Un “no” a la horca, por lo tanto: motivado, sin embargo, no por la religión, sino por la irreligión contemporánea. Romano Amerio.

horca

Solamente hay personas que tratan de dar vuelta al Evangelio de Cristo y siembran confusión entre ustedes. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo vienese a evangelizarlos en forma diversa a como lo hemos hecho nosotros, yo les digo: ¡Fuera con él! . Se lo dijimos antes y de nuevo se lo repito: si alguno viene con un evangelio que no es el que ustedes recibieron, ¡fuera con él! ¡Anatema!”  — Carta a los Gálatas, 1 –

 

La pena de muerte, una perspectiva religiosa y cristiana en particular.

Desde que en su habitual lenguaje confuso el papa lanzara el globo sonda de considerar inadmisible la pena capital hasta su ya consumación con el reflejo en el catecismo, no hemos dejado de leer y oir contradicciones una tras otra.

Una de las cosas que llama la atención es la osadía por cambiar la Palabra de Dios, en primer lugar por aquellos que se han considerado católicos fieles a la Santa Madre Iglesia. Sólo hay que acercarse a los medios digitales para leer salvo honrosas excepciones la alineación con la autoridad, en este caso el papa. Como tantos males que aquejan a la Iglesia, en esta alineación negando toda la tradición, las mismas Escrituras y el principio de no contradicción, se esconde un dañino clericalismo, que en este caso llamaríamos papanatismo y que no deja distinguir la verdad del error. Aún más extraño es ver cómo va desapareciendo el concepto de Iglesia como luz del mundo y como los católicos se van alineando con ese concepto de Iglesia cada vez más mundanizada.

La perspectiva católica distingue entre la vida biológica, la vida terrenal y la vida eterna; conceptos que cada vez se van difuminando más.

Si la mentalidad católica influyó en los primeros siglos de manera decisiva fue en considerar que el único derecho inalienable del hombre es salvar no el cuerpo, sino el alma; y en distinguir entre la vida como un fin y la vida como un medio. Así y fruto de ello fue el martirio que sufrieron tantos cristianos, que prefirieron perder la vida antes que negar, ni una sola coma de su fe. Concepto que hoy no parecen entender tantos católicos para los que la vida, y por supuesto bien vivida es un fin último. Prueba de ello es el “naturalismo” dañino en el que está envuelta la existencia de tantos cristianos para los que lo importante es el trabajo y la salud como objetivos de su existencia mundana.

Claramente la mentalidad católica del hombre del siglo XXI está dañada, porque ha dejado de lado las razones y el pensamiento de Dios, para asumir las razones y el pensamiento del mundo. El leer a algunos teólogos hablar en términos mundanos e incluso al mismo papa, no deja de ser un indicador del mal que afecta a la Iglesia y así no se dan cuenta que se convierten en cómplices del mal, como aquellos obispos conocedores de los abusos sexuales de depravados y que, permanecían indiferentes, así muchos teólogos, sacerdotes y fieles miran el tema de la pena capital como algo que no va con ellos y no se dan cuenta que con este cambio del catecismo se cargan toda la tradición, se cargan las escrituras y se cargan el principio de no contradicción.

Uno de los lectores del blog me manda una entrada muy esclarecedora sobre lo que supone y sobre todo lo que refleja, el rechazo de la pena capital como verdad de fe revelada por Dios.

Apoyándose en Romano Amerio nos explica: “La oposición a la pena capital a menudo deriva hoy del concepto de la inviolabilidad de la persona como protagonista de la vida mundana, tomando la existencia mortal como un fin en sí mismo que no puede ser eliminado sin violar el destino de la vida del hombre. Pero esta manera de rechazar la pena de muerte, aunque es vista por muchos como religiosa, de hecho es irreligiosa. Olvida, de hecho, que para la religión la vida no tiene motivo para terminar sino en medio del fin moral de la vida que pasa por todo el orden de los valores mundo.

Por lo tanto» continúa Amerio «quitar la vida no es lo mismo que quitarle al hombre el propósito trascendente por el que nació y que constituye su dignidad”.

