Hablemos de valores o del “arte” de diluir la fe y ocultar a Cristo(II)

EDU.jpg

 

La célebre y controvertida asignatura Educación para la ciudadanía (2006-2016), promovida por el presidente Rodríguez Zapatero, que pretendía educar en valores democráticos, no fue más que una consecuencia lógica de la teoría de los valores en la que se inspira la propia Constitución

________________________________________________________________________________________

Hace varios días les hablábamos de los valores como el arte de diluir la fe y cómo Rafael Gambra demostraba la contaminación del pensamiento católico. El artículo de hoy es de un sacerdote que nos alerta de la teoría de los valores. He escogido algunos párrafos pero pueden leer el artículo completo en el enlace.

“No son pocos los católicos que repiten ad nauseam que actualmente experimentamos una disolvente crisis de valores, sin advertir que el lenguaje secularizado y secularizante se ha introducido en el sagrado templo de los conceptos y de la verdad con efectos profundamente contaminantes. La cuestión esencial en este punto no estriba tanto en el propio concepto de crisis ―aunque aquí sería oportuno dilucidar si es tal o, más bien, debería hablarse de transformación―, sino en la noción misma de valor. En la mayoría de los casos sin saber qué se dice con ello, todo el mundo habla de valores, los cuales están refinadamente clasificados por los expertos axiólogos en infinitas categorías; así hoy podemos hablar, por ejemplo, de valores religiosos, humanos, políticos, sociales, éticos, estéticos, democráticos, progresistas, etc. La teoría de los valores nació en la modernidad, en el ámbito alemán, propagándose desde allí por doquier, formando hoy parte del lenguaje habitual, incluso de la gente más sencilla. En la Iglesia Católica los valores son también omnipresentes. Prácticamente no existen colegios católicos que no declaren en su ideario la educación en valores inspirados ―en el mejor de los casos― en el humanismo cristiano; ya no se habla de educación católica. Desde muchas de las cátedras episcopales es común escuchar una apelación a los valores cristianos o a los valores sin más, y una apuesta por ellos como solución omnivalente a la descristianización de los pueblos de Europa. Buenos católicos, con corazón noble, pero sin advertir del peligro del concepto en cuestión, se dejan arrastrar por la tiranía del lenguaje. Pienso, sobre todo, en aquellos que, para defender al nasciturus, suelen apelar al valor de la vida (natural), evitando ―para que también quepan los ateos en esta loable lucha― hacer referencia a la vida sobrenatural y a la eterna, sin advertir que la cultura de la muerte no puede ser combatida de modo efectivo con meros valores, sino con la fuerza de la fe.

Desde la caridad, debe alertarse a los fieles católicos de los peligros que conlleva la teoría de los valores. Como veremos en este escrito, el concepto valor, entendido en el sentido que le da la filosofía moderna, en concreto la axiología, es tramposo y nocivo, por su ambigüedad e indeterminación, por tener en el subjetivismo su razón de ser, y también por su carácter eufemístico, ocasionando fuertes y negativas repercusiones en la metafísica, en la moral y también en la religión, precisamente por sus marcadas tendencias nihilistas y ateas. Por consiguiente, en la batalla de las ideas por el bien y la verdad, pienso que debemos oponernos a toda teoría de los valores, volviendo a los principios y conceptos tradicionales católicos, especialmente los otorgados por el tomismo, rechazando toda pretensión ingenua de conciliación, mediante conceptos neutros, con este mundo nihilista que cada vez más expresa con mayor energía su furor antidivino.

(….)

El bien y los valores

Aunque la teoría de los valores pretende substituir a la metafísica, es sobre todo en la ética donde más se ha hecho notar su deletéreo influjo. Los valores han reemplazado sic et simpliciter a las virtudes, y, en consecuencia, ya no se habla tampoco de vicios ni pecados, ni de lo que está bien o mal moralmente. La ética de los valores quiere imponerse sobre la moral de los fines y los bienes; digo de los bienes y de los fines a la vez porque, según la moral eudemónica de Aristóteles en la que se inspiró santo Tomás, bien y fin se identifican. Los valores no tienen ninguna finalidad intrínseca, no son valores para. Asimismo, el carácter irreligioso de la ética de los valores la hace abominar, no sólo de los fines intermedios, sino especialmente del fin último identificado con el bonum commune absoluto y perfecto, que es Dios mismo. Para santo Tomás, Dios es el bien o fin común, o sea, el bien o el fin que todos los hombres tienen en común. La moral del bien común, en el sentido más teológico del término, es una moral eudemónica o finalista[16], que siempre tiene en cuenta ―al contrario de la teoría de los valores―, tanto en la moral individual como en la política, la finalidad última del hombre, puesto que Dios mismo, además de causa eficiente, es causa final de todos los entes, especialmente del hombre[17].

