Esencia de la Herejía Progresista por Fray Alberto García Vieyra, O.P.(V)

franciscohozmartilloevo

PROGRESISMO CATÓLICO(II)

 

El P. Ives M. Congar define la secularización como autonomía de las causas segundas frente a la causa primera, que es Dios. Es el concepto que desarrolla el P. Congar en su conocido “Jalones para una Teología del Laicado”. Allí insiste sobre lo que llama “concepción monástica” de las causas segundas dependientes de la Causa Primera; a ello contrapone enérgicamente la concepción asumida por la nueva iglesia de independencia. Toma sus recaudos para no excluir esta independencia del plan providencial, pero es verdadera independencia y el papel de la Iglesia en el mundo es para promover la obra del mundo. De esto hablamos en otra ocasión.

Dentro del mismo orden de ideas, Julio Girardi define la secularización como descubrimiento de lo profano; en su consistencia y autonomía propias. Siempre lo principal es la autonomía de este orden temporal: autonomía frente a la Moral cristiana, en lo civil, en lo religioso, en lo político, en lo económico, etcétera, quiere decir la puerta abierta para la lujuria, la prodigalidad, la soberbia de la vida, amor al dinero, al poder, la astucia, entre oriflamas a la soberanía del pueblo y a los derechos humanos.

Podemos proseguir un tanto la explicación de Girardi: “Lo profano se ha manifestado de un modo concreto como un mundo de valores, poseedor de una coherencia interna, autosuficiente y penetrado por un aliento ideal. Este impulso ideal… que antes estaba orientado hacia los valores religiosos, hoy se orienta hacia los valores profanos” (Ibidem).

Aquí no hay solamente un reconocimiento de valores profanos antes conculcados sino una nueva interpretación: propiedad, religión, familia, derechos humanos y divinos, etcétera, todo se ve sujeto a una nueva interpretación. Antes se veían, en último análisis, en relación a la fe; aun los votos religiosos, el apostolado estrictamente religioso que se veían con relación a la fe, al fomento de la vida cristiana. Ahora todo se reinterpreta con relación al desarrollo social y económico, sin la menor relación con la fe y la vida cristiana. La misma enseñanza; antes la Iglesia hablaba de enseñanza religiosa, hoy en día habla de libertad de enseñanza. Todo es reinterpretado, no según su ordenación hacia Dios, sino según su indebida ordenación al diablo.

Los cristianos hemos sido rescatados del mundo por Jesucristo. Debemos “repensar la experiencia cristiana” como la han reflexionado los santos: ahondando en la ciencia del bien.

En esta etapa de la secularización, la moral no es un movimiento hacia Dios; no tiene en cuenta el último fin de la vida humana. Es un movimiento inmanente, que nace en el mundo y muere en él. La fe en Girardi y en Metz es la encargada de asumir los valores profanos. “Todo valor humano personal y comunitario”, dice el primero. La palabra asumir viene como para no despojarla de toda función. Analizando más de cerca este “asumir”, significa contemplar, aprobar, sin gravitar; pero toda gravitación de la fe en materia de acciones humanas chocará contra la autonomía que pide la secularización. De hecho, por ejemplo la Humanae Vitae donde Pablo VI abordaba importantes cuestiones familiares, tuvo grandes resistencias.

La secularización más violenta en la Iglesia, encaminada hacia una profanidad atea, sin Dios, ataca sobre todo y tiende a disolver los contenidos de la fe teologal. El encargo de asumir los valores profanos es cada vez más hipotético.

Digamos cómo se ha entrado por estos caminos. Los propósitos han sido los mismos: renovación de la teología y de la Iglesia. Consecuencias: abandono de la teología y sustitución por la antropología.

“La Teología es una reflexión sobre la Fe. Como tal tiene valor en sí misma independiente de toda utilidad. Pero la Teología tiene también una función de servicio al pueblo de Dios” (p. 43).

El autor señala una línea de problemas para la Teología. Concede también que una conversión de la Teología, a “un puro humanismo” no puede sostenerse (p. 44). Sin embargo la nota predominante en una Teología actual señaladas por el mismo autor, es la historicidad; “no puede ser atemporal” (p. 27); “el universo de la explicación racional del hombre es antropocéntrico” (p. 29).

