Nostra aetate vs Mortalium Animus . Cuando se traiciona la tradición.

RAMADAN

En nuestros intentos de entender la crisis que actualmente afecta a la Iglesia se ha vuelto inevitable dirigir una mirada retrospectiva a los sucesos que la precipitaron. Tal vez no haya un tema más polémico en este sentido que la cuestión de si el Concilio Vaticano II se echó injustamente a perder por culpa de una interpretación y puesta en práctica defectuosas –el mal definido y con frecuencia temerario espíritu del Concilio–, o si ya de por sí fue problemático y contenía en germen la actual coyuntura eclesiástica. Lo que sí es indiscutible es que en todo caso el Concilio cumplió un papel decisivo en el alejamiento del catolicismo contemporáneo de tradiciones de larga data –litúrgicas, sacramentales y doctrinales– de la Iglesia perenne.

No deja de causar preocupación cómo muchos sacerdotes, seminarios y movimientos eclesiales se dejaron arrastrar por este nuevo espíritu conciliar. Unos más, otros menos, pero todos al final fueron contaminándose. Cada uno deberá dar cuenta a Dios en qué medida ha contribuido a dilapidar la herencia que le ha sido confiada y en qué medida ha escandalizado y no ha sabido transmitir íntegro el espíritu de la tradición. Desde la liturgia, hasta el ecumenismo, desde el consentimiento del liberalismo hasta la ocultación del reinado social de Cristo, cada uno deberá rendir cuenta a Dios de su pequeño o gran papel en la demolición de la fe.

Algunas veces he comentado la sorpresa que me llevé cuando en el colegio de mis hijos uno de los profesores les explicó como todos pueden salvarse católicos , no católicos, musulmanes y demás siempre que tengan buena voluntad y recen sinceramente y no contento con esa explicación les dijo : “Y esto es doctrina de la Iglesia”  Está claro que para ese profesor la doctrina empezó en el CVII, porque estoy segura que ni él , ni muchos como él que dan religión en colegios católicos conocen la tradición en este tema.

Uno de los documentos que más daño causó en este aspecto fue sin duda Nostra aetate .

Nos explica P. Pasquelucci, UNAM SANCTAM: estudio de las desviaciones doctrinales de la Iglesia Católica en el siglo XX, Solfanelli, Chieti 2013, pp.437, 10-18.:

Las numerosas e inauditas afirmaciones, que inducen a error, atribuidas a religiones no cristianas en el documento Nostra aetate. Se llega al extremo de declarar que «no pocas veces reflejan un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres» (Nostra aetate2,2) y, por increíble que parezca, ¡exhorta a los católicos a que «reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen» (Nostra aetate 2,3)! Esta declaración –pero también Lumen gentium 16: «Adoran con nosotros a un Dios único» [nobiscum Deum adorant unicum et misericordem]– da la impresión de que incluso reconoce como auténtica la revelación proclamada por Mahoma y considera aceptable la cristología y mariología apócrifas del Corán (Nostra aetate 3,1). Con relación a los judíos, parece reflejar la creencia de que Cristo ya los ha reconciliado con los cristianos, pasando por alto que la sinagoga no se ha convertido y sigue siendo hostil a Cristo, mientras mantiene unas falsas esperanzas mesiánicas temporales. Esta supuesta reconciliación vuelve incierta la teología de la sustitución, que como sabemos supone una radical y evidente suplantación del cristianismo por el judaísmo como única religión verdadera revelada (Nostra aetate 4).

Hay que decir que después de este documento muchos lo consideraron ya la Nueva doctrina, a pesar de que muchas de las declaraciones estaban en contradicción con la encíclica Mortalium Animus de Pio XI:

Un objetivo similar es dirigido por algunos, en aquellos asuntos que conciernen a la Nueva Ley promulgada por Cristo nuestro Señor.  Puesto que ellos sostienen con certeza que los hombres indigentes de todo sentido religioso son raramente encontrados, parecen haber fundado en esa creencia una esperanza de que las naciones, aunque difieran entre sí en ciertos asuntos religiosos, sin dificultad vendrán. aceptar como hermanos en profesar ciertas doctrinas, que forman como si fuera una base común de la vida espiritual. Por este motivo, las convenciones, las reuniones y los discursos se organizan con frecuencia por estas personas, en las que están presentes un gran número de oyentes, y en las cuales todos sin distinción son invitados a participar en la discusión, tanto infieles de todo tipo como cristianos, incluso aquellos que se han alejado infelizmente de Cristo o que con obstinación y pertinacia niegan su naturaleza y misión divinas. Ciertamente, tales intentos no pueden ser aprobados por los católicos, fundados como están en esa opinión falsa que considera que todas las religiones son más o menos buenas y dignas de elogio, ya que todas manifiestan de distintas maneras y significan ese sentido que es innato en todos nosotros, y por el cual somos guiados a Dios y al reconocimiento obediente de su gobierno. No solo son los que sostienen esta opinión errónea y engañada, sino que también distorsionan la idea de la religión verdadera y la rechazan, y poco a poco.  desviarse hacia el naturalismo y el ateísmo, como se lo llama; de lo cual se desprende claramente que aquel que apoya a aquellos que sostienen estas teorías e intentan realizarlas, está abandonando por completo la religión divinamente revelada.

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