Esencia de la Herejía Progresista por Fray Alberto García Vieyra, O.P.(VIII)

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TEOLOGÍA LATINOAMERICANA

 

El punto de partida de la Teología Latinoamericana es el antropocentrismo profesado por la nueva iglesia. Antropocentrismo no significa ocuparse de los problemas del hombre teológicamente. Ya hemos expuesto cómo la concepción de la naturaleza humana está viciada de un falso sobrenaturalismo de origen protestante, que hemos asimilado a la doctrina condenada ya de Miguel Bayo; según Rahner, Metz y otros, la Redención está cumplida y acabada en cada uno de los hombres; Cristo no asume una naturaleza humana sino la naturaleza humana. Estas son las bases que fundamentan la teología latinoamericana. “El Dios de la revelación cristiana, dice Gutiérrez Merino, es un Dios hecho hombre, de ahí la célebre expresión de Karl Barth sobre el antropocentrismo cristiano: «el hombre es la medida de todas las cosas, desde que Dios se hizo hombre»”

Esto significa, y Gutiérrez Merino lo pasa por alto, que en la encarnación se considera asumida toda la naturaleza humana; o bien la naturaleza humana en sí misma y la elevada por la gracia se consideran unívocamente, sin ninguna distinción. Agreguemos que no es ningún “redescubrimiento de la unidad indisoluble del hombre y Dios” (TL, 29), sino el fruto de tres errores convergentes, comunes a los teólogos de la nueva iglesia (Congar, Schillebeeckx, Rahner, Metz, etc.). Tales errores son los ya señalados: un falso sobrenaturalismo; negación de la naturaleza pura o como es en sí misma. Los fines de la naturaleza humana, en su quehacer en el mundo, se consideran los propios del cristiano7.

De aquí se desprende que el hombre no tiene más fines en su acción externa que los fines del mundo: el desarrollo de la técnica, las condiciones de vida, la convivencia, la paz, los derechos humanos, etcétera.

Entre estos fines del mundo tenemos la lucha sorda, pero real, entre los fines del mundo capitalista, de un capitalismo individualista, y los fines del mundo marxista, de un capitalismo estatal, en que todo es el estado.

Los teólogos latinoamericanos han optado por el marxismo. Ya el capitalismo masónico y laicista de la UNESCO y de las Naciones Unidas renunció a las soluciones inspiradas en la fe cristiana, o sea, en la doctrina católica. La masonería desde 1884 intenta la apostasía de nuestra Patria. Hoy el marxismo le disputa el terreno y su instrumento de penetración en Latinoamérica es la mal llamada teología latinoamericana.

La Teología Católica no tiene que decidir entre capitalismo o marxismo; no tiene que decidir porque propone una doctrina de acuerdo a las exigencias de la fe y al estado real e histórico de la naturaleza humana. Tiene en cuenta el fin sobrenatural del hombre y el sentido de su acción en el mundo. La teología de la liberación desconoce la doctrina cristiana convirtiéndola en los prejuicios de un humanismo impermeable a lo sobrenatural, apóstata y hereje, agresivo y estéril.

La doctrina social de la Iglesia es llevada a propiciar la lucha de clases, como en la Teología de la Liberación, de Gustavo Gutiérrez Merino. Monseñor Alfonso López Trujillo, en Liberación Marxista y Liberación Cristiana8 habla casi exclusivamente del marxismo dulcificándolo, tratándolo de “humanismo”, denominación ambigua que sirve para todo. La contraposición que anuncia el epígrafe no aparece clara; más bien la liberación cristiana se disuelve en la otra. “El humanismo marxista —dice— es síntesis superior del idealismo y del materialismo” (p. 64). No sabemos si esta síntesis superior será la de Castro, la de Mao o de Brezhnev.

En estos momentos, el marxismo tiene las armas en la mano y sus centros de inteligencia en todo el continente latinoamericano. Quiere decir que no podemos presentarlo echando un velo a su materialismo y agresividad contra la Iglesia de Cristo.

En su etapa marxista, el Progresismo Católico asume como propios los nobles patronímicos de teología de la liberación o teología latinoamericana. Bajo estos nombres lo tratamos nosotros, aunque no existe en toda esta temática ni teología ni liberación. Todo el esfuerzo especulativo va ordenado a dejar la teología; por eso se ha llegado a proponer la Liberación de la Teología.

 

 

 

 

La llamada liberación latinoamericana parte de la teología del mundo y la política de Juan Bautista Metz, como ya hemos insinuado.

