Discípulo de Cristo o discípulo de Maritain(IV)

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Capilla de la Virgen de los Reyes. Sevilla

 

No pretendo echarle la culpa de todos los males que aquejan a la Iglesia a Maritain. Pero es verdad que sus ideas contribuyeron de manera decisiva a la demolición de la fe, sobre todo y especialmente porque Maritain abarcaba el campo del individuo y de la sociedad. Y porque su filosofía , el personalismo, fue asumida por no pocos teólogos y escuelas y facultades de teología hasta nuestros días. Muchas personas quizás nunca hayan oído hablar de él y sin embargo su forma de actuar y comportarse indica una notable influencia maritaneana. Es esa idea del humanismo cristiano que lo impregna todo. No es un no abierto a Dios, pero es un prudencial ocultamiento. Influencia de ese pensamiento es lo que impregna todas esas obras de caridad, sin ninguna alusión a Dios. Es ese pretender que la gente sea feliz sin Dios.  Hace días me llegaba una propaganda promovida por personas católicas en las que impartían a familias unas clases de educación sobre los hijos. El problema era que como había familias de todo tipo de creencias y culturas había que ocultar prudentemente a Dios. Subconscientemente no se considera a Cristo como la buena noticia que hay que compartir con los demás, sino que consideras como muy bien dice Leopoldo en su crítica al humanismo cristiano :

 “  Y llevados por su ilusión piensan que hasta los heterodoxos se interesarán por el catolicismo cuando le vean desligarse del dogmatismo de la teología y la intolerancia del Sacro Imperio y se les diga que también ellos pueden ver desde abajo , sin necesidad de la fe, las cosas que ve el teólogo desde arriba. O cuando se les convenza de que todos pueden colaborar en un Estado laico que realiza desde abajo las cosas que antes intentaba realizar el Estado confesional desde arriba.”

Es la tentación de un mundo mejor sin Dios, porque somos nosotros quienes decidimos que no todos tienen porqué creer y además apoyados en un erróneo concepto de libertad, creemos que cada uno es libre de creer en lo que le dé la gana.

Es la idea que impregna la mayoría de las obras sociales de cáritas, en las que se reparten latas de garbanzos, sin nombrar ni una sola vez a Dios. Es la lógica de explicar a un grupo de adolescentes que su objetivo es triunfar en la vida sin nombrar ni una vez a Dios, que se ha convertido en el innombrable.¡ De la abundancia del corazón habla la boca!. ¿Hasta qué punto consideramos  a Cristo , protagonista de nuestra vida, si en un acto académico o de cualquier tipo no lo nombramos ni una sola vez?

Creo que la línea de separación en muchos casos es fina, pero si únicamente promovemos actos sociales en los que Dios ocupa un segundo plano o simplemente está ausente nunca podremos ser levadura en la masa por muchas amistades que hagamos y por muy bien que nos lo pasemos. Como muy bien dice Leopoldo Eulogio” ¿Cómo serán cristianas estas criaturas que se aman tanto y de tal manera que rehuyen su servicio a la causa de Cristo?”

Tanto en el plano individual, como en lo social Cristo debe ocupar el primer plano. No es muy coherente rezar y luego salir a la calle y conducirnos amablemente, educadamente, pero como si Dios no existiera.

En toda esta incoherencia se encierra un derrotismo que pretende disfrazarse de optimismo. Como dice Alonso Gracián;” Lo mejor imposible es posible para Dios.— Tal cosa sucede con la doctrina tradicional, sobre todo en su traditio local hispánica. Me refiero a la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, que es doctrina que contradice al mundo, al catolicismo de tercer grado y al positivismo idólatra del Leviatán moderno. Como dice el P. Biestro, Dios suscita obras que contradicen el mundo con causas que el mundo tiene por perdidas. No las tenga por lo mismo el católico, no desconozca la providencia de Dios, que opera lo imposible en y por sus criaturas. ¡Cuánta necesidad tenemos de políticos católicos que contradigan al mundo, y cual verdaderas causas segundas movidas por Dios, operen lo imposible para el mundo moderno!”

