La transigencia es señal cierta de no tener la verdad. —Cuando un hombre transige en cosas de ideal, de honra o de Fe, ese hombre es un… hombre sin ideal, sin honra y sin Fe. San Josemaría

virgen enseña a jesus

 

Por último, el incomparable Bossuet, habiendo opuesto a las calumnias de los protestantes su célebre “Exposición de la fe católica”, encontró que esta misma Iglesia, a la que se acusaba de tiranizar las inteligencias, podía compendiar sus verdades definidas y necesarias dentro de un cuerpo de doctrina mucho menos voluminoso como resultaría el de las confesiones, sínodos y declaraciones de las sectas que habían rechazado el principio de autoridad y profesaban el libre Ahora bien, lo repito, mis hermanos: en ese fenómeno extraordinario, que no se encuentra más que en la Iglesia católica, esa tranquila majestad en la afirmación, esa moderación y esa discreción en todas las cuestiones no definidas, allí está, a mi parecer, el signo adorable por el cual debo reconocer la verdad venida del cielo.

Cuando contemplo sobre la frente de la Iglesia esa serena convicción y esa benigna indulgencia, me arrojo entre sus brazos y le digo: Tú eres mi madre. Es así como una madre enseña, sin pasión, sin exageración, con una autoridad calma y una sabia mesura. Y ese carácter de la enseñanza de la Iglesia lo encontrarán entre sus doctores más eminentes, cuyos escritos ella adopta y autoriza poco más o menos que sin restricciones.

Agustín emprende su inmortal obra “La ciudad de Dios“, que será hasta el final de los tiempos uno de los más valiosos monumentos de la Iglesia, en la que va a reivindicar las santas verdades de la fe cristiana contra las calumnias lanzadas por el paganismo. El sentía dentro de sí hervir los ardores del celo, pero si había leído en las Escrituras que Dios es la verdad, había leído también que Dios es caridad: Deus charitas est. Comprende entonces que el exceso de la verdad puede convertirse en déficit de la caridad; se pone de rodillas y dirige al cielo esta admirable plegaria: “Envíame, Señor, envía a mi corazón la dulcificación, la moderación de vuestro espíritu, a fin de que llevado por el amor a la ver-dad no pierda yo la verdad del amor: Mitte, Domine, mitigationes in cor meum, ut charitate veritatis non amittam veritatem charitatis”.

Y, en el otro extremo de la cadena de santos doctores, oíd estas bellas palabras del bienaventurado obispo de Ginebra: “La verdad que no es caritativa deja de ser la verdad, pues en Dios, que es la fuente suprema de la verdad, la caridad es inseparable de la verdad“. Entonces, leed a San Agustín, leed a San Francisco de Sales: encontrarán en sus escritos la verdad en toda su pureza y, por eso mismo, totalmente impregnada de caridad y de amor.

¡Oh, sacerdote de Cartago, ilustre apologista de los primeros tiempos! Yo admiro el nervio de vuestro lenguaje enérgico, la pujanza irresistible de vuestro sarcasmo, pero ¿cómo decirlo?: bajo la corteza de tus escritos más ortodoxos yo busco el fervor de la caridad, mas tus sílabas incisivas no tienen el acento humilde y dulce del amor.

Yo temo que defiendas la verdad como se defiende un sistema por el sistema mismo, y que un día tu orgullo herido abandone la causa que tu celo amargo había sostenido.

¡Ah, mis hermanos! ¿Por qué Tertuliano, antes de consagrar su inmenso talento al servicio del Evangelio, no ha rogado al Señor, como Agustín, que enviará a su corazón los apaciguamientos, las moderaciones de su espíritu? El amor lo habría mantenido en la doctrina, pero porque no se mantuvo en la caridad el perdió la verdad.

Y tú, ¡oh celebre apologista de estos últimos días!, tú, cuyos primeros escritos fueron saludados por los aplausos unánimes de todos los cristianos, yo te lo diré, ¡oh gran escritor!: esa lógica aparente con cuyos nudos deseas asfixiar a tu adversario, esos razonamientos ansiosos, frondosos, triunfantes con los que lo aplastabas, todo eso me sugiere algo: tu celo se parece al odio, tratas a tu adversario como enemigo, tu palabra impetuosa no tiene el fervor de la caridad ni el acento del amor.

¡Oh, nuestro infortunado hermano en el sacerdocio! ¿Por qué era necesario que antes de consagrar tu gran talento a la defensa de la religión hubieras hecho al pie de tu crucifijo la plegaria de Agustín: “Mitte, Domine, mitigationes in cor meum ut charitate veritatis non amittam veritatem charítatis”? Más amor en tu corazón, y tu inteligencia no hubiera hecho una tan deplorable defección: la caridad te hubiera mantenido en la verdad.

