La esencia del Concilio ha consistido en el triunfo de la pastoral sobre la doctrina.

 

fco benedicto

 

Conferencia pronunciada por el profesor Roberto de Mattei en Pittsburg el 3 de noviembre de 2018

Nota de The Remnant: Aprovechando el contundente llamamiento a los obispos de todo el mundo que hemos publicado AQUÍ, no hemos querido dejar pasar la oportunidad de dar a conocer a los lectores de The Remnant el pensamiento y la labor del profesor De Mattei. Reproducimos seguidamente la transcripción del discurso de apertura de la  Catholic Identity Conference que tuvo lugar del 2 al 4 del pasado mes de noviembre junto a Pittsburgh (Pennsylvania). Agradecemos de corazón a don Roberto de Mattei que nos haya concedido su autorización para reproducir su discurso. Todas las ponencias de dicha conferencia [en inglés] estarán disponibles durante un mes más mediante suscripción a través de este enlaceMJM

Una sombra avanza entre las ruinas

Tenemos ante la vista un panorama de ruinas: ruinas morales, políticas, económicas; ruina de la Iglesia, ruina de toda la sociedad.

En medio de este panorama, una sombra silenciosa avanza como un fantasma: Josef Ratzinger, que tras renunciar al pontificado ha deseado conservar el título de papa emérito y el nombre de Benedicto XVI.

Creo que la abdicación de Benedicto el 28 de febrero de 2013 será recordada en la historia como un acto todavía más desastroso que el pontificado de Francisco, al cual dicha abdicación abrió la puerta.

Sin duda alguna, el pontificado de Francisco supone un gran salto adelante en el proceso de autodemolición de la Iglesia posterior al Concilio Vaticano II. Se trata, en todo caso, de una fase –la última– de dicho proceso: podríamos decir que representa su fruto maduro.

La esencia del Concilio ha consistido en el triunfo de la pastoral sobre la doctrina, en la transformación de la pastoral en teología de la praxis, en la aplicación de la filosofía marxista de la praxis a la vida de la Iglesia. Para los comunistas, el verdadero filósofo no es Carlos Marx, teórico de la revolución, sino Lenin, que puso por obra dicha revolución, llevando a la práctica la verdad del pensamiento de Marx. Para los neomodernistas, el verdadero teólogo no es Karl Rahner, principal ideólogo de la revolución en la Iglesia, sino el papa Francisco, que está llevando a cabo esa revolución, traduciendo a la práctica pastoral el pensamiento rahneriano. No hay ruptura alguna entre el Concilio y Francisco, sino continuidad histórica. El papa Francisco es la puesta en práctica del Concilio.

La renuncia de Benedicto al pontificado supone una fractura histórica, pero en otro sentido. Ha sido, ante todo, la primera renuncia al pontificado en la historia que se ha hecho sin razones aparentes, sin motivos válidos. Un acto gratuito, arbitrario, contradictorio por la manera misma en que se ha realizado. La Iglesia se encuentra actualmente en una situación de aparente diarquía y auténtica confusión en la que muchos dudan que el que está sentado en la silla de San Pedro –Francisco– sea  el verdadero papa, y que el que no es papa –Benedicto–  no sea papa. Esto supone una novedad histórica sin precedentes. Y el responsable de ello es Benedicto.

Es más; el gesto de Benedicto tiene un alcance simbólico que hay que entender en su sentido más profundo.

Hay gestos simbólicos que expresan el significado metafísico de un hecho histórico. Un ejemplo de ello fue la humillación de Canosa en enero de 1077. El papa San Gregorio VII se niega a recibir a Enrique IV, teniéndolo durante tres días en la nieve ante el castillo de Canosa. Mediante este gesto afirma la primacía del Papado sobre el poder político, proclama la libertad de la Iglesia frente al mundo y obliga al mundo a plegarse ante la Iglesia. Es un acto valeroso que honra a Dios y a la Iglesia.

El acto de renuncia de Benedicto XVI al pontificado es algo más que una confesión de impotencia: es una rendición. Un acto que expresa el espíritu claudicante del clero de nuestro tiempo, cuyo mayor pecado no es la corrupción moral, sino la cobardía. Lo digo con todo el respeto que merece la figura de Benedicto XVI y no sin cierta compasión por este anciano al que la Providencia ha obligado a ver las consecuencias históricas de su acto. Pero debemos tener el valor de decirlo si no queremos ser cómplices de ese espíritu de claudicación y falta de confianza en la ayuda sobrenatural de la Gracia, tan extendido por desgracia hoy entre tantos católicos ante el avance del proceso revolucionario.

