EL DEBATE SOBRE LA HERMENÉUTICA: JUAN PABLO II Y LA INTERPRETACIÓN DE LA DECLARACIÓN DIGNITATIS HUMANAE SOBRE LA LIBERTAD RELIGIOSA .(II)

libertad

 

Seguimos con el debate sobre la libertad religiosa según la interpretación de Juan Pablo II analizada en la revista Verbo:

 

¿Pero se trata de la última palabra del magisterio de J u a n
Pablo II en materia del derecho a la libertad religiosa? Algunos así
lo afirman, casi con denuedo (18). Sin embargo, profundizando
sus enseñanzas, aparecen muchísimas afirmaciones que nos pre-
sentan un derecho a la libertad religiosa con un objeto y un fun-
damento bastante más extenso que el sugerido por algunos de sus
intérpretes. El Pontífice nos empuja, quiérase o no, a una herme-
néutica posconciliar de DH de contornos mucho más controver-
tidos. La inmunidad de toda coacción es un elemento integrante,
pero no suficiente, del objeto específico del derecho a la libertad
religiosa, que de suyo aparece con un ámbito de exigibilidad sen-
siblemente más extendido. De hecho, la transición entre conteni-
do negativo y contenido afirmativo del derecho a la libertad
religiosa está implicada en la noción misma de inmunidad de
coacción. Contrariedad, constreñimiento, coacción… son térmi-
nos análogos utilizaos o propuestos por DH para rechazar toda
forma de presión exterior, tanto física como moral. Pero este últi-
mo calificativo es de extensión variable. Puede significar mera-
mente la prohibición de cualquier violación del fuero interior de
la conciencia, prohibición de forzar el acto de fe, que está en per-
fecta continuidad con lo que la Iglesia siempre ha enseñado. P e ro
también puede ser entendido, por derivación, como la obligación
de impedir la preeminencia de un valor religioso sobre otro en la
vida pública: algunos consideran que la exposición de los crucifi-
jos en los centros públicos constituye una forma de presión moral
hacia los no cristianos. Y en cualquier caso, se puede sostener por
principio y exigencia doctrinal, la igualdad de trato entre todas las
religiones en el campo público. Esta última es la posición que
parece haber sido adoptada por Juan Pablo II a juzgar por sus
palabras. En efecto, en el mismo parágrafo del discurso preceden-
temente citao él afirma que si, subjetivamente, “quienes creen en
el Dios verdadero, por respeto a la Verdad que profesan con toda su
fe, no puede n admitir la equivalencia de todos los credos religiosos, y

