Ambigüedades, oscuridades y falsedades, así es el nuevo lenguaje que se habla en la Iglesia

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Una de las cosas que más me ha llamado la atención en todo este desafortunado proceso de llamar “inadmisible” a la aplicación de la pena de muerte, es que muchos han querido aportar su granito de arena a la confusión creciente. Es evidente la falta de claridad y lenguaje evangélico utilizado por el papa Francisco, pero hay algo más vergonzoso y es ese continuo juego de palabras, razonamientos y malabarismos para justificar lo injustificable por parte de los que no quieren ver en este cambio del catecismo el síntoma de una grave enfermedad.

 

Hoy más que nunca necesitamos hablar el lenguaje de los apóstoles.

Les dejo un texto del padre Iraburu que refleja muy bien lo que podríamos llamar ya la nueva crisis doctrinal  que divide a la Iglesia:

Al principio era el Verbo. El valor de la palabra es máximo en el Cristianismo (cf. Jn 1,1). En la palabra, hablada o escrita, está la verdad o la mentira, está por tanto la salvación o la perdición de los hombres. (…)Según eso, un pensamiento confuso, oscuro, incierto, débil da lugar necesariamente a una palabra confusa, oscura, insegura, débil. En tanto que un pensamiento luminoso y cierto se expresa con claridad y fuerza.

Degradación del pensamiento y del lenguaje. La calidad del pensamiento y del lenguaje es una misma. Por eso cuando el pensamiento de la fe se deteriora en la Esposa de Cristo, al menos en ciertas Iglesias locales, el lenguaje católico va perdiendo fuerza y claridad, y hasta en ciertos documentos eclesiásticos se hace débil, aburrido, tan matizado y contrabalanceado que acaba por no decir nada. Le falta el «veritatis splendor» que le es propio, como palabra de Cristo pronunciada por su Iglesia.

«La Iglesia de Dios vivo es la columna y el fundamento de la verdad» (1Tim 3,15). La Esposa de Cristo, Verbo encarnado, es aquella que predica «la palabra de Dios, viva, eficaz y tajante, más que una espada de doble filo, que penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, hasta las articulaciones y la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4,12). La reforma hoy más urgente de la Iglesia es la recuperación del pensamiento y del lenguaje que son propios del Catolicismo. Reforma o apostasía.

Filosofía y letras. Los estudios eclesiásticos siempre han procurado anteponer a la teología unas buenas premisas de formación literaria y filosófica. La Iglesia ha querido así que los que entran en el terreno sagrado de la teología hayan aprendido a pensar rectamente y a hablar con verdad y claridad. Sin una buena herramienta mental y verbal, el teólogo entra en el campo maravilloso de la Revelación divina y de la Tradición católica como un cerdo en un jardín de flores, pisoteando y destrozando todo. Sin una buena filosofía y un buen lenguaje es imposible una teología verdadera. La sagrada teología, ratio fide illustrata, y más aún el Magisterio apostólico, se han caracterizado siempre en la Iglesia católica no solo por la luminosa certeza de la fe que profesan, sino también por la claridad y precisión sincera de su palabra.

Hoy por el contrario… Los ejemplos que siguen están todos tomados de textos actuales publicados.

(…)

Ambigüedades. Cuando un cierto grupo eclesiástico de trabajo afirma en una Asamblea su «total adhesión» a la Humanæ vitæ, pero una vez hecha la afirmación, solicita que «se flexibilice» su doctrina, ¿qué calidad mental tiene este pensamiento y esta palabra? Un lenguaje como ése, deliberadamente ambiguo, es una vergüenza, es indigno de la Iglesia católica. Ésas son frases que dicen, pero sin decir, aunque diciendo. Qué miseria.

