerca de todos los siglos conocidos. Niega lo que día a día comprobamos por los medios de comunicación sobre la vida de las personas y de las naciones: calamidades sin fin… Hay que reconocer que el optimismo antropológico pelagiano, negando la realidad patente del mundo humano, solamente puede ser profesado en un estado espiritual de estupidez muy profundo. Es capaz incluso de sorprenderse ante ciertos males acontecidos en el mundo: «¡que esto suceda en pleno siglo XX!»… ¿Y qué le ocurre al siglo XX para que en él sean inexplicables ciertos males enormes? Al siglo XX o al XXI o al VIII… Por lo demás, no se conoce siglo que haya superado al siglo XX en ateísmo, mártires cristianos, guerras, genocidios, millones de muertos por violencia humana, perversión del pensamiento, etc.

El pelagianismo, más aún, niega la doctrina y la experiencia cristiana. Niega lo que con mayor conciencia sabe y experimenta en su vida moral el cristiano: «no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… Es el pecado que habita en mí» (Rm 7,14-25). Pablo y Ovidio dan testimonios netamente antipelagianos sin duda coincidentes: la naturaleza humana está terriblemente trastornada en pensamiento y voluntad, en sentimientos y obras; está herida, mortalmente enferma; es una naturaleza caída.

«Vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los que en otro tiempo habeis vivido, siguiendo el espíritu de este mundo, bajo el príncipe de las potestades aéreas [el diablo], bajo el espíritu que actúa en los hijos rebeldes; entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo, y seguimos los deseos de nuestra carne [mundo-diablo-carne]… Pero Dios, por el gran amor con que nos amó… nos dió vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados» (Ef 2,1-10; Trento: Dz 1511).

–Pero «el número de los necios es infinito» (Ecl 1,15). Resulta duro decirlo, pero es la verdad. Hoy, quizá por soberbia de especie humana, por ideologías filosóficas, por democratismo o por lo que sea, esta verdad patente suele mantenerse silenciada. Sin embargo, no por eso deja de ser verdadera. La descubre fácilmente la razón natural; pero además nos la enseña la Palabra divina: «ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. Y qué estrecha es la puerta y que angosto el  camino que lleva a la vida, y qué pocos son los que dan con ellos» (Mt 7,13). «Vosotros sois malos» (Mt 7,11). «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre… Él es homicida desde el principio… Él es mentiroso y padre de la mentira. Si os digo la verdad ¿por qué no me creéis?» (Jn 8,41-46). Los autores espirituales, como Kempis, lo han dicho siempre: «son muchos los que oyen al mundo con más gusto que a Dios; y siguen con más facilidad sus inclinaciones carnales que la voluntad de Dios» (Imitación III,3,3).

–La condición defectuosa del género humano es algo excepcional dentro de la armonía general del cosmos. Los astros siguiendo sus órbitas con toda exactitud, las plantas germinando a su tiempo, los animales dando cumplimiento continuo a sus instintos naturales, toda la Creación es una obediencia universal al Creador. El hombre es la única criatura que desentona habitualmente en esta sinfonía, y en el que la desobediencia al Creador –es decir, a su propia naturaleza y vocación– es más frecuente que la obediencia. Así lo reconoce Santo Tomás, tan bondadoso y sereno en sus consideraciones:

«Sólo en el hombre parece darse el caso de que lo malo sea lo más frecuente (in solum autem hominibus malum videtur esse ut in pluribus); porque si recordamos que el bien del hombre, en cuanto tal, no es el bien del sentido, sino el bien de la razón, hemos de reconocer también que la mayoría de los hombres se guía por los sentidos, y no por la razón» (STh I,49, 3 ad5m). Ésa es la realidad, y por eso «los vicios se hallan en la mayor parte de los hombres» (I-II,71, 2 præt.3).

Todo esto, claro está, tiene consecuencias nefastas para la vida personal, familiar, social y cultural, pues «la sensualidad (fomes) no inclina al bien común, sino al bien particular» (I-II,91, 6 præt.3). Y si la verdadera prudencia es la única capaz de conducir al bien común, reconozcamos que «son muchos los hombres en quienes domina la prudencia de la carne» (I-II,93, 6 præt.2).