menos aún caer en la indiferencia religiosa”, ellos “puede n, a la ve z ,
–y deben– r espetar la dignidad de las otras personas que no han de verse
impedidas de obrar según su conciencia, sobre todo en materia religio –
sa ”, porque “en cuanto al terreno de la libertad religiosa, (este) debe
comportar también reciprocidad, es decir, igualdad de trato”( 1 9 ).En
una tal perspectiva, los contornos entre contenido negativo y con-
tenido afirmativo son bastante flojos. Aquí debemos dar definitivamente un paso adelante. J ua n Pablo II fue bastante más allá de lo que algunos de sus intérpretes suponen, guiados quizás por un cierto wishful thinking. De hecho,
el Pontífice afirmó y defendió un derecho a la libertad religiosa
“en un sentido amplio” ( 2 0 ), de contenido nítidamente afirmati vo ,
a saber el derecho, que nace de la dignidad humana, a p ro f e s a r
directamente una religión – cualquiera que sea– tal como se haya
elegido según la propia conciencia mediada incluso por la tradi-
ción cultural. Veamos los caminos para llegar a esta conclusión.
1) En su enseñanza, Juan Pablo II ha asimilado, sin reservas
realmente aclaratorias, su concepto de libertad religiosa con aquel
consagrado en la Declaración U n i versal de los Derechos del
Hombre de la ONU y en las otras declaraciones y conven i o s
internacionales, así como en las cartas constitucionales de las
democracias contemporáneas (21). Ahora bien, esta libertad tiene
un contenido incontestablemente af i rmat ivo(22). No se trata
únicamente de un derecho a no sufrir coacción ilegítima sino
s o b re todo de una facultad jurídica estricta, igualmente re conoc i-
da por principio a todos los individuos y comunidades, de  profe-
sar su propia  religión, en cualquier lugar y circunstancia, dentro de
c i e r tos límites del orden público.
Esta posición doctrinaria fue adoptada ex profeso por el P o n –
tífice en el cuadro de lo que llamó la misión de presentar “el pro –
pio rostro de la Iglesia ”al mundo (23):
En sus veintisiete discursos anuales al Cuerpo Diplomático
ac reditado ante la Santa Sede –que “re p resenta(n) un momento par –
t i c u l a r mente significativo de mi ministerio pastoral, (pues) tengo ante
los ojos a toda la comunidad  inter n a c i o n a l”( 2 4 ) –Juan Pablo II crea
una simbiosis entre la misión de la Iglesia a favor de los de re c h o s
humanos y la misión de los organismos internacionales (25). En
tal contexto, llega a concebir la libertad religiosa de modo tan
parecido a la que está consagrada en las instancias internacionales
y europeas de derechos humanos, que uno se pregunta, si al
menos de hecho ,no existe en lo esencial una completa identidad
e n t re ambas.
Los pasajes que se pueden citar para dar una idea de esas ense-
ñanzas con múltiples. Veamos algunos.
i )“ Me parece que hoy, lo que la enseñanza de la Iglesia llama “ e l
orden natur al” de la conviven cia, “el orden querido por Dios ” ,
e n c u e n t r a de algún modo su expresión, en la cultura de los der e c h o s
del hombre, si se puede caracterizar así una civilización fundada en
el respeto del valor trascendente de la persona” ( 2 6 ) .
i i ) “ Celebraremos este año el cuadragésimo aniversario de la
‘ Declaración universal de los Derechos del Hombre’. Si bien es objeto
de interpretaciones diferentes, los elevados principios que contiene
merecen una atención univers al. Este documento puede considerar s e
como ‘una piedra miliar puesta en el largo y difícil camino del géne –
ro humano’ (Discurso a las Naciones Unidas, 2 de octubre de 1979,
n. 7). (…) Llamada particular de atención sobre el derecho a la liber –
tad  religiosa ”( 2 7 ) .
i i i ) “ Hay un bien común de la humanidad en el que están en
juego graves intereses que  requieren la acción concertada de los
Go b i e r nos y de todos los hombres de buena voluntad: la garan t í a
de los derechos humanos (…)¡El bien común de la humanidad!
Una “ u t o p í a ” que el pensamiento cristiano persigue sin cansarse, y
que consiste en la búsqueda incesante de soluciones justas y huma –
n a s ”. “Muchas de las exigencias relativas al verdader o  bien del
h o m b re se expresaron en la Declaración de los Derechos del
Ho m b re y en los Tratados internacionales que hacen posible la
aplicación concreta” ( 2 8 ).
i v ) “La De c l a r ación es tanto más importante a nuestro pare c e r
cuanto trasciende las diferencias raciales, culturales e institucionales
de los pueblos y afirma, más allá de cualquier frontera, la igual dig –
nidad de todos los miembros de la comunidad  humana, que hay que
r e s p e t a r , protege r y promover en toda sociedad constituida, nacional e
i n t e r nacional. En ello va la felicidad de las personas, pero también la
paz del mundo ” .

