¿Cómo vamos a conocer la tradición si han querido enterrarla y ocultarla?

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Hace varias semanas leí un libro “Cristianismo y laicidad” de Martín Rhonheimer. Aunque hubo muchos aspectos del libro que como católica me desagradaron profundamente, sobre todo aquellos en los que apoyándose en afirmaciones de Benedicto XVI , justifica su ruptura con toda la doctrina social de la Iglesia en lo referente al liberalismo y a las relaciones Iglesia- Estado.

Llevo tiempo  sintiéndome “engañada”. Después de leer muchas encíclicas anteriores a los documentos del CVII , he tenido la sensación de descubrir una nueva Iglesia llena de la Gracia de Dios, una nueva Iglesia rica en tradiciones y sin complejos. Una Iglesia llena de luz y de Verdad para un mundo que se ahoga en tinieblas. Es la Iglesia de la fe de nuestros Padres, que la maldad de muchos teólogos, filósofos y sacerdotes quisieron ocultar. Y que hoy con la complicidad de muchos cobardes no quiere sacarse a la luz.

Creo sinceramente que incluso  personas de misa diaria viven un catolicismo acomplejado y amputado. ¿ Cómo vamos a conocer la tradición si han querido enterrarla?

Les escribo un fragmento de una encíclica , creo que es un tesoro deslumbrante. A mí me golpeó cuando la leí.

Es algo que los modernos querrán que siga enterrado, sobre todo los modernos de Maritain:

“Sabéis muy bien, Venerables Hermanos, que en nuestro tiempo hay no pocos que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar “que la perfección de los gobiernos y el progreso civil exigen imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin preocuparse para nada de la religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera religión y las falsas”. Y, contra la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor forma de gobierno es aquella en la que no se reconozca al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija”. Y con esta idea de la gobernación social, absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia católica y a la salud de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de f. m., locura[2], esto es, que “la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad _ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera_, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma”. Al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que con ello predican la libertad de perdición[3], y que, si se da plena libertad para la disputa de los hombres, nunca faltará quien se atreva a resistir a la Verdad, confiado en la locuacidad de la sabiduría humana pero Nuestro Señor Jesucristo mismo enseña cómo la fe y la prudencia cristiana han de evitar esta vanidad tan dañosa[4].
4. Y como, cuando en la sociedad civil es desterrada la religión y aún repudiada la doctrina y autoridad de la misma revelación, también se oscurece y aun se pierde la verdadera idea de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia, claramente se ve por qué ciertos hombres, despreciando en absoluto y dejando a un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que “la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por lo mismo que son consumados, tienen ya valor de derecho”. Pero ¿quién no ve y no siente claramente que una sociedad, sustraída a las leyes de la religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu sirviendo tan solo a sus propios placeres e intereses?

https://translate.google.es/translate?hl=es&sl=it&u=https://w2.vatican.va/content/pius-ix/it/documents/encyclica-quanta-cura-8-decembris-1864.html&prev=search

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