La fe del carbonero y la obediencia ciega.

 

tomas moro

 

No soy la más indicada para hablar de ciertos temas referentes a la fe, pero sí que puedo escribir aquello que observo a mi alrededor y que creo que no ayuda a madurar en la fe.

Cuando empecé a tomarme en serio estos caminos, hace no mucho tiempo, pude observar los diferentes tipos de católicos y sus diferentes formas de “vivir” su fe. No es que fueran diferentes carismas sino que eran visiones opuestas de lo que podríamos llamar la fe de la Iglesia. Estaban como no los liberales, para los que el liberalismo era un carisma más. Ellos gritaban;” el liberalismo es católico”. También estaban quienes consideraban la fe, mera obediencia a cuatro dogmas. Ellos decían: “Dogmas cuantos menos mejor”. Por supuesto no podían faltar aquellos para los que la fe era ir a misa con cierta frecuencia  y practicar ciertas piedades medidas, pesadas y autorizadas por una autoridad superior y ni una más. Y así podríamos ir describiendo tantas visiones de la fe , como personas .  ¿Pero es ese en realidad el camino de la fe? .

Hace tiempo leí una corrección filial a ciertos movimientos surgidos en las últimas décadas en la que se les advertía que la obediencia ciega no era una virtud y que no se puede forzar la voluntad de obedecer, a costa de violentar la inteligencia. No es la obediencia una única virtud que pueda sustituir a todas las demás. Esta actitud de exigir esa obediencia cadavérica, más tiene que ver con buscar personas que no den muchos problemas y que sepan asumir todo lo que se les dice sin sacar conclusiones . Exigir esto, a la larga “forma” personas endebles, fofas que son incapaces de razonar por sí mismas y que incluso sólo saben dar los argumentos que otros han elaborado por ellos, pero sin asumir plenamente las consecuencias. Es como exigir que su fe debe ser la del carbonero.

Dice José Antonio Ullate en un artículo sobre los caminos de la fe, refiriéndose a pensamientos extrañamente lúcidos en Maritain:

Así es como quien recibe la gracia de la fe oye en su corazón la voz del Padre, es sobrenaturalmente iluminado por el lumen fidei, se adhiere con un solo y mismo movimiento a las verdades objetivas propuestas por la Iglesia, y en una relación inefable de persona a persona se confía totalmente a Dios, Verdad Primera, y se refugia en Cristo Salvador. Sin embargo, hay creyentes cuya fe consiste sólo en aceptar lo que la Iglesia les enseña, dejando a la Iglesia la responsabilidad y sin comprometerse ellos mismos en la aventura. Si inquieren lo que la Iglesia tiene por cierto, es con el fin de estar informados acerca de las fórmulas debidamente verificadas que se les pide que acepten, no con objeto de ser instruidos en las realidades que les dan a conocer. Dios ha dicho ciertas cosas a la Iglesia; ésta, a su vez, me las comunica; es asunto de ella, a mí no me incumbe en absoluto; yo suscribo lo que se me dice, y cuanto menos pienso más tranquilo estoy. Poseo la fe del carbonero, y me envanezco de ello. Al final, una fe semejante ya no sería en modo alguno conocimiento, sino solamente obediencia, como quería Spinoza (1)

Podríamos decir que hoy ese criticado clericalismo se aplica de mil maneras distintas para socavar la fe de los fieles. Es decretar a golpe de autoritarismo. Y así se ha funcionado en las últimas décadas; tergiversando el concepto de autoridad, de obediencia. Ahora se cambia la liturgia porque lo digo yo, ahora salen las mujeres a leer porque lo digo yo, ahora lo que antes era impensable, ahora es la norma y no sólo eso sino que no doy explicaciones.

Muchas veces me ha ocurrido, no sé si al lector del blog también, que pedir explicaciones sobre esto ha supuesto ser censurado, incluso el atreverse a pensar, y a cuestionar cualquier decisión. Es imposible que una fe vaya madurando en este entorno de espinas en el que se ahoga cualquier aspiración de aventura y en el que parece ser que cualquier forma diferente de pensar al pensamiento único de la fe del carbonero, en seguida te amenazan con las negras nubes de la falta de unidad y la perdida de una paz interior que más parece la paz de los cementerios que la de un alma viva sedienta de  la Verdad.

Es reducir la fe a una papilla insulsa que apenas necesita digestión. Es presentar una fe demasiado digerida , no vaya a ser que se nos indigeste.

(1) https://fundacionspeiro.org/revista-verbo/2011/493-494/documento-516

 

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