Católico o liberal(III)

Leo-XIII-13

Una de las cosas que no somos conscientes los católicos y que es consecuencia de la modernidad, es que creemos que somos libres de pensar lo que queramos y de opinar sobre cualquier tema, sin tener en cuenta que muchos de esos temas, sobre los que tenemos opiniones aberrantes , pueden entrar en colisión con una auténtica mentalidad católica.  Es importante conocer qué es la libertad, porque sobre todo está en juego la salvación de nuestra alma. No podemos olvidar que o se está con Cristo o contra Cristo y esta frase hace referencia a las palabras ,obras y pensamientos.

Les dejo con el padre Iraburu que sigue guiándonos por los caminos del liberalismo y sus nefastas consecuencias para el alma:

La palabra liberal, liberalismo, como todas las palabras importantes, tiene muchas acepciones. Aquí la considero ante todo –como normalmente lo ha hecho el Magisterio de la Iglesia–, en su acepción filosófica, pero también en sus derivaciones culturales, políticas y sociales.

La Ilustración lleva al Liberalismo, que consiste en la afirmación de la libertad del hombre por sí misma, independiente de la voluntad de Dios y del orden natural por Él creado. Implantado en las antiguas naciones cristianas desde finales del siglo XVIII, hasta nuestros días, en un crecimiento cada vez más acelerado, fue entendido desde el principio por el Magisterio apostólico como el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo. Es, pues, un modo histórico del naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios (1888, León XIII, enc. Libertas 1,11,24). Y es muy importante entender bien que del liberalismo nacen el socialismo y el co­munismo: son hi­jos suyos naturales (1937, Pío XI, enc. Divini Redemptoris). Liberalismo, socialismo y comunismo son entre sí familiares de la misma sangre.

Cuando el liberalismo alza lo humano, como valor absoluto, frente a Dios, puede hacerlo, como de hecho lo ha realizado en la historia, en modalidades muy diversas –la mayoría soberana, el pluripartidismo, el partido único, la raza, el jefe carismático, etc.–. Pero todas esas modalidades, lo mismo el liberalismo que el comu­nismo, el socialismo o el nazismo o las dictaduras personales, coinciden siempre en el rechazo de la soberanía de Dios sobre el mundo. En todos ellos es el hombre el que, haciéndose como dios, establece la diferencia entre lo bueno y lo malo, sin referencia alguna a Dios y al orden natural por él creado. Todos ellos caen en la primitiva tentación diabólica: «seréis como Dios, conocedores del bien y el mal» (Gén 3,5). Unos y otros son modos diversos del milenarismo naturalista –«el cielo bajará a la tierra»–. Y al estar todos inspirados por un mismo espíritu diabólico, son siempre homicidas y destruyen las culturas y los pueblos.

El mundo moderno liberal se construye como una contra-Iglesia, pues quiere vivir sin­Dios y sinCristo. En las antiguas naciones cristianas de Occidente se implanta progresivamente desde hace dos siglos en el pensa­miento y las instituciones, las leyes y las costum­bres. Y por supuesto es após­tata, pues todo él procede del cristianismo. Rechazando la guía de Cristo, en realidad se va configurando contraCristo. Este mundo liberal cree que «la ra­zón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (1864, S. Pío X, Syllabus 3).

La unidad radical que existe entre liberalismo y comunismo, socialismo o nazismo, explica que todos ellos sean profundamente hostiles hacia la Iglesia, y que todos ellos, aunque pe­leen muchas veces entre sí, llegado el caso, pue­den llegar a compromisos cómplices, pues coinciden al menos en lo fundamental. Todos están en la misma opción radical: «no quere­mos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Todos coinciden en el principio más decisivo: «los hombres, solamente si se gobiernan sin sujeción alguna a Dios, podrán llegar a ser como dioses, conocedores del bien y del mal» (cf. H. Graf Huyn, Seréis como dioses; Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona 1991).

Así pues, no es la Iglesia la culpable de sus dificultades con el mundo moderno liberal. Ésta es la calumnia tópica, antigua y actual, no sólo de los ateos, sino especialmente de los modernistas y católicos liberales, que así pre­tenden justificar sus complicidades, concesiones y adulaciones hacia el mundo. Por supuesto que dentro de la Iglesia hay pecados y torpezas, y los habrá siempre; pero es el mundo liberal el que, consumando la ruptura con el cristianismo iniciada en el Renacimiento, se va constituyendo más y más como una contra-Iglesia. Y llega al despotismo del partido único o del pluripartidismo; proclama por ley el derecho al aborto, financiado por todos los ciudadanos; etc. Se sigue cumpliendo así la palabra de Cristo: «el que no está con­migo, está contra mí, y el que conmigo no re­coge, desparrama» (Mt 12,30).

