Parábola del náufrago

naufragio

 

La llegada del papa Francisco a la silla de Pedro, puede poner de manifiesto dos hechos, la culminación de un proceso de apertura  al mundo tal cual parece que fue concebido por Juan XXIII y el escaso éxito de los tímidos intentos por detener los efectos secundarios de esta nefasta apertura al mundo que tuvieron lugar en las últimas décadas.

Durante estas últimas décadas pudimos asistir al nombramiento de todo el colegio cardenalicio que elegiría a Francisco y además al ocultamiento y encubrimiento de los mayores escándalos de homosexualidad y pederastia que azotaba cual bestia incontrolada el redil de Cristo y de lo que sorprendentemente ni un solo obispo bueno fue capaz de detener. No hubo santos, no hubo héroes que acudieran en auxilio de ninguno de esos niños y adolescente.

No fue suficiente con abrirse al mundo, sino que fue necesario que todos se revolcaran en su vómito, para que después de décadas alguien entonara un mea culpa.

Creo que Francisco nos ha hecho un favor a muchos católicos, en primer lugar nos ha hecho empezar a pensar, como ese personaje de Delibes, Jacinto San José, en la Parábola del Náufrago y en segundo lugar nos ha hecho ver que no hay ninguna institución dentro de la Iglesia que nos salvará, ni nos protegerá, que no hay ejército. La Iglesia militante se disolvió, Juan XXIII y su famosa pócima de la misericordia, que hoy adquiere niveles letales la ha dejado fuera de juego.

Solo la Iglesia Católica, la de siempre, con la doctrina de siempre, con la fe de siempre, sólo Ella nos salvará. No hay ejército, no hay obispos, no hay cardenales que defiendan la Verdad. Esto mismo debieron pensar tantos niños que eran abusados sexualmente por sacerdotes y obispos, día tras día y año tras año. Es lo que pensamos tantos fieles que día tras día, año tras año asistimos a la demolición de la fe y pensamos ¿Por qué nadie les para los pies?

Supongo que el espectáculo siniestro al que estamos asistiendo es fruto de la descomposición más absoluta en materia de fe y de moral. Newman creía que la Providencia estaba preparando un ejército para hacer frente a una demolición de la fe cristiana nunca vista antes, una milicia desperdigada nacida para pelear “en las próximas centurias”. Cuál sería el tiempo exacto o el lugar, no lo sabía. Pero sentía que ese proceso estaba gestándose, como un dique de abrigo construido para hacer frente a una tempestad.(Natalia San Martín). Quizás ese ejército se esté forjando en los corazones de tantos fieles que vemos como arrasan con la fe, y que vivimos desperdigados en diferentes partes del mundo.

Lo que está claro es que el catolicismo conservador que pudo forjarse durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, ese catolicismo no ha pasado la prueba durante el papado de Francisco y no ha sabido defender la fe, no ha sabido construir un dique de abrigo, ni ha estado a la altura martirial que las circunstancias exigían.

3 comentarios

  1. En el capítulo 2 de la carta a los Gálatas, cuenta San Pablo lo que se ha dado en llamar el incidente de Antioquía. Es bien conocido. San Pedro se dedicaba a disimular ante los judíos para que éstos no se enfadaran por las exigencias del cristianismo naciente. Vamos, que ya en aquella época el Vicario de Cristo tendía puentes y planteaba el discernimiento. Ahora hubiera dicho: Si un judío quiere ser judío y a la vez ser cristiano, pero su conciencia está tranquila, puede acercarse a la comunión. Seguramente algunos querrían haber redactado alguna nota 305 en el Concilio de Jerusalén. Pero san Pablo lo impidió. Le cantó las cuarenta en bastos al Papa Pedro y puso las cosas en su sitio.

    Nadie se escandalizó. No hubo ningún problema, porque San Pedro era humilde (de verdad, no de boquilla) y supo aceptar la reprimenda. No era un dictadorzuelo y sabía perfectamente que la Iglesia no era su finca particular, ni su rancho, ni su cortijo. Como San Pedro era realmente bueno (y no de boquilla), ni había sido elegido hombre del año por las revistas gays de Antioquía, ni era celebrado por la web corintodigital.com como pobre y humilde, supo aceptar lo que San Pablo exigía. Y menos mal, porque eso salvó a la Iglesia. Es que entonces había las dos cosas: un verdadero Vicario de Cristo preocupado por la fidelidad al mandato del Señor, y un verdadero Obispo que dijo lo que tenía que decir.

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