Esta línea de reflexión teológica, histórica, antropológica, sensible a las condiciones de la vida moderna, Congar la ve avalada por la constitución GAUDIUM ET SPES del Vaticano II. Dice así: “En asuntos dogmáticos y también en gran parte en asuntos éticos y sociales, nuestra Teología procede ordinariamente por deducción. Aplicamos unos principios establecidos con la atención puesta en un firme dato doctrinal. Pero cuando el Vaticano II se puso a hablar de la Iglesia-Mundo de hoy, cayó en la cuenta de que el punto de partida debía ser un conjunto de hechos”.

En este asunto de la secularidad-secularización no existe ninguna línea divisoria que se pueda trazar entre el derecho divino positivo, el derecho natural y el humano positivo; la autonomía es proclamada enfáticamente y todas las dudas posibles permanecen en el seno de la ambigüedad. Lo ambiguo para nosotros entra en las categorías de exigencia o necesidad para el nuevo giro de la moral antropológica, historicista, éticamente valorada por su pertenencia a la persona (Cf. Romano Guardini, Karl Rahner). Zieglar interpreta estos hechos: “La ética social se ha desgajado de la teología moral como una disciplina autónoma” (La Teología en el Siglo XX; en colaboración, p. 286). La observación es explicable, aunque nada se justifica.

La constitución conciliar GAUDIUM ET SPES determina el sentido de esta autonomía con las siguientes palabras: “Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de leyes propias y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía… pero si la autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios, y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente a quien se le escape la falsedad envuelta en tales palabras” (Nº 36).

Dentro de la doctrina relativista de la nueva iglesia, religión, autoridad, propiedad, trabajo, capital, derecho, etcétera, tienen los privilegios de la secularidad y la moral cristiana no puede regirlas en ninguna forma; son de la persona, nacen en la persona, por tanto inamovibles.

Estamos ante una forma de maniqueísmo. Los antiguos maniqueos decían: lo espiritual es de Dios: lo material es del Diablo. Los neo-maniqueos afirman: lo espiritual pertenece a Dios; lo humano y social pertenece al Hombre, que condivide su dominio con el Dios verdadero. Aún no sabemos si aquello espiritual pertenece solamente a Dios, pues se deben respetar las leyes del pluralismo, de la libertad religiosa, del mismo secularismo.

El problema de la Iglesia frente al mundo, del hombre y la fe, de lo sacro y lo profano, naturaleza y sobrenatural, no se resuelve por un sistema de tensiones en el que debiéramos poner aquí lo más y allí lo menos; se daría en términos intercambiables. El problema del cristiano frente al mundo debe tener en cuenta dos cosas. Primero el concepto de mundo que deba confrontarse, y en segundo lugar, el carácter del cristiano.

Uno es el mundo creado por Dios donde el hombre vive; este mundo no es malo; de él dijo Dios al hombre: “Sometedle y dominad” (Gen. 1,28).

Otro es el mundo de lo fabricado por el hombre, el fruto de su industria; tampoco en sí mismo, podemos decir que sea malo; habrá bien o mal, según el uso que hagamos de él.

Existe un tercer mundo, del cual dice San Juan: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en la caridad del Padre” (I Jn. 2,15). Entendemos que es el mundo que no debemos admitir. San Juan mismo especifica qué es este mundo: “Porque todo lo que hay en el mundo: concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre sino que procede del mundo” (v. 16).

El hombre vive en los tres mundos y debe combatir este último que lo conduce a la aversión a Dios, o sea el pecado. Esto es claro por parte del mundo.

Por parte del cristiano, tenemos un hombre, una naturaleza caída pero que ha recibido el carácter y la gracia de cristiano. El hombre cristiano ya no es pagano; el ser cristiano es cuestión de especificidad, no de grado. No es que el hombre deba optar en un sistema de tensiones contrapuestas, y que a la opción deba resolverla la historia o la cultura. Puede optar en lo que se llama de consejo, pero no en lo que es de precepto. Es de precepto el amar a Dios sobre todas las cosas; eso no puede ser materia de opción.

El carácter sacramental es una potencia; un poder habilitante. Tanto en el bien como en el mal, pone en juego el cristiano toda su responsabilidad como miembro de Jesucristo.

El mundo se salva y se salvará hoy y mañana como ayer por el misterio de la Cruz; el grado de evolución técnica o cultural no cuenta para nada. El hombre actual y de siempre es señor del mundo; pero para salvarse será un señor crucificado.

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