 

 

Quienes consideran inadmisible la pena capital, no entienden el concepto de dignidad ontológica, ni de dignidad moral, más bien no entienden la diferencia. Tampoco entienden el concepto de fin último del hombre y lo limitan a la felicidad terrenal.

En la perspectiva religiosa, la muerte infligida por los hombres a los hombres no puede afectar ni el destino moral ni la dignidad humana.

Y lo más escandaloso y reflejo de hasta qué punto los fieles católicos han alineado su pensamiento con el mundo es que desconocen que la pena capital en sí misma es una expiación.

Por otro lado, ¿la expiación del Cristo inocente por los pecados del hombre no está relacionada con una sentencia de muerte? ¿No se alinea este rechazo de la pena capital con ese miedo a la cruz, con ese miedo a la justicia divina y con esa irreligiosidad que empaña nuestras vidas y que nos hace separar claramente nuestra vida mundana y hedonista de nuestra vida religiosa y espiritual?

 

La pena capital no es intrínsecamente mala, como siempre ha enseñado la Iglesia , ayer , hoy y siempre porque para Dios no existe el tiempo , Él es eterno e inmutable y lo que dejó plasmado en las Escrituras para salvación de los que le aman, es de herejes eliminarlo o justificarlo con juegos de palabras modernistas .Cada uno deberá dar cuenta a Dios de la medida en la que ha adulterado la fe y ha sido piedra de escándalo para los fieles sencillos.

Para justificar nuestra negativa a volver a la pena de muerte en la cultura actual, el mejor resumen sigue siendo el de Romano Amerio: “La pena de muerte resulta una barbaridad en una sociedad irreligiosa que, cerrada en el horizonte terrenal, no tiene el derecho de privar al hombre de un bien que para él es todo el bien “.

Un “no” a la horca, por lo tanto: motivado, sin embargo, no por la religión, sino por la irreligión contemporánea.

Con este cambio del catecismo el papa Francisco demuestra una vez más que su pensamiento es el de un hombre del siglo que se alinea con y por los intereses del mundo. Con este cambio quiere callar la voz de la Iglesia indefectible que durante dos milenios ha sido fuel a la misión encomendada y ha sabido transmitir el valor del martirio, de la expiación y de la Cruz y del fin último del hombre que es y ha sido únicamente la gloria de Dios con su vida o con su muerte. Señor cuéntanos entre tus elegidos.

http://chiesaepostconcilio.blogspot.com/2018/08/la-pena-di-morte-vittorio-messori.html

La licitud de le pena de muerte es una doctrina que pertenece a la fe católica. «Es una verdad de fe».

 

Sagrada Escritura

En la alianza que establece Yavé con Noé ya Dios prescribe: «Quien derrame la sangre de un hombre, por otro hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios hizo él al hombre» (Gén 9,6). «El que hiera a otro mortalmente sea castigado con la muerte» (Ex 21,12; cf. 21,14-15). Esta doctrina se da con frecuencia en la A.T., pero también en el N.T. En el Calvario, San Dimas replica al otro malhechor, refiriéndose a la pena de muerte: «En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el castigo merecido por nuestras obras». Y Jesús le asegura: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,40-43). San Pablo declara ante el tribunal que le juzga: «Si he cometido alguna injusticia o crimen digno de muerte, no rehuso morir» (Hch 25,11). Y en otra ocasión: «La autoridad es para ti un ministro de Dios para el bien. Pero si obras el mal, teme, pues lleva espada: está al servicio de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal» (Rm 13,6). . La misma enseñanza nos da el Señor en un buen número de sus parábolas (p. ej., Lc 19,27).

 

Padres y doctores de la Iglesia, teólogos y santos

Clemente de Alejandría (+215): «Cuando [la la autoridad judicial] considera a alguien que parece incurable, que va por el camino de la extrema injusticia, se preocupa entonces de los otros, para que no vayan a la perdición por obra de aquel, y como amputando una parte del cuerpo entero, lo manda a la muerte» (Stromata).