Toda alma tiene una vocación. Todo hombre tiene una misión que cumplir. Y renunciar a cumplir la misión encomendada comporta una grave responsabilidad. Renunciar a ser el Vicario de Cristo significa una responsabilidad tremenda: es renunciar a desempeñar la misión más alta que puede cumplir un hombre en este mundo: gobernar la Iglesia de Cristo. Es la huida ante los lobos de quien, en su primera homilía del 24 de abril de 2005 había dicho: «Rogad por mí, para que, por miedo, no huya de los lobos».

Sin embargo, durante su pontificado Benedicto tuvo un gesto de valentía: otorgar el motu propio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007. Gracias a ese gesto se ha multiplicado en el mundo el número de sacerdotes que celebran la Misa Tradicional, y eso es algo que debemos agradecer a Benedicto XVI. Pero lo importante de dicho motu proprio no es el aspecto de facto, es decir el permiso que concede a todo sacerdote para celebrar la Misa según el Rito Romano antiguo, sino el reconocimiento de iure de que dicho Rito no había sido abrogado ni podría serlo jamás.

Con este acto, Benedicto se inclinó ante la Tradición de la Iglesia, y reconoció que nadie, ni siquiera el Papa, puede alterarla; y que todo el mundo, el Papa incluido, deben someterse a ella.

Actualmente se libra una batalla campal entre dos banderas, la de la Tradición y la de la Revolución. La primera, como recuerda San Ignacio en su meditación sobre las dos banderas, la dirige Cristo, «sumo Capitán y Señor nuestro»; la segunda, es la de «Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura». La bandera de los que aman la Verdad del Evangelio, reconociendo en Jesucristo al Rey del Cielo y de la Tierra, y la bandera de quienes pretenden transformar a la Iglesia y construir una nueva religión basada en sus propias opiniones.

«Nadie en su sano juicio –afirma San Pío X en su encíclica E supremi apostolato–  puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo, la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo»[1].

Debemos tener confianza en la victoria, pero asimismo debemos estar convencidos de que es imposible vencer sin combatir. Y la batalla actualmente es, ante todo, el combate de la palabra, que rompe el silencio, derrota la mentira, destruye la hipocresía, como ha hecho con su valiente testimonio el arzobispo Carlo Maria Viganò.

La opción benedictina 

El pasado 11 de septiembre de 2018, en la Cámara de los Diputados, se presentó el libro de Rod Dreher La opción benedictina[2]. Entre los presentadores se encontraba monseñor Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia de  Benedicto XVI.

Dreher es un personaje ambiguo, porque se presenta como católico, pero ha abandonado la Iglesia para adherirse a la religión ortodoxa. Y el título de su libro es igualmente ambiguo, porque la opción benedictina a la que se refiere no es la de San Benito, sino la de Benedicto XVI. En entrevista concedida hace poco al periódico Il Giorlane, un periodista le dijo: «Algunos creen que opción benedictina significa opción de Ratzinger». A lo que Dreher repuso: «Bueno, me refiero a San Benito, pero es verdad que Benedicto XVI es el segundo Benedicto de la opción benedictina. A lo largo de los años he aprendido mucho de sus enseñanzas. En 1969, cuando era un simple sacerdote, Ratzinger dijo que la Iglesia atravesaría una terrible crisis que le haría perder su poder, su riqueza y su categoría social. Dijo que muchos caerían y sólo quedarían los verdaderos creyentes. Pero esos verdaderos creyentes, que desean a Cristo más que a ninguna otra cosa, constituirán una señal para un mundo solitario y desesperado y serán semillas de renovación (…) una minoría creativa en este mundo postcristiano. Procuro fomentarlo con la opción benedictina».[3]

Por su parte, monseñor Gänswein, elogió «la maravillosa inspiración del libro», que supondría una confirmación del profetismo de Benedicto XVI. Considero que entre las semillas de renovación y el mundo postmoderno no puede haber coexistencia pacífica, sino lucha, y he calificado de catacumbalista la estrategia escapista de Dreher: la  ilusión de salvarse con arcas de salvación, islas privilegiadas en las que sobrevivir renunciando a combatir el mundo moderno.

La opción benedictina se muestra como un fruto del rechazo al concepto combativo del cristianismo que se ha difundido a raíz del Concilio. Hay que sustituir los muros por puentes, porque ya no hay cosmovisiones contrapuestas, y las diversas confesiones religiosas pueden unirse basadas en un sentimiento genérico de trascendencia. Esta estrategia de huida del mundo moderno es muy distinta de la del verdadero San Benito.