El naturalismo liberal se ha ido extendiendo unas veces –por conveniencia oportunista, sobre todo en la alta burguesía, por intereses personales, económicos, de promoción social, etc.; y también otras veces –por convicción intelectual, especialmente entre los hombres de la universidad o de las profesiones liberales.Unos y otros han esperado del liberalismo –atención: o de cualquiera de las derivaciones del liberalismo, ya señaladas– la felicidad de los pueblos, y aún más la suya propia. En efecto, así como Demas, «enamorado de este mundo presente», dejó a San Pablo (2Tim 4,9), también no pocos católicos de las clases altas, en la so­ciedad civil y en la eclesial, «enamorados de este mundo», dejaron el seguimiento verdadero de Cristo y de su Iglesia, aunque muchos de ellos –ahora ya no tantos– se siguieran considerando cristianos. Siempre han tenido una determinada determinación de pasar por todo, o casi por todo, antes que verse marginados de la ortodoxia mundana vigente. Cual­quier cosa antes que «perder el tren de la historia».

Pues bien, no tiene nada de extraño que el mundo moderno liberal haya perseguido du­ramente a la Iglesia en los dos siglos últi­mos, ya que ello viene exigido por sus mismos principios doctrinales. Unas veces lo ha hecho con las armas; otras, las más, con acciones inteligentes y progresivas en la política y la cultura, en la educación escolar y la universidad, en la banca y los medios de comunicación, etc. Estas acciones son mucho más eficaces, y reducen siempre lo más posible el influjo cristiano en la vida de los pueblos.

El mundo liberal entiende la causa de la moderni­dad como una lucha contra los hombres e instituciones que se obstinan en afirmar la abso­luta soberanía de Dios sobre este mundo. Los hombres modernos liberales estiman como vocación pro­pia «luchar contra los obstáculos tradicionales», con­tra el fanatismo del clero y del pueblo, contra sus in­numerables tradiciones cristianas –educación y costumbres, arte y fiestas, folclore y cultura–.

 

El naturalismo liberal, propugnando, por ejemplo, la legalidad del divorcio o del aborto, mucho más que el divorcio o el aborto lo que le importa en re­alidad es lu­char contra las personas o institucio­nes que continúan afirmando un orden natural inviolable, funda­mentado en el mismo Creador. Ahí es donde se centra su batalla. Y es muy importante entenderlo. Al exigir, por ejem­plo, «la igualdad de derechos entre el matrimonio y las parejas homo­sexuales» –algo manifiestamente irracional–, no está luchando propiamente en fa­vor de gays y lesbianas, está luchando principalmente por eliminar todos los restos del influjo de Cristo sobre la sociedad; está luchando por afirmar de una vez por todas una sociedad en la que, sin Dios ni orden natural, no haya más autoridad que la de el hombre solo. Eso es lo que de verdad le importa.

Un ejemplo. Las autoridades sanitarias de Inglaterra y Gales legalizan y favorecen la contracepción en adolescentes de 13 a16 años (prensa, octubre 2012). En ambulatorios de la Seguridad Social, siguiendo un programa establecido, 7.400 niñas y adolescentes de esas edades han recibido tratamientos e implantes anticonceptivos sin el consentimiento previo de sus familias –se da por supuesto que, ya a esa edad, la persona tiene pleno uso de razón y de libre voluntad–. Con ello, obviamente, el Gobierno está promoviendo el ejercicio de la sexualidad desde edades cada vez más tempranas. Pero no es ésa su finalidad principal: su propósito mayor es lograr que en la vida social el ejercicio de la libertad de los individuos, en ciertas materias –en ciertas materias–, no se vea frenada por ninguna ley civil; su meta decisiva es crear una humanidad plenamente autónoma, del todo independiente de las leyes divinas o naturales, afirmando así hasta el límite el principio fundamental del liberalismo: el hombre es el único señor de sí mismo: él es el único dios de este mundo. Esto es lo decisivo. Y en ese mismo empeño diabólico colaboran igualmente conservadores y laboristas, liberales y socialistas. Están todos en lo mismo. Son todos de la misma sangre.

