El liberalismo de ahora, más peligroso que el de ayer.

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Artículo original del blog de Virginia de infocatólica

En estos tiempos de confusión y desorden no es raro ver a cristianos, a católicos  -también los hay en el clero- que tienen siempre en boca las palabras de término medio, conciliación y transacción.  Pues bien, yo no titubeo en declararlo: estos hombres están en un error, y no los tengo por los enemigos menos peligrosos de la Iglesia”  (Pío IX, 17 de septiembre de 1861)

Este es el sello de la verdadera fe, la persecución. No seremos dignos del nombre de católicos si, como Jesucristo, no somos blanco de odio y persecución por parte de los malos”

(San Ezequiel Moreno, Cartas Pastorales)

En varias ocasiones nos hemos referido a los estragos que la Teología de la Liberación ha hecho y sigue haciendo sobre todo en América, con renovado ímpetu. Hay que decir no obstante, para muchísimos católicos que se empeñan en olvidarlo o silenciarlo, que la vertiente marxista es sólo una de las tenazas con las que el Nuevo Orden se esfuerza en socavar las raíces de la Fe.

Asustados por el renacer de las guerrillas, laicos y sacerdotes miran la realidad con un solo ojo, y corren a refugiarse a lo que creen que es defensa contra ella, pero no es sino la otra pinza de la Revolución Anticristiana, o en última instancia, su corazón: el inmundo liberalismo.

Es lamentable ver a cada vez más católicos engatusados por la falsa alternativa que éste representa, entusiasmándose con promesas que no son sino cantos de sirenas, que arrastran sigilosamente a nuestra sociedad a los pies del Anticristo. Porque todo lo que destrona a Cristo Rey abona la llegada del Inicuo.

Y si el marxismo siega la libertad necesaria para abrazar la Verdad, el liberalismo seduce sibilinamente con una libertad que nada tiene que ver con la de los hijos de Dios, porque sencillamente, abomina de la Verdad como absoluto, la única que nos hace libres.

No se termina de comprender que al punto que hemos llegado, es hora de admitir que el sistema democrático no puede permitir en su seno a ningún grupo que enarbole la bandera católica contra la degeneración imperante de manera global, a menos que demuestre su voluntad de diluirse progresivamente, hasta perder completamente su identidad.

Es penoso que incluso entre miembros del clero se complazcan en componendas con éste o aquel candidato o partido, creyendo que se puede defender la vida por declararse en contra del aborto provocado, mientras se consiente en una educación basada en la ideología de género, o en la admisión del adulterio, la anticoncepción y otras “conquistas” de las libertades modernas, so pretexto de que se trata de “realidades”… ¿Acaso por haber sido sancionadas las leyes respectivas no se tocan más esos temas, considerándolos batallas definitivamente perdidas? ¿Qué hay de las leyes que son ilegítimas y no deben ser secundadas ni obedecidas?

¿Es posible que haya tan poca imaginación como para sostener que la única vía de acción y resistencia deba librarse desde los mismos canales por los cuales somos bombardeados de basura y corrupción, como lo es la partidocracia? ¿Acaso la misma fuente de la que mana estiércol a raudales puede ser la que mane “leche y miel”?

¿Por qué en vez de correr siempre como “furgón de cola” en el juego democrático, no nos abocamos más decididamente a proponer alternativas legítimas conformes a la enseñanza perenne de la Iglesia?… Aunque hemos de admitir que esa enseñanza ha sido frecuentemente ensombrecida dejando lugar a un pensamiento más conforme al mundo que al Evangelio, pues aunque

“los pastores sagrados enfrentan hoy con frecuencia cuestiones morales concretas de la vida política (…), falta al pueblo cristiano con relativa frecuencia una respuesta clara y unánime a cuestiones a veces muy graves. No hay criterios claros y unánimes sobre cómo el pueblo cristiano debe vivir políticamente en Babilonia. Más aún: son muchos los que aún no se han enterado de que estamos viviendo en Babilonia. Quieren mantener a toda costa una actitud positiva y optimista ante el mundo moderno, al que no le niegan, ciertamente, «algunos errores». Pero en definitiva, no quieren estar en una oposición radical, sino con el gobierno o como alternativa de gobierno.” (J.M. Iraburu, Católicos y política, FGratis Date)

Y al no querer enfrentarse, terminan haciéndose colaboradores de esos gobiernos, aunque sean de iniquidad, conformándose con migajas que el sistema les dispensa como se le tira un hueso a un perro para que deje de ladrar.

Insisten en enquistarse “dentro del sistema” y terminan siendo fagocitados por él, una y otra vez, esa es la realidad. ¿Cómo pretenden introducir un “caballo de Troya” en medio del juego democrático, si por el contrario, el enemigo ya ha introducido su caballo de perversión en medio de las murallas de la Iglesia, como cizaña en medio del trigo? 