Ya vimos en el post (14) cómo el Card. Martini, reclamaba «una Iglesia abierta» frente a una Iglesia cerrada, obstinada en su enseñanzas y en sus normas (Conversaciones nocturnas en Jerusalén, ed. San Pablo, pg. 7, 168). Él estima que la Humanæ vitæ es «culpable» del alejamiento de muchas personas (141-142), y como el Papa no va a retirar la encíclica, le convendrá escribir cuanto antes «una nueva e ir en ella más lejos» (146). ¿Sería mucho pedir al Sr. Cardenal que nos dijera «a dónde» exactamente ha de ir más lejos? ¿Y qué significa una Iglesia «más abierta»?… ¿Más abierta «a qué»?… Hace unos pocos años, otro Cardenal se jactaba de que había firmado con otros tres obispos «una de las más abiertas orientaciones publicada, no sin provocar revuelo, por un episcopado sobre las relaciones con el judaísmo». Que el Señor le bendiga. Pero podríamos preguntarle honradamente y sin acritud: ¿esas «orientaciones» en la relación con el judaísmo eran más abiertas o más cerradas, p. ej., que las que siguieron Cristo, Esteban, Pedro, Juan o Pablo, Hermann Cohen, los hermanos Ratisbona, etc.?

Oscuridades. Cuando un profesor de teología dice que es conveniente «relativizar» la doctrina católica de la transmisión del pecado original por generación, ¿qué es lo que realmente quiere decir? ¿Pretende que se relativice una doctrina que es de fe, declarada en forma dogmática tantas veces? ¿O es que prefiere no formular con claridad su propio pensamiento? Nadar, y guardar la ropa. Tirar la piedra y esconder la mano.

Cuando un liturgista, estudiando la Eucaristía, reconoce «un cierto carácter expiatorio en la muerte de Cristo», pero al mismo tiempo pretende con empeño evitar «una interpretación victimista» ¿está empleando un lenguaje digno de la teología católica o más bien un lenguaje-basura? Este autor se muestra mental y verbalmente impotente para afirmar o para negar, sencillamente, que Cristo es la víctima pascual, ofrecida en sacrificio de expiación para la salvación de los pecadores. Su palabra no transmite, pues, ni de lejos, la clara certeza de la doctrina de la Iglesia. Por tanto, la niega.

Falsedades retóricas. De una señora que entra en una reunión podemos decir, a modo de saludo: «aquí llega la mujer más linda de Occidente». Bueno, la frase no engaña a nadie. Todos entienden que se trata de una afirmación puramente retórica, dicha en broma. Mucho mayor es el peligro de engaño si ese género literario se emplea, por ejemplo, en un Concilio.

«El hombre contemporáneo camina hoy hacia el desarrollo pleno de su personalidad y hacia el descubrimiento y afirmación crecientes de sus derechos» (GS 41a). «Ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales» (10a).

Las declaraciones retóricas apenan y a veces confunden a los verdaderos creyentes, confortan a los incrédulos, y dañan a todos. Es cierto que el Vaticano II escribió un libro de 700 páginas –hecho sin precedentes en la historia de los Concilios–, y que es normal que de entre ellas puedan entresacarse, como acabo de hacer yo, algunas frases desafortunadas o inexactas. Pero notemos sobre todo, por otra parte, que el mismo Concilio en otros textos hace «del hombre contemporáneo» y del mundo actual otros diagnósticos sumamente lúcidos y durísimos –que consiguientemente son contradictorios a aquellas otras declaraciones retóricamente benignas–. Denuncia el Concilio en el mundo moderno un egoísmo global, cada uno a lo suyo, un peligro de destrucción del propio género humano, un ateísmo generalizado e institucionalizado en formas nunca conocidas en la historia de la humanidad, etc. (cf. GS 7c, 10, 19, 37a).

Aberraciones mentales. Un profesor de liturgia, hablando, veladamente, por supuesto, en contra de la transubstanciación eucarística profesada por la fe católica nos propone, para liberarnos de ese término, una concepción nueva y más moderna de substancia.