El «celo apostólico» naturalista tiene una sorprendente intensidad proselitista. Concretamente, el Estado sinDios –sea marxista, socialista o democrático liberal– es, de una u otra forma, como ya vimos (107-108), un Leviatán monstruoso, que tiende siempre a dar forma mental y prác­tica a la sociedad, aplastando con una ingeniería social implacable tradiciones, instituciones y expresiones comu­nitarias naturales, reduciendo las personas a individuos anónimos masifi­cados y manipula­bles, eliminando la varie­dad de costumbres y derechos, imponiendo una interpretación de la historia y un mo­delo único de educación y de sociedad, sujetando el cuerpo social con miles y miles y miles de leyes, dominando más y más la situación económica de los ciudadanos con im­puestos y regulaciones siempre crecientes, y fomentando decididamente en el pueblo la imbecilidad más inerme: «panes et circenses». Es la Bestia apocalíp­tica que, con fe­roz violencia y, más frecuentemente, con insidiosa y envolvente suavidad, conduce al pueblo a la Apostasía.

La Iglesia lucha permanentemente contra el naturalismo liberal moderno, conside­rándolo inconciliable con el cristianismo, y causa de atroces males para la vida pre­sente y la futura. La Iglesia ve en la concep­ción naturalista del mundo y del orden polí­tico una máquina para ateizar al pueblo y para aplastarlo con indeci­bles calamidades, que el Magisterio apostólico anuncia y denuncia una y otra vez.

Recordaré algunos documentos principales. La Iglesia describe y combate con energía los errores modernos (Gregorio XVI, Mirari vos 1832; Pío IX, Syllabus 1864). Rechaza las de­rivaciones naturalistas, socialistas o comunistasdel liberalismo (Pío IX, Quanta cura 1864). Impugna todas las formas de concebir la vida mundana sin Dios o con­tra Dios (León XIII, Quod Apostolici muneris 1878, socialismo; Diuturnum 1881, poder civil; Humanum genus 1884, masonería; Im­mortale Dei 1885, constitución del Estado; Libertas 1888, libertad verdadera; Rerum no­varum 1891, cuestión social; Testem benevolentiæ 1899, americanismo; Annum sacrum 1899, potestad regia de Cristo; S. Pío X, Pascendi 1907, modernismo; Pío XI, Mit brennender Sorge 1937, nazismo). Llama Pío XII a superar con el cristianismo los errores y horrores del mundo moderno (Summi Pontificatus 1939; Oggi 1944), enseña las condiciones irrenun­ciables de una demo­cracia digna y benéfica (Benignitas et humanitas 1944), y el necesario influjo salvífico de la Iglesia so­bre los pueblos (Vous avez voulu 1955). El Magisterio de la Iglesia enseña así los principios de justicia y de solidaridad real que el mundo moderno está ig­norando (Juan XXIII, Mater et Magistra 1961, Pacem in terris 1963; Juan Pablo II, Redemptor hominis 1979).

Es un combate incesante entre la Iglesia de Cristo y el mundo liberal moderno, que quiere construirse sin Dios, al margen de Dios, y a veces contra Dios; en todo caso, cerrado en un humanismo naturalista absolutamente autónomo.De un lado, los cristianos católicos afirman: «es preciso que reine Cristo» sobre nues­tros pueblos (1Cor 15,25); sin Él, no hay salvación ni temporal ni eterna (Hch 4,12). Al otro lado, los modernos, liberales y deriva­dos, quieren lo contrario: «no queremos que éste reine sobre nosotros» (Lc 19,14).

http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/1210301132-196-descristianizacion-2-natu