A los católicos que colaboran con este sistema rancio se aplica muy bien lo que señalaba ayer mismo nuestro hermano Pedro Luis Llera:

“Muchos prefieren dormir. Y dicen: “mirad cómo crece el trigo”. Y por más que les dices que no es trigo, que es cizaña, ellos prefieren seguir creyendo que es trigo y que todo viene de Dios. Pero de Dios no viene la cizaña. La cizaña viene de Satanás. Pero vivimos tiempos tan confusos que muchos ya no distinguen a Dios del Diablo. La Cola Serpentina; el demonio, disfrazado de ángel de luz, tiene a muchos confundidos.”

La Revolución ha hecho su juego; los católicos que advierten el desastre no pueden seguir sosteniendo los mismos principios que nos llevaron a él (sobre todo la idea de la libertad humana exenta de toda sujeción a Dios y al orden natural), abjurando de toda lógica y despreciando la realidad de que el agua y el aceite, por más que se agiten no pueden mezclarse, y

entre el error y la verdad no puede haber paz, ni siquiera campo neutral, y que donde quiera que se encuentre, la lucha es precisa, inevitable, necesaria.”

Ya hemos traído alguna vez otros textos del solícito obispo de Pasto (Colombia), San Ezequiel Moreno (1848 – 1906), pero hoy entresacamos varios más de sus abundantes y actuales Cartas Pastorales para edificación de nuestros lectores y quién sabe…inspiración y luz para nuestros pastores.

Algunos nos dirán que somos anacrónicos, porque el contexto del liberalismo virulento de entonces no es el nuestro, pero creemos que el de ahora es aún más peligroso, y es hora de repasar sus principios fundantes. Porque es innegable, desde entonces a nuestros días, el adormecimiento de las conciencias operado gracias al favor de muchos eclesiásticos que han hecho las paces con los vencedores de la II Guerra Mundial agravado por la presión imparable de los medios de comunicación y las leyes intimidatorias vigentes.

La herejía no es ya un crimen para muchos católicos, ni el error contra la fe es un pecado. Proclaman la tolerancia universal y consideran como conquistas de la civilización moderna el que ya no se huya del hereje, como antes se hacia. (…)  y sólo tienen recriminaciones contra los eclesiásticos que gritan contra los errores modernos y contra los seglares que reivindican con ardor los derechos de la verdad. (…) Aprecian y alaban a los espíritus moderados; a los que ponen en primer término la tranquilidad pública, aunque los pueblos vayan perdiendo la fe;a los que se conforman gustosos con los hechos consumados. (…) Al decir de los mismos, los que gritan ¡viva la Religión!, los que dicen que van a defenderla y los que los animan son exagerados e imprudentes. (…) Esos mismos católicos tienen escrúpulo, al parecer, de pedir a los Gobiernos que tapen la boca a los blasfemos y hagan callar a los propagadores de herejías (…)”

  Pero se odia la contradicción porque en última instancia, se abomina de la Cruz, y el mundo ha dejado de verse como enemigo del alma. No es verdad que se quiera conquistarlo para Cristo sino que se ha dejado que nos seduzcan sus comodidades y pompas. Y pertinazmente se arroja agua bendita a los “progresos” logrados por medio de la Revolución, pisoteando impunemente la sangre de los mártires que triunfaron sobre ella. Y sin embargo, un poco de sentido común y recta mirada a la historia permiten asentir a estas lúcidas advertencias:

“Estad seguros, día llegará en que la misma revolución, sagaz como su jefe, se ría y menosprecie a los que la sirvieron o de alguna manera pidieron favor o gracia. Es un error, y error funesto a la Iglesia y a las almas, transigir con los enemigos de Jesucristo y andar blandos y complacientes con ellos. Mayores estragos ha hecho en la Iglesia de Dios la cobardía velada de prudencia y moderación, que los gritos y golpes furiosos de la impiedad. (…)
¿Qué bienes se han conseguido con las blanduras y coqueteos con los enemigos de Jesucristo? ¿Qué males se han evitado, pequeños ni grandes, por esos caminos? No se consigue otra cosa con esa conducta que afianzar el poder de los malos, calmando ¡Oh dolor! el santo odio que se debe tener a la herejía y al error; acostumbrando a los fieles a ver esas situaciones de persecución religiosa con cierta indiferencia”.

Un argumento-trampa repetido hasta el cansancio en las situaciones en que no se nos ofrece un verdadero Bien para elegir, es el optar por el malhadado “mal menor”. ¡¿Desde cuándo al católico le está permitido elegir el Mal, por “menor” que este sea?!  Entonces nos preguntamos si detrás de esta sibilina y absurda sugerencia no está agazapada la tentación de la Desesperación…Eligen lo que sea aferrándose a ciertos esperpénticos “males menores” porque se sienten desesperados ante el Leviatán y aborrecen el martirio; ¡hay que alguna concesión, a toda costa!.  Cabe entonces recordar que según San Juan Crisóstomo “desesperar es descender al Infierno”.

