El Estado liberal se constituye como una contra-Iglesia(II)

 

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Hace días me comentaba una persona que el liberalismo católico es uno de los grandes problemas de la Iglesia hoy. Otra de las rendijas por donde se coló el humo de Satanás fue a través del personalismo. Muchos sacerdotes se adhirieron a dicha filosofía con la excusa que Juan Pablo II y Benedicto XVI eran personalistas. La declaración Dignitatis humanae abre la puerta a un concepto de libertad que rompía con el concepto de libertad explicado por León XIII en su encíclica libertas praestantissimum.

Les dejo con la continuación del texto de Alonso Gracián:

8.- En la declaración Dignitatis humanae hay cierta confusión o ambigüedad al respecto. En su punto 7 parece apelar al orden público como criterio superior para limitar el abuso de la libertad (mal llamada religiosa).

Primero, menciona el bien común como el bien “de todos” los particulares, como derechos de todas las partes, como si el bien común fuera la suma de los bienes heterogéneos de todas las partes :

«En el uso de todas las libertades hay que observar el principio moral de la responsabilidad personal y social: en el ejercicio de sus derechos, cada uno de los hombres y grupos sociales están obligados por la ley moral a tener en cuenta los derechos de los otros, los propios deberes para con los demás y el bien común de todos»

Segundo, parece incluir el bien común dentro del concepto de orden público, al modo personalista:

«Además, puesto que la sociedad civil tiene derecho a protegerse contra los abusos que puedan darse bajo pretexto de libertad religiosa, corresponde principalmente a la autoridad civil prestar esta protección. Sin embargo, esto no debe hacerse de forma arbitraria, o favoreciendo injustamente a una parte, sino según normas jurídicas conformes con el orden moral objetivo. Normas que son requeridas por la tutela eficaz de estos derechos en favor de todos los ciudadanos y por la pacífica composición de tales derechos, por la adecuada promoción de esta honesta paz pública, que es la ordenada convivencia en la verdadera justicia, y por la debida custodia de la moralidad pública. Todo esto constituye una parte fundamental del bien común y está comprendido en la noción de orden público.»

El bien común parece ser presentado, turgotianamente, como equilibrio (positivo) de derechos, sin dar más a una parte que a otra, en base a una supuesta igualdad jurídica (natural) de todas las reclamaciones y contrarreclamaciones.

Al mismo tiempo, sin embargo, expone la doctrina tradicional haciendo una importante mención del orden moral objetivo. Lo cual no deja de ser contrastante. Queda el pasaje, pues, sumergido en cierta ambigüedad que remite tanto a la doctrina clásica como a la doctrina personalista.

 9.- Esta confusión maritainiana del bien común como categoría no absoluta, sino subordinada al orden público; y no esencial, sino ordenada al bien de todos los sujetos en cuanto personas, conduce al callejón sin salida de la laicidad débil, es decir, de la laicidad a la católica, propia del catolicismo liberal, por una lado; y de la doble identidad, o doble ciudadanía por otro. Nociones, todas ellas, sustentadas en la fragmentación de individuo y persona. Por un lado se actúa como individuo, por otro se actúa como persona. Por un lado hay subordinación del individuo al Estado, por otra hay subordinación del Estado a la persona. Es la raíz conceptual del constitucionalismo personalista de corte liberal, tal y como lo entiende la democracia cristiana.

—Expliquémoslo un poco más

10. Por un lado, según Maritain, el ser humano, en cuanto individuo, es considerado una parte, pero en cuanto persona es considerado un todo.

En cuanto parte es ordenado al bien común entendido como equilibrio entre partes implicadas, cada una con sus derechos propios y sus fines heterogéneos.

En cuanto todo, es colocado en una posición de superioridad respecto al bien común. Porque el bien de la persona se pone por encima del bien de la sociedad.

