Apostillas a Gaudete et exultate(V)

gaudete et

 

El haber silenciado tantos decenios, tantas doctrinas indispensables para nuestra salvación tiene un precio. No sólo se silenciaron hace decenios y siguen silenciándose por los “malos”, por aquellos que voluntariamente buscaron oscurecer y silenciar muchas verdades de fe, sino también por los “buenos” y “conservadores” , aquellos que pensamos que darían la cara por la Iglesia. Todos esos “buenos” se subieron al carro de silenciar la doctrina católica sobre la libertad religiosa, sobre el ecumenismo, sobre la doctrina social y política de la Iglesia…, ahora esos mismos “buenos” y “conservadores” se han sumado a silenciar la doctrina de la pena de muerte (ya vapuleada por San Juan Pablo II). No se dan cuenta que el edificio de la fe debe permanecer íntegro , a salvo de bandidos y salteadores (nota del blog)

Seguimos con las apostillas:

 

Apostilla VI

«[n. 3] En la carta a los Hebreos se mencionan distintos testimonios que nos animan a que “corramos, con constancia, en la carrera que nos toca” (12,1). Allí se habla de Abraham, de Sara, de Moisés, de Gedeón y de varios más (cf. 11,1-12,3) y sobre todo se nos invita a reconocer que tenemos “una nube tan ingente de testigos” (12,1) que nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta. Y entre ellos puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas (cf. 2 Tm 1,5). Quizá su vida no fue siempre perfecta, pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron adelante y agradaron al Señor.»

Animar, invitar a reconocer, estimular, son de nuevo verbos de perfil bajo, que acomodan la terribilitas del Evangelio a los blandos oídos de la sociedad contemporánea. Sustituyen un verbo más católico y más fuerte, como es interceder, por otros más tragaderos para la idiosincrasia fenomenológica. El cambio verbal sintoniza, además, con la decadencia actual del culto de dulía, profundamente dañado por los excesos antropocéntricos del personalismo.

A continuación, se invita a un juicio impropio, por inadecuado: se sitúa entre los santos a “nuestra propia madre”, “una abuela”, “u otras personas cercanas”. Nos parece que esta canonización tiene sesgos de imprudencia. Se dice que la vida de los santos, y de esas personas a las que temerariamente podemos incluir entre ellos, “no fue siempre perfecta”. ¿Qué puede significar esto?

—Un concepto confuso de imperfección

¿Se refiere con este concepto de imperfección a los pecados mortales? Es lo que parece, puesto que habla de caídas. Parece afirmar que la vida de los santos y de las personas cercanas a nosotros que viven “en medio de imperfecciones y caídas”, o sea en estado de pecado, agradan al Señor de la misma manera. Cabe preguntarse si se refiere a que una persona puede estar en pecado habitualmente, y aun así agradar al Señor y estar en gracia santificante, a hechura de los santos canonizados.

Todo parece indicar que sí. Leídas, sobre todo, a la luz del capítulo VIII de Amoris laetitia, el pasaje citado parece incidir en la ambigua idea de la compatibilidad del pecado con la gracia santificante. Así se entiende en el capítulo 8 de Amoris laetitia, en el que se refiere a las situaciones de adulterio habitual como “situaciones de fragilidad o imperfección”. (n.296), afirmando que «(La Iglesia) mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de Dios también obra en sus vidas» (Amoris laetitia, n. 291)

—Concepto tradicional de imperfección en teología espiritual

Tenemos, pues, un nuevo uso del concepto de imperfección, que ya no es referido a aquellos defectos que, aun siendo obstáculos en la vida cristiana, son menos que pecados leves, como enseña la doctrina católica tradicional.

Enseña la teología de la perfección cristiana que el tercer grado de perfección es «la ausencia de imperfecciones voluntarias» (Antonio ROYO MARÍN, Teología de la perfección cristiana, Tercera parte, LI, c.I, a3).

Siguiendo la explicación de Royo Marín, es importante recalcar que las imperfecciones voluntarias, en la teología moral católica, ni siquiera son identificables con el pecado venial, pues éste está en la línea del mal, pero una impefección está en la línea del bien, aunque hubiera podido ser mejor. Estas imperfecciones queridas o negligentemente combatidas son un gran obstáculo en la vida cristiana, como enseña la Tradición hispánica insistentemente, por ejemplo en la obra de San Juan de la Cruz.

Éste, distingue las imperfecciones voluntarias de las imperfecciones de pura fragilidad, que es imposible evitar del todo. En Subida I, II, 2, n.4, señala algunas de estas imperfecciones voluntarias que impiden el vuelo del alma a Dios:

«Estas imperfecciones habituales son: como una común costumbre de hablar mucho, asimientillo a alguna cosa que nunca acaba de querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de comida u otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oir y otras semejantes»

Y más adelante, nos advierte citando el Eclesiástico 11, 34, que «el que desprecia estas cosas pequeñas poco a poco irá cayendo». Es necesario subrayar, por tanto, que lo tradicionalmente se denomina imperfección, o incluso imperfección de fragilidad, no se identifica con el pecado leve, ni, por supuesto, con el pecado mortal.

—La imperfección en Gaudete et exsultate, a la luz de Amoris laetitia

En Amoris laetitia, y Gaudete et exsultate, sin embargo, encontramos una inversión de este principio, porque denomina fragilidad e imperfección a pecados gravísimos como el adulterio habitual. Por lo que entendemos que el autor, cuando habla de vivir en medio de imperfecciones y caídas, se refiere al estado de pecado mortal habitual. Con lo cual parece afirmar que se puede ser santo y estar, habitualmente, en estado de pecado.

Así entendemos Gaudete et exsultate n.3, cuando afirma que se puede agradar a Dios  “aun en medio de imperfecciones y caídas”, es decir, en estado de pecado habitual. Repetimos, la idea es congruente con Amoris laetitia:

«ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante.» (A.L.301)

O sea, que ya no se puede decir que los justos son los que están en estado de gracia, ya no se puede decir que el estado de pecado habitual es incompatible con la santidad. Porque, ahora, supuestamente, se puede estar en pecado (“situación de fragilidad o imperfección”) y ser santo.

Con este tipo de confusiones, la teología moral católica queda a oscuras, pierde puntos de referencia, y va pareciendo cada vez más una nave sin rumbo. La claridad doctrinal, tan necesaria para salvarse, queda sin brújula, perdida y expuesta a innumerables peligros.

http://www.infocatolica.com/blog/mirada.php/1809081000-294

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