Entre el falso realismo y una “mística” equívoca

Husserl

 

La Nueva Teología, que es personalismo teológico, a través del inmenso prestigio que ha gozado en las instituciones católicas desde los tiempos posteriores a la Humani generis (1950), ha contribuido decisivamente a la formación de una idiosincrasia católica contemporánea. El carácter liberal, tercergradista, de esta idiosincrasia, tal y como estamos poniendo de manifiesto en esta continuada serie de artículos, ha definido con precisión el perfil ideo-sincrático del catolicismo hodierno.

2.- Paralelamente, el personalismo filosófico y político, apoyándose en los tópicos suscitados por la Nueva Teología, ha difundido un amasijo inorgánico de ideas que, pasado por el horno del posconcilio, ha cuajado en un cuerpo consistente de tópicos, prejuicios y lugares comunes de evangelización y pastoral. Catequesis, homilías, cursos de formación, artículos, publicaciones sin cuento, han ido (de)formando la mente católica en la nueva sensibilidad, de tal manera que, lo que en principio era un nuevo paradigma líquido, ahora es un nuevo paradigma sólido, petrificado, incuestionable, endurecido y enquistado.

3.- Ambas corrientes ideológicas, aun con sus aspectos buenos y positivos, han ocasionado una crisis de pensamiento sin igual en la historia de la Iglesia. Y no es que estén exentas de contenidos amables y piadosos; es que al transmitir sus conceptos generales han transmitido, también, sus fundamentos sustanciales, y sus fundamentos sustanciales son los mismos de la Modernidad. No de la modernidad temporal o cronológicamente considerada, sino de la Modernidad axiológica, de la Modernidad ética, de la Modernidad en sus principios constitutivos, que quintaesenciamos a menudo en la expresión del ilustrado y revolucionario Conde de Volney: «el hombre, ser supremo para el hombre».

4.- No podemos pasar por alto, de ninguna manera, que uno de estos principios tóxicos disueltos en la mente católica, ha sido el método fenomenológico husserliano y su triple ambición, con las consecuencias que, brevemente, mencionamos en el artículo anterior. La Nueva Teología y el personalismo filosófico y politico han usado y abusado de este método que calificamos de deconstructivo, porque, en su sofisticada búsqueda de fenómenos mentales “puros”,  o mejor dicho, “auténticos”, por decirlo heideggerianamente, desmonta los principios racionales y los saberes objetivos heredados por tradición. 

5.- La puesta entre paréntesis del legado grecorromano y cristiano, suspendidos teleológicamente, como diría Kierkegaard, —es decir, desactivados con un fin, la obtención de contenidos mentales no interferidos por la tradición— no se ha realizado, al parecer, con una mala intención, sino con el objetivo puesto en la consecuención de una “vida auténtica”. Y aquí radica el problema, en que el cristianismo no se identifica con una supuesta vida natural auténtica, tal y como los fenomenólogos, digamos Heidegger, tienen en mente. Porque, entre otras razones, 1º) existe el pecado original y el pecado personal y social, que lastran y hieren la vida del hombre; 2º) no existe existencia auténtica no necesitada de redención; y 3º) ninguna técnica mental puede aportar al hombre caído lo que sólo puede aportarle la gracia santificante, por vía sacramental; y la gracia actual, por los caminos que Dios mismo dispone, es decir, la Comunión de los Santos. Ni la naturaleza exige la gracia, ni la gracia suprime la naturaleza.

