Lo esencial en la teología y en la filosofía es la verdad, es la solidez, es la profundidad.

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No es la primera vez que hablamos de Santiago Ramírez en este blog. Esta vez le daremos la palabra a Leopoldo Eulogio Palacios que dijo de él: “La obra del P. Ramírez aparece en la línea de mayor auge entre los pensadores católicos de la actualidad: la del tomismo estricto”

 

Y así les trascribo íntegro un artículo que Leopoldo le dedicó:

ESPAÑA Y UN TEÓLOGO

Santiago Ramírez, O. P., profesor español en la Universidad suiza de Friburgo, del que se decía en Roma que iba a imprimir en el porvenir de la filosofía y la teología un sello

semejante al que dejara Cayetano en la escolástica moderna, ha publicado ya dos volúmenes de su tratado De hominis beatudine.

 

Se trata de un comentario de gran estilo a las cinco primeras cuestiones de la Prima secundas, de Santo Tomás, con el que el autor comienza sus especulaciones acerca del contenido de la parte moral de la Suma (i).

Libro tras libro, Ramírez va levantando un monumento de ciencia teológica, que lleva trazas de ser el más importante y firme de la primera mitad del siglo xx, y uno de los mayores de todos los tiempos. El plan de la obra es vastísimo. Un volumen completo ocupa el comentario a cada una de las cinco primeras cuestiones sobre la felicidad del hombre. Tan vasta abundancia resultaría abrumadora si no supiéramos de la tersura, de la transparencia, de la jugosidad que encierra cada página de lo publicado. Acerca de la extensión de su obra —que se adivina más dilatada que la de los mayores comentarios clásicos—-, el autor se define en el prólogo de esta suerte: “Los comentarios no han de ser juzgados por su extensión o por su brevedad, como tampoco por su vetustez o por su novedad. Si son verdaderos, si son sólidos, si son profundos, nunca serán demasiado largos, y siempre serán nuevos; si son falsos, si son endebles, si son superficiales, nunca serán demasiado breves, y siempre vetustísimos.”

 

Este lenguaje era hoy desconocido en muchos de nuestros círculos intelectuales. Se olvidaba con frecuencia que lo esencial en la teología y en la filosofía es la verdad, es la solidez, es la profundidad: tres propiedades que explican la perennidad de sus obras maestras, por lo que no cansan nunca ni nunca envejecen.

La obra del P. Ramírez aparece en la línea de mayor auge entre los pensadores católicos de la actualidad: la del tomismo estricto. Nuestro autor se alza así en la culminación de un proceso filosófico y teológico del pensamiento cristiano, profundamente arraigado en las preocupaciones intelectuales de la Iglesia.

La actual floración del tomismo en la filosofía y la teología se debe, sobre todo, a la intrínseca fuerza del sistema de Santo Tomás para pervivir y progresar en medio de las vicisitudes más diversas, que hace de él una doctrina superior a las engendradas por las preocupaciones particulares de una época, una nación, una orden religiosa, un temperamento o una raza. Pero esta floración del tomismo viene también determinada negativamente por dificultades nacidas en el seno del pensamiento moderno, sobre todo cuando éste intentó ser asimilado por algunas figuras de la intelectualidad católica. Fue la dificultad de no poder conciliar la doctrina revelada con nociones filosóficas, antiescolásticas o sistemas nacidos en campo heterodoxo lo que llevó de rechazo a vigorizar el interés de los ingenios por la gran síntesis tomista.

 

Esta dificultad de conciliar lo inconciliable se evidenció con particular fuerza en algunos intentos de superarla, que salieron fallidos. Así la obra filosófica y teológica del P. Valla, continuador en el siglo XVIII de la tradición espiritualista de los cartesianos, cuyas Institutiones theologicae fueron puestas en el índice por Pío VI en 1792. Mayores, sí cabe, fueron las dificultades de Gunther y de Hermes, que simpatizaban con el idealismo de Schelling y Hegel. El fracaso de asimilar un pensamiento nacido en campo forastero lo atestiguaron las condenaciones de las doctrinas de Hermes por Gregorio XVI en í^SS, y de las de Gunther por Pío IX en 1857. Nada diremos de las dificultades insuperables que sufrió también, hasta su con- denación, otra corriente de gran fluencia en el campo católico del pasado siglo: el tradicionalismo francés; ni de los extravíos del ontologismo de Gioberti y Rosrnini; ni de todos los errores resumidos y condenados por Pío X en la encíclica Pascendi con el nombre de “modernismo”.

Hoy vemos claramente que lo que entonces fallaba era el intento de conciliar la doctrina revelada con una filosofía antiescolástica o con doctrinas de origen heterodoxo, y que esto imponía un retorno a la sabiduría cultivada en el mismo campo católico antes de su descomposición y mixtificación en los sistemas modernos. La figura de Santo Tomás y de sus auténticos continuadores apareció entonces con gigantescas proporciones.

 

José Kleutgen, con su obra Die philosophie der vorseit yerteidigt (1860-1863), y el filósofo napolitano Cayetano SanseverinOj con su Philosophia chrisúana cum antigua et nova compárala (1862), contribuyeron a ello de modo excepcional.

 

Por aquel tiempo aparecían también los Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás (1864), de nuestro Cardenal Ceferino González, traducidos después al alemán por Nolte, y que salían a la luz pública quince años antes de que León XIII marcara en 1879, con su encíclica Aeterni Patris, un rumbo seguro para las nuevas generaciones de los filósofos y teólogos cristianos.

