Esencia de la Herejía Progresista por Fray Alberto García Vieyra, O.P.(III)

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Veamos ahora los pecados contra la fe.

 

No todo pecado es contra la fe. Por el pecado mortal perdemos la gracia de Dios y la caridad, pero no perdemos la fe sobrenatural, que permanece aunque no informada por la caridad. Pecados contra la fe son aquellos por los cuales perdemos la fe, o abrimos el camino a perderla.

Los pecados contra la fe no son todos iguales, pero todos se agrupan dentro de lo que se denomina infidelidad.

Aquí no nos interesa la infidelidad del pagano, sino la del cristiano. La primera no es pecado, la segunda es pecado contra la fe.

Dentro de la infidelidad de esta segunda especie, o sea infidelidad positiva, tenemos: la herejía y la apostasía; la blasfemia contra el acto externo de confesión de la fe.

 

Tenemos el hecho que miles de sacerdotes y religiosos de ambos sexos han dejado la religión, la Iglesia o la fe en estos últimos treinta años. El abandono de la Iglesia, de la fe, está sustentado por toda la temática del progresismo católico, la exégesis y la teología “adaptadas al mundo de hoy”. Este es nuestro problema.

Pecados contra la fe son la apostasía y la herejía. La herejía quiere otra iglesia; la apostasía no quiere ninguna. El hereje quiere otra iglesia; interpreta la Escritura a su modo, al margen de la interpretación tradicional de la Iglesia. Forma así su conventículo, una secta, un grupo separado de la verdadera fe. Puede no formar ningún grupo; lo formal de la herejía es la interpretación privada de la Escritura.

La herejía puede ser interna, externa, material o formal. Interna, si el error contra la fe existe en la mente solamente. Externa, si se manifiesta al exterior. Toca más de cerca a nuestro caso la distinción entre herejía material y formal.

Herejía formal es cuando voluntariamente y con pertinacia, el cristiano pone en duda o niega alguna verdad que la Iglesia Católica enseña como dogma de fe. La herejía formal es muy grave, y el error en materia definida por la Iglesia tiene que ser sostenido con obstinación. Hereje material es aquel que yerra en materia de fe, pero estaría dispuesto a cambiar. “Muchos católicos, comenta un moralista3, educados en la herejía desde su infancia, y que ninguna duda seria han tenido de su religión, son materialmente herejes”. Al margen de estos errores principales contra la fe, tenemos: proposiciones o doctrinas que son próximas a la fe o simplemente erróneas, pero que afectan

 

 

 

indirectamente a la fe. El progresismo católico tiene proposiciones heréticas o próximas a la herejía; por ejemplo, la negación de la institución de la Iglesia por Nuestro Señor Jesucristo, condenada en el Vaticano I y en el decreto Lamentabili; la confusión de lo natural y sobrenatural que lo asimila a la teología de Bayo; la llamada consistencia del orden temporal que niega la intervención de Dios en las causas segundas; el relativismo teológico; el poligenismo; las tentativas de reducir la teología a una antropología, etc. Agregamos a esto la concepción del Estado como ajeno a la ley de Dios, la complacencia con el comunismo ateo.

Todos estos errores son graves contra la fe y conducen a su abandono definitivo.

 

Herejía significa desgarramiento, la herejía es una ruptura en la interioridad de la fe. Al hablar de herejía no quiere decir que todo progresista sea un hereje formal; pero existe en el progresismo católico un programa de separación paulatina y constante de la doctrina de la Iglesia. Doctrina y costumbres tradicionales no reciben en el progresismo católico más que críticas acerbas; la institución de la Iglesia es, según los nuevos teólogos, cesaropapismo; la doctrina católica, integrismo; en lo político-social, liberalismo o marxismo; la pérdida de la religión, el avance protestante o de sectas espiritistas no suscita ningún problema. Por ese motivo hablamos de un programa para acabar con la Iglesia y establecer la ciudad sinárquica, humanista y atea4.