2 comentarios

  1. De lo mejor que he leído; quizás lo mejor. Son días históricos. El acusado mayor de la humanidad va de víctima y pide oraciones ¡ Falso ! A Dios rogando y con el mazo dando. ¡ Responde y no te hagas el sueco !
    TESTIMONIO “VIGANÓ”
    Una oportunidad de curación para la Iglesia
    Me ha costado mucho escribir este artículo. “No hay que perturbar la fe de los sencillos” (Ya está perturbada: en Irlanda cayó veinte puntos el porcentaje de católicos tras el escándalo de los abusos sexuales). “Los trapos sucios se lavan en casa” (Imposible en la era de Internet). “No hay que desacreditar públicamente a la Iglesia” (Pero nada desacredita más que el silencio encubridor).
    De hecho, casi tenía decidido no escribirlo. Pero entonces conocí un detalle del terrible “y rigurosamente fundamentado- informe del Gran Jurado de Pensilvania: los sacerdotes pervertidos “marcaban” con determinadas medallitas piadosas a los jóvenes que sabían accesibles, a fin de que pudieran ser identificados y usados por otros clérigos de la red maldita (pues de una red organizada se trataba, con una sección especializada, por ejemplo, en la producción de pornografía infantil). Las gotas que colman el vaso suelen ser así de triviales.
    Los católicos hemos desarrollado todo un repertorio de excusas para desviar la mirada del horror de los abusos sexual-clericales. “Todos somos pecadores”. Cierto, pero no todos somos corruptores de menores que arrastran por el fango la dignidad de la Iglesia. “La prensa, mayoritariamente anticristiana, usa un doble rasero”. Y sí, es verdad que, según determinados estudios, en otros gremios que trabajan con adolescentes se dan porcentajes de abuso sexual comparables a los del clero, con una atención mediática mucho menor. Pero un maestro o un entrenador deportivo no consagran diariamente el cuerpo y la sangre de quien dijo: “Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino y le hundan en lo profundo del mar” (Mt, 18,6).
    Otro subterfugio es: “Los sacerdotes corruptos son una minoría”. ¡Claro que sí! Claro que hay una mayoría de sacerdotes virtuosos y fieles a su ministerio. Pero los malos constituyen una minoría poderosa, infiltrada en todos los niveles de gobierno de la Iglesia, capaz de desactivar los ya tantas veces prometidos esfuerzos de prevención y limpieza. La dura realidad es la que ha enunciado descarnadamente el blog católico The Wanderer: hay incrustada en la Iglesia “una mafia de homosexuales que la ha utilizado para conseguir efebos a fin de satisfacer sus pasiones y dinero para vivir cómodamente”.
    Cuando se conoce la abyección a la que han llegado esos sacerdotes y obispos indignos, sólo cabe concluir que perdieron hace mucho la fe, si es que alguna vez la tuvieron. Pero, en lugar de colgar los hábitos, permanecen en la institución, que garantiza seguridad económica y una provisión siempre renovada de potenciales víctimas. Moralmente es una estafa; jurídicamente es un delito; teológicamente es un sacrilegio, pues esos sacerdotes celebran los sacramentos sin creer en ellos. Usan la Iglesia de Cristo como lupanar.
    Homosexualidad y clero
    Determinados opinadores progresistas apenas disimulan el regocijo que les produce esta bancarrota moral de la Iglesia. La mala noticia para ellos es que la crisis de los abusos sexuales es también, fundamentalmente, un problema de homosexualidad clerical, como ha afirmado con valentía la reciente carta de monseñor Viganò: “Estas redes homosexuales, que ahora son ya extensas en muchas diócesis, seminarios, órdenes religiosas, etc., se sirven del secreto y la mentira: estrangulan víctimas inocentes y vocaciones sacerdotales, y están estrangulando a la Iglesia entera”.
    Hubo un tiempo en que los deslices eróticos del clero concernían al sexo opuesto: el cura con barragana es un clásico de nuestra literatura, como saben los lectores del Arcipreste de Hita. Pero también existía en la Iglesia una ética sexual inequívoca que conceptuaba esos deslices como pecados que ponían en peligro la salvación del alma. En los años 60 y 70, sin embargo, los vientos de “liberación” que soplaban en la sociedad penetraron en la propia Iglesia; surgió entonces un sector de teólogos progresistas (Charles Curran y otros) que reclamaban una revisión de la moral sexual católica, y especialmente de la prohibición de las relaciones homosexuales, secularmente condenadas como pecado de sodomía. El desconcierto moral-doctrinal coincidió en el tiempo con la desbandada de secularizaciones del post-concilio: muchos curas heterosexuales abrumados por el celibato entablaron entonces relaciones con mujeres y colgaron los hábitos para casarse. Pero los que patinaban en la otra dirección se quedaron dentro. El porcentaje de sacerdotes homosexuales aumentó sustancialmente.
