Ocultando los restos del naufragio(VI). La libertad religiosa.

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El CVII fue el momento que aprovecharon los modernistas para arrasar con todo lo que encontraron a su paso. Podríamos decir que a la sombra de los modernistas crecieron los nuevos católicos, estos se caracterizaban por ser modernistas , pero sólo un poquico, por disentir pero solo en algunas cosas, en guardar la tradición pero lo justo para no llamar la atención, no vaya a ser que los tacharan de tradicionalistas. Digamos que fueron adaptando la doctrina sin grandes estridencias pero adaptándola al fin y al cabo. Ellos también quisieron dialogar con el mundo. Y así fue creciendo una nueva Iglesia a la sombra o sobre la Iglesia bimilenaria sin darnos cuenta ni los unos , ni los otros.

¿Quién puede explicar hoy sin prejuicios la doctrina de la libertad religiosa que fue totalmente machacada durante y después del CVII?

Al principio Benedicto XVI habló de la hermenéutica de la continuidad como si aplicando esta palabra mágica se pudiera hacer borrón y cuenta nueva de todos los desmanes. Es importante señalar que para aquellos que permanecían a la espera de que la Iglesia aprobara sus ideas, aquellos que querían crecer a espaldas de la Iglesia necesitaron que el gran teólogo siguiera  hablando y así sacar del sombrero un nuevo giro. La hermenéutica de la reforma que es de continuidad y de discontinuidad.¡Válgame el cielo!. Lo peor de todo es que es así. Podríamos decir que durante la gran crisis arriana un sólo dogma estaba en peligro, pero hoy entre los modernistas agresivos y los moderados todo está en entredicho, todo está  en la mesa del diálogo. Todos los dogmas sufren la influencia de la evolución, del cambio , ninguno se libra de la máquina destructora.

El teólogo jesuita Avery Dulles. Sin ningún empacho hacía estas declaraciones:

 

Es más interesante para nuestro problema observar que el Vaticano II dio marcha atrás silenciosamente sobre posiciones anteriores del magisterio Romano en numerosas cuestiones de importancia. Los ejemplos más claros son suficientemente conocidos. (…) la Declaración sobre la Libertad Religiosa aceptó al Estado religiosamente neutro, negando así la opinión aprobada previamente de que el Estado debería reconocer formalmente la verdad del Catolicismo. 

En la teología de las realidades terrenas, la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo, actual adoptó una visión evolutiva de la historia y un optimismo moderado con respecto a los sistemas seculares de pensamiento, acabando así con más de un siglo de denuncias vehementes contra la civilización moderna.

Como resultado de estas y otras revisiones de antiguas posturas oficiales, el Concilio rehabilitó a muchos teólogos que habían sufrido restricciones severas en su capacidad de enseñar y publicar. Los nombres de John Courtney Murray, Teilhard de Chardin, Henri de Lubac e Yves Congar, todos ellos tenidos como sospechosos en la década de los 50, aparecieron de repente rodeados por un halo brillante de entusiasmo.

Con su práctica concreta del revisionismo, el Concilio enseñó implícitamente que es legítimo y hasta valioso disentir.

De hecho el Concilio admitió que  el magisterio ordinario del Romano Pontífice se había equivocado, y había dañado injustamente las carreras de hábiles y fieles teólogos”.

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Les dejo con un texto muy claro sobre la libertad religiosa :

La libertad r e l i g i o s a  por Alvaro DÓrs
La libertad religiosa ha sido solemnemente proclamada por el
Magisterio de la Iglesia, concretamente en la Dignitatis humanae
de Pablo VI. Dejando aparte la reserva de que se trata más de
“ l i b e r t a d ” que de “ d i g n i d a d” –lo que nos llevaría demasiado lejos
en el tema de la dignitas–, este principio debe ser respetado como
fundamental de la Moral católica, pero debe ser bien entendido
en cuanto a sus limites pues la misma Iglesia lo enuncia como
d e r echo a elegir el camino de la verdad religiosa y no como liber-
tad para el error.
En efecto, este principio debe entenderse en el sentido de que
no debe coaccionarse a nadie para que rechace un determinado
credo o se adhiera a él, es decir, como una libertad de las concien-
cias para vivir la verdad religiosa, pero la cuestión está en puntua-
lizar lo que se entiende por coacción, ya que, para la Iglesia, no
puede haber duda acerca de la verdad y el error en religión .
Porque toda predicación de la verdad podría verse como coacción
–y eso ha llevado a algunos a abstenerse de todo apostolado, y de
las misiones–, pero es claro que la Iglesia no lo considera así, aun-
que tampoco puntualiza dónde empieza la coacción, y ahí está
n u e s t ro problema para la aplicación política de ese principio. Es, desde luego, improcedente pensar que la libertad religiosa
implica la equiparación de todos los credos, o incluso de los monoteísticos, como si la Iglesia católica no estuviera segura de que sólo su credo es el verdadero. Así, se trata de no castigar el error religioso en la búsqueda, por las conciencias, de la ve rd a d ,
que no puede imponerse por la fuerza, es decir por la amenaza de
un mal intolerable, sin por ello dejar de denunciar el erro r. Esta
denuncia no es una coacción, a efectos de la libertad r e l i g i o s a .
La cuestión está en cómo una comunidad tradicionalmente
católica, en la que se ha vivido la confesionalidad del Estado,
puede aplicar ese principio sin deterioro de su propia entidad his-
tórico-política. Tal es el caso de España, donde el abandono inter-
mitente y accidental de su confesionalidad resulta haber contri-
buido siempre a la pérdida de su identidad histórica. Un régimen aconfesional se explica tan sólo en aquellos pueblos que, por haber sufrido la ruptura de la unidad religiosa, como no ocurrió en España, debe aceptar un régimen de neutralidad
religiosa, es decir, de agnosticismo, para poder vivir en paz; pero
no es neutral cuando ese agnosticismo –o el anticatolicismo sin
más– se ha convertido en dogma oficial: también tal Estado es
confesional y no pluralista. En ese sentido no puede negarse la
dificultad que encuentra un Estado católico para perder sus con-
fesionalidad y crear una ética pública convencional, desarraigada
de todo credo, a la que se ajusten sus leyes, como puede haber
ocurrido en pueblos que han nacido como pluralistas en lo reli-
gioso, sobre todo, pueblos coloniales cuya sociedad se ha forma-
do por la afluencia de emigrantes de distintos credos y razas, en
los que, precisamente por faltar la unidad religiosa, se ha impues-
to desde su origen la necesidad de una ética legal y convencional .
El caso de España es ilustrativo: al eliminarse la tradición católica
se ha hecho imposible toda ética pública, con grave repercusión
en el deterioro de la moral privada. Negar este hecho es negar la
e v i d e n c i a .

2 comentarios

  1. Los católicos parece que tenemos miedo a decir que la nuestra es la verdadera Iglesia. La única. En cambio todos los demás van de frente en alto , y no tienen ningún problema en defender su postura y pasar a llevar.
    Me imagino que será porque empezando por Francisco, los católicos deben arrastrarse pidiendo perdón y clemencia al mundo, y si no estás dispuesto a bajar el moño y aceptar que lo tuyo es una “verdad” más entre el montón, te apartan, te atacan , te tachan de loco, te miran con lástima, etc.

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