Si ni los católicos defendemos las causas que Dios quiere que se hagan, ¿ cómo podremos decir que somos instrumentos si hacemos lo que queremos nosotros y no lo que quiere Dios?. Yo he oído a filósofos católicos defender el estado laico y ser enemigos del estado confesional en cualquier caso apoyados en la filosofía de Maritain.¿ Qué fe tiene ese filosofo que considera que el Estado como la suma de individuos no tiene ninguna obligación para con la Iglesia? Algo falla en la mentalidad católica Podríamos decir que este humanismo es como el humo de Satanás que se ha colado en la mentalidad del creyente.

Como apoyo a todo esto les escribo un texto del Padre Iraburu:

Nos quieren hacer creer que la confesionalidad católica de los Estados es de suyo mala, o que al menos es siempre inconveniente. Pues bien, que digan eso los enemigos de la Iglesia, se entiende. Pero que nos vengan hoy unos teólogos, unos curas, unos laicos ilustrados, unos políticos católicos malminoristas, diciendo que de suyo el Estado confesional es malo, y que encima fundamenten su herejía alegando que ésa es la enseñanza del Concilio Vaticano II, es algo que no estoy, no estamos, dispuestos a consentir. Eso equivale a condenar lo que durante quince siglos o más ha sido historia de la Iglesia y enseñanza continua del Magisterio apostólico. Argumentaré en defensa de la verdad, primero, con el apoyo de la experiencia histórica, y en seguida, con la exposición de la doctrina de la Iglesia.

La gran Europa fue construída por Reinos confesionalmente cristianos, que reconocían a Cristo como Rey. Durante el milenio de Cristiandad, más o menos entre el 500 y el 1500, se formó la cultura europea, la que había de extenderse con mayor universalidad por los cinco continentes. Bajo Reyes cristianos, que reinaban «por la gracia de Dios», se construyeron las catedrales, y sus ábsides y pórticos de entrada estaban siempre presididos por el Pantocrator, el Señor del universo, nuestro Señor Jesucristo, Rey de las naciones de la tierra. La filosofía y la teología, la vida social y el arte, el derecho, la agricultura, las ciencias, fueron floreciendo un siglo tras otro. Comparados aquellos siglos con la época moderna, hay que reconocer que fueron siglos pacíficos, incomparablemente menos bélicos y homicidas. El número crímenes, de abortos y divorcios, de enfermedades psíquicas, de adicciones a la droga y de suicidios, era incomparablemente menor.

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados», afirmaba León XIII con toda verdad. El milenio de la Cristiandad europea fue una realidad histórica, y no pocas de sus huellas permanecen vivas y hermosas. Ahora bien, la calidad de un árbol se juzga por sus frutos (Mt 7,16-20).

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. Entonces aquella energía propia de la sabiduría cristiana, aquella su virtud divina, había compenetrado las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, impregnando todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo, colocada firmemente sobre el grado de honor y de altura que le corresponde, florecía en todas partes secundada por el agrado y adhesión de los príncipes y por la tutelar y legítima deferencia de los magistrados. Y el sacerdocio y el imperio, concordes entre sí, departían con toda felicidad en amigable consorcio de voluntades e intereses. Organizada de este modo la sociedad civil, produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de ellos y quedará consignada en un sinnúmero de monumentos históricos, ilustres e indelebles, que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá nunca desvirtuar ni oscurecer» (1885, enc. Immortale Dei, 9).

