Católicos y Política(II)

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Virtudes y condiciones del político(I)

–Si la política es tan valiosa y necesaria, y tan recomendada por la Iglesia a los laicos ¿yo también he de meterme en política?
–Usted, usted concretamente, con cuidar bien de su familia y de su trabajo tiene más que de sobra.

Ya vimos que la actividad política, entre todas las actividades seculares, es una de las más altas, pues es la más directamente dedicada al bien común de los hombres. Y cómo la Iglesia, especialmente en los últimos tiempos, exhorta a los fieles laicos a que participen en ella, pues es parte de su propia vocación secular. En todo caso, varias virtudes y condiciones importantes son necesarias para que los cristianos puedan dedicarse a la actividad política concreta.

1.– Vocación. Todos los cristianos, sin duda, están llamados por Dios a colaborar políticamente al bien común, cada uno en su familia y su trabajo, como ciudadanos activos y responsables, actuando de cuantos modos les sean posibles. Pero es también indudable que para dedicarse más en concreto a la labor política el cristiano requiere una vocación especial, que sólo unos pocos reciben de Dios. (…)
2.– Virtud. Efectivamente, una sólida preparación interior. Por muchas razones evidentes «el que gobierna debe poseer las virtudes morales en grado perfecto» (Santo Tomás, Política I,10, 7). Quien se dedica a la vida política necesita tener de modo eminente virtudes decisivas que posibiliten el ejercicio honrado de su ministerio: abnegación, caridad, sabiduría, veracidad, fortaleza, justicia, prudencia, etc. Las necesita, pues, si no las tiene, su trabajo político causará necesariamente enormes daños. Necesita, pues, el político cristiano de todas estas y de otras virtudes porque en la función gubernativa 1.-representa en su medida al Señor, de quien viene toda autoridad; 2.-porque de sus actos se siguen con frecuencia muy importantes consecuencias para todo el pueblo; y 3.-porque en el desempeño de su alta misión ha de resistir tentaciones especialmente graves de soberbia, falsedad oportunista, enriquecimiento injusto, complicidades y silencios criminales, etc.

En las consideraciones que siguen hablo a veces con cierta dureza de los políticos cristianos; pero en el fondo han de ser vistos más bien con mucha compasión. Sirven muchas veces un oficio que les viene grande, y para el cual no han sido ni siquiera rudimentariamente preparados –también hay culpas de omisión en quienes no les han dado la doctrina católica sobre su altísimo ministerio–. Y les faltan las virtudes personales necesarias. Es posible que un zapatero, aunque no sea muy virtuoso, desempeñe su oficio dignamente. Pero un político cristiano, si no es muy virtuoso, ciertamente cumple su oficio de un modo indigno y gravemente perjudicial para el mundo, y sobre todo para la Iglesia. Los mayores males que vienen sobre ésta proceden muchas veces de los malos políticos cristianos.

Algo semejante le ocurre, como ya vimos, p. ej., a un neuro-cirujano: o es muy bueno o es muy malo. Pero aún más elocuente analogía la hallamos en la vocación del sacerdote. Su ministerio es tan alto y sagrado, es una colaboración tan importante en la obra del Salvador del Mundo, que si no la cumple muy bien, probablemente la cumplirá muy mal, al menos en algunos aspectos.

3.–Amor a la Cruz, es decir, espíritu martirial, que hace posible vivir libres del diablo y del mundo. No me alargaré en este punto, porque ya lo he tratado en varias ocasiones, por ejemplo en (19). La historia humana es una incesante y tremenda batalla entre las fuerzas de Cristo y las del Maligno, entre la luz y las tinieblas. En esta situación el cristiano, y el político de un modo especial, ha de elegir entre militar bajo la bandera de la Luz divina o militar bajo la bandera de la Mentira diabólica, imperante en el mundo, asociándose en este caso «con los dominadores de este mundo tenebroso, con los espíritus malos» (Ef 6,12). La opción es obligada, inevitable. Y no caben opciones intermedias. «Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24), y menos si están en guerra.

Pues bien, el cristiano político que no tiene fuerza espiritual para tomar la cruz y seguir a Cristo, el que es incapaz de dar al mundo el testimonio de la verdad, el que está decidido a guardar su propia vida, tiene obligación gravísima de abandonar su profesión, pues si la sigue, se perderá ciertamente en la vida presente y posiblemente en la vida eterna. Por muchas que sean las argucias mentales que elabore para justificarse –no le faltarán ayudas–, su vida política es falsa y diabólica, pues se hace cómplice de quienes pretenden matar a Cristo en la sociedad y destruir su Iglesia. No es una casualidad insignificante que el patrono de los políticos católicos, Santo Tomás Moro, sea mártir.

Vende su alma al diablo, expresión popular antigua y muy profunda, el político cristiano que no pone en primer lugar el Reino de Dios y su justicia, sino la prosperidad de sí mismo y de su familia. Así no se puede servir a Cristo Rey. El que quiere guardar su vida, ciertamente la perderá. El que no se niega a sí mismo, el que no toma su cruz cada día, también en el ejercicio de la profesión política, no puede seguir a Cristo (Lc 9,23-24). Traiciona a Cristo y a la Iglesia. Vende su alma al diablo, y éste, cumpliendo el contrato, le da dominio y poder sobre su mundo. No son falsas las palabras del diablo, padre de la mentira, cuando le dice al cristiano lo que le dijo a Cristo: «te daré todo el poder y la gloria de estos reinos, pues todo mo ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Por eso si tú te postras ante mí, todo eso será tuyo» (Lc 4,6-7).

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