Constitución cristiana de los estados. Para que Cristo reine.

cristo rey

No en vano uno de los problemas del liberalismo es negar,  el reinado social de Cristo. No lo consideran depósito de la fe y no sólo eso sino que se permiten reinterpretarlo de forma pastelosa, que Cristo reine en los corazones, en las familias… Pero le niegan el oro. Por complejo, por un mal entendido triunfalismo le niegan a Cristo su reinado en la política(así nos va), en la sociedad. Dan a entender que reivindicar lo que a Cristo le corresponde puede confundirse con un programa político. Nada más lejos de la realidad. Es necesario predicar el Reinado social de Cristo, con claridad, contundencia y sentido sobrenatural. A esas personas que le niegan a Cristo su potestad sobre las sociedades y las naciones, les da su respuesta el Cardenal Pie:

“Por tanto, rey de los reyes, rey de las naciones, rey de los pueblos, rey de las instituciones, rey de las sociedades, rey del orden político como del orden privado. Si Jesucristo es rey universal, ¿cómo podría esa realeza no ser también realeza sobre las instituciones, sobre el Estado: realeza social? ¿Cómo se la podrá llamar universal sin ella? Sin embargo, ¡cuántos se dejan engañar! ―Hay hombres en estos tiempos, observaba ya monseñor Pie, que no aceptan y otros que sólo aceptan a duras penas los juicios y decisiones de la Iglesia… ¿Cómo dar el valor de dogma (dicen o piensan) a enseñanzas que datan del Syllabus‘ o de los preámbulos de la primera constitución del Vaticano? ―Tranquilizaos, responde el obispo de Poitiers, las doctrinas del Syllabus‘ y del Vaticano son tan antiguas como la doctrina de los apóstoles, de las Escrituras… A quienes se obstinan en negar la autoridad social del Cristianismo, San Gregorio Magno da la respuesta. En el comentario del Evangelio en que se cuenta la Adoración de los Magos… al explicar el misterio de los dones ofrecidos a Jesús por estos representantes de la gentilidad el santo doctor se expresa en estos términos: ―‗Los Magos –dice—reconocen en Jesús la triple cualidad de Dios, de hombre y de rey. Ofrecen al rey oro, al Dios incienso, al hombre mirra. Ahora bien –prosigue–, hay algunos heréticos: sunt vero nonnulli hoeretici, que creen que Jesús es Dios, que creen igualmente que Jesús es hombre, pero que se niegan en absoluto a creer que Su reino se extiende por todas partes: sunt vero nonnulli hoeretici, qui hunc Deum credunt, sed ubique regnare nequaquam credunt.‘ ―Hermanos mío, continúa Monseñor Pie, dices que tienes la conciencia en paz, y al aceptar el programa del catolicismo liberal, crees permanecer en la ortodoxia, ya que crees firmemente en la divinidad y humanidad de Jesucristo, lo que basta para considerar tu cristianismo inatacable. Desengañaos. Desde el tiempo de San Gregorio, había algunos heréticos‘ que, como tú, creían en esos dos puntos; pero su herejía consistía en no querer reconocer en el Dios hecho hombre una realeza que se extiende a todo… No, no eres irreprochable en tu fe, y el Papa San Gregorio, más enérgico que el ‗Syllabus‘, te inflige la nota de herejía, si eres de los que considerando un deber ofrecer a Jesús el incienso, no quieren añadirle el oro…‖, es decir, reconocer y proclamar Su realeza social. Y, en nuestros días, Pío XI, con particular insistencia ha querido recordar al mundo la misma doctrina en dos encíclicas especialmente escritas sobre este tema: Ubi Arcano Dei y Quas Primas. Ésta es, pues, la enseñanza eterna de la Iglesia, y no una determinada prescripción limitada a una sola época.

 

Los cristianos tienen el deber de promover la constitución cristiana de los estados, en bien de todos, incluidos los no cristianos. Porque saben que sólo introduciendo el orden de la gracia en el orden social es posible el bien común. (Alonso Gracián)

 

Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre[33].(Pio XI Quas Primas)

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