No es discernimiento, es astucia. Por Giulio Meiattini

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La historia de la Iglesia de estas últimas décadas se escribirá en líneas de crisis y sufrimiento. Se escribirá con sangre de mártires, pero también con lágrimas de fieles sencillos que ven como la fe de nuestros padres es pisoteada y arrojada al cubo de la basura. Precisamente la Iglesia del papa Francisco que tanto condena la cultura del descarte, pretende descartar lo más valioso e imperecedero; Nuestra FE . Esa Iglesia que condena el descarte de lo material, en un delirio de esquizofrenia descarta aquello que le estorba para camuflarse con el mundo. Descarta la militancia, descarta el dogma y la ortodoxia, descarta los cimientos de todo el edificio de la fe. ¿Cabe acaso mayor hipocresía?

La historia de la Iglesia de estas últimas décadas se escribirá con letras y con voces de los que aman la Verdad, la Verdad siempre imperecedera.

 Aquellos pastores que no supieron reconocerla serán olvidados y la Iglesia sabrá reconocer la voz del buen pastor que da la vida por sus ovejas, del buen pastor que aparta a las ovejas de los pastos venenosos y que se enfrenta al lobo con su cayado.

Hoy uno de esos pastores levanta su voz para mostrarnos el buen camino, a él como a tantos otros que durante estos tiempos de crisis no han huido, ni han negociado su salario les reflejamos en nuestro portal:

por Giulio Meiattini OSB (fragmentos tomados de la entrevista en “Catholica”, n. 140)

NO DISCERNIMIENTO, SINO ASTUCIA

La situación de confusión es evidente. Naturalmente, está quien niega que se trate de confusión, considerando que esto es el resultado positivo de un gobierno eclesial tendiente “a iniciar procesos más que de poseer espacios” (cf. “Evangelii gaudium”, n. 223). En consecuencia, el primer discernimiento que hay que hacer sería precisamente sobre la naturaleza de esta situación: ¿la confusión, los desacuerdos entre obispos sobre puntos doctrinales sensibles, pueden ser frutos del Espíritu? Me parece que no. Discernir significa también comprender si es el caso de generar procesos, en ciertos campos o no, y también con cuáles ritmos, modalidades y objetivos.

Observemos, por ejemplo, el modo con el que se ha llegado a la nueva disciplina para los “divorciados que se han vuelto a casar”.

Después que la exposición del cardenal Kasper frente al consistorio, por así decir, había preparado el terreno, los dos sínodos, con un año intermedio de encendidas discusiones, no llegaron a dar a luz una línea común sobre el problema discutido. Quien lee los informes de los “circuli minores” del sínodo del 2015 se da cuenta muy bien que sobre el punto en cuestión no había una orientación compartida.

Pero sí se entiende algo: que la amplia mayoría de los Padres [del sínodo] no había madurado la convicción de cambiar la disciplina tradicional. Tanto que los redactores de la “Relatio finalis”, respecto al punto controvertido, se cuidaron muy bien de introducir las novedades.

Pero – he aquí otro pequeño paso – redactaron las fórmulas de tono incierto que, aunque no preveían el acceso a los sacramentos, por así decir, cambiaban la atmósfera. Así fue suficiente la “no oposición” a esas fórmulas vacilantes (que reunieron con esfuerzo los dos tercios de los votos) para permitir otro pequeño paso posterior: un par de pequeñas notas ambiguas en “Amoris laetitia”, que no afirman y no niegan, pero que permiten entender una cierta dirección.

Este pasaje ulterior quebró los frentes interpretativos, hasta que en el otoño de 2017 – otro paso – se agregó la aprobación oficial del Papa a los “Criterios” de los obispos de la Región de Buenos Aires sobre el capítulo VIII de “Amoris laetitia”.

Pero esos criterios, si se es honesto, no son una simple interpretación de “Amoris laetitia”. Esos criterios agregan y dicen cosas que no están en “Amoris laetitia” y que, sobre todo, jamás habían sido aprobadas en los sínodos y jamás lo serían […].

De este modo, mediante pequeños pasos sucesivos, en el transcurso de tres años se dio un paso muy grande y la disciplina fue cambiada lentamente, pero me parece que ciertamente no en forma sinodal.

Puedo equivocarme, pero este “modus operandi” no es discernimiento, más bien es astucia. En lugar del diálogo argumentado y abierto (¡los famosos “Dubia” jamás recibieron una respuesta!), se afirma la estrategia de la persuasión y de los hechos consumados.

