Separación Iglesia- Estado. Laicidad del Estado. ¿Ideas ilustradas?

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Es muy clara la doctrina de la Iglesia sobre las relaciones que debe haber entre la Iglesia, sociedad perfecta y el Estado. Es una doctrina que la Iglesia siempre ha mantenido y afirmado en numerosos documentos, llegando incluso a condenar de liberalismo de tercer grado a aquellos católicos que defienden una separación de la Iglesia y del Estado.

Esta doctrina tan valiosa como todas las que sostienen el edificio de la fe, ha sido claramente oscurecida, dejemos aparte las intenciones, por no pocos hombres de Iglesia y laicos. No sólo ha sido oscurecida sino ocultada, discutida y despreciada, por no decir pisoteada.

Con los juegos de palabras que caracterizan al teólogo “rebelde” , que se esconde detrás de una falsa humildad evangélica, se ha querido arrebatar a la Iglesia el poder que le corresponde y que ya desde los tiempos de los apóstoles, que con la “soberbia”, propia de quien posee la sabiduría del Espíritu, necedad para los hombres, reclamaban con sus rudos sayales y gritaban la superioridad de la autoridad de la Iglesia, como esposa de Cristo:” Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Con razón nos advertía Chesterton de las virtudes cristianas que se habían vuelto locas y no sólo la caridad y la misericordia, sino la humildad. Humildad para la Iglesia pero no para los teólogos , que ellos podrán ponerlo todo en tela de juicio con tal de hacer el círculo cuadrado y partiendo de una premisa falsa llegar a dónde quieren llegar. Es lo que tiene el liberalismo.

Dice León XIII en su encíclica Inmortale Dei:

Dondequiera que la Iglesia ha penetrado, ha hecho cambiar al punto el estado de las cosas. Ha informado las costumbres con virtudes desconocidas hasta entonces y ha implantado en la sociedad civil una nueva civilización. Los pueblos que recibieron esta civilización superaron a los demás por su equilibrio, por su equidad y por las glorias de su historia.(1) No obstante, una muy antigua y repetida acusación calumniosa afirma que la Iglesia es enemiga del Estado y que es nula su capacidad para promover el bienestar y la gloria que lícita y naturalmente apetece toda sociedad bien constituida. Desde el principio de la Iglesia los cristianos fueron perseguidos con calumnias muy parecidas. Blanco del odio y de la malevolencia, los cristianos eran considerados como enemigos del Imperio. En aquella época el vulgo solía atribuir al cristianismo la culpa de todas las calamidades que afligían a la república, no echando de ver que era Dios, vengador de los crímenes, quien castigaba justamente a los pecadores.(2)

  1. Hoy bajo la máscara de una mentalidad laical mal entendida se le quiere restringir a la Iglesia su campo de actuación , se juega con la confesionalidad y aconfesionalidad según convenga y bajo la máscara de la modernidad se diluye la influencia de la Iglesia.
  2. Hoy escondido tras el pelagianismo que caracteriza al católico moderno mundano, esquiva el martirio apartándose y guardando una distancia prudencial del Cristo glorioso que guía a la Iglesia , recluyéndolo al ámbito de lo privado.

 Sigue León XIII en su encíclica Inmortale Dei

Dos sociedades, dos poderes

Dios ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. (…)

Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo.

Hoy son legión los sacerdotes, teólogos y laicos que defienden una “adecuada” separación entre la Iglesia y el Estado. Pretenden mantenerse en la ortodoxia jugando con el lenguaje y partiendo de una premisa falsa como es “separación Iglesia – Estado” para  llegar a una conclusión de acuerdo con la tradición de la Iglesia. Es lo que tiene la gimnasia mental.

Yo me pregunto, ¿ Por qué no hablan el lenguaje católico, por qué no hablan el lenguaje de la tradición?

O es que acaso ¿“Ordenada relación unitiva” significa lo mismo que separación?.

Está claro que cuando cada uno empieza hablar un lenguaje diferente, sufrimos el castigo de la torre de Babel.

Muchas veces pienso que al ocultarnos estas verdades de fe, se nos ha tratado a los fieles sencillos como a hijos bastardos, en lugar de tratarnos como hijos legítimos. Se nos ha ocultado la herencia , que es lo mismo que habérnosla robado.

Otro día hablaremos de la laicidad del Estado y del Syllabus, clave para entender la grave crisis que padecemos en la que el catolicismo liberal, condenado por León XIII en su encíclica Libertas  ha jugado un papel muy importante.

Dice León XIII en su encíclica Libertas

Liberalismo de tercer grado

14. Hay otros liberales algo más moderados, pero no por esto más consecuentes consigo mismos; estos liberales afirman que, efectivamente, las leyes divinas deben regular la vida y la conducta de los particulares, pero no la vida y la conducta del Estado; es lícito en la vida política apartarse de los preceptos de Dios y legislar sin tenerlos en cuenta para nada. De esta noble afirmación brota la perniciosa consecuencia de que es necesaria la separación entre la Iglesia y el Estado. Es fácil de comprender el absurdo error de estas afirmaciones.

Es la misma naturaleza la que exige a voces que la sociedad proporcione a los ciudadanos medios abundantes y facilidades para vivir virtuosamente, es decir, según las leyes de Dios, ya que Dios es el principio de toda virtud y de toda justicia. Por esto, es absolutamente contrario a la naturaleza que pueda lícitamente el Estado despreocuparse de esas leyes divinas o establecer una legislación positiva que las contradiga. Pero, además, los gobernantes tienen, respecto de la sociedad, la obligación estricta de procurarle por medio de una prudente acción legislativa no sólo la prosperidad y los bienes exteriores, sino también y principalmente los bienes del espíritu. Ahora bien: en orden al aumento de estos bienes espirituales, nada hay ni puede haber más adecuado que las leyes establecidas por el mismo Dios. Por esta razón, los que en el gobierno de Estado pretenden desentenderse de las leyes divinas desvían el poder político de su propia institución y del orden impuesto por la misma naturaleza.

Pero hay otro hecho importante, que Nos mismo hemos subrayado más de una vez en otras ocasiones: el poder político y el poder religioso, aunque tienen fines y medios específicamente distintos, deben, sin embargo, necesariamente, en el ejercicio de sus respectivas funciones, encontrarse algunas veces. Ambos poderes ejercen su autoridad sobre los mismos hombres, y no es raro que uno y otro poder legislen acerca de una misma materia, aunque por razones distintas. En esta convergencia de poderes, el conflicto sería absurdo y repugnaría abiertamente a la infinita sabiduría de la voluntad divina; es necesario, por tanto, que haya un medio, un procedimiento para evitar los motivos de disputas y luchas y para establecer un acuerdo en la práctica. Acertadamente ha sido comparado este acuerdo a la unión del alma con el cuerpo, unión igualmente provechosa para ambos, y cuya desunión, por el contrario, es perniciosa particularmente para el cuerpo, que con ella pierde la vida.

 

¿Cuándo se darán cuenta estos católicos liberales, círculos cuadrados,  que defender la laicidad del Estado es cosechar relativismo?

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