Algunos errores y desviaciones del Progresismo Cristiano. Julio Meinvielle

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Es muy difícil caracterizar con precisión los errores y
desviaciones en que incurre el progresismo cristiano en casi todos los
aspectos de la doctrina y de la vida religiosa. Algunos mantienen algún
error o desviación y otros, otras. La enumeración que vamos a hacer,
ni es exhaustiva ni es formulada por todos los que se dicen
progresistas.

En primer lugar, hay en los progresistas, sobre todo seminaristas
y sacerdotes, un desprecio bien marcado de la filosofía y de la teología
de Santo Tomás; sabido es que para la Iglesia, Santo Tomás de
Aquino es el primer Doctor que ha logrado una síntesis hasta ahora
insuperada de las enseñanzas cristianas y las ha expuesto en un
cuerpo de doctrina que forman toda una arquitectura. Pues bien, los
clérigos progresistas desprecian la filosofía y teología tomista, argu-
yendo que toda ella está en dependencia de una ciencia arcaica y
superada ya definitivamente. Luego, así como esa ciencia ha caducado,
también caduca la metafísica y la teología de Santo Tomás. No es
difícil advertir el error de estos clérigos progresistas. La metafísica y la

teología son independientes de la ciencia experimental que poseía
Santo Tomás; lo importante en aquella metafísica y en aquella teología,
es la formulación de los primeros principios de la realidad y del ser.
Rechazar a Santo Tomás, es rechazar la filosofía del ser, y caer por lo
mismo en una filosofía de la idea, de la vida, del devenir, de la
existencia. Por ese camino se hace imposible alcanzar el ser y por lo
mismo, poner en contacto racional al hombre con Dios, su Creador.
Por ese camino el hombre cierra el camino de su inteligencia hacia
Dios y se hace incapaz de levantar una teología que respete los
fundamentos naturales y racionales, sobre los cuales se ha de apoyar
luego la Revelación y la teología.

En los progresistas, de que estamos hablando, hay una tenden-
cia a revisar también todos los tratados de la teología escolástica y
tomista, con el pretexto de que se debe tomar contacto con las fuentes,
a saber, con la Biblia y la enseñanza de los Padres. Esta tendencia
puede ser buena si no niega el progreso legítimo que se ha operado
con las grandes disquisiciones y tratados de los doctores posteriores,
pero los progresistas desprecian estos estudios y tratados; quieren
volver a una teología puramente bíblica y patrística. Esta tendencia es
tanto más peligrosa y se convierte en fuente de innumerables errores,
si tenemos en cuenta que hoy la Biblia está sometida a un bombardeo
criticista demoledor por parte del nuevo racionalismo. Hay exégetas,
como por ejemplo Rodolfo Bultmann, que están empeñados en desmi-
tizar, como ellos dicen, el kerygma cristiano. En esta tarea reducen a
muy poco la palabra divina de la Escritura, so pretexto de que todo es
mito, incluso la resurrección del Señor. Sabido es que hoy algunos
biblistas católicos rechazan, por ejemplo, la infancia del Evangelio de
San Lucas, y dicen que el Magníficat no es un cántico pronunciado por

la Virgen. Se abre así, por este camino, las puertas a la destrucción
total del Antiguo y del Nuevo Testamento de las Escrituras Sagradas.

Al rechazar la teología de Santo Tomás, recomendada
insistentemente por el Magisterio de la Iglesia, se han de inventar
nuevas teologías, apoyadas en falsas filosofías, como por ejemplo en
el historicismo, evolucionismo y en el existencialismo. Sabido es cómo
Pío XII en la Humani Generis, ha condenado todas esas tendencias
peligrosas de la nueva teología. Pero el progresismo no hace caso de
la advertencia de los Papas. Otra desviación grave del progresismo, es
el rechazo y la disminución que hace de la autoridad del Papa y de la
Curia romana, rechazando el magisterio ordinario de la Iglesia; en este
punto los progresistas formulan las afirmaciones más pintorescas. Para
ellos, cuando muere un Papa, pierden valor todas las verdades por él
enseñadas. Este error es tanto más grave cuanto es conocido que las
enseñanzas de los Papas giran alrededor de las verdades de la
Revelación y del orden filosófico natural que guardan un valor per-
manente; por ello es que los Papas en sus documentos invocan las
doctrinas del Magisterio anterior de sus predecesores.

La campaña de desprecio del Magisterio de la Iglesia va acompa-
ñada asimismo de una campaña contra la persona de grandes Pontí-
fices, como por ejemplo de Pío XII. No se le perdona a este Papa el
que haya promulgado en 1950 la Humani Generis contra las desviacio-
nes de la nueva teología; tampoco se le perdona que haya condenado
el movimiento de los prétres ouvriers y haya puesto término a los
desmanes de algunos teólogos dominicos, ni haya canonizado a San
Pío X.

Algunos progresistas, sobre todo en Francia, presentan una ima-
gen de la Iglesia como si su centro, que está en Roma, tendría por
función frenar, mientras que la periferia sería dinámica y empujada

por el Espíritu. La mano romana que frena, se dice, es retrógrada y
esterilizante, mientras que el motor de la periferia da muestras de
inteligencia de las situaciones y de audacia apostólica. (Ver Itine raí res,
núm. 60).

Los progresistas, llevados por un falso ecumenismo, se atreven,
asimismo, a rebajar los privilegios de la Virgen y así se oponen, por
ejemplo, a que se le reconozca a María o se le dé el título de Media-
nera Universal de todas las Gracias.

Los progresistas, renovando los errores del pelagianismo, están
también llevados a negar o a oscurecer la noción de pecado y de
infierno. Fundándose en tesis del psicoanálisis y de la psicología
profunda, se ven movidos a negar la malicia y la responsabilidad del
pecado, sobre todo de los pecados sexuales.

En la vida espiritual, hay en los progresistas un empeño en
suprimir el esfuerzo de los actos y de las prácticas individuales en
beneficio de una piedad exclusivamente comunitaria. En estos errores,
suelen incurrir los progresistas de un liturgismo comunitario exagerado.

Habría que señalar también los errores y desviaciones de un per-
sonalismo peligroso que lleva a formular la tesis de la libertad religiosa
como la de un derecho a la profesión pública de cualquier error y que
elabora toda  una moral individualista o de la situación.

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