Los monjes benedictinos fueron conquistadores. Dejaron el mundo para conquistarlo. Por eso Pío XII llamó a San Benito padre de Europa, y afirmó que «mientras las hordas de los bárbaros se extendían por las provincias, aquel que fue llamado el último de los romanos, conciliando la romanidad y el Evangelio, trajo la ayuda necesaria para unir los pueblos de Europa bajo el pabellón del auspicio de Cristo y ordenar felizmente la sociedad cristiana. De hecho, desde el Mar del Norte al Mediterráneo y del Atlántico al Báltico se extendieron legiones de benedictinos que con la Cruz, los libros y el arado domesticaron a aquellos pueblos rudos e incultos»[4].

La vocación de los monjes se complementó con la de los caballeros. Monjes y caballeros construyeron la sociedad cristiana medieval. La expresión más alta del Medievo fueron precisamente los monjes caballeros, como los Templarios, cuya regla redactó San Bernardo de Claraval. Hoy en día necesitamos hombres así, y sobre todo de ese espíritu. Por el contrario, diríase que la idea de Dreher es, por el contrario, preparar a los católicos para soportar con paciencia la persecución a la espera de tiempos mejores; volver, en espíritu, a la época de las catacumbas porque no se vislumbra un inminente triunfo de la Iglesia sobre el mundo moderno. Ahora bien, ¿realmente es así?

El cambio constantiniano y el Reinado social de Cristo

Tal vez no se haya dado un momento más trágico en la historia de la Iglesia desde los albores del siglo IV, un amanecer rojo de sangre cuando la época de las persecuciones alcanzó su cenit bajo el imperio de Diocleciano.

De un extremo a otro del Imperio Romano, a excepción de la Britania gobernada por Constancio Cloro, los cristianos eran desgarrados por las fieras, crucificados y decapitados. Había que extirpar el cristianismo de sobre la faz de la Tierra. No se veía futuro para la Iglesia. Los cristianos estaban indefensos; no tenían más que la fuerza de su fe y la ayuda del Espíritu Santo que los fortalecía. ¿Quién iba a suponer que la hora de la resurrección, sólo conocida por Dios, estaba tan próxima? ¿Quién podía imaginar que la sangre de los mártires se transformaría en la púrpura del imperio cristiano de Constantino? Y sin embargo, eso fue lo que sucedió.

El 28 de octubre del año 312 la historia del Imperio Romano y de la Iglesia toda dieron un vuelco. Constantino, un joven caudillo que se disputa con Majencio el trono de Roma, tiene una visión. Aparece en el cielo una cruz resplandeciente con la leyenda In ho Signo vinces: con esta señal, en nombre de esta señal –la Cruz– vencerás. Y más tarde, según relatan Eusebio y Lactancio, el Señor se le apareció en la noche a Constantino y lo exhortó a inscribir esa Cruz en los lábaros de sus legiones. Bajo el signo de la Cruz, Constantino se enfrentó a Majencio y en el Puente Milvio, a las puertas de Roma, derrotó al ejército enemigo y ascendió al trono imperial. Esta fecha supuso un giro radical en la historia que algunos han llamado cambio constantiniano.

No hay historiador que niegue el alcance de este acontecimiento. Significó el nacimiento, al cabo de tres siglos de cristianismo, de la civilización cristiana. Una civilización que nació del sacrificio del Calvario, de la gracia de Pentecostés y de la misión que confió Jesucristo a sus discípulos: la de no limitarse a convertir a las almas individuales, sino también los pueblos, las naciones, las gentes. Pero esta Civilización, este triunfo de la Iglesia visible, tiene su origen en una batalla en la que se enfrentaron cara a cara dos ejércitos. Uno de ellos enarbola los símbolos del paganismo, mientras que el otro combate en nombre de la Cruz de Cristo. Esta transformación obedece a una victoria: la de Saxa Rubra, el 28 de octubre del año 312. Fecha que alteró el curso de la historia.

Podemos afirmar que en toda la historia de la humanidad no se ha producido una metamorfosis social más profunda, amplia y vertiginosa que la determinada por la victoria del Puente Milvio. Una transformación radical, porque el paganismo, o sea un concepto politeísta de la religión que desde hacía milenios dominaba la humanidad, fue condenado inexorablemente a muerte para que de sus ruina surgiese una nueva civilización, fruto social del cristianismo.

