Quieren eliminar el Cristianismo que fue enseñado y vivido durante diecinueve siglos, para sustituirlo por un Cristianismo `de los nuevos tiempos´.Mons. Romeo .1960

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En la Iglesia Católica, también y siempre, hay Profetas.

Y así da gusto, la verdad; porque te aleja de dudas, discusiones, hipótesis de trabajo, falaces futurismos y hasta de herejías. Y es algo perfectamente constatable: estando Dios como Principio y Fin, siempre hay “intermediarios” y/o “portavoces” -que esto no se ha inventado ahora, ni ayer o antes de ayer-, elegidos -siempre- por el mismo Señor, que es el que “coordina toda la dinámica”, si se me permite la expresión. Es decir: Providencia auténtica y en acto.

Y esto, antes de Cristo -y ahí están, por ejemplo, los Profetas Mayores y Menores, que siguen perfectamente vigentes-, y después de Cristo: se llamen así o no, se presenten así o no ante los demás, y se declaren o no “oráculo del Señor”. Pero su función es exactamente la misma: ser “voceros” del mismo Dios, que nunca nos deja solos y desamparados. Y menos, tal como estaban y están las cosas. Que ni están siempre perfectas ni siempre a gusto de todos. ¡Gracias a Dios!

Viene esto a cuento de lo que, voces más que autorizadas y casi en las mismas vísperas del CV II, alertaron a las autoridades competentes -o, al menos, lo debían haber sido; y parece que algún gol se tragaron- de lo que se le venía encima a la misma Iglesia; y, lógicamente, a las almas todas, con sus pastores a la cabeza. Y no fueron escuchados. Tradición –nadie es profeta en su tierra– que sigue viva -a lo que se ha visto y a lo que se ve-, en el AT y también tras el Nuevo: tal que en 1960-1962.

Y traigo un ejemplo, con un pequeño “complemento”. [Iban a ser dos los ejemplos pero sale demasiado largo]

El primero y único, a cargo de mons. Antonino Romeo, ordenado en 1924, que vivió en Roma desde 1938 a 1972, colaborador de la Sagrada Congregación para los Seminarios y Universidades, a la vez que colaborador personal del card. Ruffini, que fue Secretario de esa misma Congregación.

Ya en enero de 1960, dirigió en Divinitas (nº 4) un ataque a fondo contra el Instituto Bíblico       -auténtico caballo de Troya del preconcilio, del concilio y del postconcilio, y que estaba desmadrado desde mucho tiempo atrás-, denunciando -¡por primera vez en la por entonces casi bi-milenaria historia de la Iglesia!- la existencia de una conspiración bien urdida y mejor articulada por los sectores neo-modernistas que bullían -en contra del buenismo eclesial que lo negaba a grandes voces: interesadas o mudas o poco avispadas voces: cada una sabrá- desde bien dentro de la Iglesia; a los que no dudó en definir como: “un grupo que, infatigablemente, se agita para abrir siempre brechas cada vez mayores en el edificio sobrehumano de la fe católica, con el pretexto de que lo único que importa hoy en día es la novedad, ya que el Evangelio a tener en consideración no es el del pasado, sino el del futuro, y la Iglesia a la que debemos obedecer no es la que conocemos, sino la del futuro” (A. Romeo, L’Enciclica ‘Divino Afflante Spiritu’ e le “opiniones novae”, in Divinitas, nº 4 (1960), p. 444).

¿Les suena la canción? ¡Y esto ya en 1960!, que se dice pronto. ¡Clavadito a lo que está pasando a ojos vistas delante de nuestras pupilas! Y, o no nos enteramos, o miramos para otro lado como postura buscada, o estamos de acuerdo: en pura lógica ni ha habido -ni hay- más que estas tres posiciones. No se me ocurren otras, intelectualmente hablando.

Pero no acaba aquí mons. Romeo, sino que saca sus consecuencias de lo que está pasando y lo denuncia abiertamente: “Y así llegamos actualmente a la “nueva teología” inspirada por los eslóganes del momento, por la “nueva” moral que pretende satisfacer las pasiones humanas y abolir la noción y el sentido del pecado, por la “nueva historia” que consagra el historicismo y el triunfo del hecho, por el “nuevo derecho” que proclama la libertad del mal y de aquellos que son suficientemente poderosos para poder permitírselo todo, por la “nueva psicología” basada en el psicoanálisis pansexual, por la “nueva pedagogía” que satisface todos los instintos, y por el “nuevo arte sacro” que exalta el surrealismo y el conceptualismo de los charlatanes. El término “principios”, que ya fue tan usado, está desapareciendo de circulación (…). Basándose sobre el doble mito de la libertad humana y del progreso humano, doble postulado gnóstico que diviniza la pasajera contingencia de nuestro valor individual y de nuestro eterno fluir colectivo ante un futuro ignoto, haciendo de ella un sucedáneo del Absoluto, los progresistas de hoy en día convierten la religión y la ciencia en una continua búsqueda, sin determinar la finalidad, el objetivo y las ‘constantes’ que cualquier fe y cualquier ciencia tienen que prefijarse. Se asiste así al triunfo de la indeterminación, es decir, del relativismo y, en el fondo, de la negación” (Ibid., pp. 447, 449).

