Nicolás Gómez Dávila, política y libertad

paisaje

 

Me encuentro con muchos católicos que no terminan de entender el concepto de libertad, es un concepto que se oscureció por culpa de determinadas filosofías, una de ellas el personalismo. Varios escolios de Nicolás Gómez Dávila pueden ayudarnos y por supuesto la encíclica de León XIII

Escolio 1. La veneración de la humanidad es repugnante como todo culto de sí mismo.

Escolio 2. En su afán de ganarle la partida al humanitarismo democrático, el catolicismo moderno resume así el doble mandato evangélico: Amarás a tu prójimo sobre todas las cosas.

Escolio 3. El catolicismo de izquierda es la pretensión de bautizar tesis que no se han convertido.

Escolio 4. El supremo aristócrata no es el señor feudal en su castillo, sino el monje contemplativo en su celda.

DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LA LIBERTAD

Libertad natural

3. El objeto directo de esta exposición es la libertad moral, considerada tanto en el individuo como en la sociedad. Conviene, sin embargo, al principio exponer brevemente algunas ideas sobre la libertad natural, pues si bien ésta es totalmente distinta de la libertad moral, es, sin embargo, la fuente y el principio de donde nacen y derivan espontáneamente todas las especies de libertad. El juicio recto y el sentido común de todos los hombres, voz segura de la Naturaleza, reconoce esta libertad solamente en los seres que tienen inteligencia o razón; y es esta libertad la que hace al hombre responsable de todos sus actos. No podía ser de otro modo. Porque mientras los animales obedecen solamente a sus sentidos y bajo el impulso exclusivo de la naturaleza buscan lo que les es útil y huyen lo que les es perjudicial, el hombre tiene a la razón como guía en todas y en cada una de las acciones de su vida. Pero la razón, a la vista de los bienes de este mundo, juzga de todos y de cada uno de ellos que lo mismo pueden existir que no existir; y concluyendo, por esto mismo, que ninguno de los referidos bienes es absolutamente necesario, la razón da a la voluntad el poder de elegir lo que ésta quiera. Ahora bien: el hombre puede juzgar de la contingencia de estos bienes que hemos citado, porque tiene un alma de naturaleza simple, espiritual, capaz de pensar; un alma que, por su propia entidad, no proviene de las cosas corporales ni depende de éstas en su conservación, sino que, creada inmediatamente por Dios y muy superior a la común condición de los cuerpos, tiene un modo propio de vida y un modo no menos propio de obrar; esto es lo que explica que el hombre, con el conocimiento intelectual de las inmutables y necesarias esencias del bien y de la verdad, descubra con certeza que estos bienes particulares no son en modo alguno bienes necesarios. De esta manera, afirmar que el alma humana está libre de todo elemento mortal y dotada de la facultad de pensar, equivale a establecer la libertad natural sobre su más sólido fundamento.

4. Ahora bien: así como ha sido la Iglesia católica la más alta propagadora y la defensora más constante de la simplicidad, espiritualidad e inmortalidad del alma humana, así también es la Iglesia la defensora más firme de la libertad. La Iglesia ha enseñado siempre estas dos realidades y las defiende como dogmas de fe. Y no sólo esto. Frente a los ataques de los herejes y de los fautores de novedades, ha sido la Iglesia la que tomó a su cargo la defensa de la libertad y la que libró de la ruina a esta tan excelsa cualidad del hombre. La historia de la teología demuestra la enérgica reacción de la Iglesia contra los intentos alocados de los maniqueos y otros herejes. Y, en tiempos más recientes, todos conocen el vigoroso esfuerzo que la Iglesia realizó, primero en el concilio de Trento y después contra los discípulos de Jansenio, para defender la libertad del hombre, sin permitir que el fatalismo arraigue en tiempo o en lugar alguno.

