Con ellos, por su intención, para que se sientan confortados, consolados, fortalecidos, recitemos los misterios dolorosos del Santísimo Rosario.

aidan-nichols

 

 

En Septiembre de 1964 FRAY MARIO Agustín PINTO 0. P. publicó un texto que bien podríamos dedicar hoy a quienes han elevado una súplica para que la Verdad triunfe.

(Me refiero a los intelectuales que han acusado al papa de herejía)

La situación actual es el final de un largo proceso de contaminar la mente católica de todo tipo de modernas filosofías a las que tanto teologuillo se ha adherido. Es el resultado de avergonzarse de ser Iglesia y es el resultado de querer imitar las corrientes cambiantes del mundo .

Una de las cosas que más me ha llamado la atención en todos estos seis duros años ha sido, lo callados que han estado tantos obispos que considerábamos de buena doctrina.

Está claro que ya no saben distinguir el mal del bien, el error de la Verdad o que el miedo a quedarse solos o a ser tachados de integristas, les ha podido más que el amor a la Verdad.

 

Les dejo con el texto:

 

Decía San Jerónimo, aludiendo a la singular difusión  que  en  su  momento alcanzara la herejía del arrianismo, que un día el mundo se despertó comprobando con espanto que era arriano. Pues bien, algo análogo podría decirse en nuestros días con respecto a esa nueva forma de error que genéricamente lleva el nombre de progresismo católico.

El progresismo, en efecto, se ha infiltrado en todos los ámbitos de la Iglesia, pero de un  modo  principal  en  sus  centros  más  vitales,  es  decir,  en los seminarios, en las casas de formación del clero secular y regular, en las Universidades,  academias  e  institutos  católicos,  en  todos  aquellos  lugares en fin, donde se conforman las mentes de quienes están destinados a ser los dirigentes y  mentores  del   pueblo   cristiano.   Es   un   proceso   semejante a aquel que ofreciera  a  comienzos  de  este  siglo  el  modernismo,  con  el  cual, por lo demás, se presenta en continuidad perfecta, y  contra  el  cual  reac- cionara con sobrenatural  fortaleza  San  Pío  X.  Se  infiltra  como  un  veneno sutil  que  disuelve  las  mentes  de  los   hombres,   y   las   estructuras   sociales en las filas de los laicos, del clero, del episcopado, determinando actitudes, iniciativas,  proposiciones,  decisiones,   que  provocan   la   congoja  de  las almas fieles, y la desorientación y confusión en  el  pueblo  creyente,  que acaba  por no saber  al  fin,  ni  qué  pensar,  ni  a  qué  atenerse,  por  cuanto  ve  que  se  pone en tela de juicio prácticas, certezas, costumbres, que suponía, fundadamentales, inconmovibles.

A quienes,  desde  treinta  años  atrás,  veníamos   siguiendo  con  atención y angustia este proceso, la situación a que hemos llegado  no  puede  ciertamente sorprendernos. Es la  lógica  conclusión  de  los  errores  del  liberalismo católico, del modernismo, del maritainismo, del personalismo, que han venido  a  conjugarse  y  resolverse  en  el  error   global  del  progresismo.   Pero la gran masa de los fieles católicos no tenía  elementos  suficientes  para sospechar lo que en el seno  de  la  Iglesia  se  venía  incubando,  por  cuanto, hasta hace poco,  las  nuevas  ideas  se  manifestaban  rodeadas  de  precauciones y  cautelas,  ante  el  temor  de  la  autoridad  eclesiástica,  y  principalmente de  la  Congregación   del   Santo   Oficio,   cuya   necesaria   función   moderadora y  vigilante,  viene  haciéndola  objeto  de  tenaces  e  insensatos  ataques.   Mas, he aquí que, de pronto, parecería  como  si  todas  esas  inhibiciones  se  hubiesen  esfumado,  como  si  todas  las  compuertas  se  hubiesen  abierto.  Por   eso es que el mundo católico  ha  podido  despertarse  un  buen  día  comprobando con. asombro, que estaba todo circundado, infiltrado, penetrado, por la marea incontenible y siempre creciente de las nuevos corrientes progresistas.

