De Cristo o del mundo

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Uno de los libros que me ayudó en mi proceso de conversión fue  “De Cristo o del mundo” del padre Iraburu. Cuando te han metido hasta dentro que el mundo es bueno y nunca te han hablado del mundo malo. Cuando crees que todo lo que viene del mundo hay que respetarlo, amarlo y recibirlo como algo bueno es muy difícil llevar una vida interior. Sobre todo porque dejas de luchar con uno de los enemigos de la vida interior que es el mundo. Es lo que ocurre con aquellos que niegan el demonio. Es imposible tener vida interior ignorando a los enemigos contra los que hay que luchar . A propósito de esto leí que en muchos seminarios se había extendido tanto el problema de la homosexualidad porque muchos directores espirituales lo “normalizaron”, dejaron de considerarlo un problema y pasó lo que ya  conocemos. El párrafo siguiente es uno de tantos sin desperdicio de este libro tan interesante y que merece la pena meditar. También puede ser una contestación al tema que hoy parece haberse puesto de moda en la Iglesia sobre la opción benedictina y sobre el nefasto libro de Dreher que a tanto católico parece obnubilar .

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Libres de un mundo efímero y pecador

¿Huir del mundo o permanecer en él? Los cristianos primeros se saben unidos al Cordero de Dios, que entrega su vida para «quitar el pecado del mundo». Y saben que ésa es su vocación. Que convenga huir del mundo o retirarse más de él, o que, al contrario, sea conveniente participar más de su vida, esto será ya una cuestión secundaria, prudencial, que habrá que resolver en cada caso. Después de todo, como enseña Clemente alejandrino, disfrutar del mundo o renunciar a él, las dos pueden ser formas de la virtud de la templanza (Stromata 2,18).

Pero lo primordial es que los cristianos primeros conocen que el mundo no sólo es efímero, sino pecador, y con frecuencia altamente peligroso. Marcado por el pecado, y más o menos sujeto, como está, al demonio, es inevitable su hostilidad, a veces asesina, hacia la Esposa de Cristo. Sólo el Cordero de Dios, que «quita el pecado del mundo», puede purificarle con su sangre y sacarle de su abismo. Hay que guardarse, pues, del mundo; pero evangelizándolo, tratando de salvarlo, aunque en ello se arriesguen las vidas.

Ahora bien, únicamente pueden evangelizar el mundo quienes están libres de su fascinación, aquellos que no lo temen ni tampoco lo desean con avidez; es decir, aquellos que en Cristo lo han vencido por la fe (1Jn 4,4). Llama la atención en este sentido que, siendo los cristianos primeros tan pocos, frecuentemente tan pobres e ignorantes, y siempre tan oprimidos, no se aprecia, sin embargo, en ellos ni un mínimo complejo de inferioridad ante el mundo, el mundo greco-romano, tan culto y poderoso entonces, y tan lleno de prestigios humanos.

Las Apologías de San Justino, Arístides, etc., o escritos como el Contra paganos de San Atanasio, muestran la pésima opinión que los cristianos primeros tienen de las idolatrías del mundo pagano. Como los profetas de Israel, que se reían e ironizaban duramente contra los ídolos (1Re 18,18-29; Is 41,6ss; 44,9-20; Jer 10,3ss; Os 8,4-8; Am 5,26), estos cristianos, estos miserables fuera-de-la-ley, incluso ante la proximidad del martirio, reprochan a sus propios jueces, diciéndoles cómo no les da vergüenza dar culto a dioses tan numerosos y de tan baja moral. Así San Apolonio, en Roma, a fines del siglo II: «Pecan los hombres envilecidos cuando adoran lo que sólo consta de figura, un frío pulimento de piedra, un leño seco, un metal inerte o huesos muertos. ¡Qué necedad, semejante engaño!… Los atenienses, hasta el día de hoy, adoran el cráneo de un buey de bronce».

