Oscurecimiento de la Verdad y Fragmentación de la fe

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Llevo mucho tiempo pensando en las causas y en la raíz de esta crisis en la que vivimos sumergidos. Como bien han apuntado autores mejor formados e informados que yo, no hay una sola causa o motivo que explique lo ocurrido. Podríamos hablar de muchas causas, y que todas tuvieran su origen en el pecado, algo que siempre acompaña al hombre por su naturaleza caída. Pecado hay y habrá siempre, pero lo que quizás es algo muy impresionante y característico de esta crisis es el oscurecimiento de la Verdad y la fragmentación de la fe.

Cuando lees documentos anteriores al CVII no dejas de percibir un lenguaje claro, preciso, verdadero. Algo que no se nota, salvo honrosas excepciones en los documentos posteriores al CVII. Después del concilio y como fruto del mismo, salieron documentos en los que el trigo, estaba de tal manera mezclado con la cizaña, que el fiel corriente podía agarrase a una tesis y a la contraria sin ningún tipo de dificultad. El paradigma de esta teoría es AL y los últimos documentos del papa Francisco. Debo decir que tienen algunos fragmentos tan sumamente engorrosos, que hay que leerlos dos veces y al final preguntarte que está queriendo decir. Sin olvidar las tesis que en muchos de ellos mantiene, de que el tiempo es superior al espacio, para justificar que la Verdad cambia y lo dice sin ruborizarse y sin que a nadie parezca importarle.

Con este lenguaje la Verdad se oscurece y se equipara con el error, por lo que los fieles no saben qué es lo que hay que creer.

Otra de los problemas y raíces de esta crisis puede ser la fragmentación de la fe. Por diferentes causas muchas verdades de fe se han silenciado y se han dejado de trasmitir, se han considerado como secundarias y opinables. Opinables escudadas en falsas tolerancias y en un falso concepto de libertad de opinión y de una confusión de tal calibre que el creyente de hoy, la inmensa mayoría, no sabe qué es lo esencial, ni qué es lo accesorio. La tradición se ha pisoteado durante las últimas décadas por todos y cada uno de los papas postconciliares. Amparados en falsas ideas de libertad se ha respaldado el liberalismo católico, el económico y el político. Por ignorancia o por falta de autoridad o por lo que sea, Dios juzgará, pero está claro que hoy cada católico tiene su propia fe de bolsillo. La lleva acomodada a su situación y coge y deja lo que le interesa.

Hoy tenemos sacerdotes, dando clases en facultades de teología católicas que defienden el liberalismo económico y político y muchos no le dan importancia porque son profesores con carisma y como dicen algunos son muy majos y se guardan sus “falsas” opiniones para ellos. Así hemos fragmentado la fe.

Decía Juan Pablo II frases bellísimas sobre la coherencia, como el martirio del siglo XXI y sobre los católicos que defienden la fe que serán perseguidos, ridiculizados y tratados de fundamentalistas. Pero él con muchas de sus posturas ecuménicas en las que pisoteó toda la tradición y todas las condenas, que solo unos años antes había hecho Pio XI en su encíclica Mortalium animus fomentó una incoherencia y un relativismo que sólo Dios sabrá sus nefastas consecuencias. Muchos ven el nefasto ecumenismo de Francisco, pero son incapaces de ver el de Juan Pablo II que fue peor porque podríamos decir que él lo empezó (bueno, no podemos dejarnos atrás a Pablo VI) Hoy tenemos a esos papas en los altares. Independientemente de la infalibilidad o no infalibilidad de las canonizaciones, se nos están poniendo como modelos a personas que han roto con la tradición y han fragmentado la fe. Han defendido la separación Iglesia- Estado y la laicidad del estado fomentando el relativismo que luego condenaban. Defendían estas cosas porque creían en ellas y su mentalidad era así. ¿En que se parece lo que creía por ejemplo Benedicto XVI y León XIII? Hemos visto como personas que considerábamos íntegras alababan a estos papas como grandes hombres del siglo XX, sin importarles tantos errores que trasmitieron, más bien ignorándolos.

Dice Luis Fernando en su blog de infocatólica:

Cuando se cambia la doctrina católica sobre la soberanía absoluta de Cristo en todos los ámbitos -por supuesto también el político- por la doctrina liberal-modernista-laicista(1), con su componente pelagiano e idolátrico del hombre (habría mucho que escribir sobre esto), se abre inmediatamente la espita a que pase lo que relata San Pablo en Romanos:

Por lo cual Dios los entregó a las apetencias de su corazón, a una impureza tal que degradaron sus propios cuerpos; es decir, cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y dando culto a la criatura y no al Creador, el cual es bendito por siempre. Amén.
Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido por su extravío.
Y, como no juzgaron conveniente prestar reconocimiento a Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda clase de injusticia, maldad, codicia, malignidad; henchidos de envidias, de homicidios, discordias, fraudes, perversiones; difamadores, calumniadores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, crueles, despiadados; los cuales, aunque conocían el veredicto de Dios según el cual los que hacen estas cosas son dignos de muerte, no solo las practican sino que incluso aprueban a los que las hacen.
Rom 1,24-32

 

 

Nos ha parecido que ocultar doctrinas fundamentales y extender el error no importaba. Nuestros teólogos heterodoxos lo han hecho y los ortodoxos han permanecido callados.