En nuestro país es más común la apostasía de la religión o de la fe, por influencias del liberalismo o de las sectas masónicas. Existe en este sentido una defección de la fe, abandono de la misma, que es la definición de la apostasía.

Existe una iniciación a la apostasía, sutil y “razonable”, irreprochable en su forma, que es la apología de la libertad como valor absoluto del hombre. La libertad debe usarse para el bien; resulta un mal si hacemos servir la facultad de elección para el mal, el error. Gregorio XVI, al condenar los errores de Lammenais, trae las palabras de San Agustín: “¿Qué muerte peor para el alma que la libertad del error?” (Mirari vos, 1832). La libertad del error es, para Gregorio XVI, la cuna del indiferentismo religioso; perdidos los cauces de la verdad, viene la indiferencia religiosa por los desbordes “de la plena e ilimitada libertad de opinión” (ib). Por estos caminos de la indiferencia  religiosa, pluralismo confesional, libertad de opinión, como quiera llamarse, vamos derecho a la pérdida de la religión y de la fe, por apostasía.

Oigamos a Santo Tomás: “La infidelidad (herejía o apostasía) es lo que más aleja de Dios, porque priva hasta de su verdadero conocimiento, y el conocimiento falso de Dios, no acerca sino que aleja más al hombre de Él; y no podemos decir que conoce algo de Dios el que tiene de Él una opinión falsa, porque eso que él piensa no es Dios. En consecuencia consta claro que el pecado de infidelidad es el mayor de cuantos pervierten la vida moral” (II-II, 10,3).

Notemos la importancia de no tener “opinión falsa” acerca de Dios y de las verdades religiosas; más aún, la responsabilidad del sacerdote, del teólogo, del obispo, que son los maestros de los fieles. Más aún, en el día de hoy contamos con una incredulidad firme en la negación de la Revelación divina; una incredulidad que para justificarse contra la Iglesia, consulta afanosamente al protestantismo, y sólo computa como científico y aceptable lo que proviene de aquellas fuentes. La Iglesia debe luchar contra la incredulidad de los grandes que dirigen el mundo. Sobre estos pecados dice el cardenal Wyszynski: “El más grande pecado es la incredulidad organizada, el establecer programas ateos y el sostenimiento del sistema ateo, por los medios administrativos y los dineros públicos” (del Bulletín Independent d’Infoimation Catholique, 9 de abril, 1974).

Debemos precavernos de que la libertad de cultos, el indiferentismo religioso, no entre en el catálogo de nuestras convicciones cristianas; de lo contrario, todas ellas se verían desvirtuadas. No es posible que nos sintamos cómodos en las antesalas de la apostasía, cuando no en la misma apostasía.

En este vasto movimiento progresista o de la nueva iglesia hay un elemento que destaca Santo Tomás como característico de la infidelidad culpable, y es “la resistencia a la fe” (II-II, 10, 6). Es un factor psicológico que se nota en el contacto personal o en los escritos de los progresistas.

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3 D. PRUMMER. O.P. Manuale Theol. Mor. I, 367.

4 S. THOMÁS: II-II al XI, 3: “Acerca de los herejes deben considerarse dos aspectos. Uno por parte de ellos, otro, por parte de la Iglesia. Por parte de ellos está el pecado, por el que no sólo merecieron ser separados de la Iglesia por la excomunión, sino aun ser excluidos del mundo por la muerte; pues mucho más grave es corromper la fe, vida del alma, que falsificar moneda con la que se sustenta la vida temporal. Y si tales falsificadores y otros malhechores justamente son entregados sin más a la muerte por los príncipes seglares, con mayor razón los herejes, al momento de ser convictos de herejía, podían no sólo ser excomulgados sino entregados a justa pena de muerte”.

Después de los millones de víctimas causadas por el odio del comunismo ateo, con la complacencia de los países apóstatas y herejes de Occidente, las razones humanitarias suenan a falso.

 

 

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