 

Desde entonces la Iglesia, que siempre había dado la máxima autoridad a Tomás de Aquino, no ha dejado de recomendar su doctrina, condensada también en las veinticuatro tesis tomistas propuestas por la Sagrada Congregación de Estudios como la vía más segura del saber superior. En la encíclica de Benedicto XV, Fausto appetente, de 29 de junio de 1921, y en la encíclica de Pío XI, Studiorum ducem, de 29 de junio de 1923, la Iglesia hace suya la doctrina del Doctor Angélico.

 

Y en esta ola ascendente de verdad, que cuenta en el mundo entero con excelencia de ingenios y sabios, y que ha fructificado en magistrales obras, nos aparece hoy la figura de Santiago Ramírez.

Es notable que este renacer del tomismo, dirigido por la Iglesia con la mirada puesta en un fin teológico y sagrado, haya afectado primeramente al campo de la filosofía, que es un saber profano.

 

Filosóficas son las obras de Kleutgen, de Sanseverino, del Cardenal González. Filosófica es también una parte enorme de la tensión intelectual en que vivió sometido posteriormente el intelecto católico. Claro indicio de que la Iglesia, que no puede hacerse solidaria de ningún sistema filosófico, debe, sin embargo, contar ante todo con la razón, y no desentenderse de sus naturales evidencias.

Pues bien, uno de los caracteres de la obra teológica del P. Ramirez es el abundante uso que hace de la filosofía. Acaso ningún teólogo reciente haya puesto mayor caudal de ella al servicio de la ciencia sagrada. Una frase del prólogo parece servirle de divisa:

 

“Querer aplicarse a la teología sin filosofía es querer entenderla sin entendimiento.” El autor, que ya había dado amplios vuelos a la sabiduría puramente humana en su opúsculo De Philosophia in universum, y sobre todo en su De Analogía secunduni doctrinam aristotelico-thomisúcam, inserta continuamente explicaciones que interesan también al filósofo puro: sobre el principio de finalidad, sobre el principio de la difusión del bien, sobre la causalidad final, sobre la felicidad natural. Enumerarlas todas sería ocioso, porque la parte moral de la Suma Teológica, cuyo comentario ha emprendido nuestro autor, no deja fuera ninguno de los temas que pueden interesar hoy al filósofo más exigente en el estudio del hombre.

 

Esta rehabilitación de la sana razón y de la filosofía puestas al servicio de la doctrina revelada es hoy particularmente interesante en el ambiente de la cultura contemporánea. El descrédito en que yacía la escolástica y la imposibilidad de sistematizar racionalmente sin ayuda de sus nociones las verdades de la fe llegó a ser en un tiempo motivo de zozobra para no pocas vocaciones teológicas. Por fortuna, esta situación ha pasado. Gracias al esfuerzo de las varias generaciones de filósofos que han rehabilitado la filosofía aristotelico-tomista, se ha logrado crear un clima favorable al florecimiento y expansión de tratados de Teología  que pueden ya pedir de nuevo a una filosofía vigente y culturalmente viva el instrumental necesario para revestirse con el carácter de rigurosa ciencia. Las definiciones, divisiones y argumentaciones del De hominis beatitudine, de Ramírez, son buena prueba de ello: la mejor, acaso, de cuantas nos ofrecen los tratados teológicos de la actualidad.

Hay, en la dimensión universal de los precedentes de nuestro autor, una característica española.

 

Cuando a principios de la Edad Moderna comenzó la fulminante disolución de todo el caudal espiritual atesorado en la edad anterior, España optó por la reafirmación de su fidelidad a la esencia del catolicismo. Esto llevó en el orden intelectual a la salvaguardia de la filosofía y de la teología escolásticas, produciendo el extraordinario período de nuestra filosofía y teología de los siglos XVI y XVII. Pero engendró además, como secuela inevitable, la depreciación del pensamiento español por parte del protestantismo y de todos los representantes de las tendencias disolventes que vinieron después, quienes, por desconocimiento de nuestras aportaciones al progreso del más alto saber, nos negaron un puesto en las historias de la filosofía.

Un libro, corno la conocida Historia de la Filosofía, de Windelband-Heimsoeth, después de hablar del agotamiento del dogma católico y de su forzada defensa en el Concilio de Trento, enjuicia así nuestra obra: “De esta suerte la Iglesia se hurtó al movimiento renovador de la época, y la filosofía que dependía de ella cayó durante los siglos siguientes en un estancamiento inevitable. Igualmente, el breve florecimiento que experimentó la escolástica alrededor de 1600 en las Universidades de la Península Ibérica, no díó ningún fruto apreciable.” (2).

Pero nuestra ciencia filosófica y teológica no sólo no se había estancado en aquellos años, sino que tenía vitalidad suficiente para repercutir al través de centurias sobre el pensamiento universal del siglo xx. Lo atestigua hoy el hecho del tomismo, y en particular de Ramírez. Aquél salpica las páginas de sus publicaciones con los nombres de los autores hispánicos que nos roba el silencio de tantas historias; y éste continúa la tradición de nuestros grandes comentaristas, sacando a luz maravillas todavía no vislumbradas por nadie en ese “inmenso piélago de sutilidad” que es la Suma Teológica.

 

 

LEOPOLDO EULOGIO/PALACIOS.

 

 

(i) NO quiero, dada la índole de esta nota, entrar en el análisis de

la obra. Cfr. mi reseña del primer volumen en Revista de Filosofía, números

6-7, 1943, págs. 623-628.

 

(2) Windelband-Heimsoeth: Lehfbuch der Geschíchie dev Philosophie,

IV, 1, § 28, 6.

 

 

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2127264.pdf

 

 

 

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