La sola “auctoritas” como principio docente, es ajeno a la tradición católica.

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Una de las “cosas” buenas que ha traído este pontificado es que tantos ataques a la fe, ha servido para reactivar las defensas de algunos que estábamos dormidos. Es lo que ocurre con algunas enfermedades, que activan las defensas del cuerpo para evitar ser contagiados nuevamente. Si ha pillado desprevenido a tanto católico es entre otras razones y como dice Alonso Gracián en su blog por una desordenada obediencia , lo que podríamos llamar papolatría:

“En efecto, el método fenomenológico no puede alimentar el saber de la Iglesia discente. Pero ha recibido una asistencia de crédito, como dice Eugenio d´Ors, para que parezca que sí puede hacerlo. Y esta asistencia ha venido de parte del nominalismo. Que aplicando su concepto de autoridad, ha transformado la potestas del gobernante en potencia absoluta que todo lo cree poder legitimar a golpe de decreto. Y se ha convertido en sola fuente de verdad, como quería Hobbes. Estamos hablando de una «sola auctoritas» como principio docente, que es ajeno a la tradición católica.

—Con ello se ha deformado el sentido de la obediencia, mutándola en obediencia absoluta. Por la que se canoniza el gusto intelectual personal de la autoridad, creyendo que la obediencia incluye privilegiar sus preferencias conceptuales privadas.

3.- En definitiva, la fenomenología ha recibido crédito no de sí misma sino 1º) de parte de la mayoría de los fieles católicos más o menos formados, que excediéndose en su concepto de obediencia, han asumido, desconociéndolo, el método de Husserl; y 2º) de parte de muchos docentes y pastores, en general, que llevados de un concepto nominalista de la auctoritas, han transmitido la idea de una supuesta complementariedad perfecta entre fenomenología y pensamiento católico.

4.- Dada esta imposibilidad de saber, que es un hecho, se produce entonces una especie de huida hacia adelante, con tal de salvar el prestigio de la potestas y la auctoritas desordenadamente entendidas, y compensar de alguna manera la anemia de la razón católica.

Y se razona de esta manera: no es que el método fenomenológico tenga problemas, es que la razón misma tiene problemas, es que tratamos de cosas incognoscibles e inefables de las que mejor no hablar, como diría Wittgenstein, lo importante no es conocer sino experimentar. Pongamos entre paréntesis la metafísica y sólo confiemos, que en eso consiste la fe. “

Se ha producido una desordenada obediencia , un negar la razón y un estudiar y asumir como dogma y como magisterio las filosofías personales de nuestros papas; Así entró en crisis la política con las enseñanzas de Maritain a partir de Pablo VI y no se arreglaron las cosas con el personalismo y la fenomenología de Juan Pablo II, que algunos la estudiaron ávidamente y la hicieron suya como si fuera el nuevo filón de oro que hibridaría el mundo bueno, con el malo, que hibridaría la clasicidad con la modernidad y así se infectaron en masa miles de sacerdotes y de docentes. Decía Nicolás Gómez Dávila que si alguien no aprecia el hedor y descomposición de las nuevas teologías es que está infectado por ellas y es lo que ha ocurrido.

Descubrir la fe a través de autores clásicos es un don de Dios y leer los buenos libros de teología de autores tomistas es lo mejor que podemos hacer.

Antonio Royo Marín es uno de ellos y en sus muchos libros nos descubre el universo de la fe y desentraña la luz de la dilatada tradición de la Iglesia.

¿Por qué soy católico? y nos contesta: Porque Dios ha querido, Dios ha querido regalarme gratuitamente , sin mérito alguno de mi parte, el inmenso tesoro de la fe.

La fe es un gran don de Dios, que nadie podría merecer ni alcanzar jamás con sus propios razonamientos naturales. Estos últimos, son fruto de la inteligencia, osea pertenecen al plano meramente natural. Y la fe es una realidad estrictamente sobrenatural y la simple naturaleza no puede producir ni alcanzar ninguna realidad sobrenatural; es “de otro metal” como diría Santa Teresa. Decir lo contrario sería incurrir en la herejía pelagiana, expresamente condenada por la Iglesia

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