El Estado liberal se constituye como una contra-Iglesia(I)

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Hace días una persona me decía que para salir de esta crisis deberemos volver a la mentalidad católica. Será un proceso lento y doloroso, será un proceso largo de caminar por el desierto.  Pero todo lo haremos por amor a Él. Lo haremos por amor a Cristo y a su Iglesia y le diremos que queremos estar a su lado, al pie de la Cruz.

Una de las cosas  en las que quizás peor influencia ha tenido el personalismo, como filosofía ha sido en el tema de la doctrina social de la Iglesia y de la política. Hoy la mayoría de los católicos consideran que votar a cualquier partido es algo independiente de su identidad católica. Solo hay que ver el nefasto ejemplo que han dado muchos católicos que han  militado en partidos liberales. Les dejo con una parte de la entrada de Alonso Gracián:

«El Estado liberal […] se constituye como una contra-Iglesia, apropiándose de todas las funciones del reinado de Cristo sobre la sociedad. […] Y no es, por tanto, un Estado neutral y simplemente laico, sino anti-cristiano, antiCristo.» (P. José María IRABURU, (36) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –IV el relativismo liberal vigente)

«El reinado social de Cristo es el único plan válido para los pueblos. Todos los otros planes llevan a la perdición. » (37) Cardenal Pie, obispo de Poitiers –V reino de Cristo y mundo secular).
Es imposible hacer política católica desde presupuestos personalistas y liberales, concretamente, desde la diferenciación de individuo y persona. Porque lo primero que queda afectada es la noción de bien común, sobre todo en su acepción de vida social virtuosa en la verdad natural y sobrenatural.
Reflexionemos sobre ello.

1.- Dado que la esencia de la política es el bien común, tener claro qué es el bien común es fundamental para entender qué es la política.

Como explica Miguel Ayuso:

«La noción de bien común pertenece al acervo de la filosofía clásica y, en concreto, constituye la piedra angular de la llamada filosofía de las cosas humanas. Tiene raíces platónicas, en tanto el verdadero problema político consiste en el reconocimiento en común del Bien, pero es la formulación aristotélica la que le ha dado su perfil más significativo

En efecto, el bien común, como perfección última de un todo, puede ser trascendente o inmanente respecto del mismo y, aunque en rigor sólo Dios es el bien común trascendente, todos los demás bienes comunes finitos son participación de la bondad absoluta del Bien en sí. El bien común temporal, por su parte, consiste en la vida social perfecta. De la noción que se tenga, pues, del bien común deriva necesariamente el concepto de política» (Miguel AYUSO, ¿Por qué el bien común? Problemas de un desconocimiento y razones para una rehabilitación, Verbo 509-510, Madrid 2012, p. 898)

2.- El cristiano no puede entender la política de otra manera que según su esencia, esto es,  según el bien común. Porque si la entiende en otra clave su labor no es fecunda. Sobre todo, porque ignorar la esencia es ignorar la obligación que impone al gobernante y al ciudadano.

3.- Todos los seres humanos tienen en común la naturaleza humana. La naturaleza humana es atraída por el bien que la perfecciona. Este bien que perfecciona la naturaleza humana es común, en cuanto que la naturaleza humana es común a todos los hombres. Y es particular, en cuanto que cada persona singular tiene naturaleza humana.

—El bien común, por tanto, es un bien universal y particular al mismo tiempo. De forma que lo que es bueno para la naturaleza humana es bueno para la persona singular, por tener ésta naturaleza humana.

4.- Por influencia del pensamiento moderno, sin embargo, el pensamiento católico personalista, de inspiración ilustrada, sumerge el bien común en el bien plural del orden público, entendido a la manera de Turgot, como árbitro de voluntades subjetivas, como balanza de reclamaciones y contrarreclamaciones, como superadministración de voluntades privadas garantizada por el Estado, que las equilibra mediante un pacto social, una constitución, una supervoluntad lamada Estado.

5.- Es fundamental que el bien sea común, y común no significa un suma, no es una adición horizontalista de bienes privados y autónomos; sino, propiamente hablando, común. El bien común no consiste en que todos estén contentos al ver satisfechas sus pretensiones (reclamadas como derechos subjetivos y contrarreclamadas en oposición a aquellos que no las comparten); sino en que todos comparten lo que comparten, que es el bien perfeccionante.

Es un principio fundamental. Nadie tiene derecho a hacer valer lo meramente subjetivo e individual, por más único e irrepetible que sea, en contra del bien común. Por eso el pensamiento clásico, sabiamente, no comienza por hablar de este valor o de aquel otro, heterogéneamente, como si fueran bienes independientes o intercambiables o incomunicables, sino que empieza exponiendo la atracción de la naturaleza humana al bien perfeccionante, que es común a todos los que poseen dicha naturaleza, y que redunda en bien de cada uno de los que la poseen.

6.- Digámoslo con claridad: la persona no es un fin en sí, la persona no es el fin último de la persona, la persona no está por encima del bien común. La separación de individuo y persona, llevada a cabo por Jacques Maritain, no es sana. Porque afecta, en primer lugar, al sentido de los fines.

Diferenciación exagerada que, en Maritain, no es simple distinción, sino separación excesiva que remite a Kant: es la diferenciación entre el hombre entendido como naturaleza, y el hombre entendido como persona libre, más concretamente, en lenguaje de Karol Wojtyla, como autodeterminación.

Como explica con gran lucidez Leopoldo-Eulogio Palacios:

«Una distinción que se presenta con tan airoso ademán, ¿a qué escuela pertenece? Sabemos que en nuestros días solicita cuidadosamente la opinión del tomista, prosiguiendo intentos ya abrigados anteriormente por Welty y Garrigou-Lagrange. Y es cierto que el tomista distingue entre individuo y persona. Pero ¿lo hace en los términos de Maritain? Más que a Tomás de Aquino, la distinción del pensador francés me traslada allende las orillas del Rhin, hasta el rincón germano donde se fraguó aquella doctrina de la Crítica de la razón práctica, en la que Kant distingue al hombre como naturaleza, sometido en el orden fenoménico al engranaje del determinismo universal, y al hombre como persona, dotado en el orden inteligible de moralidad y libertad» (Leopoldo-Eulogio PALACIOS, La primacía absoluta del bien común, Verbo Madrid 2011, 495-496, p.374)

—Por eso Leopoldo-Eulogio Palacios incide, acertadísimamente, en que «para él [para Maritain] la línea del bien común termina donde acaba el poder civil». 

Los gobernantes, sin embargo, tienen deberes para con la Verdad y para con el bien común que obligan a limitar los abusos del albedrío. Contra la opinión vigente, el Estado no puede ser neutral respecto a la verdad, no puede abstenerse de promover la vida social virtuosa. El Estado no puede profesar la máxima de Volney, asumida por Marx, según la cual el hombre es el ser supremo para el hombre.

7.- La escuela comunitaria y personalista entiende el bien común, por eso, en clave ilustrada, como orden público. Y el orden público en clave de igualdad, libertad y fraternidad, es decir, como equilibrio axiológico, como balanza artificial de reclamaciones y contrarreclamaciones, que dice Turgot.

http://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/1810110101-303#more36747

 

 

Un comentario

  1. Totalmente en desacuerdo con el presbítero Iraburu. El Estado Liberal no puede, a su pesar, constituirse en una contra-Iglesia. Son los catolicos liberales los que, con su comportamiento liberal, actúan contra la Iglesia . El pecado es personal de cada uno de nosotros. Ninguna estructura de poder liberal, puede atacar con eficacia a la Iglesia.

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