Y proseguía: “Toda una incesante labor de termitas que se agitan en la sombra, en Roma y en todas partes del mundo, nos lleva a intuir la presencia activa de un plan completo de engaño y de desmoronamiento de las doctrinas con las que se forma y de las que se alimenta la fe católica. Indicios cada vez más numerosos, provenientes de varios lugares, atestiguan el gradual desarrollo de una amplia y progresiva maniobra, dirigida por habilísimos jefes, aparentemente muy piadosos [aquí no sé si le sale la ironía o el realismo; o las dos cosas], cuyo objetivo es eliminar el Cristianismo que fue enseñado y vivido durante diecinueve siglos, para sustituirlo por un Cristianismo `de los nuevos tiempos´.

Concluye con un diagnóstico demoledor -a más de aterrador-, y que se está cumpliendo, en mi opinión, al pie de la letra: “La religión predicada por Jesús y por los Apóstoles, intensamente puesta en práctica por San Agustín, San Benito, Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio de Loyola, está siendo febrilmente corroída para que llegue a desaparecer, y para que en su lugar se imponga una nueva religión, la religión soñada por los gnósticos de todos los tiempos, a la que ya se viene llamando, aquí o allá, el Cristianismo `adaptado a los nuevos tiempos´. El Cristianismo de los `nuevos tiempos´ estará basado en la divinidad cósmica y en los derechos del hombre; tendrá como dogmas de su `Credo´ el monismo evolucionista con progreso indefinido, la libertad humana sin límites y la igualdad universal, con variaciones de `fe´ científica, teosófica y ocultista que variarán según los ambientes. Tendrá como moral obligatoria la `adaptación´, es decir `el conformismo´, con la prohibición de toda `frustración´ y el deber de satisfacer todos los instintos y todos los impulsos; la finalidad última de la vida eterna será rechazada y sustituida por las `realidades terrenales´ que el oscurantismo de los diecinueve siglos había puesto en cuarentena y que hoy han sido `rehabilitadas´ con gran celo. En este Cristianismo `nuevo´, Jesús, los Apóstoles, las definiciones y las directivas emanadas del Magisterio de la Iglesia a lo largo de diecinueve siglos, quedarán solo como un recuerdo, con valor exclusivamente `histórico y apologético´: eslabones de la cadena de una evolución indefectible, que solo se acabará cuando el hombre, convertido en Ser perfectísimo, sea reabsorbido en la infinidad del Todo” (Ibid., pp. 468-469).

¿A que les sigue sonando…?, si es que están en honda, naturalmente. Si en lugar de escribirse estas líneas en 1960 se hubiesen escrito en 2018, lo escrito sería exactamente lo mismo. O casi.

Pues lo más “bonito” que le llamaron al adelantado de mons. Romeo, fue “visionario”. Y, aún sin pretenderlo -que no lo pretendían: solo quería desprestigiarlo-, sus “enemigos” acertaron de pleno: porque lo clavaron: había que ser un auténtico “visionario” para “ver” todo lo que ha venido después. Personalmente, estoy convencido de que, sin la asistencia del Espíritu Santo, le hubiese sido casi imposible llegar a “ver” lo que vio. Mucho menos aún llegar a “decirlo”, y por escrito. Así se han manejado y se manejan los profetas, antes y ahora. No llegó a Obispo, claro -se la jugó-, pero se debió quedar más que ancho. Y salvó su conciencia, y la de otros muchos.

Tan fuerte era el tema, y tan al rojo estaba, que mons. J. Fenton, prestigioso director entonces de The American Ecclesiastical Review, llamado por el card. Octaviani para formar parte de la Comisión Teológica -tal era su categoría, que desbordaba no solo esas páginas tan suyas, sino también las fronteras de su país-, escribiría en su Diario, el 24-XII-1960: “Humanamente hablando no tenemos ninguna posibilidad de convertir a ninguno de los que se nos oponen”. Está hablando de lo que se encontró en Roma al llegar; y, al calcular con buen ojo las posibilidades de acercar a la verdadera Fe a muchos de sus colegas, para intentar revertir la situación, ve clara la imposibilidad: tal era la “fortaleza” del “enemigo”.

Mirando ya al Concilio, en octubre de 1962 escribirá un artículo donde afirma: Es posible que el Concilio no actúe con la plenitud de la prudencia sobrenatural. Es posible que, visto desde esta perspectiva, no tenga éxito” (“The American Ecclesiastical Review”, nº 4 (1962), p. 265). Como así fue.

Nota: todas las citas están sacadas de: Roberto Mattei, Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, pp. 138-139. Biblioteca Homo Legens. Madrid, 2018.

Johannes Wolf

CONCILIO O REVOLUCIÓN. En la Iglesia Católica, también y siempre, hay Profetas.

 

 

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