    La dimensión específicamente homosexual de la crisis de abusos es camuflada mediante el uso general del término “pedofilia”, que lleva al público a creer que los curas pervertidos corrompen a niñas de siete años. Y puede haber algún caso. Pero la gran mayoría de los abusos se refieren a adolescentes varones: sería más exacto hablar de efebofilia. El estudio “The Nature and Scope of Sexual Abuse of Minors by Catholic Priests and Deacons in the United States from 1950-2002”, realizado en 2004 por el John Jay College of Criminal Justice por encargo de la Conferencia Episcopal norteamericana, revelaba en su epígrafe 4.2 que más del 80% de los abusos habían tenido por objeto a “adolescentes y hombres jóvenes”. A la vista del informe, Paul McHugh, antiguo director de Psiquiatría del Johns Hopkins Hospital, no dudó en hablar en un artículo de 2006 de “una crisis de depredación homosexual de la juventud católica norteamericana”.
    Pero esto significa que, cuando el mundo le exige simultáneamente a la Iglesia un giro gay friendly en su moral sexual y la erradicación de los abusos, le está pidiendo un imposible. Habrá que escoger entre ambas cosas.
    A esa conclusión parecía haber llegado también Benedicto XVI, que impulsó en 2005, como una de las primeras medidas de su pontificado, la “Instrucción sobre los Criterios de Discernimiento Vocacional en Relación con las Personas de Tendencias Homosexuales antes de su Admisión al Seminario y a las Órdenes Sagradas”, que establecía que la Iglesia “no puede admitir al seminario y a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay”. La aplicación de la Instrucción, sin embargo, tropezó con el abierto boicoteo del sector clerical progresista, que consideró “homófobo” el estricto criterio introducido por un Ratzinger que en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005 había sorprendido al mundo con una enigmática alusión a la “podredumbre escondida en la Iglesia”. El padre Robert Scullin, S.J., provincial de la Compañía de Jesús en Detroit, declaró desafiantemente que “seguiremos invitando [a considerar la vocación sacerdotal] a jóvenes de toda orientación sexual que deseen llevar una vida religiosa célibe”.
    Lo que estaba diciendo Scullin es que el Papa erraba al presuponer en los hombres con inclinación homosexual una mayor probabilidad de abuso que en los heterosexuales. Lo mismo alegó el padre Thomas Reese, S.J.: “El Vaticano ha olvidado cuántos sacerdotes son homosexuales, y cuán fielmente observan el celibato, y qué bien desempeñan su ministerio”.
    Y bien, sin duda muchos sacerdotes con tendencia homosexual respetan el celibato. Pero los porcentajes de éxito no son los mismos. La atmósfera de opresiva corrección política hace ya casi imposible decir esto, pero múltiples estudios sexológicos certifican que la propensión a la promiscuidad es mucho más elevada entre los homosexuales, como también lo es la incidencia de la pederastia. En un artículo de 2006, el gran Richard John Neuhaus concluía: “Roma ha hecho un juicio prudencial: al conceder a muchos candidatos al sacerdocio [con tendencia homosexual] el beneficio de la duda, se adoptaron en el pasado demasiados riesgos. Ahora debe darse prioridad a la protección de la integridad del sacerdocio. Con la reciente “normalización” de la homosexualidad en la cultura general, y con la aceptación de dicha normalización por muchos sacerdotes y no pocos obispos, y con consecuencias tales como los escándalos de abusos sexuales, la Iglesia simplemente no puede permitirse seguir asumiendo el riesgo”.
    Las revelaciones de Monseñor Viganò
    Lo que parece bloquear la capacidad de reacción eficaz de la Iglesia frente a la interminable crisis de abusos sexuales sería, pues, una sinergia objetiva entre el lobby abiertamente gay-corrupto, de dimensiones desconocidas, y el sector eclesial progresista que, sin ser necesariamente homosexual, sí presiona constantemente para conseguir una revisión de la posición oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad, el matrimonio, la familia, los anticonceptivos, el aborto y otras cuestiones morales. La “guerra civil” entre conservadores y progresistas planeó explosivamente, por ejemplo, sobre el pasado Sínodo de la Familia. Con el Papa Francisco apoyando poco disimuladamente a los segundos.
