La tolerancia es la “virtud” de los hombres sin convicciones. Chesterton

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Es impresionante cómo el constructo personalista se ha introducido, hasta contaminarlo y mundanizarlo completamente, en el pensamiento católico tradicional. En muchas conversaciones te das cuenta, cómo ese sentir católico, que debería formar un armazón al comportamiento, opiniones , formas y demás; se ha convertido en algo accesorio y adicional como un pegote en la vida del cristiano. Se ha reducido al interior de los templos y muchas veces ni eso porque ya ni en la liturgia hay unanimidad. Se ha deformado de tal manera y se ha desacralizado todo de una forma tan alarmante que ver “bailar” a un sacerdote delante de la mesa del sacrificio del altar ya no causa espanto.( Por muy contento que esté el sacerdote.) Se ha sustituido el concepto de sacrificio por el de banquete y así todo cabe en un banquete.

Pero no es la desacralización a lo que quería referirme, es más bien al pensamiento católico actual, que en sus ansias de agradar al mundo, ha ido asumiendo tantos calificativos mundanos y ha entrado a la guerra del lenguaje, que prefiere desasirse de todo aquello que ha sido tradicional, con el único propósito de ser aceptado por el mundo. Así ha querido ser tolerante y yo me pregunto  ¿no es acaso nuestra religión , la católica, la más intolerante de todas las religiones por mucho que desagrade este término a tantos católicos mundanizados sin darse cuenta siquiera?

No es acaso una religión que proclama;

“No hay más que un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo” (San Pablo a los Efesios, IV, 5).

la religión más intolerante del mundo?

O qué pensaríamos de alguien que dice: “Yo soy la Verdad” o de alguien que dice: “El que crea en mÍ se salvará y el que no crea se condenará para siempre”

Yo me pregunto ante tantas personas que pretenden presentar un cristianismo edulcorado y mundanizado ¿ hasta qué punto han asumido estas afirmaciones o hasta qué punto se las creen?

El personalismo ha reblandecido el pensamiento católico y cómo decíamos en la entrada anterior lo ha despojado de su virilidad, de su reciedumbre y así hoy no hay nada que horrorice  más a un católico que ser calificado de intolerante por el mundo.

Valgan estos párrafos del Cardenal Pie, para apoyar y argumentar mi intolerancia, aunque para ello deba enfrentarme al mundo.

“Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!” Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante.”

“Condenar la Verdad a la tolerancia es condenarla al suicidio”

“Para la verdad, la intolerancia es el anhelo de la conservación, (…) Cuando se posee, es preciso defenderse, bajo pena de ser en breve totalmente despojado.

Por eso, mis hermanos, por la necesidad misma de las cosas, la intolerancia es necesaria en todo, porque en todo hay bien y mal, verdad y falsedad, orden y desorden; en todas partes lo verdadero no soporta lo falso, el bien excluye el mal, el orden combate el desorden.

¿Qué más intolerante, por ejemplo, que esta proposición: “dos y dos son cuatro“?

“Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista.”

Un pastor inglés ha tenido la osadía de escribir un libro sobre la tolerancia de Jesucristo, y el filósofo de Ginebra ha dicho, hablando del Salvador de los hombres: “Yo no veo para nada que mi divino Maestro se haya andado con ambigüedades acerca del dogma“. Nada más cierto, mis hermanos: Jesucristo no se ha andado para nada con ambigüedades acerca del dogma. Él ha traído a los hombres la verdad, y ha dicho: “Si alguno no fuera bautizado en el agua y en el Espíritu Santo; si alguien rehusase comer de mi carne y beber de mi sangre, no tendrá ninguna parte en mi reino“. Lo reconozco, allí no hay ninguna ambigüedad: es la intolerancia, la exclusión más indudable, la más franca. Y además, Jesucristo ha enviado a sus Apóstoles a predicar a todas las naciones, es decir, a violentar todas las religiones existentes para establecer la única religión cristiana por toda la tierra y sustituir, por la unidad del dogma católico, todas las creencias adoptadas por los diferentes pueblos. Y previendo las revueltas y las divisiones que esta doctrina va a provocar sobre la tierra, Él no se detiene y declara que no ha venido a traer la paz sino la espada, a encender la guerra no solamente entre los pueblos sino aún en el seno de una misma familia, y separar — al menos en cuanto a las convicciones — a la esposa creyente del esposo incrédulo, al yerno cristiano del suegro idólatra. Esto es así, y el filósofo tiene razón: «Jesucristo no se ha andado con ambigüedades acerca del dogma».”

Podría seguir citando frases y párrafos del Cardenal Pie, pero hay que decir que nadie fue más intolerante que Cristo, pese al daño que pueda hacer esta palabra en los oídos del mundo.

P.D: Otro día hablaremos de la violencia justa que tanto chirría en los oídos del cristiano mundanizado.

 

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