“ Pienso de modo especial en la libertad de conciencia. V o s o t ro s
sabéis que he dedicado el último Mensaje para la Jornada mundial
de la Paz a este tema capital. El derecho a la libertad religiosa, es
decir , la facultad de dar  respuesta a los imperat ivos de la propia con –
ciencia en la búsqueda de la verdad, y de profesar públicamente la
propia fe perteneciendo libremente a una comunidad religiosa orga –
nizada, constituye como la razón de ser de las demás libertades fun –
damentales del hombre. (…)Haciendo esto (vigilancia en pro del
respeto de la libertad  re l i g i o s a ), la Iglesia tiene conciencia de servir
a la humanidad, defendiendo la dignidad de la persona” ( 2 9 ) .
v ) “ El prólogo de la Ca rta de las Naciones Unidas reaf irma ‘la
fe (de los pueblos signatarios) en los derechos fundamentales del hom –
b re, en la dignidad y en el valor de la persona humana’. Lo que la
sabiduría de las naciones reconoce, la Iglesia tiene especiales y muy
p rofun das ra zones para dar testimonio de ello y asegurar su salva –
g u a r d i a ”( 3 0 ) .
v i ) “El pasado 10 de diciembre celebramos el cuadragésimo ani –
versario de la proclamación, por la Asamblea G e n e ral de las N a c i o n e s
Unidas, de la De c l a ración univers al de los De rec hos del Ho m b re. Es t e
t e x t o , que se presenta como ‘el ideal común a seguir por todos los pue –
blos y todas las naciones’ (Preámbulo), ha ayudado a la humanidad
a tomar conciencia de su comunidad de destino y del patrimonio de
va l o r es que pertenecen a toda la familia humana.
“ E n t re las libertades fundamentales que corresponde defender a la
Iglesia en primer lugar, naturalmente se encuentra la libertad  religio-
sa. El derecho a la libertad de religión está tan estrechamente ligado
a los demás derechos fundamentales, que se puede sostener con justi –
cia que el respeto de la libertad religiosa es como un ‘ t e s t’ de la obser –
vancia de los otros derechos fundamentales. “La cuestión  religiosa conlleva, en efecto, dos dimensiones específi cas que señalan su originalidad en relación con otr as actividades del espíritu, en especial las referentes a la conciencia, el pensamiento o la convicción. Por una parte, la fe reconoce la existencia de la
Tr ascendencia, que es la que da sentido a toda la existencia y funda los
valores que posteriormente orientan los comportamientos. De otr o lado,
el compr omiso religioso implica la inserción de las personas en una
comunidad. La libertad religiosa va par eja a la libertad de la comuni-
dad  de fieles a vivir según las enseñanzas de su F undador”(31).
2) La asim ilación indicada en 1 entre la concepción de DH y
aquella que tienen las instancias internacionales, es también
ampliamente explicitada en las intervenciones más solemnes de
Juan Pablo II ante estas últimas, y en otras muchas otras ocasio-
nes, especialmente cuando destaca que es misión de su
Pontificado estar al “s e r vicio del hombre” . Es un dato de su magis-
terio que no se puede o bv i a r. Indiquemos, por vía ejemplar, tres
de sus intervenciones sobre este tema:
i )“La De c l a r ación univer sal de los De rechos del H o m b re y los
i n s t r umentos jurídicos, tanto a nivel internacional como nacional, en
un movimiento que es de  desear  progresivo y continuo, tratan de cre a r
una conciencia general de la dignidad del hombre y definir al menos
algunos de los derechos inalienables del hombre. Séame pe rm i t i d o
e n u m e r ar algunos entre los más importantes, que son univ e r s a l m e n t e
reconocidos: (…) el derecho a la libertad de pensamiento, de concien –
cia y de religión y el derecho a manifestar la propia religión, indivi –
dualmente o en común, tanto en privado como en público (…). El
conjunto de los derechos del hombre corresponde a la sustancia de la
digni dad del ser humano, entendido integr a l m e n t e”(32).
i i ) “ Una de las principales exigencias de la libertad es el libre
e j e r cicio de la religión en la sociedad (cf. DH 3). Ningún Es t a d o,
ningún grupo tiene el derecho de cont ro l a r, ni directa ni i ndire c t a-
mente, las convicciones religiosas de una person a, ni puede re i v i n d i-
car justificadamente el derecho de imponer o impedir la pro f e s i ó n
pública y la práctica de la religión (…). Al celebrarse este año el 50°
a n i vers ario de la De c l a ración universal de derechos del hombre, escri –
bí que ‘la libertad religios a ocupa el centro mismo de los der e c h o s
humanos. Es inviolable hasta el punto de exigir que se r e c o n o zca a la