–Hago notar, de paso, que hoy hablar del estado indeciblemente malo de la raza humana está prohibido a los cristianos, incluso, en cierto grado, dentro de la misma Iglesia. No puede hablarse del pecado original, que muda al hombre en peor, en cuerpo y alma; que inclina su mente al error y su voluntad libre al mal; que lo hace cautivo del mundo y de su príncipe, el diablo. Hablar mal del hombre está permitido, e incluso recomendado en el mundo, en el cine y la literatura, en filosofía y psicoanálisis, en los medios de comunicación, en pintura o teatro. Es incluso una nota progresista. Está de moda. El anti-héroe es hoy el protagonista en gran parte de las manifestaciones artísticas y culturales del mundo secular. Pero por el contrario, queda prohibido hablar del profundo mal del hombre a la predicación cristiana, que por esa vía se ve descalificada. Y que por eso calla tanto esa verdad.

Es decir, todos pueden hoy hablar de los males profundos de la humanidad menos los Obispos, predicadores y teólogos. Y es que la doctrina cristiana ve la defectuosidad tremenda del ser humano en términos de «pecado» y de posible «castigo eterno». Y eso el mundo no lo aguanta. Más aún: es que el cristianismo afirma que la naturaleza humana pecadora no tiene remedio por sí misma, y requiere absolutamente un Salvador divino, con poderes sobre-humanos, que salve por pura gracia. Horror: eso es inadmisible para la soberbia del pensamiento actual mundano. Bien sabemos que toda la Escritura y la doctrina cristiana consideran siempre la miseria del hombre en el fondo permanente de la misericordia divina. Pero el mundo tampoco quiere saber nada de una salvación por gracia, por misericordia, por don gratuito de Dios. No reconociendo más que al hombre, se ve obligado a poner sólo en él sus esperanzas…O más bien, de hecho, su desesperación. «Acordaos de que un tiempo vosotros… estuvisteis sin Cristo… sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2,11-12).

* * *

El pelagianismo es una herejía permanente, hoy muy presente entre los bautizados. Al paso de los siglos se produce y reproduce en la Iglesia con formulaciones y palabras renovadas. Los pelagianos actuales no derivan, por supuesto, de Pelagio y de su ascetismo vigoroso, pero en su aceptación imbécil del optimismo antropológico del liberalismo, por ejemplo, de un Rousseau, coinciden con algunas tesis fundamentales del pelagianismo. Es fácil comprobar, concretamente, que ciertas orientaciones de la teología de la secularización y de la teología de la liberación están profundamente marcadas por el sello pelagiano.

Puede decirse, en general, que hay pelagianismo —cuando la predicación apremia la conducta ética de los hombres, sin aludir, o apenas, a la necesidad de la gracia de Cristo, como si ellos por sí solos pudieran ser buenos y honestos, y también eficaces en la transformación de la sociedad, con tal de que se empeñen en ello. Hay pelagianismo —cuando el cristianismo cae en el moralismo y se dejan a un lado los grandes temas dogmáticos, la Trinidad, la presencia eucarística, etc., de tal modo que la moral individual y social no aparecen necesariamente unidas al vivir en Cristo, en la fe y en la gracia, sino como adquisiciones logradas por la fuerza humana. Lo hay, en consecuencia,  —cuando la Presencia divina vivificante, la misma fe, en una palabra, quedan devaluados, como elementos accesorios, no estrictamente necesarios para la salvación del hombre y de la sociedad.

Hay pelagianismo —cuando ya no se habla del pecado original, y de los destrozos enormes que causó y que sigue causando en la raza humana; es decir, cuando ya los hombres no son vistos como pecadores, absolutamente necesitados de salvación por gracia de Dios, sino como enfermos, curables en principio por terapias naturales. Hay pelagianismo —cuando la oración, concretamente la oración de petición, pasa a un segundo plano, se olvida o se niega (¿para qué pedir a Dios lo que el hombre puede conseguir por su propia voluntad?); —cuando falta el espíritu de acción de gracias y la alegría cristiana, humilde y esperanzada. Hay pelagianismo —cuando no hay vocaciones sacerdotales y religiosas; —cuando se adula al hombre (la juventud, la mujer, el obrero, el universitario, el científico o el intelectual), es decir, cuando el olvido sistemático del pecado original permite ignorar prácticamente que todo hombre (también si es joven, mujer, obrero, universitario, científico o intelectual) es indeciblemente miserable, falso, débil, sujeto al influjo del Maligno, y necesitado de salvación por gracia sobrenatural de Cristo.