Maurrás sostenía por su parte, que “en política la desesperación es una estupidez.” Soberana estupidez, por supuesto, porque se renuncia al combate, y en ello se renuncia a la gloria más alta, que no le cabe a las muchedumbres partidocráticas sino a los que en ciertos momentos se atreven a soportar la soledad del Gólgota junto al Señor.

Nos dirán que quienes así pensamos “no somos capaces de reunir ni un voto”, y tal vez esto nos honre, porque abominamos del dogma inicuo de la soberanía popular tal como hoy se presenta, viendo que las mayorías están más inclinadas a entronizar a Barrabás que a permanecer de pie junto al Calvario, donde es entronizada la Verdad.

¡Pero qué tristeza cuando los propios pastores son quienes desalientan el camino de la Cruz y la coherencia a sus fieles, prefiriendo cuidar su hacienda junto a Pilatos!

Por eso en el elogio fúnebre hecho a monseñor Pedro Schumacher, Obispo de Portoviejo, Ecuador, su hermano de Colombia recordaba un mérito de aquel prelado:

“Señala con el dedo a los verdaderos culpables, a los católicos flojos, moderados, tolerantes con la impiedad, que la dejaron progresar y cobrar bríos suficientes para escalar el poder. (Pues) concesión que se hace al error, por pequeña que sea, es nueva posición que él toma, nueva avanzada, desde donde descarga más de cerca contra la verdad, y le hace más daño (…) Todo lo que sea transigir, ceder, contemporizar, sólo mostrarse blando con el error, es dar el triunfo a la revolución, pero cobardemente, sin resistir al asalto, sin luchar, como es nuestra obligación, ya que vencer depende de Dios.”

Y con respecto a los “contemporizadores”, continúa el santo obispo:

“No pocos de esos mismos hombres tan condescendientes y tan amables con los enemigos de Jesucristo, guardan toda su acritud para los buenos católicos que defienden con denuedo los derechos de la verdad. (…) La conducta de estos católicos da golpes verdaderamente destructores al reino de Jesucristo. Los imitadores de Lucifer no hubieran llegado adonde han llegado en su obra de destronar a Jesucristo, si no fueran ayudados por esos católicos que llaman intransigencia a la lucha abierta contra el mal, y prefieren entrar en componendas con él. Creen los hombres que así obran, que la manera de amansar la fiera revolucionaria es concederle algo, para que pida más, y no consideran que esa fiera es insaciable. (…) No es extraño que estemos al borde del precipicio, y cayendo ya en él. Ahí nos llevan las componendas, tolerancias y cobardías. Si así seguimos: (…) si no cesan las tolerancias y, sobre todo, las consideraciones tan dignas de reprobación, que se tienen con los enemigos de Jesucristo y su reinado, es posible que no esté lejos el día en que haya que decir: ¡aquí hubo católicos!…”.

Más de una vez nos hemos preguntado, si no nos cabrá a nosotros el reproche que Nuestro Señor hacía a Israel por no haber hecho caso de los profetas a su tiempo. Porque ciertamente, Él sigue iluminando hoy a su Iglesia con verdaderos profetas que han sido muchos santos y pastores, a quienes no se ha querido prestar oído, por temor a parecer anacrónicos y no seguir el furor de la “línea” actual, aunque sea a todas luces una línea curva y retorcida…

Y sin embargo, como cadena de oro puro, la Tradición hace que cada verdadero santo se apoye sobre los hombros de los que lo precedieron, y así pueda otear el horizonte:

“Sólo un miedo está permitido a los sacerdotes y sobre todo al Obispo: el miedo que tuvo el gran Obispo San Hilario de Poitiers, y expresó con estas palabras: Tengo miedo del peligro que corre el mundo, de la responsabilidad de mi silencio, del juicio de Dios”.

No tengamos otro miedo que ese de San Hilario. El miedo del peligro que corren las almas que nos están encomendadas; el miedo de la responsabilidad que nos puede caber por nuestro silencio, y el miedo del juicio de Dios, en el que se nos pedirá cuenta de si el error avanzó, de si el vicio prosperó, de si las almas se perdieron por nuestro silencio. Lluevan, pues, insultos sobre nosotros por hablar; pero librémonos de esa tremenda responsabilidad y de la terrible cuenta que nos pediría el Juez Supremo”.

Dios nos conceda hoy sacerdotes y obispos santos, con ese santo temor del Juicio de Dios, y con la parresía que sus fieles necesitamos, para servir de faros en medio de la neblina y el hedor democrático anticristiano.

 

http://www.infocatolica.com/blog/caritas.php/1907310711-257-catolicos-liberales-democ#more38196

 

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