Buena parte de la fuerza evangelizadora de los cristianos primeros está precisamente en que se han dado cuenta, a la luz de Cristo, que el mundo no vive sino en «la vieja locura» (Pedagogo I,20,2), de la que ellos, cristianos, se saben felizmente libres por el Evangelio. En efecto, evangelizar es siempre iluminar con la luz de Cristo a hombres que están en las tinieblas.

No codiciar el mundo, ni temer la muerte

Libre del mundo está sólo quien ya no lo codicia y, por tanto, no lo teme. Los Padres primeros exhortan incansablemente a esta gloriosa libertad, tan necesaria a unos fieles que en cualquier momento pueden verse amenazados por el martirio -confiscación de bienes, exilio, esclavización, muerte-. En efecto, para sostener la fidelidad de los cristianos en circunstancias tan adversas, los Padres ven la necesidad de mostrarles la vanidad y la maldad del mundo, al que ya desde el bautismo han renunciado. La fidelidad a Dios y la fidelidad al mundo se excluyen mutuamente, y es preciso elegir.

San Ignacio de Antioquía lo deja bien claro: «Las cosas están tocando a su término, y se nos proponen juntamente estas dos cosas: la muerte y la vida, y cada uno irá a su propio lugar. Es como si se tratara de dos monedas, una de Dios y otra del mundo, que llevan cada una grabado su propio cuño: los incrédulos, el de este mundo; mas los fieles, por la caridad, el cuño de Dios Padre grabado por Jesucristo. Si no estamos dispuestos a morir por él, no tendremos su vida en nosotros» (Magnesios V).

San Cipriano insiste en la misma perspectiva: «Si hay bienes dignos de tal nombre, son los bienes espirituales, los divinos, los celestes, que nos conducen a Dios y permanecen con nosotros junto a él por toda la eternidad. Al contrario, todos los bienes terrenos que hemos recibido en este mundo, y que aquí se han de quedar, deben menospreciarse (contemni debent) lo mismo que el propio mundo, a cuyas vanidades y placeres ya renunciamos desde que con mejores pasos nos volvimos a Dios en el bautismo. San Juan nos exhorta y anima, apremiándonos con palabras llenas de espíritu celestial: «No queráis amar al mundo, ni lo que hay en el mundo» (1Jn 2,15)» (De habitu virginum 7).

San Ignacio de Antioquía, temiendo verse privado del martirio, escribe: «El príncipe de este mundo está decidido a arrebatarme y corromper mi pensamiento y sentir, dirigido todo a Dios. Que nadie, pues, de los ahí presentes le vaya a ayudar [procurando que yo siga en el mundo]; ponéos más bien de mi parte, es decir, de parte de Dios. No tengáis a Jesucristo en la boca y luego codiciéis el mundo» (Romanos 7,1). Lo mismo dice San Policarpo: «Bueno es que nos apartemos de las codicias que dominan en el mundo, pues todas ellas van contra el espíritu» (Filipenses 5,3). Y el Pastor de Hermas: «Ante todo, guárdate de todo deseo malo, y limpia tu corazón de todas las vanidades de este siglo. Si esto guardares, tu ayuno será perfecto» (Comparación 5,3,6; +6,3; 7,2). Pues el ángel del Señor «toma por su cuenta a los que se extravían de Dios y se andan tras los deseos y engaños de este siglo, y los castiga, según lo que merecen, con terribles y diversos castigos» (6,3). Por el contrario, el que «se purifica de toda codicia de este siglo» alcanza preciosas gracias y bendiciones de Dios (7,2).

No tener miedo a la muerte, que nos separa de este mundo definitivamente, y estar prontos para el martirio, son dos signos inequívocos de estar libre del mundo. En una impresionante exhortación a los mártires, el obispo San Cipriano pide «que nadie desee cosa alguna de un mundo que se está muriendo» (Carta 58,2,1). Y en su tratado sobre la muerte considera: «¿para que pedimos [en el Padrenuestro] que «venga a nosotros el reino de los cielos», si tanto nos deleita la cautividad terrena?… Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas tú al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama?… Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo [ya desde el bautismo] y que, mientras vivimos en él, somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio… El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso» (cap. 18).

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