No se puede profesar la fe católica y proclamarse liberal en economía. (II)

tomas

 

Hace días me decía un profesor ya jubilado que el liberalismo “católico” hoy era el gran problema de la Iglesia y que llevaría a la perdición a la gente “buena”. Es la cobardía de los “buenos” que se disfraza de prudencia. Aconfesional o confesional según convenga.

Oculta “prudentemente ” a Cristo en la sociedad, se agarra a los derechos democráticos para justificar su lucha. No habla de Cristo Rey porque sólo lo deja reinar en su corazón prudentemente. Lleva a sus hijos a colegios para que les enseñen a rezar pero defiende con uñas y dientes un estado laico y aconfesional, una separación de Iglesia- estado y un vive y deja vivir.  No cree que la gracia de Dios sea la solución para los males del mundo. Aboga por una economía libre en la que no se hable de bien común. Una economía sin leyes , ni Dios.Cree que hablar de estado confesional, cree que defender los derechos de Dios es ser clerical. Es hijo de una doctrina no predicada, ni reafirmada sobre libertad.

Les dejo con la segunda parte de A. Caturelli :

 

5. La política subordinada a la economía(II

 

Sombart lee a Santo Tomás sin comprender absolutamente nada. Si se tiene presente, con San Agustín, expresamente citado por el Aquinate, que todo lo que los hombres poseen y sobre lo que ejercen su dominio se pueda llamar «dinero», porque los antiguos tenían sus riquezas en ganado (pecunia), puede decirse que la liberalidad es la virtud que consiste en el uso moderado del dinero (o de las riquezas); el dinero, comprendido en la categoría de los bienes útiles, es el objeto de la liberalidad que se refiere a tal bien en orden al fin último. En ese sentido, liberalidad significa estar des-prendido, des-asido de tales riquezas, como condición de su buen uso consistente en la buena distribución. Así, el acto más propio de esta virtud es el acto de dar, pues es más perfecta la donación en bien del prójimo que el gastar en propio beneficio (S. Th. II-II, 117, 4).

La liberalidad, en cuanto es hábito de dar a otro lo que es propio, se distingue del acto de la justicia, que consiste en dar a otro lo que es suyo; pero, hasta cierto punto, es parte de la justicia ya en razón de la alteridad, ya en razón de que se trata de cosas exteriores (S. Th. II-II, 117, 5).

Y como cada acto suyo se ordena al bien común y, por éste, a Dios como bien común trascendente, la liberalidad está en las antípodas de la «economicidad» liberal-burguesa. La liberalidad tomista sería, hoy, el mejor remedio para erradicar la autosuficiencia del economicismo liberal, y le conferiría a la economía el sentido social y humano de que carece.

Por si esto fuera poco, Sombart pone de relieve el ocio como vicio (en Santo Tomás), en el sentido de pereza, y lo acerca a esa detestación de la holganza que siempre ha sentido el burgués. Pero la interpretación no es leal porque el término otium tiene dos sentidos divergentes: es pecado como equivalente de pereza, porque el perezoso, de hecho, se opone al orden de las cosas para su fin propio (In II Sent., d. 40, 5 c); pero también significa todo lo contrario, como equivalente del estado contemplativo que es el estado de la vida más perfecta. Santo Tomás, comentando a Aristóteles, en lugar del término otium, utiliza el término vacatio pues, si se tiene en cuenta que la felicidad consiste en el acto de la contemplación, trabajamos y actuamos para tener ocio; es decir, vacancia: «Vacatio autem, sostiene el Aquinate, est requies in fine ad quam operatio ordinatur» (In Ethic. Arist. ad Nic. exp., L. XI, nº 2098 y 2099).

De donde se sigue que vacatio es equivalente al sentido positivo de otium. Sombart solamente ha querido ver el sentido negativo y, además, mal aplicado, como el opuesto «burgués» de la liberalidad. Es natural que malcomprenda el sentido cristiano de la pobreza y considere como «capitalistas» a doctores tomistas como San Antonino de Florencia. Quizá no sea necesario añadir que la inversión de capital tiene una fuerza creadora positiva que San Antonino llama, precisamente, «capital» (p. 257); por eso ni a él ni a la Iglesia se les ha ocurrido nunca condenar el capital utilizado en orden al bien común, sino el «capitalismo», que es el correlato económico del liberalismo autosuficiente.

Convertir a Santo Tomás en un antecesor del capitalismo liberal y, por eso, implícitamente, en un precursor de la economía de la libre oferta-demanda, es ponerlo en total contradicción con su doctrina del bien común, de la persona y de su fundamento metafísico. Quienes quieren acercar lo más posible liberalismo y economía liberal al pensamiento cristiano, desean un imposible y están condenados a la contradicción14.

14Una excelente refutación de la pretendida identidad entre «economía de mercado» y pensamiento católico, en la obra de Carme-lo Palumbo, Cuestiones de doctrina social de la Iglesia, Bs. As., Cruz y Fierro, Col. En-sayos Doctrinarios, 1982 (cf. especialmente los caps. 4, 5 y 6).

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