Todos los errores pueden hacerse concesiones mutuas. La verdad, hija del cielo, es la única que no capitula jamás. Cardenal Pie (VII)

salomon

Mis hermanos, esta doctrina, que todos habréis calificado de absurda, no es para nada de mi creación: ella satura millares de volúmenes y de publicaciones recientes y, sin que el fondo varíe jamás, todos los días toma nuevas formas bajo la pluma y sobre los labios de los hombres en cuyas manos descansan los destinos de Francia. Pero ¿a qué punto de locura hemos llegado? Hemos llegado, mis hermanos, allí donde debe por lógica llegar quienquiera que no admita ese principio indiscutible que hemos señalado, a saber: que la verdad es una, y por consiguiente, intolerante, excluyente de toda doctrina que no sea la suya.

Y, para resumir en pocas palabras toda la sustancia de esta primera parte de mi sermón, les diré: ¿Buscan la verdad sobre la tierra?, busquen a la Iglesia intolerante. Todos los errores pueden hacerse concesiones mutuas, ellos son parientes próximos porque tienen un padre común: “Vos ex patre diabolo estis“. La verdad, hija del cielo, es la única que no capitula jamás.

Y ustedes, puesto que quieren examinar esta gran cuestión, aprópiense de la sabiduría de Salomón. Si en medio de esas sociedades diferentes, entre las que la verdad es motivo de litigio así como estaba ese niño entre las dos madres, desean saber a quién adjudicarlo, digan que les den una espada, finjan cortar, y examinen la cara que ponen los pretendientes: habrá muchos que se resignarán, que se contentarán con la parte que les va a ser entregada.

Digan entonces: ellas no son las madres. Hay una que, por el contrario, se rehusará a toda componenda, que dirá: La verdad me pertenece y debo conservarla toda entera; no soportaré jamás que ella sea disminuida, dividida. Entonces digan: Ésta es la verdadera madre.

Sí, Santa Iglesia católica, tú tienes la verdad porque tú tienes la unidad, y porque eres intolerante a dejar deshacer esa unidad.

Éste es, mis hermanos, nuestro primer principio: La religión que desciende del cielo es verdadera, y en consecuencia es intolerante en cuanto a las doctrinas. Me queda por añadir: La religión que viene del cielo es caridad, y en consecuencia, plena de tolerancia en cuanto a las personas. Una vez más, no haré más que enunciar apenas y no intentaré su desarrollo.

Tomemos un momento de respiro.

II. Es propio de la Iglesia católica, mis hermanos, el ser firme e inquebrantable acerca de los principios y mostrarse dulce e indulgente en su aplicación. ¿Qué tiene de asombroso? ¿No es ella la esposa de Jesucristo y, como Él, no posee a la vez el coraje intrépido del león y la mansedumbre pacífica del cordero? ¿Y no representa ella sobre la tierra la suprema Sabiduría, que tiende con fuerza a su fin y que aplica todo suavemente? ¡Ah!, es también por este signo, es sobre todo por este signo, que la religión descendida del cielo debe hacerse reconocer: por las indulgencias de la caridad, por las inspiraciones de su amor.

Por lo tanto, mis hermanos, piensen en la Iglesia de Jesucristo y vean con que miramiento infinito, con que respetuosa consideración procede con sus hijos, sea en la forma con la que presenta sus enseñanzas a su inteligencia, sea en la solicitud con que obra en su conducta y sus acciones. Pronto reconocerán que la Iglesia es una madre, que invariablemente enseña la verdad y la virtud, que no puede aprobar jamás el error ni el mal, pero que se esmera en hacer su enseñanza amable y trata con indulgencia los yerros de la debilidad.

 

Acepten que les trasmita, mis hermanos, una impresión que seguramente no me es propia y personal, y que han experimentado como yo todos aquellos de mis hermanos que han tenido la oportunidad de reflexionar serenamente sobre el incomparable estudio de la ciencia sagrada.