    Aquí es donde entran en juego las estremecedoras declaraciones de Monseñor Viganò. No sabemos si son verdaderas. Sí parecen verosímiles. Porque su versión hace encajar muy lógicamente todas las piezas. No reconstruiré todos los detalles, ya conocidos. Viganò puede acreditar su constante beligerancia, a partir del año 2000, en la denuncia por vía interna de las andanzas pederastas del cardenal McCarrick. Explica que la interferencia de Sodano, Levada y Bertone impidió probablemente que los informes llegaran al Papa. La insistencia de Viganò consiguió, sin embargo, que en 2009 Benedicto XVI tomase por fin cartas en el asunto e impusiese a McCarrick el cese radical de su ministerio público y la “retirada a una vida de oración y penitencia”, con prohibición expresa de pisar los seminarios (su territorio de caza preferido).
    Y la escena clave es el momento en que Viganò se encuentra en Roma en 2013 a un McCarrick triunfante que le dice “me he entrevistado con el Papa [Francisco] y mañana me voy a China [en misión oficial]”. Invitado por Francisco a exponer su opinión sobre McCarrick, Viganò asegura haberle dicho: “Ha corrompido a generaciones de seminaristas y sacerdotes, y el Papa Benedicto le impuso retirarse a una vida de oración y penitencia”. “El Papa no hizo el mínimo comentario a mis graves palabras […] y cambió enseguida de tema”.
    Tratándose de una conversación privada, corresponde al Papa reconocerla o desmentirla. Viganò pone solemnemente a Dios por testigo, empeñando su salvación en el envite. Lo que sí puede demostrarse es que, a partir de 2013, McCarrick retomó su actividad pública, lo cual indica un levantamiento de las sanciones por el Papa. Basta consultar la edición del Huffington Post del 17 de Junio de 2014, que, bajo el titular “McCarrick está trabajando más duro que nunca”, nos explica: “McCarrick es uno de los eclesiásticos que habían sido más o menos puestos fuera de la circulación durante el pontificado de Benedicto XVI. Pero ahora el Papa es Francisco, y prelados como Walter Kasper (un viejo amigo suyo) y el propio McCarrick están de nuevo en primera línea, y más activos que nunca. McCarrick, en particular, está que se sale desde hace un año [has been on a tear in the past year], viajando a Filipinas para consolar a las víctimas del tifón, y visitando puntos geopolíticos estratégicos como China e Irán para conducir delicadas conversaciones sobre libertad religiosa y proliferación nuclear”. […] “¡Mala hierba nunca muere!”, le dijo jocosamente Francisco cuando le volvió a ver”.
    Ross Douthat razona que Francisco no tiene por qué haber encubierto cínica y friamente a un cardenal pederasta. Que quizás intentó autoengañarse diciéndose que eran sólo habladurías. Quizás pensó que, a sus 83 años, McCarrick ya no estaba en condiciones de corromper a nadie más. Sería la explicación más piadosa.
    Lo que parece incuestionable es que Francisco antepone la búsqueda de aliados en su “guerra civil” contra el sector ortodoxo/conservador a la lucha contra los abusos sexuales (mientras se llena la boca con una retórica de “tolerancia cero”). Por eso invitó al Sínodo de la Familia al cardenal belga Godfried Danneels, que fue grabado mientras intentaba convencer a una víctima de abuso sexual de que no denunciase al culpable, el obispo de Brujas Roger Vangheluwe (Danneels es una figura clave del progresismo eclesial y, según se dice, uno de los muñidores de la elección de Francisco en el cónclave de 2005). Por eso mantiene en su G9 “consejo privado de asesores “para la reforma de la Curia”- a varios cardenales salpicados por escándalos de abusos: se acusa a Maradiaga de haber encubierto al obispo de Tegucigalpa, Juan José Pineda, y de haber hecho caso omiso de las llamadas de socorro de los seminaristas hondureños que denunciaban las descaradas presiones homosexuales en el seminario; Pell y Errazuriz tampoco están libres de sospecha; en la diócesis del cardenal O?Malley, Boston, también se han revelado nuevos casos de abuso.
    El progresismo eclesial “y el que podríamos llamar “sector oficialista”, que era conservador con Benedicto, progresista con Francisco, y concibe el catolicismo como obediencia perruna a la autoridad pontificia- ha salido en tromba a desacreditar a Carlo Maria Viganò. Dicen que Viganò miente y que todo se debe expectativas profesionales frustradas. Como si a los 77 años se pudiera pensar en carrera eclesial alguna, en lugar de en el Juicio cercano.
