Lex orandi, lex credendi, lex vivendi

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Uno de los detalles que noto en artículos de autores católicos  preocupados por la situación de la Iglesia, es un cierto pudor para mirar de frente y afrontar cara a cara la crisis que nos afecta. Podríamos contar con los dedos de una mano aquellos laicos que se atreven a llegar al fondo de la cuestión. Una contaminación de la mentalidad católica por el pensamiento moderno, una filosofía decadente y fenomenológica, un abandono de la escolástica, un coqueteo con la escuela personalista, un gusto por teologías nuevas que abandonaban la tradición… y alimentando todo esto la liturgia . Hoy les traigo un artículo de un autor argentino ahondando en una de las causas de esta grave crisis:

Hemos escuchado en muchas ocasiones este principio: “Se cree lo que se reza, y se vive lo que se cree”, y nunca más que antes caemos en la cuenta de su verdad. El video de la “misa villera” publicado en el último post, celebrada al menos por dos obispos argentinos y numerosos sacerdotes en la basílica de Luján no es una excepción. Con más o menos gusto, con más o menos grosería, con más o menos tambores, con más o menos negros y con más o menos monjas pavotas, es lo habitual de la liturgia católica contemporánea. Es eso lo que de modo eminente el “pueblo de Dios” reza, y si eso es lo que reza, eso es lo que cree y, consecuentemente, eso es lo que vive. En recta lógica, entonces, no debería asombrarnos la hecatombe moral por la que está atravesando la Iglesia. Es simplemente el reflejo existencial de su fe la que, a su vez, refleja su oración. Sin pretender juzgar el interior de las personas, pero aplicando el principio enunciado, es lícito preguntarnos acerca de la calidad de la vida virtuosa de los sacerdotes que asistían ceremonia y dudar si Mons. García Cuerva y Mons. Baliña, celebrantes del oficio religioso, se encuentran realmente en el estado de perfección, lo cual es exigido al estado episcopal según enseña Santo Tomás (S.Th. II-II, 184, 6), siguiendo a los Padres de la Iglesia. ¿Es de extrañarnos, entonces, la novedad de que buena parte de cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos de la Iglesia se hayan estado revolcando en las últimas décadas en pecados innominables?
Los católicos nos hemos quedado aturdidos frente a las revelaciones que todavía no terminan; más bien, recién comienzan. Nunca pensamos, ni siquiera aquellos que éramos más críticos con la marcha de la Iglesia en los últimos tiempos, en tamaña degradación en la vida de los clérigos, con casos que nos cuestan creer y que, sin embargo, son ciertos. Pero ¿tenemos derecho a ese aturdimiento? Si esos clérigos abandonaron el verdadero culto, abandonaron también la verdadera fe y, por tanto, les resulta imposible vivir castamente, porque se vive lo que se cree. Soy consciente que, planteado el argumento en estos términos, adopto una posición extremista puesto que, en ese caso, la misa novus ordo no sería el culto que transmite la verdadera fe, y yo no mantengo esa postura, aunque considero que se trata de un rito de tal modo despojado y empobrecido que en todo caso transmite una fe de esas mismas características. Simplificando, el Concilio Vaticano II, aunque fue un factor determinante para el desencadenamiento de esta catástrofe, no es la única causa como parece ser la opinión de Michael Matt, aunque resulta imposible negar que algo muy grave pasó, o terminó de concretarse, con ocasión de ese famoso acontecimiento.
La blogósfera ya nos ofrece suficientes descripciones del momento actual y quizás sea llegado la hora de plantearnos seriamente cómo seguimos. Sabemos que con Bergoglio en la cátedra de Pedro, nada cambiará: ni en el culto, ni en la doctrina ni en el moral. ¿Tampoco en moral? No, tampoco. Y las pruebas están a la vista, día tras día. Lo ocurrido la semana pasada y de lo que dimos cuenta en este blog, es muestra evidente de ello: el obispo Zanchetta, cuya historia conocemos suficientemente, fue invitado por el mismísimo pontífice al retiro anual de los miembros de la Curia, como si nada hubiese pasado, y el mismo pontífice -suponemos-, autorizó a que Mons. Cappozzi, luego de protagonizar hace pocos meses lo que Martel llama chem-sex parties (orgías en las que se combina sexo homosexual con drogas), fuera nombrado párroco en la diócesis de Ascoli Piceno. Conclusión: Francisco no hará nada para solucionar el problema.
Pero seamos honestos y preguntémonos de qué manera se soluciona un problema de estas dimensiones. ¿Descabezando a la mitad del colegio cardenalicio? ¿Mandando a su casa a la tercera parte de los obispos del mundo? ¿Laicizando a miles de sacerdotes? Aun en el casi hipotético de que fuera posible tomar esas medidas, no solucionarían nada, o bien poco, en el mejor de los casos. Si nos atenemos al principio enunciado al comienzo de este artículo, para reformar las costumbres hay que fortalecer la fe, y para fortalecer la fe hay que restaurar el culto verdadero. Mientras la liturgia no vuelva a ser el culto público ofrecido por la Iglesia a Dios Sabaoth, y deje de ser una ocasión de encuentro comunitario y, en el mejor de los casos, devocional, será inútil todo lo que pretenda hacerse en materia moral.