Y fue también una transformación sin precedentes históricos por la celeridad con que tuvo lugar. Los edictos de Diocleciano habían ordenado la aniquilación total de los cristianos y todos sus símbolos de culto, y a pesar de ello, diez años más tarde el paganismo había pasado a la historia mientras el cristianismo afirmaba públicamente su vitalidad y su fuerza en todo el Imperio Romano.

Esta transformación se obró gracias a una batalla que puede considerarse la primera guerra santa de la era cristiana. Guerra combatida por Cristo y en nombre de Cristo, y la promesa de victoria está vinculada a este carácter cristiano de la guerra. El lema In hoc Signo vinces une el símbolo de la Cruz a la victoria: ya no se trata sólo de una victoria interior sobre las pasiones desordenadas y el pecado, sino de una victoria histórica que confirma que el cristianismo ha recibido de Cristo la misión de plantar la Cruz en el espacio público; de no contentarse con conquistar las almas, sino igualmente la sociedad con sus instituciones y costumbres, creando de ese modo la Cristiandad.

A partir del siglo IV la Iglesia se vuelve visible, alza su bandera, que es el estandarte de la Cruz. Emprende una marcha triunfal en la historia, y a partir de ese momento, el objetivo es el Reinado Social de Cristo, que prefigura su reinado eterno en el Cielo. Ese reinado sólo se actualizó parcialmente en la Edad Media. Todavía tiene que cumplirse su realización en la historia, porque la Iglesia vive en la historia, y combate y vence en la historia. El reinado social de Cristo supondrá una transformación radical. El mal, aunque no desaparezca, dado que está destinado a acompañar la historia de la Iglesia hasta los últimos tiempos del Anticristo, quedará reducido a la situación en la que hoy se encuentra el bien: aislado y objeto de acusaciones y anatemas.

En la encíclica Summi Pontificatus[5] del 20 de octubre de 1939, en la que traza las líneas directrices de su pontificado, Pío XII afirma que solamente el reconocimiento de la realeza social de Cristo podría restituir al hombre al grado de civilización que alcanzó la Europa cristiana medieval[6]. «El reconocimiento de los derechos de su regia potestad [de Cristo] y el procurar la vuelta de los particulares y de toda la sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son los únicos medios que pueden hacer volver a los hombres al camino de la salvación». El Papa dirige, por tanto, su saludo paterno, su sentido agradecimiento y su confiada esperanza a los «Grupos fervorosos de hombres y mujeres, de jóvenes de ambos sexos» que «se consagran con todo el ardor de su espíritu a las obras del  apostolado, para devolver a Cristo las masas populares, que, por desgracia, se habían alejado de Él. (…) Ellos, que siguen con amor la bandera de Cristo Rey y le han consagrado su persona, su vida y su obra, pueden apropiarse justamente las palabras del salmista: “Yo consagro mis obras al Rey” (Sal 44,1); y no sólo con la oración, sino también con las obras procuran realizar la venida del reino de Dios».

El Reino de Cristo no puede ser otro que el de su divina Madre María, porque, como recuerdan los teólogos, por ser Madre de Dios, María ha sido asociada a la obra del Divino Redentor. La realeza de los dos se apoya en un mismo cimiento aunque en Él y en Ella no se expresen de un modo unívoco. «Cristo es Rey desde la eternidad, y María se convirtió en Reina en el instante en que concibió al Hijo unigénito del Padre. Cristo es Rey porque es Dios y hombre-Dios, María es Reina porque es la Madre y está asociada a Él».[7]

La teofanía mariana de los dos últimos siglos, desde la Rue du Bac a Lourdes y Fátima, da testimonio de la función que debe ejercer Nuestra Señora en la instauración del Reino Social de Cristo, que es también el reino social de María, el triunfo de la Iglesia sobre la Revolución que la asalta.

Una Iglesia líquida en una sociedad líquida

Los modernistas rechazan el reinado social de Cristo, acusando al cambio constantiniano de traición a los ideales evangélicos y avenencia de los cristianos con el poder establecido. Esa mitología anticonstantiana se desarrolla en el ala radical de la Reforma, entre anabaptistas y teósofos, situados a la izquierda de Lutero. Veían en el vínculo constantiniano entre Iglesia y Estado una unión sacrílega que debía ser destruida y sustituida por el principio de la libertad religiosa, entendida como el derecho a profesar toda religión que se considere verdadera.