Por otra parte, debemos tener en cuenta que las virtudes no solamente están situadas en el orden operacional, sino que también tienen un fundamento metafísico, aspecto que tampoco encontramos en los valores. Las virtudes pueden considerarse como hábitos y como actos. Como hábitos, son formas accidentales que existen en el alma; así el hábito es principio de toda operación buena y virtuosa, y, de hecho, son los propios actos que manifiestan su existencia: «habitus per actus cognoscuntur»[18]. Así pues, admitiendo que operari sequitur esse, hay que afirmar que las virtudes realmente existen en el orden natural; se diferencian así de los valores que, al no existir, no pueden ser en absoluto principios de ningún acto virtuoso y, en consecuencia, no pueden ser moralmente perfectivos de la persona humana.

Efectivamente, todas las cosas pueden tener un valor subjetivo y relativo; esto no se pone en duda. Así, para un cristiano su fe tendrá más valor que para un ateo, como es natural. Lo que no existe de ningún modo es el valor puro, separado de los bienes y de la realidad de las cosas, como hemos visto. Sin embargo, tiene un valor objetivo todo lo que existe, los entes y bienes creados que participan en mayor o menor intensidad, en mayor o menor perfección, del ipsum esse subsistens. El valor exacto de cada ente sólo Dios lo sabe, siendo también un verdadero misterio el valor que Él da a cada una de nuestras acciones morales por las cuales seremos juzgados al atardecer de nuestras vidas. Como decía sabiamente José María Pemán, «¿qué sabemos nosotros del peso de las cosas que Dios mide en sus altas balanzas de cristal?».

La tiranía de los valores ante el organismo de las virtudes

Alguien me podría objetar que los valores, a pesar de ser irreligiosos, relativos y subjetivos, son inofensivos y que, por tanto, no procede calificarlos como peligrosos. Planteando esta objeción se demuestra un desconocimiento de la naturaleza propia de los valores, los cuales tienden a imponerse violentamente, manifestándose en su dinámica excluyente. Evidentemente, estoy aquí hablando analógicamente, porque los que son verdaderamente violentos son los sujetos que promueven una determinada jerarquía de valores, lo cual causa verdaderos problemas jurídico-sociales si el que los promueve es, además, legislador o gobernante. Al respecto, conviene tener en cuenta las reflexiones de Carl Schmitt en su obra La tiranía de los valores[19]. Según este filósofo y jurista alemán, el problema más grande de los valores está, no en los intentos de los axiólogos por objetivizarlos, sino en la jerarquía que éstos establecen. Creo que podemos decir que si el valor es subjetivo, su jerarquización se muestra arbitraria y dañina. Es el propio Nicolai Hartmann ―creador de la expresión tiranía de los valores que adoptó Schmitt― quien explica que los valores tienen la tendencia a imponerse como único tirano del ethos: «Todo valor ―una vez que ha ganado poder sobre una persona― tiene la tendencia de erigirse en el tirano exclusivo de todo el ethos humano, a costa, por cierto, de otros valores, también de aquellos que no le son materialmente contrapuestos»[20]. Constatamos, así, una falta absoluta de armonía entre los diversos valores que se enfrentan unos a otros, sin olvidar que todo valor se opone, a la vez, a un contra-valor. Carl Schmitt, en su análisis crítico, interpreta muy bien esta dinámica de dominación despótica propia de los valores: «El valor más elevado tiene el derecho y el deber de someter al valor más bajo y el valor como tal aniquila con derecho al no-valor como tal»[21]. Así pues, para el progresismo ateo, Dios no sería un valor, sino un contravalor. En otras palabras, siguiendo está lógica depredadora, la dinámica de los valores conduce a la reafirmación de sí mismos, y siempre en oposición a algún contravalor, en este caso Dios.