LA FE REDUCIDA A ÉTICA

Entre las exigencias éticas y el fundamento sacramental de la existencia cristiana, el centro es indudablemente el sacramento, el cual es comunicación al creyente de la gracia que salva y, en tanto es acogida y transforma al hombre, también es acto de glorificación, doxología. […] La ética no es ni la primera palabra ni la última.

Pero en “Amoris laetitia” se sigue la lógica contraria: se parte de categorías extraídas de la ley natural y de principios de ética general (los atenuantes, la relación entre norma universal y situación subjetiva, la no imputabilidad, etc.) y a partir de estas premisas mayores se extraen las consecuencias para la pastoral de los sacramentos.

De ese modo, la dimensión de lo simbólico y de lo sacramental que debería fundamentar, abrazar y trascender la esfera moral pierde la propia relevancia y se convierte en un simple apéndice de la ética. […] La demostración está dada por el hecho que el pecado de adulterio pierde concretamente la propia relevancia pública vinculada al aspecto testimonial del sacramento y puede ser remitida al “fuero interno”, sin que frente a la comunidad se deba dar razón de por qué un cónyuge que contradice en público el signo sacramental de la fidelidad se acerque públicamente a la Eucaristía.

En síntesis, el resultado de las opciones elegidas de “Amoris laetitia” es la reducción de lo sacramental a lo moral, es decir, de la fe a la ética, lo que no me parece que sea una mera cuestión pastoral. Aquí está en juego algo que es esencial en la forma cristiana.

¿UN “PESO TREMENDO”?

Sinceramente, no entiendo cómo un obispo, sobre todo el de Roma, puede escribir frases de este tipo: “No hay que arrojar sobre dos personas limitadas el peso tremendo de tener que reproducir en forma perfecta la unión que existe entre Cristo y su Iglesia” (“Amoris laetitia”, n. 122).

Aquí tenemos la ejemplificación evidente de todo lo que afirmábamos en forma general: si se prescinde del sacramento, la ética evangélica, reducida a norma general, se convierte en un “un peso tremendo”, como lo es, por el contrario, la ley mosaica, más que ser “un yugo suave y una carga ligera”. ¿Qué resultado tuvo en esta perspectiva el efecto transformador del sacramento? […] Entonces podremos preguntarnos si exhortar a testimoniar la fe en Cristo, hasta derramar nuestra sangre, no es un peso todavía más tremendo, como para cargarlo en las espaldas de la gente. […]

A esto se puede llegar solamente si se acostumbra a concebir al cristianismo – quizás sin darse cuenta – como ética.

“SIMUL IUSTUS ET PECCATOR” [JUSTO Y PECADOR A LA VEZ]

“Amoris laetitia” llega a decir que aun cuando se viva exteriormente en una situación objetiva de pecado, a causa de los factores atenuantes se puede estar en gracia e incluso “crecer en una vida de gracia” (n. 305).

Es claro que si las cosas son así, la interrupción entre sacramento y obrar moral, ya evidenciada anteriormente, lleva a resultados comparables a la concepción luterana del “simul iustus et peccator”, condenada por el Concilio de Trento.[…] De este modo, se puede ser al mismo tiempo justos (frente a Dios, invisiblemente) y pecadores (frente a la Iglesia, visiblemente). Las obras no llegan a tener más importancia en el “discernimiento” de la gracia.

¿LA COMUNIÓN CATÓLICA TAMBIÉN A UN BUDISTA?

La dirección que se está delineando en torno a la intercomunión entre católicos y protestantes obedece a la misma lógica: no es el realismo simbólico el que determina la elección, sino la simple valoración de la presunta condición interior: si un protestante está presumiblemente en estado de gracia (en base a los atenuantes de la ignorancia invisible, de la responsabilidad disminuida, de la vida honesta, etc.), ¿por qué no podría recibir la Eucaristía católica? Tal vez no nos damos cuenta que plantear la cuestión de este modo podría estimular a hacer el mismo razonamiento de una vida buena y justa para un budista o un hindú. Manipular la relación entre moral y sacramentos, puede llevar al final a concepciones eclesiológicas no católicas.

https://infovaticana.com/blogs/sandro-magister/un-monje-teologo-rompe-el-silencio-sobre-la-metamorfosis-de-la-iglesia/

 

2 comentarios

  1. Basta con contraponer la Verdad revelada y la tradición que la defendió durante tanto tiempo, para ver que esta “nueva iglesia” es un asco, una estafa, una trampa. No se necesita ser “vidente ” para ver lo obvio.
    Tal vez por eso no me cabe en la cabeza que pastores y ovejas no se den cuenta.
    No es compiparanoia ni buscar el escándalo.

    Sé que Dios arreglará este “lío”, pero también sé que me cobrará los silencios cobardes.

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