Los modernos, como los herejes, creen en el progreso.(Alonso Gracián)

catedral

 

Del muro de Alonso Gracián

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La soberbia del mundo moderno no tiene techo. Llueve un poco y se inunda la casa. Basta un chirimiri, tres gotas y todo se inunda. De sufrimiento, de desvaríos, de desesperación.
Pero no basta. Ni en medio del chaparrón universal se pondrá remedio. La soberbia colectiva no tiene tasa. Vamos bien, cualquier tiempo pasado fue peor, dice el moderno, y aún más el modernista. Los modernos, como los herejes, creen en el progreso.

 

Y así vino gestándose a través de los siglos la herejía del Anticristo, compendio de todas las herejías, que consiste en la adoración del hombre en lugar de Dios. Convierte tú primero al cristianismo en algo inútil, extrayendo lo sobrenatural; después apodérate de la cáscara, o sea los dogmas vacíos, como mitos, o sea como imágenes poéticas o como recuerdos históricos, “El Cristo de Velázquez” de Unamuno; infaliblemente vendrá el tercer paso, el relleno del vacío de lo sobrenatural con lo natural, la sustitución de Dios con el hombre.» (Leonardo CASTELLANI, Domingueras prédicas, I, Ediciones Jauja, pág. 200.)

«Por tanto, frente a esta universal caída, hemos de afirmar con firmeza y hasta con descaro lo sobrenatural: nos va en ello la salvación. -¿Para qué lleva Ud. esa medallita? -Para dar rabia a los gansos. Hemos de decir que todos somos canallitas, dejados a nosotros mismos, que sin Jesucristo no podemos nada, que Dios es terrible aunque sea también amable, que hay salvación eterna y perdición eterna, que sin religión no hay verdadera moral, que sin la Iglesia no hay salvación, que únicamente Dios puede salvarnos de la nada, y la nada está en nosotros. Es decir, debemos afirmar todo el Credo de las cosas visibles e invisibles, con su retahíla de milagros y de misterios; justamente porque no lo entiendo lo creo; pues si yo entendiese a Dios, Él no sería Dios, sería Dios yo. “Si no existe Dios, lógicamente yo soy Dios; y para establecer que soy Dios, y no dependo de nadie ni de nada, me. suicido”, dice Kirilof, el personaje de Dostoiewski.» (Leonardo CASTELLANI, Domingueras prédicas, I, Ediciones Jauja, pág. 200.)

 

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