Libertad moral

5. La libertad es, por tanto, como hemos dicho, patrimonio exclusivo de los seres dotados de inteligencia o razón. Considerada en su misma naturaleza, esta libertad no es otra cosa que la facultad de elegir entre los medios que son aptos para alcanzar un fin determinado, en el sentido de que el que tiene facultad de elegir una cosa entre muchas es dueño de sus propias acciones. Ahora bien: como todo lo que uno elige como medio para obtener otra cosa pertenece al género del denominado bien útil, y el bien por su propia naturaleza tiene la facultad de mover la voluntad, por esto se concluye que la libertad es propia de la voluntad, o más exactamente, es la voluntad misma, en cuanto que ésta, al obrar, posee la facultad de elegir. Pero el movimiento de la voluntad es imposible si el conocimiento intelectual no la precede iluminándola como una antorcha, o sea, que el bien deseado por la voluntad es necesariamente bien en cuanto conocido previamente por la razón. Tanto más cuanto que en todas las voliciones humanas la elección es posterior al juicio sobre la verdad de los bienes propuestos y sobre el orden de preferencia que debe observarse en éstos. Pero el juicio es, sin duda alguna, acto de la razón, no de la voluntad. Si la libertad, por tanto, reside en la voluntad, que es por su misma naturaleza un apetito obediente a la razón, síguese que la libertad, lo mismo que la voluntad, tiene por objeto un bien conforme a la razón. No obstante, como la razón y la voluntad son facultades imperfectas, puede suceder, y sucede muchas veces, que la razón proponga a la voluntad un objeto que, siendo en realidad malo, presenta una engañosa apariencia de bien, y que a él se aplique la voluntad. Pero así como la posibilidad de errar y el error de hecho es un defecto que arguye un entendimiento imperfecto, así también adherirse a un bien engañoso y fingido, aun siendo indicio de libre albedrío, como la enfermedad es señal de la vida, constituye, sin embargo, un defecto de la libertad. De modo parecido, la voluntad, por el solo hecho de su dependencia de la razón, cuando apetece un objeto que se aparta de la recta razón, incurre en el defecto radical de corromper y abusar de la libertad. Y ésta es la causa de que Dios, infinitamente perfecto, y que por ser sumamente inteligente y bondad por esencia es sumamente libre, no pueda en modo alguno querer el mal moral; como tampoco pueden quererlo los bienaventurados del cielo, a causa de la contemplación del bien supremo. Esta era la objeción que sabiamente ponían San Agustín y otros autores contra los pelagianos. Si la posibilidad de apartarse del bien perteneciera a la esencia y a la perfección de la libertad, entonces Dios, Jesucristo, los ángeles y los bienaventurados, todos los cuales carecen de ese poder, o no serían libres o, al menos, no lo serían con la misma perfección que el hombre en estado de prueba e imperfección.

El Doctor Angélico se ha ocupado con frecuencia de esta cuestión, y de sus exposiciones se puede concluir que la posibilidad de pecar no es una libertad, sino una esclavitud. Sobre las palabras de Cristo, nuestro Señor, el que comete pecado es siervo del pecado, escribe con agudeza: «Todo ser es lo que le conviene ser por su propia naturaleza. Por consiguiente, cuando es movido por un agente exterior, no obra por su propia naturaleza, sino por un impulso ajeno, lo cual es propio de un esclavo. Ahora bien: el hombre, por su propia naturaleza, es un ser racional. Por tanto, cuando obra según la razón, actúa en virtud de un impulso propio y de acuerdo con su naturaleza, en lo cual consiste precisamente la libertad; pero cuando peca, obra al margen de la razón, y actúa entonces lo mismo que si fuese movido por otro y estuviese sometido al dominio ajeno; y por esto, el que comete el pecado es siervo del pecado». Es lo que había visto con bastante claridad la filosofía antigua, especialmente los que enseñaban que sólo el sabio era libre, entendiendo por sabio, como es sabido, aquel que había aprendido a vivir según la naturaleza, es decir, de acuerdo con la moral y la virtud.

http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_20061888_libertas.html

3 comentarios

  1. Perfecto análisis el del obispo de Mádison, Morlino, mucho mejor que el de un tímido Gomez, otro moderadito del Opus Dei ¡ Marchando un Morlino !

    «Una subcultura omosessuale sta devastando la Chiesa dall’interno»
    «Per troppo tempo abbiamo ridotto la realtà del peccato – abbiamo rifiutato di chiamare peccato un peccato – e abbiamo scusato il peccato nel nome di un’errata nozione di misericordia. Nei nostri tentativi di essere aperti al mondo siamo divenuti troppo disposti ad abbandonare la Via, la Verità e la Vita». Lo scrive lo statunitense Robert Morlino, vescovo di Madison, in una lettera rivolta a tutti i fedeli della sua diocesi in cui affronta con franchezza e carità i problemi che stanno affliggendo la Chiesa, di nuovo nell’occhio del ciclone dopo la pubblicazione del rapporto del Gran giurì della Pennsylvania e la vicenda McCarrick, l’ormai ex cardinale al centro di uno scandalo a sfondo omosessuale. Il vescovo di Madison spiega che la mondanizzazione della Chiesa ha fatto perdere di vista la salutare distinzione tra peccato e peccatore: «Non deve esserci spazio né rifugio per il peccato, né nelle nostre vite, né nelle vite delle nostre comunità. Per essere un rifugio per i peccatori (che è quello che dovremmo essere), la Chiesa deve essere il luogo dove i peccatori possano trasformarsi per essere riconciliati. In questo parlo di tutti i peccati».