persona incluso la libertad de cambiar de r e l i g i ó n, si así lo pide su
conciencia. En efecto, cada uno debe seguir la propia conciencia en
cualquier circunstancia y no puede ser obligado a obrar en contra de
ella (cf. artículo 18 DUDH)’ ( Mensaje para la celebración de la
Jornada mundial de la paz de 1999, n. 5)” (33).
i i i )“Desde el inicio del proceso de Helsinki, los Estados par t i c i-
pantes  han reconocido la dimensión internacional del derecho a la
l i b e r tad  religiosa y su importancia para la seguridad y la estabilidad
de la comunidad de naciones. En cierto sentido, la defensa de este dere –
cho es como un indicador para verificar el respeto de todos los demás
d e r echos humanos. (…) Por tanto, sólo puedo invita ros, queridos legis –
l a d o res, a abrazar el compromiso que vuestros países han asumido en
el seno de la OSCE, en el ámbito de la libertad r e l i g i o s a”( 3 4 ).
3) La asimilación indicada en 1 y 2 se manifiesta aún en las
relaciones de Juan Pablo II con sus hermanos en el episcopado y
con los fieles en general. I l u s t remos esta afirmación con dos tex-
tos inequívocos:
i )“ E l principio de libertad r e l i g i o s a” contiene “uno de los dere –
chos más fundamentales del hombre. El Concilio Vaticano II dedicó
a la libertad religiosa uno de sus documentos. Con más fr e c u e n c i a
cada vez, ocupa este derecho un puesto clave en los documentos legis –
l a t i v os. P e ro queda todavía mucho por  hacer  para que funcione
c o r r ectamente este principio en la vida social, pública, estatal e inter –
n a c i o n a l” (35).
i i ) “ El principio de la libertad religios a constituye uno de los
principales puntos de la ‘De c l a ración de los derechos del hombre’ y que
f i g u r a en la Constitución de todos los Estados. En virtud de este prin –
cipio que la Sede apostólica frecuentemente invoca y predica (Vi illius
principii, quod Apostolica Sedes saepenumero invocavit pr a e d i c a v i t-
que), le es permitido a cada cre yente confesar su fe y participar en la
comunidad eclesial de la que forma pa rt e”(36).
Muchas de las fórmulas que utiliza Juan Pablo II para descri-
bir o definir el derecho a la libertad religiosa (al lado de otras, en
que mantiene su contenido negativo) suponen o expresan un
d e r echo de contenido esencialmente afirmativo, lo que le lleva a
i n t e r p r etar  extens iva m e n t e DH 2:
i ) “ Derecho de la persona a profesar sus convicciones y a prac t i c a r
su religión dentro de los límites debidos, establecidos por el justo ord e n
público ( c f. DH, 2. 7). En todos los tiempos ha habido má rt i res por
la defensa y la promoción de este der e c h o”(37).
i i ) “De rec ho a profes ar la fe, individualmente o en comunidad,
según las reglas de cada familia r e l i g i o s a”( 3 8 ) .
i i i ) “ De r echo a vivi r según la propia fe, el propio rito, según las
p r opias condiciones r e l i g i o s a s”( 3 9 ) .
i v ) “La posibilidad de encontrar alivio espirit ual en la comuni –
dad religios a a que (se) per t e n e c e”( 4 0 ) .
v ) “De r echo a expresar públicamente y en todos los ámbitos de la
vida civil las propia s convicciones r e l i g i o s a s” (41).
v i ) “Derecho a vivir en la ve rdad de la propia fe y en confo rm i-
dad con la dignidad trascendente de la propia persona” ( 4 2 ).
v i i ) “ Posibilidad de desarrollar su vida religios a, transmitir sus

c reencias y sus va l o res, y tomar parte activa en los diferentes sector e s
de la vida social y en los lugares de concertación, sin que se las ex c l u-
ya por motivos religiosos o filosóficos, respetando así las reglas del
Estado de der e c h o”(43).
v i i i ) “ De recho a vivi r en la ve rdad y en la libertad de adherir al
significado último de la vida” ( 4 4 ) .
i x ) “ Li b e r tad de la comunidad de fieles a vivir segú n las enseñan –
zas de su F u n d a d o r”( 4 5 ) .
x ) “La Iglesia reivindica a favor de la cultura, y por tanto a fav o r
del hombre, tanto en el proceso de desenvolvimiento cultural cuando
en el acto de propa gación, una libertad análoga a aquella que en DH
2 se reclama para la libertad r e l i g i o s a”( 4 6 ) .
Finalmente, Juan Pablo II precisa todo un catálogo de ele-
mentos específicos del derecho a la libertad religiosa que incluye
d e rec hos de contenido afirmativo aplicables igualmente a todas
las religiones, más generoso en su extensión que el habitualmente
consagrado en las cartas de derechos fundamentales internaciona-
les, comunitarias y nacionales. En ese catálogo son enumerados
siete derechos personales y diez colectivos que ayudan a le va n t a r
cualquier duda sobre la naturaleza extensiva de una concepción de
la libertad religiosa que es siempre vista, de manera explícita o
implícita, en la perspectiva de una interpretación de DH (47).