Estas oposiciones entre los diversos valores y contravalores contrastan con la armonía existente en la vida virtuosa. Las virtudes ni se oponen a otras ni se excluyen, ni existen contra-virtudes; son los vicios y pecados que se oponen a ellas. Y, aunque existe una jerarquía de virtudes ―secundum ordinem naturae―, todas constituyen en el hombre virtuoso un verdadero y viviente organismo de virtudes u organismo espiritual, como enseña el padre Garrigou-Lagrange[22] o el padre Labourdette[23]. El reino de las virtudes abarca el orden natural y el orden sobrenatural; no sólo existen las virtudes morales adquiridas, también existen las virtudes teologales y las virtudes morales infusas, como enseña santo Tomás[24]. De todas las virtudes, la más importante es la caridad, forma omnium virtutum[25], la cual no anula a otras virtudes ―que es lo que pasaría si fuera ella un valor supremo―, sino que las ordena, las vigoriza e incluso les da la razón de ser y existir; forma dat esse. La caridad es la principal de las virtudes teologales y es la única que no se pierde en el estado de visión beatífica. Además, ella da el ser a las virtudes morales infusas ―v. g. la templanza infusa o la penitencia―, de manera que cuando el hombre pierde la caridad al pecar mortalmente, pierde, además de las otras dos teologales, las morales infusas. A pesar de que las virtudes morales adquiridas sean independientes de la caridad, santo Tomás enseña que, siendo realistas, estas virtudes adquiridas pueden verse gravemente debilitadas e incluso perderse con el tiempo cuando están desconectadas de la gracia y de las virtudes morales infusas, puesto que en el hombre, en el estado actual de naturaleza caída, las virtudes morales adquiridas solamente pueden permanecer en el estado de gracia y vinculadas a la caridad, pues ellas, proprie loquendo, son realmente virtudes si están ordenadas al fin último sobrenatural; «perfecte et vere habent rationem virtutis»[26].

Respecto de lo que estamos diciendo, resulta muy ilustrativa la comparación entre la justicia entendida como valor y la justicia entendida como virtud. La segunda existe como hábito virtuoso en la misma alma del hombre, que permite al hombre no sólo obrar por él mismo con justicia, sino también llegar a ser justo. La primera no existe en la realidad y sólo puede darse en el mundo de las emociones; no perfecciona al hombre moralmente ni es capaz de impulsarle a obrar con justicia. Lo mismo vale para los otros valores que también se presentan, en este aspecto, como fútiles y estériles moralmente. En suma, podemos decir que ni siquiera todos los valores en conjunto son capaces de producir un solo hombre bueno y virtuoso, ni mucho menos un santo.

Educación en valores: el caso de España

Es necesario que la comunidad política también esté ordenada al fin último y universal, de manera que en ella el hombre, animal político por naturaleza (ζῷον πολῑτῐκόν[27] o animal sociale[28]), pueda adquirir las virtudes políticas o sociales mediante las cuales pueda también perfeccionarse moralmente. Por esta razón, es imposible que el hombre adquiera perfección alguna a partir del nihilismo de los valores en el cual las constituciones de los estados democráticos modernos fundamentan su legitimidad. Un ejemplo de esto es la Constitución Española de 1978, que proclama lo que sigue en las primeras líneas del título preliminar (art. 1, 1): «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político»[29]. Por consiguiente, el estado, como substituto de Dios, de la religión y de la familia, se convierte en el supremo educador de las conciencias, debiendo ser moldeadas según los antedichos valores supremos, como ilustró el socialista Gregorio Peces-Barba, uno de los padres de la Constitución, en un artículo de El País (2004): «Necesitamos una asignatura sobre la educación en valores que no puede ser improvisada, ni coyuntural, ni oportunista, sino sistemática, completa y adecuada a la edad de los alumnos y que exige una estabilidad y una permanencia para que pueda producir frutos»[30]. La célebre y controvertida asignatura Educación para la ciudadanía (2006-2016), promovida por el presidente Rodríguez Zapatero, que pretendía educar en valores democráticos, no fue más que una consecuencia lógica de la teoría de los valores en la que se inspira la propia Constitución. Recientemente, la ministra de Educación Isabel Celaá ha anunciado la intención del Gobierno de recuperar esta asignatura, aunque con otro nombre, Valores cívicos y éticos, concediéndole un estatuto de obligatoriedad en detrimento de la asignatura de Religión, con la intención de imponer una ética de estado,fomentando el pluralismo, los derechos humanos, la ideología de género y el feminismo radical[31]. A partir de aquí, muchos serán los que de nuevo se rasguen las vestiduras, sucediéndose una cascada de demandas y recursos judiciales por padres ―muchos de ellos católicos― que rechazan este tipo de educación en valores por parte del estado, pero que reclaman, al mismo tiempo, otros valores para la educación de sus hijos. Creo que la alternativa debe ser más consistente y vigorosa por parte de los colegios católicos y los seglares ―si no políticamente organizados, al menos como lobby de presión―, mostrando el rechazo absoluto a la tiranía de los valores y decidiéndose explícitamente por las virtudes, es decir, por una educación en virtudes para sus hijos, en la fe y la caridad cristianas. Mientras tanto, tendremos todos que presentar batalla ―incluso judicial― ante el Estado para, al menos, mitigar los efectos negativos de sus excesos. No obstante, no seamos ingenuos pensando que, alegando inconstitucionalidad, los tribunales nos pueden salvar de la asignatura Valores cívicos y éticos, pues ella no será más que uno de los muchos frutos de una Constitución en la que Dios está ausente.