El culto exterior durará siempre como la jerarquía, pero la Iglesia, en cuanto maestra de los sacramentos y de sus órdenes, modificará la jerarquía y el culto según los tiempos: aquella será sencilla, más liberal, y éste más espiritual; y por esta vía se convertirá en un protestantismo, pero un protestantismo ortodoxo, gradual, y no en uno violento, agresivo, revolucionario, insubordinado.
El párrafo fue escrito en 1943 por el P. Ernesto Buonaiuti (Il modernismo cattolico, Guanda, Modena, 1943, p. 128), compañero de seminario y amigo cercano de Angelo Roncalli, luego Papa Juan XXIII, autor de la brillante idea de convocar un concilio ecuménico. No se trataba de una profecía; era más bien un plan de trabajo que se cumplió escrupulosamente. No está de más recordar que apenas diez años más tarde, a mediados de los ’50, Pío XII reformaba drásticamente y en contra de toda la tradición secular de la Iglesia, las ceremonias de Semana Santa, las más importantes del rito romano. Y ahora, ochenta años más tarde, vemos que el culto exterior se ha transformado en un candombe, como el de Luján, o bien, en un acto para enardecer la espiritualidad y la piedad de los fieles y, por eso mismo, ha abandonado su carácter propiamente cultual para convertirse en algo meramente devocional: las últimas y residuales consecuencias de la devotio moderna.
Este drástico cambio en la lex orandi, necesariamente debe provocar un cambio en la lex credendi.


Minuciosos estudios realizados durante siglos, por hombres de muchas naciones, de variada mentalidad, y entre ellos también de hijos tuyos, han mostrado que, según los Evangelios más antiguos, Jesús ignoró ser el logos del mismo Dios, Dios con el Padre, existente antes del mundo. Estos títulos Jesús no se los dio jamás en aquellos relatos. Fue un gran profeta, siervo e hijo de Dios, enviado para una gran obra, pero no afortunado como Moisés o Mahoma, o Francisco de Asís: cuando él vivió, su pueblo esperaba un Mesías (…). Parece bien que Jesús se tuviera como Mesías: pero logos de Dios, Dios con el Padre no se dijo jamás.

Y si alguno que lee estas páginas me preguntase: ‘¿Y qué queda ahora al cristianismo, si Jesús no es Dios?’, les respondo ya desde ahora: Queda muy poco: Dios, el deseo y el gozo del universo.
Mucho me temo que esta breve declaración de fe sería hoy proclamada por una buena mayoría de los obispos y sacerdotes de la Iglesia. ¿De verdad alguien puede creer que los capitostes que hoy ocupan las sedes de los apóstoles y de sus sucesores creen que Jesús es el verdadero el Logos, es decir, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero? ¿Es eso lo que cree el Papa Francisco? Tengo mis dudas.  El texto con esta actual profesión de fe, fue escrito en torno a 1930 por el P. Primo Vannutelli (en F. Gabrielle (ed.), Il testimonio di fede di don Primo Vannutelli, CSSM 7, 1978), oratoriano, que vivió toda su vida y murió como sacerdote del Oratorio romano, en la bellísima Chiesa Nuova. ¿Profecía? ¿Premonición? No. Programa de acción.
Para restaurar la vida de santidad en la Iglesia, y que ésta vuelva a ser el “milagro moral” del que tanto gustan hablar los apologistas, es necesario restaurar la doctrina a fin de restaurar la verdadera fe, y para hacerlo es necesario restaurar el verdadero culto. Un programa que se enuncia fácil pero creo casi imposible (“Señor, creo pero ayuda a mi poca fe” (Mc. 9, 25). Se necesitaría un papa santo, rodeado de obispos santos con sacerdotes santos que consolaran a fieles santos, y lo que vemos en nuestro alrededor es más bien lo contrario.
¿Qué cardenal, si fuera elegido Papa, estaría dispuesto a llevar adelante este programa? ¿Quién resistiría la ya necesaria (¿imprescindible?) escisión de la Iglesia entre aquellos que creen con fe sobrenatural y los que profesan un mero naturalismo filantrópico? ¿Quién se animaría a romper definitivamente con el mundo y sus criterios, y ser crucificado diariamente por sus príncipes y sus voceros, que son los medios de prensa? ¿Quién? Sólo un santo. Un gran santo.
Que aparezca rápido; no queda mucho tiempo.

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