La teología del mundo es un mundo divorciado con la fe; la política es la organización de las cosas mundanas por el hombre, fuera del ámbito de la revelación y de la fe.

Gutiérrez Merino dice que la inteligencia de la fe comienza a hacerse también en nuestros días, siguiendo pistas inéditas: ciencias sociales, psicológicas, biológicas (TL, 25).

 

Aquí la fe, de la cual se menciona la inteligencia, es la fe de Metz y la nueva iglesia; no es la fe católica.

La fe católica mira a Dios; tiene por objeto la Primera Verdad, los misterios revelados, la vocación sobrenatural del cristiano.

La fe de Metz y la nueva iglesia mira al mundo; contempla el proceso histórico, no para salvarlo, sino para contemplarlo y colaborar en su desarrollo.

En la fe católica el Verbo asume una sola naturaleza humana, que por el misterio de la Cruz y los sacramentos comunica la gracia y todos los bienes de salvación.

En la fe de la nueva iglesia y la teología de la liberación, el mundo está ya redimido o asumido en el Logos. Por tanto coinciden, se da “el desposorio” entre la historia del mundo y la historia de la salvación.

Siguiendo a Metz, el movimiento liberacionista de hecho deja de ser teológico pues concibe lo político “como movimiento de emancipación y autonomía en el terreno político que llega a su madurez en la Ilustración” (p. 289). Pero en la teología latinoamericana de la liberación este movimiento madura mucho más, es un movimiento armado que siembra en el interior de los pueblos el caos de la lucha subversiva; es un tipo singular de madurez que lleva a la sedición, y por la sedición al imperialismo comunista.

Sin perseguir ningún bien real y concreto, pero con ambiciones de poder, este movimiento latinoamericano se lanza a la guerra sediciosa, rompiendo la unidad interna de los pueblos para establecer la dictadura comunista, donde el hombre pierde toda iniciativa personal y las posibilidades de una vida con cierta autonomía.

Gutiérrez Merino critica a Metz “la coexistencia pacífica de la fe (privatizada) con un mundo secularizado”. “En América Latina, agrega, la fe debe evitar la trampa de una «inocencia» ante los condicionamientos de la sociedad capitalista” (TL, 297).

Tal es el programa de acción propuesto. Combatir la sociedad llamada “capitalista” en América Latina, para establecer el comunismo. Por sociedad capitalista se entiende el actual estado de cosas, donde los comunistas no detentan el poder. Donde no tienen el poder en sus manos, llega la propaganda, la denuncia de situaciones que

 

contribuyen a empeorar o llegan los tanques y carros de asalto. Actualmente llega la técnica de la guerrilla que promueve la sedición.

En nombre de la teología de la liberación, Gutiérrez Merino encomienda a la Iglesia hacer la denuncia profética de toda la situación deshumanizante, contraria a la fraternidad, etc. (p. 345). Claro que “la situación deshumanizante” no se refiere a Rusia ni a Cuba… Allí donde no existe el comunismo, es donde se “debe criticar la sacralización de las estructuras opresoras”. La línea de misión asignada a la doctrina social de la Iglesia no es promover un Estado Católico, o por lo menos respetuoso del derecho natural y divino, respetuoso de la libertad y vocación del hombre en el mundo y para el Cielo. Es increíble, pero lo hemos visto, que la Iglesia se comprometa a colaborar con el diablo en la instauración de un régimen ateo que lleva el odio y el terror a las sociedades humanas.

El acuerdo entre cristianos y marxistas es imposible, lo dice el sentido común, y las tentativas se han hecho siempre sobre la base de concesiones irritantes en la doctrina católica, como en el presente caso, en el cual la doctrina católica adopta la forma de un desteñido humanismo, para pasar al protestantismo, renunciar a la cristianización verdadera del mundo y arrojarse sin fuerzas en la urdimbre dialéctica del materialismo ateo.

 

El problema del acuerdo entre comunistas y católicos ha venido presentándose en estos últimos treinta años, Los católicos que han accedido al “diálogo”, han llevado consigo un catolicismo como el descripto más arriba.

A propósito, escribe el P. Bochenski: “Un acuerdo entre cristianos y materialistas dialécticos es totalmente imposible. Son dos formas de fe que se excluyen radicalmente”9. Y es evidente cómo la fe católica ha tenido que ser reinterpretada en sentido protestante por Rahner-Metz y otros, y ha tenido que ser distorsionada por los teólogos liberacionistas, para llevarla a la unión con el marxismo.