* * *
Si es cierto que Juan Pablo II ha enseñado, como lo muestran
sus documentos oficiales, un derecho a la libertad religiosa de
contenido afirmativo, con los elementos que hemos señalado, for-
mulados a la luz de la hermenéutica posconciliar de DH, re s u l t a
entonces que el fondo de todo re-examen sobre la continuidad del
Magisterio de la Iglesia debe ubicarse en un terreno difer e n t e .
i) Una interpretación t radicional de DH es posible si el análi-
sis del Magisterio de Juan Pablo II se reduce al concepto de l i b e r-
tad de conciencia (el que a veces identifica con el derecho a la
l i b e r tad religiosa), particularmente si se tienen en cuenta los pre-
supuestos a los que ya hemos hecho alusión de la encíclica
Veritatis splendor y la exposición del Catecismo de la Ig l e s i a
Católica sobre la materia (48). P e ro esto no constituye el punto
culminante de su enseñanza, sino su punto de partida.
ii) El respeto a la ve rdad prohíbe omitir que ese punto culmi-
nante es la extensión del concepto de derecho a la libertad r e l i g i o-
sa a un sentido afirmativo. No podemos abrir aquí una discusión
para saber si es posible o no adoptar una interpretación “ t r a d i c i o-
n a l ” de DH, como la realizada en su tiempo por Vi c t o r i n o
R o d r í g u e z, O.P., o Bryan W. Harrison, o más recientemente por
Fernando Ocáriz o Fr. Basile Valuet, O.S.B. (49). Juan Pablo II ha

dado una respuesta con su magisterio auténtico, y ella es seria-
mente negativa. Claro que siempre existe la posibilidad de escoger
e n t re las citas a fin de ofrecer una presentación doctrinal no pro-
blemática o hacer subrayar una armonía casi perfecta con la doc-
trina de Santo Tomás o de los Papas que fulminaron con tanta
energía los er ro res del “d e recho nuevo” y las “libertades moder-
n a s ”. P e ro debemos convenir que tal presentación haría sonreír a
todos los jefes de Estado, a los organismos internacionales, a todos
los líderes religiosos y comunidades sociales ante los cuales J u a n
Pablo II ejerció su acción pastoral con un mensaje muy claro en
sus orientaciones fundamentales, comprendiendo una doctrina
s o b re la libertad religiosa específica, moderna, de contenido neta-
mente afirmativo, en continuidad con los ideales ecuménicos y
humanistas de la época.
iii) En esta materia, es necesario que nos preguntemos en qué
medida y hasta qué punto la doctrina sobre la libertad re l i g i o s a ,
de contenido moderno y afirmativo, tal como ha sido p ro f e s a d a
por Juan Pablo II en su Magisterio auténtico, puede condicionar
la respuesta al llamado lanzado por Benedicto XVI a releer los tex-
tos conciliares, y también DH, según una “ hermenéutica de la con –
tinuidad” . Una parte de la respuesta podría estar en el mismo
Magisterio de Benedicto XVI: ¿ha seguido o no el mismo camino
que su predecesor?
iv) Para el católico que efectúa una búsqueda sobre el tema,
surgen ulteriores interrogantes: ¿hasta qué punto la doctrina sobre
el derecho a la libertad religiosa de contenido af irmativo es dife-
rente de la tradición católica, que jamás reconoció –ni podría
hacerlo– el derecho del hombre a caminar por un sendero d ive r-
gente al de la religión verdaera, establecida por el mismo Dios ?
Si tal doctrina es la que sigue el Magisterio después del Concilio
¿significa que una religión falsa posee objetivamente un derecho
moral, jurídicamente reconocido, a ser públicamente profesada en
igualdad de condiciones que la religión ve rdadera? La estru c t u r a
política de una sociedad católica ¿no tiene entonces, por princi-
pio, ningún derecho moral y jurídico a profesar la fe en la vida

pública, ni de apoyar sobre ella la legislación y los principios de su
a c c i ó n ? Estas preguntas, cuya respuesta parece que debe ser negativa
si nos atenemos lógicamente a la integridad de la doctrina de J u a n
Pablo II sobre el derecho a la libertad religiosa, requerirían, en cir-
cunstancias normales, una profunda aclaración del Ma g i s t e r i o.