Las ideas de los reformadores radicales se establecieron con más firmeza en la Holanda del siglo XVII, desde donde saltaron a Inglaterra y constituyeron uno de los pilares fundamentales de la Masonería, que nació con las Instituciones de la Gran Logia de Inglaterra en 1717. La Masonería preparó la Revolución Francesa, que tenía por objeto deshacer el vínculo constantiniano entre el Trono y el Altar en nombre de los ideales supremos de libertad, igualdad y fraternidad absolutas. En el siglo XIX, el liberalismo negó la función pública de la Iglesia en la sociedad, y trató de confinar la presencia cristiana a la estrecha libertad de conciencia de los individuos, y mandarlo a las catacumbas. Estas tesis fueron objeto de reiteradas condenas por el Magisterio pontificio, pero la mitología anticonstantiniana ha penetrado en la Iglesia Católica por medio del modernismo.

El fin de la era constantiniana[8] fue anunciado por uno de los padres de la Nouvelle théologie, el dominico Marie-Dominique Chenu, en una célebre conferencia que pronunció en 1961. Chenu pretendía emancipar la Iglesia de los tres factores que consideraba decisivos en su transigencia con el poder: la primacía del derecho romano, el logos grecorromano y el latín como lengua litúrgica[9]. La Iglesia ya no debía plantearse el problema de evangelizar el mundo, sino aceptar el desarrollo secularista rompiendo toda atadura con la Tradición y renovar su doctrina mediante la praxis.

Los modernistas niegan el Reinado Social de Cristo porque niegan la dimensión visible de la Iglesia. Quieren licuar la estructura de la Iglesia, quieren una Iglesia líquida en una sociedad líquida, como un río que fluye incesante. Según el P. Roger-Thomas Calmel, «la doctrina, los ritos y la vida interior se someten a un proceso de licuefacción tan radical y perfeccionado que no permiten distinguir entre católicos y no católicos. Al considerar superados el sí y el no, lo concreto y lo definitivo, uno se pregunta qué impide a las religiones no cristianas ser parte integral de la nueva iglesia universal continuamente actualizada por las interpretaciones ecuménicas».[10]

Una Iglesia líquida pide católicos líquidos, sin identidad, sin una misión que cumplir e incapaces de combatir, porque combatir significa resistir, resistir a su vez significa permanecer, y permanecer significa ser. No es otra la Tradición que el Ser que se contrapone al devenir que fluye hacia el mar de la nada. La Tradición es aquello que es estable en el continuo devenir de las cosas, lo inmutable en un mundo cambiante, y lo es porque tiene en sí un reflejo de la eternidad.

El corazón de la Tradición está en el propio Dios, el Ser por esencia, que es inmutable y eterno. En Él y sólo en Él, y en Aquella que es reflejo perfecto de Él, la Santísima Virgen María, pueden los defensores de la Fe y de la Tradición encontrar las fuerzas sobrenaturales que necesitan para afrontar los tiempos de crisis que atravesamos.

La Revolución anticristiana que atraviesa la historia detesta al Ser en todas sus expresiones y contrapone al Ser la negación de lo que es en la realidad estable, permanente y objetivo, empezando por la naturaleza humana, disuelta en la ideología de género.

Así pues, el horizonte ruinoso que tenemos por delante es la expresión de ese proceso revolucionario, y fruto de una labor de licuefacción de la sociedad y de la Iglesia elaborado por los agentes del caos, por las sociedades de pensamiento que aspiran a crear de nuevo o destruir el mundo. Este itinerario conduce, no obstante, a una inevitable derrota de la Revolución.

Es más, la Revolución, como el mal, carece de naturaleza propia, y sólo existe como privación y defecto del bien. «El ser del mal –explica Santo Tomás– consiste precisamente en ser la privación del bien».[11] El mal, que es la privación del ser, puede propagarse como las tinieblas de la noche que suceden a la luz del día. Pero las tinieblas no tienen en sí fuerzas para derrotar definitivamente la luz, ya que también derivan su propia existencia de la luz. Existe la luz infinita, que es Dios. «Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna», dice San Juan (1Jn. 1,5). No existen las tinieblas absolutas, porque no puede existir la nada radical. Nuestra existencia es la negación viva de la nada. El mal avanza cuando retrocede el bien. El error sólo echa raíces donde se extingue la verdad. La Revolución sólo triunfa cuando desiste la Tradición. Todas las revoluciones de la historia se han producido cuando les ha faltado verdadera oposición. Por eso, toda abdicación constituye una rendición y una huida.