6.- Y ahora es momento de adentrarnos, aunque sin extendernos, en algunos detalles significativos generales de esta influencia idiosincrática. En el estudio anterior, nos ocupamos de la fenomenología de Husserl. Y por eso no podemos dejar de ocuparnos de su continuador, aunque a su propia manera, que es Heidegger. Cuya filosofía no parece pretender la negación explícita de Dios, sino sólo su reducción a inmanencia. No es de extrañar la fascinación que sus ideas, directa o indirectamente, ha generado en autores apasionados por el método de inmanencia (blondeliano, principalmente), como Rahner, von Balthasar, de Lubac, Ratzinger, Guardini y tantos otros. Y aquí reside el principal problema a la hora de introducirla en el pensamiento cristiano. Cuánta debilidad y duda introduce en el pensamiento cristiano, lo confirmamos, por ejemplo, en el malogrado debate Ratzinger-Habermas, qué ocasión perdida para afirmar el derecho natural y cristiano. Y es que la asimilación catolizante, aun con buena intención, de la fenomenología husserliana-heideggeriana, ha sumergido el pensamiento católico en un mar de dudas y autocuestionamientos. Hasta hoy, que recibimos consignas del Pontífice actual, y a través suya de gran parte del clero, de renunciar a nuestras seguridades naturales y sobrenaturales y no estancarnos en nuestras certezas.

Como explica acertadamente Thomas Molnar, que con tanto vigor estudió este asunto:

«Heidegger ha contribuido poderosamente […]  a este estado de duda generalizado. Se ve con claridad el origen de esta angustia y de este auto-cuestionario: el sentido general del pensamiento heideggeriano lleva a disociar a Dios del Ser.[…] la empresa [heideggeriana] semejante a la disociación medieval averroísta-latina de la razón y de la fe; que es, por lo mismo, una empresa fideísta.» (Thomas MOLNAR, Notas sobre la teología atea de Heidegger, Verbo, 199-200, 1981, p. 1146)

7.- Reducir lo real para aumentar lo posible. Este parece haber sido, en el trasfondo de la jerga heideggeriana, el propósito de su neometafísca existencialista. O existencial, como gustan de decir los personalistas, sin mucho sentido, porque apenas hay diferencias, salvo de matiz o piadosas. Y para ello, reducir lo objetivo para aumentar lo subjetivo. Porque, dado que se pone la inteligencia de las cosas en la lectura de los propios fenomenos mentales, sin mediación de conceptos comunes universales y objetivos; dado que funda la inteligencia de las cosas en la idea que el sujeto tiene de ellas; dado que se pone la inteligencia de las cosas en el planteamiento existencial de sus posibilidades; entonces no se va propiamente a las cosas, como pretendía Husserl, sino a las ideas que cada sujeto, en su singularidad despojada de universales, tiene de ellas.

8.- Pero la susticución fenomenológica progresiva de lo real por lo posible desemboca en una temeraria e imprudente sobrevaloración de lo utópico, cuya proyeccion pedagógica no es otra que el constructivismo, tan afín al personalismo pedagógico; también a la neocatequesis, experiencialista, antitradicional, emotivista. Vemos cómo, de esta manera, en el pensamiento eclesial lo real ha sido desplazado por lo posible, y cómo este desplazamiento heideggeriano ha afectado todos los ámbitos del pensamiento católico, desde la pedagogía a la liturgia, desde la teología moral a la doctrina de los novísimos. La objetividad leída, antaño, en el orden creado con el auxilio de la revelación, ha sido relegada a las nubes de lo ideal, y sustituida, en muchas mentes, por la mera subjetividad. La fe ha dejado de ser creencia para ser experiencia personal.

9.- El existencialismo heideggeriano se nutre de Husserl. A él dedica Ser y tiempo (1927). A partir de esta obra, Heidegger pasa de investigar cuál es el sentido del ser a investigar qué papel tiene el ser(ahí) (que no Dios) en la búsqueda humana de sentido. Esta búsqueda, que congenia, en un plano psicológico, con la búsqueda logoterápica de sentido de Frankl, consiste, ante todo, en existir haciendo preguntas, buscando la verdad, valorando, como ya proponía el ilustrado Lessing en su Natán el sabio (1779), más el hecho de buscar que el hecho de encontrar. El tiempo es superior al espacio.

10.- Mas, ¿a qué ente se debe acudir a hacer preguntas por el ser? Según Heidegger, al ser humano. ¿Por qué? Porque la característica existencial del hombre es vivir preguntándose por el ser, pero sin encontrarlo en Dios. En esto consiste, supuestamente, la existencia, porque el hombre es «este ente […] que tiene la posibilidad de preguntar » (Ser y tiempo, p. 7). Hombre cuya existencia es siempre individual, única e irrepetible, como insinuaría Rahner y luego repetiría hasta la saciedad la catequesis posconciliar, en infeliz expresión nominalista que tanto se popularizaría, en clara contradicción con los universales clásicos de la tradición.