«Según esta concepción, la realidad material debe entenderse no como realidad objetiva independiente de la percepción del sujeto, sino como una realidad antropológica y relacional, estrechamente vinculada a la percepción humana. Pan y vino deben ser considerados no tanto en su ser-en-sí cuanto en su perspectiva relacional. El determinante de la esencia de los seres no es otra cosa que su contexto relacional. La relacionalidad constituye el núcleo de la realidad material, el en-sí de las cosas». Es decir, propiamente un ser no existe en su propio ser si no es en relación con otros.

Leyendo esas insensateces, por no decir burradas –que diría Castellani–, yo les pregunto: «¿creen ustedes que de verdad ese doctor teólogo entiende lo que está diciendo?». En mi opinión, no tiene ni idea. Más bien creo que incurre en aquello que decía San Pablo: «alardeando de doctores de la ley, no entienden lo que dicen ni lo que afirman» (1Tim 1,4). Esa jerga apenas expresa nada inteligible.

Diagnósticos leves. Un ejemplo. Se nos dice en un documento de la Iglesia: vemos «con preocupación» que la sociedad se va abriendo cada vez más a la eutanasia. ¡¿Con «preocupación»?!… Ya casi podría haber dicho: «vemos consternados». Pero quizá estimaron que el término «consternación» era demasiado fuerte. Otros documentos eclesiásticos, por ejemplo, nos hablan de «luces y sombras» cuando analizan la situación de Europa –en acelerada caída en la apostasía–, o de los religiosos –tan desvirtuados a veces que en no pocas naciones europeas están en trance de simple desaparición–… Un lenguaje así es verdaderamente inadmisible. Podrían citarse muchos ejemplos semejantes, pero resultaría duro y cruel.

Diagnósticos contradictorios. Cuando la constitución conciliar Gaudium et spes (47) trata de «el matrimonio y la familia en el mundo actual», señala que, según los lugares, están presentes «la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones [como] el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación». Pero en el mismo número consigna que «las profundas transformaciones de la sociedad contemporánea, a pesar de las dificultades a que han dado origen, con muchísima frecuencia manifiestan, de varios modos, la verdadera naturaleza de tal institución» matrimonial y familiar. ¿Con muchísima frecuencia?… Son textos que únicamente resultan coherentes si interpretamos en clave puramente retórica algunas de sus frases. Pero, sin duda, ésa no es en el lenguaje eclesiástico la verdadera Tradición católica. Recordemos, en todo caso, lo ya dicho: que el Concilio es un libro de 700 páginas.

Pablo VI clama dolorido: «¡Basta de disensiones dentro de la Iglesia! ¡Basta de una interpretación disgregadora del pluralismo! ¡Basta con la lesión que los mismos católicos infligen a su indispensable cohesión» (L’Osservatore Romano 18-7-1975). Sin embargo, unas semanas antes, en el duodécimo aniversario de su consagración pontificia, había exaltado en una alocución «la grandísima sintonía de toda la Iglesia con su supremo Pastor y con los propios Obispos» (23-6-1975)… Pero recordemos la enorme crisis producida en 1968 y años siguientes acerca de la Humanæ vitæ, y en la que se vieron implicadas varias Conferencias episcopales.

Reforma del lenguaje y del pensamiento o apostasía. La Iglesia Católica, ya que ha de expresar con palabras humanas la plenitud de la Palabra divina, está obligada a usar un lenguaje verdadero y exacto, lo más claro y preciso que sea posible. Esos modos de lenguaje oscuros, ambiguos, retóricos, contradictorios y, sobre todo, tan débiles, deben ser eliminados de la Iglesia, para que así el Señor «nos conceda vivir libres de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de su verdad» (or. Dom.XIII T.o.). Quiera Dios que el Magisterio apostólico y la predicación, la teología y la catequesis cumplan en la Iglesia siempre la norma de nuestro Señor Jesucristo: «sea vuestra palabra: sí, sí; no, no. Todo lo que pasa de esto, viene del Maligno» (Mt 5,37; cf. Sant 5,12; 2Cor 1,17-19)

http://www.infocatolica.com/blog/reforma.php/0908190629-24-lenguaje-catolico-oscuro-y

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