Ahora bien, si hay una dinámica del mal, también hay una dinámica del bien. Un resto de luz, por pequeño que sea, no se puede extinguir, y ese resto tiene en sí la fuerza incontenible del amanecer, es en potencia el nuevo día soleado que surge. Y el drama del mal es éste: que no puede extinguir el último reducto de bien que sobrevive; está destinado a ser derrotado por él. El mal no resiste el más mínimo bien que sobrevive, porque en ese bien que resiste vislumbra su derrota. El dinamismo del mal está destinado a hacerse pedazos estrellándose contra lo que se mantiene, lo que queda de sólido en medio de la licuefacción social. La última etapa del proceso autodisolución, que en la actualidad corroe la roca sobre la que se funda la Iglesia, está destinado por tanto a presenciar la muerte de la Revolución y el retoñar de un principio contrario de vida: un itinerario obligado de restauración de la fe, la moral, la verdad y el orden social que le corresponde. Y ese principio es la Contrarrevolución católica.

La filosofía social tiene algunas leyes que conviene recordar. La oposición entre élites y populismo tan extendida en la actualidad me parece engañosa. La historia jamás es dirigida por el pueblo, sino siempre por minorías, que lo mismo pueden ser buenas que malas. En el primer caso, es apropiado emplear el término positivo de élite, o si se prefiere el clásico de aristocracia; en el segundo, es preferible hablar de oligarquías o de conciliábulos del mal. Sea como sea, la historia siempre es construida por minorías que luchan por establecer una obra, un ideal, por justo o deformado que sea. La fuerza de esas minorías es proporcional a la fuerza de sus pasiones, que pueden estar ordenadas al bien o ser desenfrenadas, pero poseen una tremenda fuerza propulsora porque mueven las ideas, las ponen en acto. La fuerza de un soldados es proporcional a la amplitud e intensidad de su amor. Y no hay amor más elevado que el que se pueda albergar por la Iglesia y la sociedad cristiana, el amor que impulsa la más noble de las empresas históricas: la epopeya de las Cruzadas. En este dramático momento de la historia tenemos necesidad de redescubrir el espíritu perenne de las Cruzadas, no el de las catacumbas.

El espíritu de cruzada

En sentido lato, las Cruzadas se pueden entender como emprendimientos armados en defensa de la Fe y de la Civilización cristianas. En este sentido, se cuentan entre las Cruzadas, por una parte, la Reconquista española contra los moros y, por otra, en los siglos sucesivos, las batallas de Lepanto, de Viena y de Budapest contra los turcos.

En un sentido más estricto, entendemos por el nombre de Cruzadas las expediciones militares emprendidas por el Papado para la liberación del Santo Sepulcro entre los siglos XI y XIII. En Tierra Santa, el fin principal de las Cruzadas no fue jamás político ni económico, sino siempre eminentemente religioso: la reconquista de los Santos Lugares o, dependiendo del momento histórico, la conservación del reino cristiano de Jerusalén, fruto de la primera Cruzada. El profesor Jonathan Ridley-Smith, figura destacada en el estudio de las Cruzadas, en un ensayo aparecido en 1979 con el título de Crusading as an Act of Love, evoca la bula Quantum predecessores del 1º de diciembre de 1145, en la que el papa Eugenio III afirma que los que habían respondido al llamamiento a la Primera Cruzada estaban «inflamados por el ardor de la la caridad», y que es la caridad, el amor de Dios, lo que suscita la profunda motivación para las empresas importantes.[12]

No es de sorprender que las Cruzadas inflamaran el corazón varonil de mujeres como Santa Teresita del Niño Jesús, que el año de su muerte, el 4 de agosto, susurra a su superiora: «Ay, madre mía, cómo me habría alegrado de vivir, por ejemplo, en tiempos de las Cruzadas, combatiendo contra los adversarios de la Fe».[13]

Y el 2 de agosto, en el lecho de muerte, escribe esta poesía: «Soldado de Cristo, dame tus armas. Quiero aquí en la Tierra luchar, padecer, derramar la sangre y las lágrimas por los pecadores. Sostenme el brazo. Defiéndeme. Que, siempre en guerra, quiero tomar por asalto  para ellos el Reino de Dios. Porque el Señor no trajo a la Tierra la paz, sino el fuego y la espada».

Y varios días después, el 9 de agosto, escribe: «No soy un soldado que ha combatido con armas terrenas, sino con la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios. Por eso la enfermedad no ha podido conmigo, y ayer tarde sin ir más lejos he hecho uso de la espada con una novicia: (…) Le he dicho que moriré empuñando las armas».

