Neoliberalismo católico

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En este blog dediqué varias entradas a la nefasta influencia que la filosofía de Maritain tuvo en la doctrina tradicional católica referente a la política y a las relaciones de la Iglesia con el Estado.  Muchos han sido los que han cogido el testigo , los que podemos llamar nuevos maritaineanos, que aprovechando la bajada de defensas de la Iglesia crecen como un quiste  destruyendo el catolicismo recio y firme. No en vano veo en ellos a los tibios que serán vomitados y como no a aquellos a los que León XIII les dedicaba estas palabras:” Pero son ya muchos los que, imitando a Lucifer, del cual es aquella criminal expresión: No serviré, entienden por libertad lo que es una pura y absurda licencia. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, y que, tomando el nombre de la misma libertad, se llaman a sí mismos liberales”

Para completar esta entrada de Alonso Gracián les recomiendo el libro de Leopoldo Eulogio Palacios “El mito de la nueva cristiandad”.

(Incocatólica)http://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/1906221112-364

La contundente crítica del P. Julio Meinvielle a la filosofía personalista y comunitaria de Jacques Maritain insiste en demostrar la huella de Lamennais en Maritain. El liberalismo católico revive en el personalismo.

Con acierto, el P. Meinvielle, al principiar la segunda edición de su obra De Lamennais a Maritain, declara que:

«En efecto, mientras la tesis de una animación cristiana de la civilización moderna, que defendía Maritain, ha sido compartida luego por distinguidos teólogos como Journet, Chenu, Congar, H. Urs von Balthasar y otros, y ha penetrado en la mentalidad corriente de los católicos, nutriendo la peligrosa línea del progresismo cristiano, el proceso de disolución de esa misma civilización ha continuado hasta amenazarla con su total autodestrucción[1]».

 

El liberalismo de Lamennais y el neoliberalismo (encubierto de antiliberalismo) y progresista de Maritain concluyen el mismo error, que el P. Meinvielle resume así:

«Por consiguiente, tanto en Maritain como en Lamennais el razonamiento tiende a concluir del gobierno providencial de Dios el progreso terrestre de la Humanidad. Y esta conclusión no se sigue. Porque Dios permita el mal y porque, con su permisión, haya de operarse una ganancia, un bien, no se sigue que este bien que haya de operarse sea terrestre ni que haya de operarse en la tierra. En el más indulgente de los casos, habría que decir que Maritain no demuestra esta conclusión. Pero además esta conclusión es terriblemente falsa y funesta».[2]

El liberalismo de tercer grado introduce en el catolicismo un principio de ambigüedad. La serpiente de dos cabezas, Anfisbena la equívoca, colabora con el superestado moderno, el Leviatán, duplicando el cristianismo:

uno primario, existencialista, de misterios incognoscibles y piedad privada; y otro secundario, civilizador, amigo del desarrollo integral y del progreso, humanista, sincrético y social; el cristianismo del cielo doméstico y el cristianismo de la madre Tierra; el cristianismo de los piadosos y el cristianismo de los activistas de los derechos humanos. El cristianismo privado y el subcristianismo público.

 

Catolicismo ambiguo: el doble cristianismo

El distingo procede de la ruptura de la religión realizada por el liberalismo de tercer grado, que relega el cristianismo a la vida privada, y suscita un humanitarismo vagamente piadoso y no confesional para la vida pública.

El P. Meinvielle incide en la existencia de este otro cristianismo de aquí abajo en Lamennais:

«Cuando Lamennais habla de Iglesia o de cristianismo no se refiere precisamente a la eficacia sobrenatural de la Santa Iglesia que no puede cumplirse sino por la acción de la jerarquía católica; se refiere a la fuerza de la acción social de ideas cristianas aun cuando estén desgajadas de la jerarquía católica».[3]

Y en Maritain:

«Maritain será más explícito en la afirmación de estos dos cristianismos y así escribe [en Cristianismo y democracia, pág. 33, ed. cast. pág. 35]: “No es sobre el cristianismo como credo religioso y camino hacia la vida eterna la cuestión que aquí se plantea, sino sobre el cristianismo como fermento de la vida social y política de los pueblos y como portador de la esperanza temporal de los hombres»[4]

Y continúa enfatizando aún más la falsa dicotomía:

«no es sobre el cristianismo como tesoro de la verdad divina mantenido y propagado por la Iglesia, es sobre el cristianismo como energía histórica accionando en el mundo».[5]

Meinvielle concluye:

«Este cristianismo maritainiano “fermento de la vida social y política de los pueblos”, “portador de la esperanza temporal”, “energía histórica accionando en el mundo,’’ es la liberación del género humano cumplida por el cristianismo aquí abajo, ici bas, de que habla Lamennais; es el catolicismo (la inspiración cristiana de Maritain) del cambio progresivo moderno del que habla; cristianismo cuyo fruto natural es la emancipación de los pueblos».[6]

El cristianismo secundario

Romano Amerio dedica un pasaje de su extraordinaria obra Iota Unum a este cristianismo social, civilizador y terreno, describiéndolo con precisión. Es el cristianismo difundido masivamente durante el Posconcilio:

«La Iglesia posconciliar tiende a incluir todos los valores de la civitas hominis en el ámbito de la religión. Son frecuentes las fórmulas como “valores humanos y cristianos” o “la Iglesia promueve los valores humanos, o “La Iglesia tiene por centro al hombre, o “la religión hace que el hombre sea más hombre, y similares.  Dejando aparte la impropiedad de dar gradación a un sustantivo, en esta confusa asimilación se pierde la distinción entre religión y civilización; […] La religión tiene ciertamente como efecto la civilización, y la historia de la Iglesia es testimonio de ello, pero no tiene como fin ni como efecto primario civilizar, es decir, un perfeccionamiento terreno».[7]

Nos parece indudable la raíz liberal tercer gradista de este cristianismo secundario personalista, una de cuyas exageraciones, de tendencia marxista, es la teología de la liberación. El error de perspectiva del personalismo maritainiano, en esta su dimensión social-demócrata, es la secularización, y más aún, la separación del orden sobrenatural del orden social, tal y como pretende el Leviatán.

No menos grave es su error antropológico: postular otro cristianismo, aparte del relegado a la vida privada, que, en la vida pública, proporcione la felicidad terrena a los individuos. Es un proyecto que siempre termina destruyendo la vida social cristiana, escindida en dos e inutilizada, teniendo como efecto la descristianización de las naciones. Como ha sucedido en medio siglo de posconcilio.

Del fermento evangélico privado testimonial que defiende Maritainian, a la secularización general de la sociedad, hay sólo un paso. Es el error de base del doble cristianismo, de ese teocentrismo antropocentrico maritainiano, que es de suyo absurdo, porque no se puede tener dos centros al mismo tiempo.

Para profesar este doble cristianismo, fundamento de esa doble identidad tan difundida hoy día, se precisa exaltar un segundo cristianismo laicizado para la vida pública (que por su aconfesionalidad sirva de motor al progreso de la Humanidad).

Para esta exaltación “sanamente laica” de la secularización, será preciso romper en dos al hombre, y escindirlo en individuo y persona, (distingo clave del pensamiento maritainiano y del personalismo en general). Es el nuevo orden de la descristianización global.

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