Yo a Juan Pablo II lo quise mucho, pero no dejo de ver la mentalidad que tenía fruto de una filosofía personalista y que no me gustaría que mis hijos la tuvieran. Es más a ellos les advierto sobre esos amores que matan y sobre esas falsas filosofías que dan lugar a falsas teologías y a sacerdotes mudos, que amparados en un paz interior prefieren no sufrir y así no enfrentarse a la realidad. ¿Cómo vamos a confiar en ellos? Parece ser que lo que está mal en Francisco está bien en Benedicto XVI. Parece ser que lo que hace Benedicto lo hace con buena intención aunque esté mal y sin embargo lo que hace Francisco lo hace con mala intención aunque siga estando mal.

Hace poco una profesora de una universidad católica le hablaba a uno de sus alumnos de libertad religiosa en clara contradicción con la encíclica Libertas de León XIII. Esta profesora se amparaba en DH y en los escritos de Benedicto XVI y de un sacerdote teólogo llamado Rhonheimer. Esta profesora no entendía el concepto de libertad según lo había defendido la Iglesia durante siglos. Si no entiende el concepto de libertad, ¿cómo va a entender el concepto de gracia sobrenatural? Es imposible, porque su concepto de libertad no casa con el de gracia. Su concepto de libertad lleva a un puro voluntarismo y a un reducir el reino de la gracia al oratorio, pero alejarlo de las naciones y de las sociedades.

Falla la mentalidad católica. Se ha fragmentado. Yo conozco mucha gente que no está a favor de los anticonceptivos pero sin embargo defiende el liberalismo económico.

Un ejemplo muy pequeño pero que trae nefastas consecuencias para la mentalidad católica es el tema de nuestra redención. Hablaba el otro día con una persona que había estudiado teología y me decía que él nunca había oído hablar de la ira de Dios como primera causa de nuestra redención. Este tesoro se nos ocultó. Luego no le puedes pedir a alguien que rece, que tenga cabeza católica si le has escondido las armas para alcanzar la Verdad.

“La ira de Dios forma parte de la espiritualidad católica hasta la reforma conciliar, en que desapareció en pos del Dios amor y ternura.

Cristo la aplaca primero como reconciliador del Padre y los «hijos de la ira» por el pecado (ver Trento sVI) y segundo como Juez en el día del Juicio, Tal y como se recordaba en la Misa tradicional de Réquiem con el Dies irae, suprimido de la liturgia con la reforma conciliar”

Y así podríamos seguir y seguir y a la vez podemos seguir lamentándonos del relativismo, de nuestros políticos, de nuestros hijos que no rezan, ni van a misa, de nuestros sacerdotes. Pero a la vez cerraremos los ojos y los oídos a todas las causas que han provocado este derrumbamiento de la fe y que ni siquiera muchos de los que la provocaron han querido detenerlo(2). Ya no es cuestión de la infalibilidad de la Iglesia, que creemos firmemente en ella. Es cuestión de la fe , es cuestión de las almas que andan perdidas como ovejas sin pastor. Pastores y teólogos que no hablen el lenguaje claro de los profetas y de los santos como San Ignacio de Antioquía: “Todo aquel que por su pésima doctrina corrompiere la fe de Dios por la cual fue crucificado Jesucristo, irá al fuego inextinguible, él y los que le escuchan”.

Solo desde una fragmentación de la fe y de una falta de mentalidad católica se ha podido tolerar, transigir, ignorar, bendecir y/o alabar tantos desmanes que han contribuido a su demolición.

Hay personas a las que se le ha nublado de tal manera el concepto de obediencia y de “amor” al papa , que si el papa saliera al balcón de Santa Marta y dijera que la resurrección no es un hecho histórico, estas personas ni se plantearían el dilema. Directamente lo asumirían y lo repetirían como el último dogma que hay que creer porque lo dice el papa llana y lisamente.(3)

Volver a la liturgia antigua, volver a la tradición será el único camino a seguir para salir de esta crisis.

  1. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI tenían esta mentalidad .
  2. http://chiesa.espresso.repubblica.it/articolo/1344019ffae.html?sp=y
  3. No ha dicho eso, pero ha dicho cosas parecidas y todos tan tranquilos.

4 comentarios

  1. Tal vez sólo había que ser obediente y no salirse de la receta. San Ignacio tenía las cosas claras.
    El cardenal Sarah acaba de decir a los jóvenes las cosas claras.
    El problema es que a Dios muchísimos católicos en el fondo no le creen, no le adoran , no le esperan y no le aman.

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