Y si la Iglesia católica, mis hermanos, presenta a nuestros espíritus la enseñanza de la verdad con tantos miramientos y dulzura, ¡ah! es aún con mayor condescendencia y bondad que ella aplica sus principios a nuestra conducta y nuestras acciones. Incapaz de soportar jamás las malas doctrinas, la Iglesia es tolerante sin medida hacia las personas; jamás confunde el error con quien lo enseña, ni al pecado con quien lo comete. Ella condena el error, pero sigue amando al hombre; al pecado lo denigra, pero al pecador lo persigue con su ternura, ambicionando volverlo mejor, reconciliarlo con Dios, hacer entrar en su corazón la paz y la virtud.

Ella no hace acepción de personas: no hay para ella ni judío, ni griego ni bárbaro; ella no se ocupa de las opiniones de ustedes, no les pregunta si viven en una monarquía o en una república. Ustedes tienen un alma que salvar: es todo lo que ella necesita. Llámenla, ella está con ustedes, llega con las manos llenas de gracias y de perdón. Ustedes han cometido más pecados que pelos tienen en la cabeza: eso no la horroriza, borra todo en la sangre de Jesucristo.

¿Algunas de sus leyes son para ustedes demasiado pesadas?, ella accede a acomodarlas a vuestra debilidad, su rigor cede ante vuestra enfermedad, y el oráculo de la teología, Santo Tomás, propone como norma que si ninguno puede eximir de la ley divina, por el contrario la condescendencia no debe ser demasiado difícil en las leyes de la Iglesia en razón de la suavidad que constituye el carácter de su gobierno: Propter suave regimen Ecclesiæ. Además, mis hermanos, en tanto que la ley civil es rígida e inflexible, la ley de la Iglesia es especialmente dúctil y benigna. ¿Qué otra autoridad sobre la tierra gobierna, administra como la Iglesia? Suave regimen Ecclesiæ.

¡Ah! ¡Que el mundo, que nos predica la tolerancia, sea entonces tan tolerante como nosotros! Nosotros no rechazamos más que los principios, y el mundo rechaza las personas. ¡Cuántas veces absolvemos, y el mundo continúa condenando! ¡Cuántas veces, en nombre de Dios, hemos echado un manto de olvido sobre el pasado, y el mundo lo recuerda siempre! ¿Qué digo? Las mismas bocas que nos reprochan la intolerancia nos censuran nuestra bondad demasiado crédula y en exceso simple, y nuestra inagotable paciencia hacia las personas es casi tan combatida como nuestra inflexibilidad frente a las doctrinas.

Mis hermanos: no nos pidan más, entonces, la tolerancia con respecto a la doctrina. Alienten, por el contrario, nuestra solicitud por mantener la unidad del dogma, que es el único vínculo de la paz sobre la tierra. El orador romano lo ha dicho: “La unión de los espíritus es la primera condición de la unión de los corazones”. Y este gran hombre hace entrar en la misma definición de la amistad la unanimidad de pensamiento, por analogía entre las cosas divinas y humanas: “Eadem de rebus divinis et humanis cure summa charitate juncta concordia“.

Nuestra sociedad, mis hermanos, es víctima de mil divisiones: de ello nos lamentamos todos los días. ¿De dónde proviene ese debilitamiento de los afectos, ese enfriamiento de los corazones? ¡Ah, mis hermanos! ¿Cómo podrán estar próximos los corazones allí donde los espíritus están tan alejados? Porque cada uno de nosotros se aísla en su propio pensamiento, cada uno de nosotros se encierra también en el amor de sí mismo. ¿Queremos poner fin a esas innumerables disidencias, que amenazan destruir pronto todo espíritu de familia, de ciudadanía y de patria? ¿Queremos no ser más extraños los unos para los otros, adversarios y casi enemigos? Volvamos a un símbolo, y encontraremos pronto la concordia y el amor.

Todo símbolo relativo a las cosas de aquí abajo está bien lejos de nosotros: miles de opiniones nos dividen y no hay más verdad humana desde hace mucho tiempo, y no se si se reconstituirá jamás entre nosotros. Felizmente el símbolo religioso, el dogma divino se ha mantenido siempre en su pureza en manos de la Iglesia, y de ese modo un germen precioso de salud nos ha sido conservado. El día en que todos los franceses digan: “Yo creo en Dios, en Jesucristo y en la Iglesia”, todos los corazones no tardarán en acercarse, y encontraremos la única paz verdaderamente sólida y duradera, la que el Apóstol llama la paz en la verdad.

Así sea.

 

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