San Agustín (+430). «Hay excepciones a la prohibición de “no matar”… De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto [del Decálogo] “no matarás” aquellos hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que, investidos de pública autoridad y ateniéndose a su ley, es decir, según el dictamen de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes» (La Ciudad de Dios lib.I, v.21).

Santo Tomás de Aquino (+1274). «Se prohibe en el Decálogo el homicidio en cuanto implica injuria… Pero matar a los enemigos de la república no es cosa indebida… ni tal muerte es el homicidio que se prohíbe en el precepto del Decálogo» (STh I-II, 100, a.8, ad 3m). «Cada parte existe naturalmente para el todo», y eso justifica, «si fuera necesaria para la salud de todo el cuerpo humano, la amputación de algún miembro»… «Si un hombre es peligroso a la sociedad y la corrompe por algún pecado, es laudable y saludable quitarle la vida para guardar el bien común» (ib. II-II, 64, a.2).

San Alfonso María de Ligorio (+1787). «A la autoridad pública se le ha dado potestad de matar a los malhechores, no injustamente, sino cuando sea necesario para la defensa del bien común» (Theologia moralis, Dubium II. An et quomodo liceat occidere malefactorem).

 

Romanos Pontífices

Inocencio III (+1216), exige en la Confesión de fe prescrita a los Valdenses (1208) que reconozcan lícita la pena de muerte, cuando justamente es aplicada (Denz 795).

León XIII (+1903). Tanto la razón como la Revelación divina «prohíben a cualquiera, de modo absoluto, matar o herir a un hombre en ausencia de una razón pública justa» (enc. Pastoralis Oficii, 1881).

Pío XII (+1958). «Está reservado al poder público privar al condenado del “bien” de la vida, en expiación de su falta, después de que por su crimen él se ha desposeído de su “derecho” a la vida» (Disc. 13-IX-1952, n. 28).

 

Catecismos de la Iglesia

Catecismo del concilio de Trento (1566). «Matar lícitamente pertenece a las autoridades civiles, a las que se confía el poder de la vida y de la muerte, mediante la aplicación legal y ordenada del castigo de los culpables y la protección de los inocentes» (III parte, nº 333).

Catecismo de San Pío X (+1914). «Es lícito quitar la vida al prójimo cuando se combate en guerra justa, cuando se ejecuta por orden de la autoridad suprema la condenación a muerte en pena de un delito y, finalmente, en caso de necesaria y legítima defensa de la vida contra un agresor injusto» (nº 415).

 

 

 

 

3 comentarios

  1. Alvaro D’Ors, de feliz memoria, distinguía entre autóritas y potestas, definiéndolos respectivamente como el saber socialmente reconocido y el poder socialmente reconocido. Bergoglio carece totalmente de autóritas y su potestas está siendo muy discutida desde el momento del cuestionamiento de la renuncia de Benedicto XVI y el alcance de esa renuncia, pues, por mucho que se le llame emérito, sigue siendo papa, vistiendo como papa y morando entre los muros vaticanos.

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  2. Legittima, dunque, la pena capitale, per la Chiesa, nella prospettiva di fede che è sua. Ma anche opportuna, oggi? Per giustificare il nostro rifiuto della possibilità di tornare al patibolo nella cultura attuale, la sintesi migliore è ancora quella di Romano Amerio: «La pena di morte diventa barbara in una società irreligiosa che, chiusa nell’orizzonte terrestre, non ha diritto di privare l’uomo un bene che per lui è tutto il bene».
    Un “no” al patibolo, dunque: motivato però non dalla religione, ma dalla irreligione contemporanea.

    Estimo más precisa la siguiente traducción:

    Legítima, por tanto, la pena capital, para la Iglesia, en la perspectiva de Fe, que es la suya. ¿ También oportuna hoy día ? Para justificar nuestro rechazo de la posibilidad de volver al patíbulo en la cultura actual, la mejor síntesis es todavía la de Romano Amerio: ” La pena de muerte resulta una barbaridad en una sociedad irreligiosa que, cerrada en el horizonte terrenal, no tiene el derecho de privar al hombre de un bien que para él es todo el bien “.
    Un no al patíbulo, por tanto, motivado sin embargo, no de la religión, sino de la irreligión contemporánea.