El camino de la infancia espiritual de Santa Teresa del Niño Jesús no tiene nada de sentimental ni de pueril. Es el camino de la lucha cristiana en la vida diaria con las armas de la oración, la penitencia, la palabra y el ejemplo: una pequeña pero verdadera cruzada.

Tras canonizar a Santa Teresita, Pío XI dirigió estas palabras obispo de Bayeux, donde se alza el monasterio de Lisieux: «Diga y haga correr la voz de que la espiritualidad de la Santita se ha presentado de una forma un tanto ñoña. Todo lo contrario: ¡cuán varonil era! Santa Teresa del Niño Jesús, cuya doctrina predica en su totalidad la renuncia, fue un gran hombre».

Santa Teresa del Niño Jesús vivió y murió empuñando las armas, con el espíritu de un cruzado, pero asimismo espíritu de profunda confianza y supremo abandono a la voluntad de la Divina Providencia. El camino de Santa Teresita se opone acertadamente a la opción benedictina de Rod Dreher y, podríamos añadir, de Benedicto XVI. Nos evoca la misión de las minorías que han combatido a lo largo de la historia.

Balduino el rey leproso

Nuestra evocación de las minorías combatientes no es una exhortación a una lucha cruenta, sino a un espíritu combativo motivado por la convicción de que la lucha es parte de la naturaleza humana y de que la gracia divina ayuda a quien no abandona y deserta.

Necesitamos modelos, y entre tantos modelos como nos presenta la historia, hay uno que me resulta más entrañable porque me parece que se adapta mejor a nuestra situación.

Entre las figuras más destacadas de las Cruzadas, hay una que la fea película de Ridley Scott no ha sabido comprender: la del joven monarca Balduino IV de Jerusalén, el rey leproso. Subió al trono de Jerusalén con 13 años y falleció con tan sólo 24 en 1186. Su historia nos la cuenta un testigo directo, su preceptor y futuro arzobispo Guillermo de Tiro.[14] Guillermo fue uno de los primeros en observar los primeros síntomas de la dolencia que había infectado al jovencísimo soberano, mientras lo veía jugar con otros muchachos. Durante el juego los muchachos se hacían heridas en los brazos y las manos, pero Balduino parecía insensible a las heridas. Eran los primeros síntomas de la lepra, mal que comenzaba afectando el rostro y las extremidades para avanzar después inexorable agarrotando los miembros y haciendo que más tarde se cayeran a pedazos. La enfermedad prosiguió hasta manifestarse en toda su destructiva realidad. Balduino, a pesar de su terrible dolencia, no renunció a gobernar, y sobre todo no renunció a la lucha. Dirigía personalmente a las tropas en la batalla; lo subían al caballo mientras sus condiciones de salud se lo permitieron, y más tarde se hacía llevar al campo de batalla en una camilla. Le faltaba todo lo que aparentemente necesita un soldado: fuerzas físicas. En lo físico, era un hombre destruido, paralizado y doliente, pero tenía el ánimo de un león.

La Divina Providencia premió su heroísmo en numerosas ocasiones. El episodio más extraordinario fue la batalla de Montgisard el 25 de noviembre de 1177. Baulduino IV tenía dieciséis años y había salido de Jerusalén para acudir en defensa de la ciudad de Ascalón, asediada por los musulmanes. Cuando los cruzados llegaron a las colinas que  había a la entrada de la ciudad, se presentó ante sus ojos un inmenso ejército de 30.000 hombres capitaneados por el mismísimo Saladino, el temible sultán de Siria y Egipto. Balduino no disponía de más de 500 caballeros y unos pocos millares de soldados de infantería, pero no optó por la retirada. Su reacción ha quedado inmortalizada en un cuadro célebre, La batalla de Ascalón, del pintor del siglo XIX Larivière, que se conserva en el palacio de Versalles. El joven soberano, corroído por la lepra, pidió al obispo de Jerusalén que le llevase la reliquia de la Vera Cruz, y arrodillándose, oró largas horas vertiendo lágrimas, tras lo cual, puesto en pie, ordenó atacar a vida o muerte contra las superiores fuerzas enemigas.

Los cruzados cargaron con tal ímpetu que el ejército del Sultán huyó a la desbandada desorientado y aterrorizado dispersándose por la inmensa llanura. A duras penas se salvó Saladino a lomos de un camello de carreras y perdiendo en la retirada el noventa por ciento de sus tropas. Un cronista árabe narra en breves y amargas palabras la mayor de las derrotas militares sufridas por el gran Saladino: «De repente, aparecen los caballeros francos veloces como lobos y ladrando como perros. Descendieron como relámpagos para luchar cuerpo a cuerpo, y los hijos de Mahoma se replegaron».