(18) Vr.gr., recientemente, Balmaseda, M aría Fernanda, “La libertad de concien-
cia en Juan P ablo Magno. T ras las huellas de Santo Tomás”,in Studium (Madrid), Vol.
XL VIII – 3, 2008, págs. 497-506.

(19) DCD, 12 de enero de 1985, N.º 3.
(20) El propio P ontífice habla del derecho a la libertad religiosa en un sentido
amplio: “Como he r ecordado en varias ocasiones, el primero de los der echos del hombre es la
libertad religiosa, en el sentido amplio del término ”. Cfr . Discurso Il m ’est agréable al
nuev o embajador de Francia ante la Santa Sede, 10 de junio del 2000, 5.
(21) Cfr . Mensaje Fin dal secolo, para la Jornada M undial de la Paz del 1 de ener o
de 1989, 9; Discurso Depuis le debut al gobierno y al cuerpo diplomático de Canadá en
Ottawa, 19 de septiembr e de 1984, 7.
(22) Se trata además de una liber tad religiosa de sentido indiferentista. Este aspec –
to es bastante complejo si se tiene en cuenta los grandes elogios que hace Juan P ablo II
a la Declaración univ ersal de los derechos del hombre. P ara salvar el problema, ¿se
puede afirmar que el P ontífice, dada su Weltanschauung , apunta más bien, vr .gr., a la
tradicional liber tad de las conciencias (Cfr . Pío XI, Encíclica “Non abbiamo bisogno ”, N.º
23) y no a la indiferentista liber tad de conciencia?Lo que sucede es que ése es precisa-
mente la raíz del problema .

(23) En la Encíclica Encíclica Redemptor hominis, del 4 de marzo de 1979, 4, J uan
P ablo II habla de la misión de “presentar “ ad extra”, al exterior , el auténtico rostro de la
Iglesia ”. Y afirma que, en razón de ella, en el período posconciliar “una gr an parte de la
familia humana, en los distintos ámbitos de su múltiple existencia, se ha hecho más cons –
ciente de cómo sea ver daderamente necesaria la I glesia”, incluso, a veces, con una “ concien –
cia más fuerte ”que la Iglesia “ab intr a”, atacada por diversas orientaciones críticas.
(24) Discurso a los miembr os del Cuerpo diplomático acr editado ante la Santa
Sede (en adelante DCD), 12 de enero de 1981, 4.
(25) U n nítido retrato de esa simbiosis es el DCD del 12 de ener o de 1981.
Especialmente impor tante es el número 4 en que define la “misión del pastor universal”
con los responsables de la vida institucional de cada país como “una simple cooper ación,
desinteresada, en las gr andes causas que afectan a la vida de la humanidad: la paz, la jus –
ticia, los der echos de la persona, el bien común.” Más delante, compara la labor de los
misioneros con la de “los hombr es comprometidos en las Organizaciones internacionales ”.
Y agrega: “Este inmenso tr abajo, que la Iglesia y los r esponsables de sus naciones quier en rea-
lizar juntos, se r esume en una sola palabr a: el servicio al hombre”(N.º 14).

––––––––––––
(26) DCD, 9 de enero de 1988, N.º 10. Vid. en el mismo sentido, 14 de enero
de 1980, 4.

(27) DCD, 9 de enero de 1988, N.º 10. De un modo más preciso, el\
vínculo entre
DH y el artículo 18 de DUDH sobre la libertad religiosa es r ecalcado expresamente por
J uan Pablo II en su último DCD, 10 de enero de 2005, 8. Vid. asimismo DCD, 12 de
enero de 1979, 8.
(28) DCD, 12 de enero de 1979, 6 y 7.

29) I bidem, 11.
(30) DCD, 14 de enero de 1980, 4.

(31) DCD, 9 de enero de 1989, 4 y 6.
(32) Cfr . Discurso I desire to express a la XXXIV Asamblea General de las N aciones
U nidas, 2 de octubr e de 1979, 13.

(33) Cfr . Discurso It is a gr eat joya los líder es de otras r eligiones y confesiones
cristianas, N ueva D elhi, 7 de no viembre de 1999, 4.
(34) Cfr . Discurso Je suis reconnaissant a la Asamblea de la O rganización para la
Seguridad y la Cooperación en Europa, 10 de octubr e de 2003, N.º 4.
(35) Cfr . Ángelus del domingo, sobre el tema Il diritto fondamentale della libertà
r eligiosa, 7 de enero de 1979.