Ante esta situación, en verdad dramática, es necesario, hoy más que nunca,  que  los   espíritus   que  han   sabido  conservar   su   lucidez   intelectual, y que siguen adhiriendo firmemente a la integral doctrina de la Iglesia —los tan vituperados “integristas” de las campañas difamatorias del progresismo— den su testimonio de verdad, para contribuir a disipar, en la medida de sus fuerzas, tan universal confusión. Así lo han hecho entre nosotros, dos teólogos argentinos, que desde mucho tiempo atrás se vienen señalando por su intrépida constancia en la lucha  contra  los  errores  que han conducido gradualmente hasta la actual  crisis  progresista.  Por  todo ello, recomendamos vivamente dos estudios recientemente publicados que proyectan una vivísima luz sobre el fundamento, la raíz, y las múltiples implicancias. del error que venimos eomentando. Uno de ellos es el R. P. Alberto Vieyra 0. P., quien en  su  opúsculo  “El  error  del  progresismo”, señala agudamente como fundamento filosófico  este error, el desplazamiento que en él se ha producido del sujeto mismo de  la moralidad  bajo  el influjo de la instancia personalista y existencialista de la fisolofía con temporánea, radicalmente opuesta a la filosofía cristiana tradicional de las esencias eternas e inmutables. El otro es uan folleto que contiene conferencias del R. P. Julio Me.invielle.  “En torno  al  progresismo  cristiano”.  Ya en el año 1960 en un número de la Revista “Estudios T’eológicos y filosóficos”, que ha adquirido en estos momentos de crisis  renovada actualidad, el R. P. julio Meinvielle, tomando  como  punto  de  partida  el  problema  de los sacerdotes obreros, investiga, con su  habitual  sagacidad  la  raíz  teoló gica más profunda del progresismo católico,  y  la descubre  en  la  concep ción de un cristianismo “reencarnado”, es decir, en la audaz tentativa de implantar una suerte de  “nuevo  cristianismo”,  que  completa  y  perfecciona la “nueva cristiandad” de Maritain,  y que no  deja  de evocar  el recuerdo del abad Joaquin Flores, que pretendió predicar en la Edad Media un nuevo Evangelio, el “Evangelio eterno” que él decía, y a quien refutó Santo ‘Tomás con razones contundentes (cf. Summa Theol. I-II, 106, 4). En  sus conferen cias recientemente publicadas, el P. Meinvielle ha completado aquel agudo análisis a la luz de los nuevos y sorprendentes desarrollos que alcanzaron aquel error.

Creemos sinceramente  que  todo  aquel  que  lea  estos  estudios  con  espí ritu  ecuánime   y   desprejuiciado,   con   sincero   amor   a   la   verdad,   encontrará en   ellos   todos   los   elementos   necesarios   para   formarse    un   juicio   ortodoxo y exacto acerca de estos perniciosos errores, que determinan, alli donde por desdicha  vienen  a  imponerse,   la   turbación   de   los   espíritus,   el   relajamiento de la moral, la destrucción del concepto de  autoridad  y  de  1a  disciplina eclesiástica,  la  más  triste  y  lamentable  subversión.  Aquí   mismo   en   la Argentina,  ejemplos  recientes  que  no  son  del  caso  enumerar,  por   ser   de sobra  conocidos,   vienen  a  confirmar,  con  meridiana  claridad,  nuestra aserción.

No se nos oculta ciertamente la suerte reservada a quienes en la hora actual se atreven a desenmascarar y denunciar  estos  errores.  Los  progresistas  tienen  en  efecto,  declarada  una  guerra  sin  cuartel  a  todos  aquellos que permanecen inconmovibles en la defensa de la doctrina católica,  tradicional e integral.  Cuentan  para  ello  con  casi  todos  los  medios  de  publicidad,  y  gozan  del  favor  y  ayuda  de  los   enemigos   solapados   y   aun abiertos  de  la  Iglesia.  Por  eso  no  han  vacilado  en  desencadenar  campañas de  difamación  y  desprestigio  que  han  llegado   hasta   los   más   altos   nive les de la Iglesia: Cardenales, Superiores de Ordenes  y  Congregaciones, eminentes teólogos romanos. Así lo ha señalado con palabras en verdad conmovedoras la  revista  francesa “Itinéraires”, que  dirige  el  gran  polemista católico Jean Madiran, y que asesora el  R.  P.  Thomas  Calmel  0.  P., querido condiscípulo y hermano, por cuya lucha heroica, librada en cir- cunstancias  singularmente  difíciles   le  hacemos  llegar  nuestro   homenaje de cordial solidaridad y admiración. Leemos en efecto, en el número 69 de “Itinéraires”, en una crónica  romana  que  firma  “Peregrinus”  estas  palabras de  angustia  que   muestran   hasta   dónde   ha   llegado   la   audacia   agresiva del movimiento progresista, en su campana contra el “integrismo”; es decir, contra  los  defensores  de  la  doctrina  católica  integral,  sin  mutilaciones  que la desvirtúen en su contenido esencial. Dice “Itinéraires” :

