No se puede profesar la fe católica y proclamarse liberal en economía. (A. Caturelli)

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5. La política subordinada a la economía(I)

De acuerdo a lo dicho, el mundo auto-suficiente del liberalismo naciente, pone el origen de la sociedad en un acto volitivo libre de los singulares (voluntarismo originario), que conlleva un radical individualismo expresivo, en el orden social, del nominalismo filosófico; ambas afirmaciones básicas, excluyen a Dios de toda la actividad social del hombre (negado en el ateísmo, «alejado» en el deísmo, o simplemente «separado» en el liberalismo «cristiano»); estos supuestos conducen naturalmente a la exaltación de los valores puramente mundanos; los bienes útiles (no honestos) se transforman en fines.

De ese modo, los bienes económicos, que antes se subordinaban al bien común y, por tanto, a la moral. y a la política, pasan al primer plano y tienden no sólo a subordinar a la política y a la moral, sino a adquirir cierta absolutidad propia. Este ascenso de la economía al primer plano, se apoya, al mismo tiempo (en Diderot, en la Enciclopedia, en Franklin…), en el mito de la libertad individual, en cuya matriz nace la «economía liberal». Como era lógico, si sólo existen singulares (la sociedad es la suma extrínseca de individuo + individuo + individuo) no existe el bien común (como un todo de orden), y si no existe el bien común (el que a su vez es relativo al Bien Común trascendente) la ley de la economía no puede ser otra que la plena libertad en la oferta y la demanda en el mercado. El hombre es, apenas, una máquina productora, y el trabajo del hombre (de esta persona de carne y huesos, imagen y semejanza de Dios) es sólo «mercancía». De ahí que el «precio» del producto sólo dependa de la libre fluctuación de la oferta y la demanda. La economía liberal no tiene autonomía propia sino que es manifestación coherente de una visión general del mundo.

Lo dicho pone de relieve, una vez más, la contradictoriedad radical del espíritu católico con el espíritu del capitalismo liberal. No se puede profesar la fe católica y proclamarse liberal en economía. Pese a todo hoy vuelven a invocarse algunos estudios (como los de Keller, Sombart y otros) en los cuales se pretende demostrar que el Catolicismo ha sido uno de los padres del liberalismo capitalista. Werner Sombart –haciendo la excepción de la España católica– sostiene que es la misma doctrina católica la que ha influido en el desarrollo del capitalismo liberal13.

13Werner Sombart, El burgués. Contribución a la historia espiritual del hombre eco-nómico moderno, trad. de M. P. Lorenzo, Madrid, Alianza Editorial, 1972, cap. XIX.

La exposición de este prestigioso autor es un modelo de distorsión de los textos tomistas para hacerles decir lo contrario de lo que en realidad dicen. Ante todo, sostiene que el «sistema cristiano» concibe, por un lado, la ética terrena de la ley natural y, por otro, la «ética supraterrena de la ley moral cristiana»; sigue en esto a un autor hostil al catolicismo, Ernst Troel-tsch, sin percatarse que ignora totalmente la recta doctrina teológica según la cual no hay gracia sin naturaleza y de que la gracia cura y eleva a la naturaleza como naturaleza; de ahí que la moral cristiana contenga virtualmente la ley natural a la que perfecciona como tal. De ahí que sea completamente erróneo insinuar que carece de importancia la agustiniana ley del amor a Dios como último fin, pues el ámbito de la ley natural se maneja por sí mismo.

A esto debe agregarse que Sombart interpreta la «recta ratio agibilium» al modo racionalista, pues sin comprender que, para Santo Tomás, debe entenderse el dictamen de la razón como el último juicio práctico en orden al fin último (que es no sólo conocido por la inteligencia sino amado por la voluntad), nos «enseña», con tono magistral, que «la idea central de esta moral es la racionalización de la vida». Mientras para Santo Tomás la «ordinatio rationis» significa que el orden ontológico se promulga en la razón, Sombart interpreta que se trata de un orden de la razón, haciendo de Santo Tomás una suerte de racionalista.

Para colmo, sostiene que, según el Aqui-nate, el medio más apto para mover al hombre a bien obrar es el temor, cuando el santo doctor ha dicho tantas veces que, si bien el temor puede ser el comienzo de la justificación, es siempre insuficiente (ley de Moisés) y que es el amor lo que de veras nos hace libres y capaces de cumplir plenamente con la ley moral (Colla-tiones de duobus praeceptis caritatis et decem Legis praeceptis, prologus).

Pero aquí apenas comienza semejante «interpretación» pues, según Sombart, en la virtud de la liberalidad enseñada por Santo Tomás, la «virtud económica», estaría el origen del espíritu capitalista burgués que mucho tiene de represión, como es el caso de la represión de los impulsos eróticos. Esta virtud de la liberalidad (que tiene el sentido de «economicidad») llevaría implícita la prohibición burguesa del gasto excesivo, evitar el derroche, «la recomendación de una economía (la burguesa) basada en los ingresos y la reprobación de la economía (señorial) regida por el gasto» (p. 249). De ahí que el ocio sería grave pecado, mezclando, sin distinguir, los sentidos de la contemplación y de la pereza. Y así lo tenemos a Santo Tomás convertido en el antecesor del perfecto burgués fundador del liberalismo capitalista moderno.

Fragmento del libro Liberalismo y apostasía de A. Caturelli. Mañana la segunda parte de esta argumentación para combatir la anticatólica justificación del liberalismo económico.

 

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