    Morlino si dice disgustato dalla lettura delle storie di abusi sessuali, esprime tutta la sua vicinanza alle vittime per «quello che continuate a soffrire nella vostra mente e nel vostro cuore» e ricorda schiettamente la causa principale dello scandalo: «In questa specifica situazione, stiamo parlando di atti sessuali devianti – quasi esclusivamente omosessuali – da parte di chierici. Stiamo anche parlando di proposte e abusi omosessuali contro seminaristi e giovani sacerdoti da parte di potenti preti, vescovi e cardinali. Stiamo parlando di atti e azioni che non sono solo in violazione delle promesse sacre fatte da alcuni – in breve, sacrilegio – ma anche in violazione della legge morale naturale [valida] per tutti».

    Il vescovo statunitense deplora i tentativi disonesti (fatti da chi rigetta l’insegnamento della Chiesa e cerca di infangarla) di rappresentare lo scandalo come un mero problema di pedofilia: «C’è stato un grande sforzo per mantenere distinti gli atti che cadono sotto la categoria degli atti di omosessualità adesso-culturalmente-accettabile dagli atti di pedofilia pubblicamente-deplorabili. Questo per dire che finora i problemi della Chiesa sono stati dipinti solamente come problemi di pedofilia, nonostante ci siano evidenti prove del contrario», come gli studi del John Jay College hanno dimostrato. Morlino ricorda l’insegnamento sull’intera morale sessuale secondo l’ordine di Dio: «È ora di essere onesti e dire che i problemi sono entrambi e sono di più. Cadere nella trappola di analizzare i problemi secondo ciò che la società potrebbe trovare accettabile o inaccettabile significa ignorare che la Chiesa non ha mai ritenuto NULLA di questo accettabile: né l’abuso dei bambini, né l’uso della sessualità al di fuori del matrimonio, né il peccato di sodomia».

    La lettera prosegue poi con la denuncia della lobby gay infiltratasi nella Chiesa, creando scandalo, come McCarrick che ha abusato del suo potere «per interesse della sua soddisfazione omosessuale» con minori, seminaristi e adulti. «È tempo di ammettere che c’è una subcultura omosessuale all’interno della gerarchia della Chiesa Cattolica che sta portando grande devastazione nella vigna del Signore. L’insegnamento della Chiesa è chiaro sul fatto che l’inclinazione omosessuale non è di per sé peccaminosa, ma è intrinsecamente disordinata in un modo che rende ogni uomo stabilmente afflitto da essa inadatto a essere sacerdote». Il vescovo di Madison invita i seminaristi e i sacerdoti a dargli prontamente notizia di eventuali abusi sessuali, coercizioni o immoralità sessuale, chiedendo inoltre ai fedeli laici «di aiutarci a renderci responsabili nei confronti delle autorità civili, dei fedeli nei banchi e di Dio Onnipotente, non solo per proteggere i bambini e i giovani dai predatori sessuali nella Chiesa, ma anche i nostri seminaristi, studenti universitari e tutti i fedeli».

    Ai sacerdoti ricorda in particolare la loro vocazione al celibato e la promessa fatta a Dio di «vivere una vita casta cosicché voi possiate completamente donare la vostra vita a Cristo, alla Chiesa e alle persone che Lui vi ha chiamato a servire. Dio vi darà le grazie per farlo».

    Morlino, autore di una lettera autenticamente pastorale e che consigliamo di leggere nella sua interezza, chiama poi ognuno alla preghiera – per la propria persona, la propria famiglia e per la Chiesa – ed esorta a cercare con decisione la santità: «Dobbiamo rifiutare di essere silenti di fronte al peccato e al male nelle nostre famiglie e nelle nostre comunità e dobbiamo esigere dai nostri pastori – me compreso – che loro stessi lottino giorno dopo giorno per la santità. Dobbiamo farlo sempre con amorevole rispetto per le persone ma con una chiara comprensione che il vero amore non può mai esistere senza la verità». Infine, il vescovo chiede ai sacerdoti e a tutti i fedeli di unirsi per fare atti di riparazione al Sacro Cuore di Gesù e al Cuore Immacolato di Maria; e invita a offrire il digiuno del 19, 21 e 22 settembre (il digiuno previsto per le Tempora di autunno) in riparazione ai peccati commessi dal clero, richiamando le parole di Gesù: «Certi peccati, come certi demoni, possono essere scacciati solo con la preghiera e il digiuno» (fonte).

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