    Sí, podría ocurrir que lo de Viganò no haya sido más que una gran calumnia (genialmente ensamblada, pues, como decíamos, las piezas encajan demasiado bien). Pero, entonces, el calumniado debe refutar las imputaciones con la misma terrible solemnidad con que Viganò las formuló (“si callo, Dios me pedirá cuentas”), y a continuación aplicarle las más duras sanciones previstas por el Derecho canónico, además de denunciarle a las autoridades civiles. Todo indica, sin embargo, que la actitud de Francisco va a consistir en esperar que escampe, mientras el oficialismo-progresismo utiliza la técnica del calamar. Sería cerrar la crisis en falso y agudizar el descrédito moral de la Iglesia.
    Pero monseñor Jean-François Lantheaume, que fuera consejero de la nunciatura en Washington en la etapa de los hechos, ha declarado escuetamente que “Viganò dice la verdad”. Y el cardenal Daniel Di Nardo, presidente de la Conferencia Episcopal de EE.UU., ha afirmado que “las cuestiones planteadas por Viganò merecen respuestas que sean concluyentes”. Y monseñor Vigneron, arzobispo de Detroit, dice que la carta de Viganò es “camino seguro hacia la purificación y la reforma de la Iglesia”. Y monseñor Olmsted, obispo de Phoenix, pide “que el testimonio de Viganò sea tomado en serio por todos”. Y uno de los intelectuales católicos más prestigiosos, George Weigel, declaró ayer: “El arzobispo Viganò es un valiente reformador, y fue removido del Vaticano por sus inmediatos superiores porque estaba determinado a enfrentarse a la corrupción financiera en el Governatorato, la administración del Estado vaticano. […] Viganò es, según mi experiencia, un hombre honrado. Hablamos sobre cuestiones grandes y pequeñas, y nunca tuve la impresión de que me estuviese transmitiendo otra cosa que lo que él en conciencia creía que era la verdad”.
    Viganò concluye su alegato pidiendo la dimisión del Papa. Hay quien sostiene que dos renuncias papales en cinco años, y probablemente motivadas por el mismo asunto (pues muchos conjeturan que la verdadera causa del desaliento de Benedicto fue su impotencia frente a la hidra de los abusos y el lobby gay eclesial) serían demasiado para la Iglesia.
    Habría una alternativa mejor: que Francisco pidiese perdón y estuviese por fin a la altura de su ministerio, cortando las cabezas que sean necesarias, aplicando la Instrucción de 2005 y convirtiendo la limpieza de la Iglesia en su verdadera prioridad. Como han señalado varios comentaristas, esta tribulación puede ser una oportunidad de oro para una sanación en profundidad. Comprender que uno tiene un tumor y no un resfriado es el primer paso para aplicar una terapia efectiva. Recordando siempre que la insumergibilidad de la barca está garantizada por el propio Cristo. Pese a los hombres.
    Exsurge, Domine, et iudica causam tuam.
    Comentarios
    Por Echenique 2018-09-03 16:05:17
    Probablemente la misericorditis tratará por todos los medios de destruir tales pruebas ante el alto riesgo de que los acusados puedan ser citados por tribunales americanos y no precisamente como testigos.
    Por Echenique 2018-09-03 16:01:51
    Viganó es un testigo. La prueba testifical, mientras no sea desvirtuada por dos testigos en su contra con igual prestigio y detalle, prevalece, máxime cuando se remite a pruebas documentales obrantes en la santa sede o en la nunciatura de USA.
    Por Joaquín 2018-09-03 14:11:45
    Hay tantas falsedades, verdades a medias, contradicciones y sofismas en este artículo que uno no sabe por dónde empezar. Veamos, señor catedrático de Filosofía del Derecho, ¿dónde ha quedado el viejo dicho de “todo el mundo es inocente mientras no se pruebe lo contrario” o el principio básico de derecho penal de que la carga de la prueba corresponde al que acusa (aquí, Viganó)? Al parecer, es el Papa el que debe demostrar su inocencia. Eso por no hablar de que se ha demostrado que es falso que McCarrick estuviera retirado antes de la llegada de Francisco. Asistió a numerosos actos públicos, algunos de ellos con la presencia de Benedicto y otros incluso con la de Viganó (que llegó hasta a concelebrar con él). Si hubo tales sanciones, Viganó contribuyó decisivamente a que no se cumplieran.

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