11.- Por eso, bajo esta perspectiva nominalista del hombre que existe ahí, en la inmanencia que pregunta siempre sin encontrar, única e irrepetiblemente, no existen respuestas comunes y universales, sino búsqueda única e irrepetible en cada tiempo personal único e irrepetible, deslocalizado del espacio de lo universal, que es la Iglesia; porque no existe espacio de reposo para la verdad, sino puro tiempo, puro dudar de nuestras seguridades, puro sueño utópico en un sin fin creativo de posibilidades. Como observa Luis Fernando Pérez Bustamente, ya no se trata, como los cartesianos, de pienso luego existo, de pienso luego soy, sino de un paso más, inasumible: pregunto luego soy. Pero no para encontrar respuestas, sino por el simple hecho de preguntar, como un fin en sí mismo, como una pregunta sin fin, querida más que la verdad misma, como pretendía Lessing.

12.- En este sentido, el orden existente es el orden que está ahí, preguntándose por su trascendencia, pero poniendo, entre paréntesis los saberes heredados al respecto. La transcendencia sufre una reducción drástica, pasando a ser un orden de relaciones que está más allá del individualismo, que justifica lo único e irrepetible que es cada ser humano insertándolo en un marco relacional que evite el mayor pecado, que ya no es la apostasía, sino el egoísmo.

13.- Contemplamos cómo la transcendencia heideggeriana es una subordinación del hombre al mundo, y del mundo al hombre, constituido en fin del mundo, en trascendencia del mundo. Por eso todas las cosas del mundo, supuestamente, encuentran ya su transcedencia en ser aprovechables por la conciencia del hombre, transcendencia del mundo. La existencia humana se constituye, así, por posibilidades, por proyectos, por autodeterminaciones del hombre en el mundo de las cosas que han sido puestas en relación con él, con su estar-ahí preguntando sin cesar.

14.- La conciencia cuestionadora del hombre, a la luz de estos principios antropocéntricos, de esta transcendencia inmanente, contradictoria y teodramática, que diría von Balthasar, llama al hombre a una vida auténtica, llamándolo a una apertura individual, única e irrepetible, al ser. Abrirse a las muchas posibilidades de vida auténtica, buscando siempre una verdad que nunca se encuentra, es el supuesto destino del hombre. Pero todas estas posibilidades son equivalantes, no hay una jerarquía, sino antes bien debe haber, como se diría y repetiría lugo en la pastoral posconciliar, un diálogo entre ellas, un encuentro enriquecedor entra las muchas opciones de vida auténtica que la búsqueda de la verdad propone al hombre en busca de sentido, como diría Frankl. El ecumenismo y el diálogo interreligioso, en clave heideggeriana, conducen a esta convergencia de posibilidades, contra el sentido tradicional, clásico, mayéutico, del diálogo socrático, grecorromano, clásico, tradicional, subordinado, siempre, a la transmisión la verdad y a la metanoia.

15.- Durante muchos años, estas vagas ideas han servido de inspiración al pensamiento católico, que no ha dejado de hablar de la vida cristiana en términos de vida auténtica o inauténtica, de búsqueda interminable de la verdad, de pregunta eterna por el sentido, de orden comunitarista de relaciones, de individualidad única e irrepetible, etc., etc. Y ello se ha hecho con una carencia casi total de buena doctrina, de conceptos claros, de buena formación, no digo aristotélico tomista, sino filosófica y teológica básica. El resultado de esta influencia es mucha verborrea, mucha irresponsabilidad, mucho naturalismo pelagiano, adobado con detalles sobrenaturalistas y psicologismos existenciales. El resultado de esta influencia es una existencialización de la vida cristiana y una pérdida del sentido objetivo e inmutable de la ley moral, del derecho natural, de la recta doctrina, de la teologalidad de las virtudes infusas. Etc., etc.