Hay pelagianismo —cuando la Iglesia, la Eucaristía, los sacramentos y el culto litúrgico dejan de ser la clave de la transformación en Cristo de hombres y también de sociedades… Los que creen que su salvación es ante todo gracia de Cristo jamás se apartan de los manantiales litúrgicos de la gracia; pero los que esperan salvarse por sus propias fuerzas malviven alejados de estas fuentes –lo que, dicho sea al paso, no alarma especialmente a los pastores pelagianos–. El paso que sigue al alejamiento crónico de la Iglesia es simplemente la apostasía.

Es pelagiano el cristianismo —cuando se limita a proponer valores morales enseñados por Cristo –verdad, libertad, justicia, amor al prójimo, unidad, paz, etc., valores en buena parte admitidos por el mundo, al menos teóricamente–, pero que no afirma que Cristo mismo es «la verdad», y que sin él se pierde el hombre en el error (Jn 14,6); que sólo él «nos ha hecho libres» (Gál 5,1); que sólo por la fe en él alcanzamos «la justicia que procede de Dios» (Flp 3,9); que sólo él ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo la fuerza del verdadero amor fraterno (Rm 5,5); que sólo él es capaz de congregar en la unidad a todos los hombres que andan dispersos, pues para eso dio su vida (Jn 11,52); y en fin, que sólamente «él es nuestra paz» (Ef 2,14).

El cristianismo es pelagiano —cuando laicos, sacerdotes y religiosos no pretenden la santidad, y aceptan pacíficamente como insuperable una mediocridad espiritual pestilente, a la que se creen con derecho. No intentan la santidad porque la estiman imposible, y es de necios pretender lo imposible. Y la creen imposible porque no cuentan con la gracia del Salvador omnipotente, sino con sus solas fuerzas humanas miserables. Esta optimista aceptación de la propia miseria personal puede conducir o bien a una alegría falsa y vulnerable –«me gusta cómo soy»–, o bien a la depresión, a la desesperación, e incluso al suicidio.

Es pelagiano el cristianismo —cuando sobrevalora los medios naturales puestos al servicio de la evangelización: edificios y bibliotecas, grandes organizaciones, «días», «jornadas», «semanas», «años» innumerables de esto y de lo otro, congresos y asambleas, carteles grandes, manuales o trípticos, comisiones y coordinadoras de las comisiones, pantallas gigantes, eventos incontables… «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20)… Parturient montes… David se despoja de la coraza que Saúl le ha prestado, y con una honda y unas piedras derriba al gigante Goliat (1Sam 17). «No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias»… (Lc 10,4).

Apestan a pelagianismo los ambientes cristianos —cuando sobrevaloran las terapias naturales, por ejemplo, cuando los Centros –antes Casas de Ejercicios o Noviciados– ahora ofertan una macedonia de frutas espirituales exóticas: eneagrama, reiki, cursillos y libros de autoayuda, sofrología, yoga, meditación transcendental, dinámica de grupos, zen, new age en alguna de sus innumerables versiones…

En vida de Pelagio, en 414, exige San Jerónimo a un amigo en una carta durísima «que no acojan a través de aquellos homúnculos [los pelagianos] el excremento o, por decir poco, la infamia de tan graves herejías. Allí donde se alaba la virtud y la santidad, que no tenga morada la vergüenza de la presunción diabólica y de una compañía obscena. Sepan los que prestan ayuda a hombres de esa calaña, que recogen a una multitud de herejes, y que son enemigos de Cristo y que alimentan a Sus adversarios» (ML 21,1147-1161).

* * *

–Si hay pelagianismo cuando se dan los signos aludidos, debemos concluir que actualmente el naturalismo pelagiano es entre los cristianos la más fuerte tentación de error, al menos en el ambiente de los países ricos descristianizados. La negación del pecado original, la afirmación del hombre por sí mismo, la devaluación de la gracia de Cristo, y del mismo Cristo Salvador, es la raíz de todos los males que hoy se sufren en la Iglesia. Sencillamente, el pelagianismo es la apostasía de la fe cristiana.

(…)

Efectivamente, en el proceso de descristianización de los últimos siglos, se ha ido produciendo una reducción del Evangelio a un eticismo voluntarista, de estilo pelagiano, que dio lugar primero a un moralismo individual y ascético, más bien semipelagiano, y que ahora ha derivado en un moralismo social, muy poco ascético y en gran medida estéril. En todo caso, antes y ahora, se trata de un moralismo propio de «los enemigos de la gracia de Cristo –como dice San Agustín–, que confían en su propia fuerza» (ML 33,764), y que ven más a Cristo como ejemplo que como causa de salvación.