Por este motivo mencionemos a Pío XI: “Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que aún yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor. Este peligro, ya lo habéis comprendido, es el comunismo bolchevique y ateo, que tiende a derrumbar el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana”10.

 

 

DELITO DE SEDICIÓN

 

Entraña el delito de sedición en el seno del cuerpo político.

 

Santo Tomás, después de tratar de la guerra o conflicto armado entre dos Estados, o bien el duelo o riña entre personas particulares, trata de la sedición, que es el conflicto armado entre partes de la misma multitud que disienten entre sí, cuando una parte intenta agredir a la otra parte. Tenemos sedición, entonces, no cuando hay guerra, ni cuando se trata de un tumulto callejero, sino cuando en la misma comunidad que debía vivir en paz se siembran principios de división, que atenían contra la unidad y la paz de la multitud11.

La guerra, en ciertas condiciones, puede ser justa: autoridad legítima, causa justa, recta intención12. Cuando concurren estos elementos, la guerra es lícita. La sedición siempre es pecado; rompe la unidad y la paz que debía existir en una comunidad. Sedición no es solamente el mismo conflicto, sino prepararlo. El sedicioso siembra la discordia y la fomenta. Sembrar motivos de odio en las comunidades humanas, es sedición. La paz pública es un bien y no debe ser alterada sin motivos.

Los motivos de odio social generalizado son explotados por el comunismo para crear los conflictos internos que cree lo llevarán al poder.

Santo Tomás distingue, en categorías morales diferentes, entre la guerra declarada por la autoridad legítima y por una causa justa, y la sedición, que es romper la unidad de la comunidad y el bien común. La guerra justa se basa en la paz buscada, en el deseo de restablecer la justicia. Sigamos leyendo a Santo Tomás; se pregunta si la sedición se justifica cuando el régimen es una tiranía. Responde que el régimen tiránico no es justo por no ordenarse al bien común, sino al bien privado del regente. Entonces el levantamiento en armas no tiene razón de sedición, a no ser que el pueblo sufra mayores males por la revolución que por el régimen13.

La sedición entonces se opone a la unidad del pueblo y a la utilidad común.

 

La teología de la liberación no aporta más solución a los problemas que la lucha armada y el estado de violencia. Explico: Por el carácter conflictual de la historia humana. “La teología, dice Gutiérrez Merino, parece haber eludido durante mucho tiempo una reflexión sobre el carácter conflictual de la historia humana; enfrentamientos entre hombres, clases sociales y países”. Más adelante añade: “La liberación expresa las aspiraciones de las clases sociales y pueblos oprimidos; subraya el carácter conflictual del proceso económico, social y político que opone a las clases opresoras y los pueblos opulentos” (p. 68).

Donde la doctrina católica ve la necesidad de una integración de partes en orden al bien común, la liberación de cuño marxista ve la necesidad de un conflicto armado.

La doctrina católica quiere la paz y la concordia. La paz es, en el interior del hombre, la quietud de sus apetitos en su ordenación al último fin; la concordia es la unión de muchos en el mismo fin14.

 

La doctrina católica no apoya la discordia. La liberación pone en el corazón del hombre y entre los hombres un necesario conflicto, una ruptura que no tiene más solución que la muerte de una de las partes.

Gutiérrez Merino habla de una aspiración “de las clases sociales y pueblos oprimidos”. Es una fraseología conocida. Sabemos que la “aspiración” corre por cuenta de los jerarcas del Kremlin y de Fidel Castro.

Si hay un conflicto entre opulentos e indigentes, esto no lo va a resolver el opulentísimo Kremlim, que ha sumido en la miseria, en el terror y en la indigencia, donde ha llegado su influencia.

Para la Teología Liberacionista, el conflicto es metafísicamente necesario. Gutiérrez Merino no admite solución pacífica. “Gaudium et Spes, dice, ha limado las aristas y evitado los aspectos más conflictuales. La Populorum Progressio, aunque denuncia el imperialismo internacional del dinero… se dirige, en última instancia, a los grandes de este mundo para que tengan a bien realizar los cambios necesarios” (p. 65). Rechaza la posibilidad de una conciliación. Quiere decir que el grupo político no comunista debe desaparecer: “Una conciliación no es sino una ideología justificadora de un desorden profundo” (p. 78).