(36) Cfr . Carta Cum superioris mensis al Cardenal Slipyj, 19 de marzo de 1979,
con motiv o del milenio de la Evangelización de la “Rus ” (en página web del Vaticano
hay un error en la fecha pues se da la data de 16 de junio de 1979, en circunstanc\
ias de
que el documento está transcrito en AAS 71/7 del 15 de mayo de 1979).

(37) Cfr . Alocución Esiste un or dinea la audiencia general, 13 de abril de 1994.
(38) Cfr . DCD, 12 de enero de 1991, 5.
(39) Cfr . Alocución Quando percorriamo al terminar el Vía Crucis en el Coliseo,
13 de abril de 1979.

(40) Cfr . DCD,15 de ener o de 1983, 10.
(41) Cfr . Mensaje I molti popoli para la XXIV Jornada mundial de la paz del 1 de
enero de 1991, 8 de diciembre de 1990, I ntroducción.
(42) Cfr . Mensaje Nel primo giorno para la Jornada M undial de la P az del 1 de
enero de 1988, 8 de diciembr e de 1987, 1. Definición citada literalmente por la
E ncíclica Centesimus Annus del 1 de mayo de 1991, N.º 47, que la pr esenta en su nota
97 como aplicación de DH 1-2.

(43) Cfr . Discurso Il m’est agréable al embajador de F rancia ante la Santa Sede, 10
de junio del 2000, 5.

(44) Discurso Questo incontro sobre la libertad religiosa en el V Congreso interna-
cional de estudios jurídicos, 10 de mar zo de 1984, 5. Vid. en análogo sentido D iscurso
Depuis le debut al gobierno y al cuerpo diplomático de Canadá en Ottawa, 19 de sep-
tiembre de 1984, 7.
(45) DCD, 9 de enero de 1989, 4 y 6.
(46) Cfr . Discurso Sinto-me feliz en encuentro con eminentes personalidades de
la cultura, Rio de J aneiro, 1 de julio de 1980.
(47) J uan P ablo II afirma que estos derechos son “los elementos específicos que corres –
ponden al concepto de ‘libertad r eligiosa’ y que constituyen su campo de aplicación, en la
medida en que son conclusión lógica de exigencias de las personas \
y de las comunidades, o en
la medida en que son r equeridos por sus actividades concretas ”. Cfr . Mensaje L´Eglise catho –
lique, a la Conferencia de Madrid de J efes de Estados signatarios del acta final de
H elsinki, 1 de septiembre de 1980. Los der echos personales se indican en el N.º 4 a) y
los comunitarios en el N.º 4 b). A lo largo de su P ontificado, en diversas oportunida-
des hará referencias a este M ensaje.

––––––––––––
(48) Vid. notas 16 y 17.
(49) F r. Basile Valuet O.S.B., La Liberté Religieuse et la Tradition Catholique. U n
cas de développement doctrinal homogène dans le magistèr e authentique (3 t. en 6 vols,
A bbaye Sainte-M adeleine, Le Barroux, 1998, 2.ª édition revue et augmentée). El autor
se esfuerza por probar documentalmente que la confesionalidad católic\
a del Estado está
r ecogida en el texto de DH y es compatible con el magisterio de J uan Pablo II.
D esgraciadamente, a pr opósito de este último, el trabajo de F r. Basile queda incomple –
to, en primer lugar , por una razón de insuficiencia de fuentes: el autor que ha querido
cubrir en detalle el magisterio de J uan Pablo II basa su trabajo en 151 documentos del
P ontífice, pero deja fuera 442, cuya existencia refier e en la segunda edición de su obra
(ibid., II A, págs. 1424-1437), sin detenerse en ellos, salv o dos excepciones. P or otra
parte, y en términos más generales, en razón de una insuficient\
e selección de textos: F r.
Basile no explota los documentos que desarr ollan una enseñanza fundamental para
compr ender el fondo del pensamiento de J uan Pablo II sobr e la libertad religiosa en el
sentido dinámico y amplio que hemos expuesto aquí.
Fundaci\363n Speiro

https://fundacionspeiro.org/revista-verbo/2009/477-478/documento-729

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s