Estos neopelagianos ya no captan la gratuidad de la gracia, ni ven tampoco que sólo el Espíritu Santo puede renovar la faz de la tierra, y no pueden entender muchos textos de la Escritura: «Estáis salvados por la gracia y mediante la fe. Y no se debe a vosotros, sino que es un don de Dios; y tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir» (Ef 2,8-9). «Es Dios el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (Flp 3,13).

* * *

La recuperación de la fe en el pecado original, es decir, en la necesidad de la gracia de Cristo, es absolutamente necesaria para que pueda producirse una nueva evangelización. El buenismo hacia el mundo y el hombre pecador, hoy tan apreciado, es absolutamente incapaz de evangelizar y suscitar conversiones. El cristianismo pelagiano lleva más bien a la apostasía; es decir, es ya apostasía. Hoy evangelizaremos realmente en la medida en que, al modo de Cristo o de San Pablo, seamos capaces de decirle al hombre actual que está perdido, que está gravemente enfermo, que está muerto, y que sólo en Dios puede hallar por gracia la salvación: la verdad, la vida, la bienaventuranza temporal y eterna.

«Todos, judíos y gentiles, nos hallamos bajo el pecado», dice el Apóstol; por tanto, «que todo el mundo se confiese culpable ante Dios» (Rm 3,9.19). «Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros»; más aún, «dejaríamos a Dios por mentiroso» (1Jn 1,8-10). Esta es la realidad, que ningún hombre honrado puede negar: «Todos se extravían igualmente obstinados, no hay uno que obre bien, ni uno solo» (Sal 13,3). Todos debemos confesar con San Pablo: «no sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago… Es el pecado que habita en mí» (Rm 7,15-24).

Rechaza el Evangelio el hombre que no se reconoce como pecador, como un enfermo gravísimo, condenado a muerte, y que morirá, ciertamente, si no hace penitencia (Lc 13,3.5). Rechaza a Cristo el que se dice: «no estamos tan gravemente enfermos, no necesitamos medi­cinas y regímenes severos de vida, podemos y debemos vivir como todos, hacer de todo y vivir sin tantos cuidados y melindres morales». Engañan a los hombres, y antes se engañan a sí mismos, los que suprimen la misma palabra pecado, sustituyéndola por otros términos más tranquilizadores: «acciones desordenadas», «enfermedades de la conducta», «actitudes inadaptadas», «trastornos conductuales»… Si el pecado del hombre no es más que eso, con un poco más que progrese la medicina psicológica y la terapia sociológica se verá ya el hombre libre de sus males… No necesitamos, pues, al Salvador, ni a su Iglesia. No hay ninguna necesidad de hacer apostolado o de predicar el Evangelio en las misiones.

–Pero no: «el hombre, en estado de pecado, no puede cumplir, sin la gracia, los preceptos de la ley natural, ni siquiera según las exigencias de la ética natural, durante un período largo de tiempo». Así lo enseñan los teólogos católicos, como Maurizio Flick–Zoltan Alszeghy. El hombre «no ha perdido la libertad, ni es capaz tan sólo de cometer pecados; puede, con sus solas fuerzas naturales, realizar algunos actos moralmente buenos». Por otra parte, «la gracia es absolutamente necesaria para todo acto saludable [meritorio de vida eterna]; incluso para el comienzo de la justificación» (El Evangelio de la gracia, Salamanca, Sígueme 1967, 814). El hombre, pues, es un enfermo tan grave que no puede curarse a sí mismo de su mortal enfermedad. Necesita absolutamente la gracia divina para pasar de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Por eso dice Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). «Nadie va al Padre sino por mí» (14,6). Y esa verdad tan formidable exige reconocer esta otra verdad:

Hoy los hombres o viven en gracia de Dios o permanecen en el pecado. O crecen –conscientemente los fieles o inconscientemente los infieles– como hijos de Dios bajo el influjo de su gracia o se van desarrollando en formas más o menos monstruosas, es decir, en formas contrarias a su vocación propiamente humana, bajo el influjo del Maligno. En otras palabras: o con el auxilio de la gracia se van configurando a Cristo, fieles a su condición de «imágenes de Dios», o se van desfigurando y degradando en modos de ser y de obrar perversos.

http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1508020615-332-pecado-4-pelagianismo-his#more28955

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