Podríamos seguir transcribiendo textos de los teólogos de la liberación, pero todos van a lo mismo; no hay otra solución para los problemas sociales y económicos que la lucha de clases. El marxismo no se interesa por determinar qué entiende por clase. La llamada “clase oprimida” que se levanta a luchar es la opulenta clase de los ideólogos marxistas, más interesados en la Banca Internacional y en la perfección de los misiles que en las necesidades del pueblo.

La Iglesia es llamada por los ideólogos marxistas a poner en juego los resortes de la predicación, de la enseñanza, autoridad, prestigio, a movilizar todos estos elementos en beneficio de la revolución social. En esta revolución social propiciada por la nueva iglesia, ni la fe ni la Iglesia tienen ningún papel constructivo. Deben suscitar los enfrentamientos, los odios, los crímenes, la guerrilla interna; la fe y la Iglesia son llevadas a promover el delito de sedición, y después entregar las sociedades extenuadas en manos del marxismo ateo, la totalidad del poder político, el gobierno y vida de los pueblos. ¡Se nos llama a renovar el cristianismo, haciéndolo desaparecer!

La guerra puede entrar en categorías morales definidas, cuando hay un agravio a la dignidad nacional o un derecho conculcado. En Nicolás Maquiavelo salimos fuera de una concepción moral de la guerra, aquilatada desde un punto de vista ético, para pasar a la guerra justa cuando es necesaria. El príncipe debe ver cuándo le es útil.

Poco a poco se abre camino un jus belli condicionado; esta concepción, que se evade de la moral cristiana, la resume Luis Delbez: “pertenece al soberano solamente apreciar el grado de necesidad de la guerra; aquí desaparece el elemento moral exigido por los escolásticos y el elemento jurídico puesto por Grocio”.

 

Es un grosero error pensar el comunismo como un ideal, como algún contenido moral, como alguna concepción del bien común, que mire de algún modo el bienestar de la comunidad. Como escribe Henri Lefebvre: “El comunismo es la encarnación de la idea revolucionaria en la Historia. Inerte e infalible corre hacia su fin; en cada curva de su curso deposita el barro que arrastra y los cadáveres de los ahogados”.

En América Latina, la teología de la liberación es un instrumento de guerra, para la conquista del poder político. Pertenece al plano de la guerra ideológica, que entrega al enemigo lo que no conquistaría con las armas.

Hemos viajado, por el mismo camino, desde los pecados contra la fe hasta la paz armada y la guerra.

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7 GUSTAVO MERINO GUTIÉRREZ. Teología de la liberación. 43 ed. Salamanca, 1973.

8 Mencionamos el trabajo de LÓPEZ TRUJILLO por tratarse del secretario del Celam (Conferencia Episcopal Latinoamericana). El cargo nos haría pensar en una buena refutación del materialismo ateo. Pero encontramos lo siguiente: “¿Dónde se descubre la causa del éxito del marxismo?… Últimamente hemos presenciado las terribles represiones de Hungría y Checoslovaquia… No parece buen camino explicar los triunfos del marxismo por sus desaciertos. No es esto lo que lo hace simpático a tantos hombres en la actualidad. Vibra en el fondo del marxismo una mística, una fuerza apoyada en un humanismo especial, en una determinada concepción del hombre. Sus posiciones están siempre alimentadas por esta savia” (LM y LC, p. 4). El autor descubre “una ética” y ésta a su vez una “concepción del hombre” (p. 8), “un humanismo apoyado en la realidad” (ib). Más adelante: “El marxismo es una religión, una religión del hombre. Afirmarlo —agrega— no es osadía nuestra, es declaración de Marx: «La religión de los trabajadores es sin Dios, porque busca restaurar la divinidad del hombre». Tendremos la oportunidad de ver que esta frase no es una sentencia suelta, menos feliz, es… un trasunto fiel de su pensamiento, que ha querido revelar el misterio del mundo y del hombre” (p. 20). Al final, un pálido comentario al Primer Encuentro de Cristianos para el Socialismo (p. 25 y sig). El autor no podrá ser tachado de materialista, pero su doctrina político-social no se evade del naturalismo.

9 JÓZEF MARIA, BOCHENSKI O. P., El materialismo dialéctico, p. 222.

10 Pío XI. Divini Redemptoris

11 SANTO TOMÁS. Suma Teológica, II – IIae, 42, 1.

12 SANTO TOMÁS. Suma Teológica, II – IIae, 40, 1.

13 SANTO TOMÁS. Suma Teológica, II-IIae, 43, a. 2 ad 3m.

14 SANTO TOMÁS. Suma Teológica. II – IIae, 29, 1.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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