“La descalificación arbitraria de las personas por los reflejos condicionados del anti-integrismo,  es  un  proceso  de  autodestrucción  de  la  Iglesia. Si ésta fuese una sociedad solamente  humana,  no  hubiese  podido sobrevivir. El “integrista” es aquel a quien  no  se  habla ;  no  es  más  un hermano,  ni  siquiera  un  hermano  enemigo ;  no  es  un  adversario   humano, es el equivalente de un perro sarnoso  a  quien  se  espanta  con  un  puntapié. Se le desprecia en silencio o se le  injuria  con  la  mayor  grosería.  Se  le considera como capaz de todo,  y  más  abajo  aún,  en  la  escala  de  los  seres  que los criminales  endurecidos,  a  quienes  se  les  concede  por  lo  menos alguna función en las prisiones. Se le  puede  hacer  todo,  menos  tener  en cuenta  su  existencia  y  su  opinión.  Basta  que   la   calificación   de   “inte grista” se haya lanzado con alguna insistencia en el universo del rumor organizado, para que, prácticamente, ni siquiera  se  examine  si  esa  cali fioación  está  fundada,  y  en  qué  medida  y  en  qué  sentido.  Es   de   suyo global  y  definitiva,  como  la  declaración  de  que  un  individuo  está  afectado de lepra; ya no cabe para él ningún contacto con  los  hombres  sanos.  Ahora bien,  a  una  parte  cada  vez  mayor,   en   número   de   los   clérigos   y   laicos que integran la Iglesia,  se  les  coloca  esta  pestífera  etiqueta.  Es  una cuarentena  psicológica,  pero  absoluta.  Es  «la  guerra  psicológica»   traslada da al seno de la I glesia.

”Esta «guerra psicológica» —agrega el mismo autor— se había desarrollado, hasta  hace  poco  en  las   zonas  periféricas   del  cuerpo  eclesial,  en el nivel de las Parroquias, de las organizaciones de Acción Católica, de los Vicariatos  Generales  de  las   diócesis,   a   veces   también   en   el  nivel   de   tal o cual conferencia episcopal. Pero ahora  se  la  ha  llevado  hasta  el  centro mismo de  la  Iglesia.  Pero  ahora,  Cardenales  de  curia,  Superiores  de  Orde nes Religiosas,  teólogos  romanos,  vienen  a  ser  personalmente  destrozados por  la  máquina  infernal.  Algunos  de  ellos  conocen  ya   por   experiencia propia las tinieblas de la soledad y del desprecio, la tentación de la deses peranza, la desorientación del  alma,  que  provoca  en  sus  víctimas  esta  gue rra psicológica organizada  por  el  antiintegrismo.  Experimentan,  lo  que habían  experimentado  antes  que  ellos,  sin  que   ellos   lo   hubiesen   sabido, sin que tal  vez  lo  hubiesen  cabalmente  comprendido,  tantos  humildes  laicos y  clérigos  de  última  fila.  Ahora  ellos,  a  su  vez,  están   solos,   con  su  cora zón desgarrado, solos con su amor rehusado y despreciado, solos con sus lágrimas y sus  oraciones.  Solos  con  Jesús  y  su  Santísima  M’adre,  en  el umbral del primero de los misterios dolorosos.

”Que todos aquellos que  desde  un  extremo  al  otro  de  la  Cristiandad han sobrevivido a la prueba,  que  por  la  gracia  de  Dios  la  han  sobrellevado sin quedar definitivamente  destrozados,  que  todos  aquellos  también  que están actualmente sumergidos en ella, y  se  debaten  a  tientas  en  las  tinieblas,  que  todos  se  unan,  en  la  oración   y  en  el  Santo   Sacrificio  de  la  Misa, a quienes hoy en día, en Roma, han venido a ser blanco, a  su  vez,  de  la  masacre ; blanco de esta atroz guerra psicológica del antiintegrismo, que  arruina arbitrariamente su reputación, que rompe o relaja sus más viejas amistades, que destroza  en  sus  manos  el  bien  que  podrian  hacer,  y  que  lleva sus desvastaciones hasta lo más íntima de su alma. Con ellos, por su intención, para que se sientan confortados, consolados, fortalecidos, recitemos los misterios dolorosos del Santísimo Rosario.”

Y nosotros a nuestra vez, que comprendemos cabalmente toda la dolo rosa verdad de estas palabras,  como  íntima  adhesión  a  las  figuras  eminen tes,  a  los  campeones  de  la  fe  que  atraviesan  hoy  por   esta   prueba,   para que se pueda conocer  mejor  la  raíz  venenosa  y  profunda,  que  explica  la razón de ser,  y  la  íntima  cohesión  de  todas  esas  ideas,  actitudes  y  doctri nas que están sembrando la confusión en nuestras filas, recomendamos vivamente de estos  estudios,  liberadores  y  esclarecedores,  del  P.  García Vieyra y del P. Julio Meinvielle.

 

FRAY MARIO Agustín PINTO 0. P.

(Publicado en la revista VERBO, Septiembre 1964,44/45)

 

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