Católicos y política(III)

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Virtudes y condiciones del político(II)

 

4.–Posibilidad histórica. Para que el cristiano pueda servir en el nobilísimo oficio de político necesita, pues, vocación y virtud; pero necesita también posibilidad histórica concreta. En los primeros siglos de la Iglesia, por ejemplo, apenas era posible que los cristianos, estando proscritos por la ley romana, pudieran servir en la política al bien común. Se dieron en esto algunas excepciones, pero en campos políticos reducidos y en zonas periféricas del Imperio. Y actualmente estamos en condiciones bastante semejantes.

Cuando Platón explica por qué los sabios se abstienen de los negocios públicos, acude a este símil.

Un sabio observa cómo en la calle la multitud se empapa bajo una tremenda lluvia. Por un momento piensa en salir de casa para persuadir a la gente de que se ponga a cubierto. Pero renuncia al intento, considerando que si la multitud aguanta bajo la lluvia, ello indica su estupidez, y que esa insensatez hace prever que rechazarán el consejo razonable. Decide, pues, no ir a mojarse con ellos inútilmente, y se queda en casa (República VI,496).

Santo Tomás Moro (1477-1535), años antes de llegar a ser Canciller del Reino, describe en su obra Utopía (1516) el fin que le corresponde a quien pretende afirmar políticamente la verdad y el bien donde predomina en gran medida la mentira y el mal. En el libro I de la obra, pone prudentemente su pensamiento en labios del navegante Rafael, el cual, aunque conoce la sabiduría de los utopianos, se niega a aceptar cargos políticos, alegando:

–«si dijera esto y otras cosas semejantes, a los encarnizados partidarios de métodos totalmente opuestos, ¿no sería como hablar a los sordos?». Moro lo reconoce en parte, pero arguye:

–«Aunque no podáis desarraigar las opiniones malvadas ni corregir los defectos habituales, no por ello debéis desentenderos del Estado y abandonar la nave en la tempestad porque no podáis dominar los vientos… Hace falta que sigáis un camino oblicuo, y que procuréis arreglar las cosas con vuestras fuerzas, y, si no conseguís realizar todo el bien, esforzáos por lo menos en menguar el mal». Estas palabras –la aspiración habitual de ciertas políticas: el mal menor– no convencen a Rafael:

–«De esta manera, sólo puede acaecer que, al dedicarme a cuidar la locura de los demás, me vuelva loco como ellos. Cuando deseo decir verdades, se me hace necesario decirlas. No sé si el decir mentiras sea propio de un filósofo, pero ciertamente no lo es para mí. Si debemos pasar en silencio, como si se tratase verdaderamente de cosas raras y absurdas, todo lo que las pervertidas costumbres de los hombres hacen considerar inoportuno, será preciso que ocultemos de los ojos de los cristianos la mayor parte de lo que Cristo enseñó y prohibió, todas aquellas cosas que Él susurró a oídos de los suyos, mandándoles que las proclamasen desde las azoteas. La mayor parte de ellas difiere mucho de la manera de vivir actual.

«En verdad, parece que los predicadores, gente sutil, siguieron vuestros consejos: viendo que los hombres se plegaban difícilmente a las normas establecidas por Cristo, las han acomodado a las costumbres, como si éstas fuesen una regla de plomo, para poder conciliarlas de alguna manera. Pero no veo que con ello se haya adelantado nada, a no ser que se pueda obrar el mal con mayor tranquilidad.

«Tampoco sería yo de ninguna utilidad en los consejos de los príncipes, ya que si opinase de manera diferente de la mayoría sería como si no opinase; y si opinase de igual manera, sería auxiliar de su locura. No distingo el fin de vuestro camino oblicuo, según el cual decís que hay que procurar, a falta de poder realizar el bien, evitar el mal por todos los medios posibles. No es aquel [el Consejo del Rey] lugar para disimulos, ni es posible cerrar los ojos. Se hace preciso aprobar allí las peores decisiones y suscribir los decretos más pestilentes. Y pasa por espía, por traidor casi, quien no hace elogio de medidas malignamente aconsejadas. Así pues, no hay ocasión de realizar ninguna acción benéfica, ya que es más probable que el mejor de los hombres sea corrompido por sus colegas [políticos], que no que les corrija, ya que el perverso trato con éstos o bien le deprava o le obliga a disfrazar su integridad e inocencia con la maldad y la necedad ajenas. Tan lejos está, pues, de obtener el resultado propuesto con vuestro camino oblicuo» (56-61).

Tomás Moro escribía esas reflexiones en 1516, describiendo anticipadamente su propia muerte. Recordemos algunas fechas. Fue nombrado Lord Canciller de Inglaterra en 1529. Dimitió de su cargo y se retiró al campo en 1532, queriendo marginarse de las decisiones perversas del rey Enrique VIII, en las que no quería comprometer su conciencia. Y finalmente, en 1535, su santa cabeza, por ser incapaz de aprobar los crímenes del rey, fue violentamente separada de su cuerpo en la Torre de Londres.

San Juan Fisher (1469-1535), Obispo de Rochester y Cardenal, le precedió unos días antes en el mismo camino del martirio. Los demás Obispos ingleses, antes que ser mártires y dejar a su pueblo sin Pastores sagrados, prefirieron tomar el camino del cisma y de la herejía, conservando así, de paso, su cabeza y sus bienes.

5.–Conocimientos. Para ser un buen político no bastan las virtudes morales, sino que se requieren una serie de conocimientos históricos, religiosos y jurídicos, sociales y económicos, así como otras habilidades prácticas, que no pueden darse por supuestos. Aunque en la vida política muchas veces se estime otra cosa, no vale aquella norma de que en el combate «la falta de armas se suplirá con valor».

He dicho antes que el político necesita tener en alto grado las virtudes; pero no se olvide aquí que la posesión de un hábito virtuoso no implica necesariamente la facilidad para ejercitarlo, ya que pueden darse factores extrínsecos que impiden ese ejercicio o pueden faltar aquéllos que son necesarios (STh I-II,65, 3). Por muy virtuoso que sea un cristiano, mal podrá servir la acción política si no sabe expresarse bien, si le falla la salud, o sobre todo si carece de la formación suficiente. Necesita poseer un nivel suficiente de conocimientos y de cualidades personales.

6.–Conocimiento de la doctrina política de la Iglesia, y fidelidad a ella. Los políticos cristianos, por otra parte, para servir realmente al bien común de la sociedad, impregnándola cuanto sea posible de Evangelio, necesitan conocer y seguir la doctrina católica acerca de la vida política. Si en su pensamiento y en su actividad política se guían por los criterios del siglo, ellos serán sin duda alguna los más eficaces aliados del diablo, Príncipe de este mundo.

De estos seis puntos quiero destacar el tercero, el amor a la Cruz, al Crucificado salvador: es lo único que puede hacer a los políticos libres del diablo, del mundo y de sí mismos, y servidores fieles de Cristo y de los hombres. Actualmente, en los niveles más altos de la política, la evitación semipelagiana del martirio (63) ha llegado a frenar casi totalmente la acción propia de los políticos católicos. Concretamente, en las naciones de Occidente de antigua filiación cristiana nunca la Iglesia ha tenido menos influjo que hoy en la configuración política de leyes y gobiernos

Del Católicos y política del Padre Iraburu

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