Desde los primeros pasos que me ha sido dado hacer en el terreno de la santa teología, lo que me ha causado mayor admiración, lo que ha hablado más elocuentemente a mi alma, lo que me habría inspirado la fe si yo no hubiese tenido la felicidad de poseerla ya, es, por una parte, la tranquila majestad con la que la Iglesia católica afirma lo que es seguro, y por la otra la moderación y discreción con la que ella deja a las libres opiniones todo lo que no está definido.

No, no es así como los hombres enseñan las doctrinas de las cuales son los inventores, no es así como ellos expresan los pensamientos que son los frutos de su ingenio.

Cuando un hombre ha creado un sistema, lo sostiene con una tenacidad absoluta, no cede sobre ningún punto. Cuando se ha prendado de una doctrina nacida de su cerebro, busca hacerla prevalecer autoritariamente: no le objeten ni una sola de sus ideas; la que se permitan discutirle es precisamente la más segura y la más necesaria. Casi todos los libros salidos de la mano de los hombres son muestras de esa exageración y de esa tiranía.

¿Trátase de literatura, de historia, de filosofía, de ciencia? Cada uno se erige en orá- culo, no quiere ser contradicho en nada; es un alegato perpetuo, una crítica severa, mezquina, arrogante, categórica. La ciencia sagrada, al contrario, la santa teología católica, ofrece una característica totalmente diferente.

Como la Iglesia no ha inventado la verdad, de la que es solamente depositaria, no se encuentra nada de pasión ni de exceso en su enseñanza. Plugo al Hijo de Dios descendido sobre la tierra, en quien residía la plenitud de la verdad, develar claramente ciertos aspectos de la verdad y dejar solamente entrever los otros.

La Iglesia no lleva más lejos su ministerio y, satisfecha de haber enseñado, mantenido, reivindicado los principios indiscutibles y necesarios, deja a sus hijos discutir, conjeturar, razonar libremente sobre los puntos inciertos.

La enseñanza católica ha sido de tal manera calumniada, mis hermanos, los hombres están tan acostumbrados a juzgarla con sus prejuicios, que es posible que difícilmente crean lo que voy a decirles: no hay una sola ciencia en el mundo que sea menos despótica que la ciencia sagrada.

El depósito de la enseñanza ha sido confiado a la Iglesia. Ahora bien ¿saben ustedes lo que la Iglesia enseña? Un símbolo en doce artículos que no componen doce líneas, símbolo compuesto por los Apóstoles y que los dos primeros concilios generales han explicado y desarrollado con la adición de algunas palabras que llegaron a ser necesarias.

Nosotros los católicos proclamamos que la interpretación auténtica de las Sagradas Escrituras pertenece a la Iglesia. Ahora bien, ¿saben ustedes, mis hermanos, con referencia a cuántos versículos de la Biblia la Iglesia ha usado de ese derecho supremo? La Biblia encierra alrededor de treinta mil versículos y la Iglesia tal vez no ha llegado a definir el sentido de ochenta de esos versículos; el resto lo ha dejado a los comentadores y, puedo decirlo, al libre examen del lector cristiano de manera que, según la palabra de San Jerónimo, las Escrituras son un vasto campo en el cual la inteligencia puede recrearse y deleitarse y donde sólo encontrará, aquí y allá, algunas barreras alrededor de los precipicios, y también algunos sitios fortificados, donde ella podrá parapetarse y hallar un auxilio asegurado.

Los concilios son el principal portavoz de la enseñanza cristiana, por lo que deseando el Concilio de Trento resumir en una sola y misma declaración toda la doctrina obligatoria, no le hicieron falta ni dos páginas para encerrar la más completa profesión de fe.

Y si se estudia la historia de ese Concilio se observa con admiración que era igualmente celoso tanto por mantener los dogmas como por respetar las opiniones, y así es corno una tal expresión que la asamblea de los Padres rechazó es la que no les ha dejado reposo hasta no haberla sustituido por otra, ya que su significación gramatical parecía exceder la medida de la verdad segura y sustraer alguna cuestión a las libres controversias de los doctores.

 

 

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