«Ladrando como perros.» No olvidamos esta imagen. En la carga de los cruzados, en primera fila, iban ochenta templarios, los monjes caballeros que habían hecho voto de morir antes que retroceder en la batalla, y junto a ellos, treinta muertos en vida: los caballeros de la Orden de San Lázaro, que con el rostro desfigurado por la lepra combatían desprovistos de yelmo a fin de infundir terror a sus adversarios. Cientos de hombres así valían por un ejército.

Cuentan los testigos que junto a los cruzados luchaba San Jorge en persona y un ángel exterminador mientras la luz de la Vera Cruz iluminaba el campo de batalla.

El joven Balduino IV estaba convencido de que la victoria se debió a la intervención divina, y en acción de gracias mandó construir en aquel lugar un monasterio benedictino dedicado a Santa Catalina de Alejandría, cuya festividad se conmemoraba en aquella jornada, el 25 de noviembre. No eran los tiempos de las catacumbas; eran tiempos en que los cruzados levantaban monasterios y los monjes rezaban por la victoria de los que combatían.

Nosotros somos también pocos hoy en día. Estamos desprovistos de los medios materiales que proporcionan los poderes políticos, económicos y mediáticos. Estamos cubiertos de heridas infligidas por nuestros pecados. Se nos aísla y nos trata como a leprosos por nuestra fidelidad a la Tradición. No obstante, si tenemos valor para resistir, para no retroceder, para atacar al enemigo que avanza, como los perros ladradores de los que habla el cronista medieval, la victoria será nuestra, porque nuestro amor a la Iglesia y la Civilización Cristiana es más fuerte que la muerte. Y como dice el Cantar de los Cantares, «no valen las muchas aguas para apagar el amor ni los ríos pueden ahogarlo» (Cant.8, 6-7).

Por eso, no queremos volver a las catacumbas. Hoy en día, el lábaro de Constantino, como los estandartes de las Cruzadas y de Lepanto, no es el pabellón de una guerra armada, sino el símbolo de una actitud espiritual. Es la disposición de ánimo de quien está convencido de que, como dice San Pío X, «La civilización del mundo es civilización cristiana: tanto es más verdadera, durable y fecunda en preciosos frutos, cuanto es más genuinamente cristiana»[15]. Es el estado de ánimo de quien tiene el convencimiento de que la civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad, que anunció Nuestra Señora en Fátima y por el cual seguimos luchando cada día con confianza y valentía.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe. Artículo original)

[1] S. Pío X, Enc. E supremi apostolato , October 4, 1903.

[2] Rod Dreher, La opción benedictina: una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana, Ediciones Encuentro, 2018

[3] http://www.ilgiornale.it/news/cronache/states-si-allontanano-papa-rod-dreher-svela-perch-1587804.html

[4] Pío XII, Sermon Exultent hodie , September 18, 1947.

[5] Pío XII, Enc. Summi pontificatus, October 20, 1939, AAS, 31(1939), pp. 413-453.

[6] Ibid., pp. 421-424, 446.

[7] Brunero Gherardini, Sta la Regina alla tua destra. Saggio storico-teologico sulla Regalità di Maria, Edizioni Viverein, Roma 2002, p. 145.

[8] M. D. Chenu (1895-1990), La fin de l’ère costantinienne, en Un Concile pour notre temps, Les Editions du Cerf, Paris 1961, pp. 59-87

[9] M.D. Chenu, La fin de l’ère costantinienne, cit., pp. 70-73.

[10] Roger T. Calmel o.p., Breve apologia della chiesa di sempre, Editrice Ichtys, Albano Laziale 2007, pp. 10-11

[11] Summa Theologiae, I, q. 14, a. 10, resp..

[12] Jonathan Riley-Smith Crusading as an act of love,“History. The Journal of Historical Association”, vol. 65, n. 213 (febrero 1980), pp. 177-191.

[13] Santa Teresa del Niño Jesús, Obras completas, Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano 1997, pp. 1054-1055.

[14] Willemi Tyrensis Archiepiscopi Chronicon, ed. R. B. C. Huygens. 2 vols. Corpus Christianorum Continuatio Medievalis, vols. 38 y 38a. Turnholt: Brepols, 1986. Texto latino con iintroducción y notas en francés.

[15] S. Pío X,, Encíclica Il fermo proposito, 11 de junio de 1905.

 

https://adelantelafe.com/la-iglesia-en-crisis-el-acto-final-del-concilio-vaticano-ii/

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