Siendo la persona considerada fin en sí, es inordenable al bien común, reclamando para sí un supuesto derecho a la propia realización y a la propia personalidad, única e irrepetible, que constituye el tópico ético del personalismo difundido eficazmente por Karl Rahner.

11.- La consecuencia de la fragmentación de individuo y persona es que ésta queda desvinculada del bien común, no en cuanto individualidad, pero sí en cuanto personalidad. Y esta concepción del bien común, trasladada a la actividad política de los católicos, supone un grave problema: la sustitución de la realeza del bien común por la centralidad artificial de la persona.

12.- Traducido: si no se reconoce la realeza del bien común, se precisa una nueva concepción de la política, una nueva concepción en que el Estado se subordine a todos los bienes privados de todas las personas, subvencionándolos y justificándolos en busca de un equilibrio artificial. Es el meollo de la laicidad, liberalmente entendida.

—En definitiva: la no confesionalidad de la primacía del bien común. Y su objetivo: que los católicos no vivan en una Ciudad Católica, sino en una urbe interconfesional donde todas las partes tienen los mismos derechos por ser, cada una de ellas, un todo irreductible al bien común, pero sí reducible al orden público.

13.- En esta concepción personalista y liberal del bien común como la suma de todos los bienes privados, tal y como explica Leopoldo-Eulogio Palacios,

«desaparece de la consideración el bien común de todo el universo, porque sería un todo superior al todo de las personas creadas; y no se pone en consideración el bien común separado al que llamamos Dios, que es el verdadero fundamento de los derechos de la persona anteriores a los del Estado» (Ibid., p.378)

Al desaparecer la noción de bien común de la realidad creada, el pensamiento católico se vuelve hacia la ecología y el medioambientalismo como absoluto; y al desaparecer la noción común de naturaleza, el pensamiento católico se vuelve hacia la teoría de los valores, para poner el concepto de valor en lugar del concepto de bien.

La consecuencia lógica es el aconfesionalismo, el rechazo de la unidad católica, el agnosticismo institucional, la nueva cristiandad laica y el rechazo y menosprecio de la Cristiandad tradicional.

—De esta manera, la ley divina deja de ser el cimento de las leyes civiles. Al quedar éstas abandonadas al puro poder del estado como garante del equilibrio entre reclamaciones y contrarreclamaciones, las leyes se vuelven positivistas y voluntaristas, quedan vaciadas de la teleología del bien común y sometida a la heterogeneidad de los fines privados. La única opción que le queda al católico, tras aceptar participar en este juego de equilibrios, es defender su parte privada. Pero con ello está jugando a un juego imposible de ganar, y aunque con buena intención y notable esfuerzo y desprendimiento personal, tendrá un sentido deformado de la politica cristiana. Es por esto que es imposible hacer política cristiana desde un partido liberal.

14.- ¿A que se reduce, entonces, la política católica? Talmente hablando, a esta perspectiva personalista, democristiana, que hace indeseable una política católica en cuanto tal. Prefiere políticos católicos, a título individual, sumergidos a modo de fermento privado en el todo estatal, en las aguas de la partitocracia liberal, contribuyendo al equilibrio ilustrado de reclamaciones y contrarreclamaciones cuya balanza constituye el orden público.

Lo católico se minimaliza, entonces, a defender privadamente valores absolutizados y privatizados, que el estado se encargará de balancear con otros valores igualmente absolutizados por sus defensores.

15.- En conclusión, fuera de la realeza de Cristo, uno de cuyos conceptos clave es la primacía del bien común, no puede haber política católica a salvo de la Modernidad. Mientras no superemos la insana diferenciación entre individuo y persona, y su proyección sobre la vida social y política, la aportación de los catolicos a la vida política permanecerá problemática. Será bienintencionada, será en muchos casos heroica, pero no podrá dejar de navegar por las aguas territoriales del Leviatán.

No hay luz sin la realeza de Cristo. ¡Venga a nosotros tu Reino!

http://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/1810110101-303#more36747

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