Consideraciones finales

La crítica a la teoría de los valores no es ninguna discusión bizantina acerca de una cuestión menor de carácter semántico. Al emplear el concepto valor ―que ha llegado a ser connatural en el discurso católico― estamos optando, no sólo por la ambigüedad y la indeterminación, sino también por la claudicación, al rechazar presentarnos públicamente con los propios conceptos tradicionales de fe, caridad, gracia, ley natural, ley divina, verdad, bien o virtud, entre otros, camuflándolos mediante este eufemismo que nos ofrece la axiología. No se equivocó Rafael Gambra al calificar los valores como «un recurso casi universal para diluir lo que no se quiere declarar expresamente»[32]. De nada sirve la pretensión de hacernos amables a una sociedad atea y nihilista. La clave de la solución está, no en la indefinición, el consenso y el diálogo estéril, sino en la confrontación, en la lucha por la verdad, que sólo podrá trabarse sobre la base de un vocabulario preciso, sólido, riguroso y verdadero, o sea, católico.

Por otro lado, considerar a Dios como valor supremo tampoco es ninguna solución, puesto que el hecho de definir a Dios como valor, por muy supremo que sea, ya supone una degradación y una negación de su esse absolutum. Dios como valor supremo puede servir ―y sirve, de hecho― a los que quieren apostar por los valores propios del humanismo cristiano. De esta manera, uno puede ser un ferviente humanista cristiano teniendo a Dios como valor supremo, sin necesidad de creer en Él, ya que, al confesar a Dios como tal, no se está diciendo nada acerca de su existencia, y, aceptando los demás valores subordinados a Él, los valores cristianos ―que no son moralmente vinculantes como los Mandamientos de la Ley―, se opta por un cristianismo en valores muy cómodo y placentero.

Los valores predominantes en la sociedad actual no son inocentes y la relación que tienen ellos con los elementos tradicionales de nuestra fe es idéntica a la relación valor-contravalor respectivamente. Yo he adoptado de Schmitt y Hartmann la expresión tiranía de los valores no sólo para destacar la dinámica de confrontación existente entre los distintos valores y de éstos con los contravalores correspondientes, sino en un sentido más amplio, incluso social, pues los valores son frecuentemente instrumentos al servicio del gobierno despótico del Estado Leviathan. Sin embargo, a mi modo de ver, los valores hegemónicos y avasalladores se muestran como un gigante con pies de barro, como aquél que vio en sueños Nabucodonosor y que relata el libro del profeta Daniel (Dn 2, 31-45), y, por ende, pienso que la Iglesia, para tener una buena salud en su discurso y evitar la confusión, tendría que dejar de recurrir al concepto axiológico de valor, incluso a la expresión valores cristianos ―desde la conversación común a los documentos magisteriales, pasando por la enseñanza catequética y el discurso filosófico-teológico―, y debería retornar perentoriamente a la doctrina moral tomista, la más perfecta y completa, por tener su fundamento en la metafísica del ser, dirigiendo y ordenando al hombre hacia el fin último por el camino de la perfección virtuosa de la gracia sobrenatural y de los actos moralmente buenos.

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=34984

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s