¿ Cómo vamos a esperar que un pueblo sea fiel a la fe de sus antepasados?

POLITICOS

Dice Luis Fernando en su blog de infocatólica:

¿Cuántos católicos saben que, según la doctrina tradicional de la Iglesia, la soberanía de Cristo no debe ser solo un hecho en sus vidas particulares sino también en el gobierno y las leyes de este país?

¿A cuántos católicos españoles se les ha enseñado “íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” de la que habla la declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II?

¿A cuántos católicos españoles, y de paso del mundo entero, se les ha formado en una hermenéutica de la continuidad respecto a la soberanía social de Cristo?

¿Acaso no es cierto exactamente lo contrario? Es decir, que se les ha formado en base a los principios liberales y laicistas que les llevan a asumir e incluso defender la separación radical -que no es lo mismo que la adecuada distinción- entre Iglesia y Estado, entre ley de Dios y leyes humanas.

¿Y de quién es la mayor responsabilidad en la ausencia de una sana formaciòn de los católicos? ¿de los seglares o de quienes tenían, y tienen, el deber de darles el agua viva de la fe verdadera y no el pan duro de la secularización y el modernismo? Es más, en el último medio siglo, ¿a cuántos sacerdotes se les formó en el seminario, y se les forma, en la mencionada “doctrina tradicional católica? Y si no se forma bien a los que deben formar al pueblo de Dios, ¿cómo vamos a esperar que el pueblo sea consecuente con la fe de nuestros antepasados?

¿Cómo revertir esta situación?

Esto dice el Señor. «Haced un alto en los caminos y mirad, preguntad por las sendas antiguas cuál es el camino del bien, y seguidlo, y hallaréis descanso para vuestras almas».
Jeremías 6,16

Creo que esa debe ser una tarea irrenunciable en este tiempo. Mostrar las sendas antiguas, la Tradición, para que al menos los bautizados tengan un referente seguro, bueno, firme, por el que transitar. No se trata de volver al pasado ni de idealizarlo -no fue perfecto-, para quedarse en él, sino tomarlo como guía segura para discernir por donde caminar en el presente y el futuro.

Que el Señor nos conceda sabiduría y ánimos para ser testigos suyos en medio de esta generación.

Doctrina católica sobre la correcta cooperación y unión Iglesia- Estado(1)

Dos sociedades, dos poderes (Immortale Dei, León XIII)

6. Dios ha repartido, por tanto, el gobierno del género humano entre dos poderes: el poder eclesiástico y el poder civil. El poder eclesiástico, puesto al frente de los intereses divinos. El poder civil, encargado de los intereses humanos. Ambas potestades son soberanas en su género. Cada una queda circunscrita dentro de ciertos límites, definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo. De donde resulta una como esfera determinada, dentro de la cual cada poder ejercita iure proprio su actividad. Pero como el sujeto pasivo de ambos poderes soberanos es uno mismo, y como, por otra parte, puede suceder que un mismo asunto pertenezca, si bien bajo diferentes aspectos, a la competencia y jurisdicción de ambos poderes, es necesario que Dios, origen de uno y otro, haya establecido en su providencia un orden recto de composición entre las actividades respectivas de uno y otro poder. «Las [autoridades] que hay, por Dios han sido ordenadas»[17]. Si así no fuese, sobrevendrían frecuentes motivos de lamentables conflictos, y muchas veces quedaría el hombre dudando, como el caminante ante una encrucijada, sin saber qué camino elegir, al verse solicitado por los mandatos contrarios de dos autoridades, a ninguna de las cuales puede, sin pecado, dejar de obedecer. Esta situación es totalmente contraria a la sabiduría y a la bondad de Dios, quien incluso en el mundo físico, de tan evidente inferioridad, ha equilibrado entre sí las fuerzas y las causas naturales con tan concertada moderación y maravillosa armonía, que ni las unas impiden a las otras ni dejan todas de concurrir con exacta adecuación al fin total al que tiende el universo.

Es necesario, por tanto, que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo. Para determinar la esencia y la medida de esta relación unitiva no hay, como hemos dicho, otro camino que examinar la naturaleza de cada uno de los dos poderes, teniendo en cuenta la excelencia y nobleza de sus fines respectivos. El poder civil tiene como fin próximo y principal el cuidado de las cosas temporales. El poder eclesiástico, en cambio, la adquisición de los bienes eternos. Así, todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea en virtud del fin a que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia. Pero las demás cosas que el régimen civil y político, en cuanto tal, abraza y comprende, es de justicia que queden sometidas a éste, pues Jesucristo mandó expresamente que se dé al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No obstante, sobrevienen a veces especiales circunstancias en las que puede convenir otro género de concordia que asegure la paz y libertad de entrambas potestades; por ejemplo, cuando los gobernantes y el Romano Pontífice admiten la misma solución para un asunto determinado. En estas ocasiones, la Iglesia ha dado pruebas numerosas de su bondad maternal, usando la mayor indulgencia y condescendencia posibles.

(1)http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_01111885_immortale-dei.html

http://www.infocatolica.com/blog/coradcor.php

 

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