La necesidad de una reinstauración institucional del pensamiento clásico y tradicional es por eso, cada día que pasa, más urgente. Nos va mucho en juego. Reforma o apostasía.

AÑADIMIENTO
Para completar, recordamos, en síntesis, por qué el método fenomenológico no puede ni debe incorporarse al pensamiento católico en sustitución de la síntesis clásica tradicional aristotélico-tomista. Lo complemento con unas citas muy claras e interesantes al respecto del filósofo Thomas Molnar, que tanto y tan lúcidamente estudió estos temas.

La fenomenología, en cuanto método, no es realista porque pone entre paréntesis la realidad extrayéndole su ser, como una gran máquina de vacío, depositándolo en el mundo de los fenómenos de conciencia, o más aún, de los movimientos de la mente adámica. El ser es siempre algo buscado pero no dado por supuesto.

Thomas Molnar explicaba muy bien este reduccionismo ontológico del método husserliano:

«la reducción, pieza maestra de la fenomenología husserliana. Se trata de encontrar un “fundamento absoluto” para el filósofo, una “esfera trascendental” donde perciba las cosas tal como ellas mismas son (Ideen). No es, sin embargo, para otorgar crédito a la inteligencia al captar las cosas –actividad para la que pensamos que ha sido hecha- sino para poner “entre paréntesis” el “mundo objetivo”» (Thomas MOLNAR, Los orígenes  filosóficos de la teología prog:resista contemporánea, Verbo 195-196, Madrid 1981, p.633)

 

—Husserl propugna una “realidad” para especialistas, a la que se accede mediante una técnica oculta. Como sigue exponiendo certeramente Molnar:

«nos encontramos ante una especie de misticismo —diríase ocultismo— cuando Husserl nos anima a prescindir de nuestro yo de cada día para dejar obrar al “ego trascendental”. Diríase que es este último el que, superponiéndose a nuestro ego pasivo, se proyecta (intencionalidad) hacia el mundo exterior otorgándole su sentido, su significación. Pero ¿se tratará todavía del mundo real? Quienes no poseemos más que nuestro yo cotidiano ¿cómo haremos para procurarnos este otro yo?» (Íb., p.633)

 

—La fenomenología de Husserl es un mentalismo antropocéntrico.

«Husserl dice lo mismo [que Sartre]: la esencia de las cosas no se capta más que en las apariencias (fenómenos, de aquí fenomenología), o, más exactamente, la esencia es lo que aparece, nada más hay en las cosas. “Soy yo, escribe Husserl, quien decide si las cosas y el propio mundo son reales”. Y análogamente sobre el yo: “el yo carece de contenido, la conciencia-en-sí no existe, sólo existe la conciencia-de-algo”. Y —conclusión más importante— “ser es ser dado a la consciencia”,  afirmación de la que es lícito inferir esto: lo que no -es en la conciencia, no es.» (Íb., p.634)

—La fenomenología nunca alcanza lo real, solo se queda en la cáscara.

«Lo que Husserl ha hecho es que el mundo dependa, no del yo cotidiano (profano), sino de un yo segundo, producto de un misticismo equívoco. Equívoco porque ese yo puro no encuentra necesariamente lo real: encuentra su propia proyección que nunca llega a lo real. Es por simple pedantería de lenguaje como Husserl, imitando a Kant, adorna las nociones emergentes de su sistema con el adjetivo de puro: razón pura, intención pura, yo puro.» (Íb., p.634)

La necesidad de una purificación del pensamiento católico es una necesidad apremiante. Proponemos pasar un filtro de clasicidad bíblico-tradicional a la nueva evangelización, a la pastoral y a la catequesis, y ante todo y sobre todo, a la función docente (en general) de la Iglesia. Los contenidos específicos y distintivos de la filosofía moderna no deben intoxicar la mente católica. Sólo a través de dolorosas purificaciones conceptuales podrá la Iglesia, columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15) recuperar su claridad y su vigor tradicionales, de forma que, en medio de la tormenta, pueda ser luz eficaz y faro de salvación.

http://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/1903161233-340

 

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