La Europa cristiana, bajo Cristo Rey, formó los siglos más altos de la historia humana, a pesar de todas las miserias que en ella se dieron, que nunca faltarán en este valle de pecadores. En nuestra época de apostasía predominante, aunque se hayan superado ciertos males –siempre con impulsos procedentes del cristianismo–, se dan males mayores, y no se alcanzan los grandes bienes que aquellos Estados confesionalmente católicos consiguieron para la gloria de Dios y el bien común temporal y eterno de los hombres. Señalo unos pocos libros que fundamentan con datos ciertos lo que afirmo yo aquí gratuitamente:

Dom Prosper Guéranger, Jésus-Christ, Roi de l’histoire, Association Saint-Jérôme 2005; Alfredo Sáenz, S. J., La Cristiandad, una realidad histórica, Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005; Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Scire, Barcelona 2005; Thomas Woods, Jr., Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, Ciudadela, Madrid 2007; George Weigel, Política sin Dios. Europa y América, el cubo y la catedral, Cristiandad, Madrid 2005; Luis Suárez, La construcción de la Cristiandad europea, Homolegens, Madrid 2008.

Y recordemos que, con una u otra forma de gobierno, las naciones de Europa fueron confesionalmente cristianas desde el 380 hasta el siglo XIX, al menos. Todavía la Constitución española de 1812, la constitución liberal de Cádiz, vigente por poco tiempo entre «todos los españoles de ambos hemisferios» (Art. 1), en su Capítulo II, De la religión, establece que «la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas» (Art. 12).

Un buen número de Reyes cristianos fueron santos, y al mismo tiempo fueron hombres espirituales, laboriosos y prudentes, que gobernaron sus naciones de modo excelente, ayudados por Cortes compuestas de clérigos y nobles, pueblo, gremios y representantes de regiones. Conviene que la tropa actual de políticos anticristianos y cristianos malminoristas se enteren de ello. Reyes como San Luis de Francia, San Fernando de Castilla y San Esteban de Hungría, fueron incomparablemente mejores que los más prestigiosos gobernantes de la moderna política sinDios.

Recordemos que en la Edad Media fueron muy numerosos los laicos canonizados por la Iglesia, muchos más que ahora, sobre todo si descontamos los beatificados hoy a causa del martirio. Eran laicos un 25 % de los santos canonizados en los años 1198-1304, y un 27% en 1303-1431 (A. Vauchez, La sainteté en Occident aux derniers siècles du moyen âge, Paris 1981). Y señalemos también que entre ellos hay un gran número de santos y beatos que fueron reyes y nobles. Y éste es un dato de la mayor importancia, si pensamos en el influjo que en aquel tiempo tienen los príncipes sobre su pueblo.

Recordaré algunos nombres. En Bohemia, Santa Ludmila (+920) y su nieto San Wenceslao (+935). En Inglaterra, San Edgar (+975), San Eduardo (+978) y San Eduardo el Confesor (+1066). En Rusia, San Wlodimiro (+1015). En Noruega, San Olaf II (+1030). En Hungría, San Emerico (+1031), su padre San Esteban (+1038), San Ladislao (+1095), Santa Isabel (+1031), Santa Margarita (+1270) y la Beata Inés (+1283). En Germania, San Enrique (+1024) y su esposa Santa Cunegunda (+1033). En Dinamarca, San Canuto II (+1086). En España, San Fernando III (+1252). En Francia, su primo San Luis (+1270) y la hermana de éste, Beata Isabel (+1270). En Portugal, Santa Isabel (+1336). En Polonia, las beatas Cunegunda (+1292) y Yolanda (+1298), Santa Eduwigis (+1399) y San Casimiro (+1484). También son muchos los santos o beatos medievales de familias nobles: conde Gerardo de Aurillac (+999), Teobaldo de Champagne (+1066), San Jacinto de Polonia (+1257), Santa Matilde de Hackeborn (+1299), Santa Brígida de Suecia (+1373) y su hija Santa Catalina (+1381), etc.

Sin Dios nada somos.

2 comentarios

  1. “Es la tentación de un mundo mejor sin Dios, porque somos nosotros quienes decidimos que no todos tienen porqué creer y además apoyados en un erróneo concepto de libertad, creemos que cada uno es libre de creer en lo que le dé la gana.”

    Esta es la clave de todos los problemas relacionados con maritain

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