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  3. Afirmaba Léon Bloy que «la oposición creciente a la pena de muerte es consecuencia natural del declinar de la fe en la vida eterna». En efecto, en las sociedades que han dejado de creer en la vida eterna, esta pobre vida mortal se percibe como un bien absoluto que debe protegerse a toda costa; pues su pérdida equivale a una aniquilación definitiva. En cambio, en una sociedad religiosa, nuestra existencia terrenal tiene un valor relativo y el derecho a la vida propia impone unos deberes correlativos cuyo incumplimiento puede acarrear su pérdida. No olvidemos que, para una sociedad religiosa, el asesino, además de quitar la vida a otra persona, pone en peligro su salvación eterna, pues le impide ponerse en paz con Dios; es decir, obstaculiza los efectos benéficos de la redención y quiebra la nueva alianza que Dios selló con el hombre en la Cruz.

    No encontramos en el Nuevo Testamento ninguna condena explícita de la pena capital. Jesús reprende a quien se toma la justicia por su mano (a Pedro cuando le corta la oreja a Malco en Getsemaní, a los discípulos que quieren atraer fuego del cielo sobre los samaritanos inhospitalarios); pero aprueba la pena de muerte para los que maldicen a sus padres (Mt 15, 4 y Mc 7, 10) y ni siquiera discute la autoridad de Poncio Pilatos para condenarlo a muerte. En los Hechos de los Apóstoles (5,1-11), Pedro dicta sentencia de muerte contra Ananías y su mujer Safira; y la sentencia la ejecuta Dios mismo. Y, en fin, en la Carta a los Hebreos (10, 28) se establece que debe morir sin misericordia quien haya profanado la Ley de Moisés. Todos los Padres y Doctores de la Iglesia se muestran unánimes en aceptar la pena de muerte, con tal de que al condenado se le permita salvar su alma (pues para esto fue instituida la Iglesia). Santo Tomás, por ejemplo, considera que la muerte de los malhechores es plenamente lícita cuando sus acciones constituyan un grave peligro para el bien común. Y sólo exige dos condiciones para que sea lícita la aplicación de la pena capital: que su motivación no sea el odio o la venganza; y que sea impuesta por una autoridad legítima.

    Son estas condiciones las que tornan «inadmisible», conforme a la doctrina católica, la aplicación de la pena capital en nuestros días. Ya no existen gobernantes que se sometan a la ley divina y elaboren sus leyes conforme a ella; por lo tanto, su autoridad no es legítima. La pena de muerte, que siempre es indeseable, en manos de gobernantes inicuos se torna un instrumento temible que mañana mismo puede utilizarse, por odio o venganza, para perseguir y exterminar a los justos. Todas las demás razones contra la pena de muerte son paparruchas de un sentimentalismo divorciado de la razón, cuando no argumentos en los que subyace la negación del origen divino del Derecho y de la vida eterna. Escucharlos en ciertos labios provoca, en verdad, sobrecogimiento.

    Chesterton advertía perspicazmente que, a medida que se restringía la pena de muerte, se favorecía la expansión del antinatalismo. Mientras el culpable que había empleado su existencia en infligir daño a los demás era perdonado, el inocente que apenas empezaba a existir era condenado a muerte. Y señalaba que, cuando la pena de muerte nos perturba más que los crímenes que la justifican, es porque en el fondo ya nos han dejado de perturbar los crímenes, incluso porque los crímenes han empezado a complacernos. Esta reflexión de Chesterton explica que haya personas que, a la vez que sacan pecho condenando la pena de muerte, se encojan ante el crimen legalizado de los inocentes. A esto se llama, en lenguaje apocalíptico, fornicar con los reyes de la tierra; y es lo que hace una señora de nombre muy feo.

    Juan Manuel de Prada, quien no se atreve a citar a papa Francisco, quien reprueba la pena de muerte por motivos mundanos elevados a rango de Catecismo contradictorio con el de Verdad, que siempre prevalecerá ante tamaña patochada.

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