La escuela católica debe ser una escuela de santidad.

escuela católica

Siempre he llevado a mis hijos a colegios con ideario católico, pero siempre he echado de menos una auténtica identidad católica, sin complejos.

Es más siempre he visto un coqueteo con el mundo, un ponderar el éxito mundano, la técnica, el llegar muy lejos, el ser los mejores. Algo que casi nunca he entendido.

He visto un regateo en el que siempre había un tira y afloja, un con Cristo en esto, pero sin Cristo en aquello. Siempre había algo que me chirriaba y no podía entender qué.

Hoy he leído este artículo y creo que refleja muy bien la idea de lo que debe ser una auténtica escuela católica y sobre todo entiendo que este mensaje no debe quedar reducido a los muros del oratorio o capilla . Nos hemos acostumbrado detrás de un falso clericalismo que sólo deben ser los curas , quienes deben hablar así.

Si no recuperamos la identidad católica de nuestros colegios , quedarán reducidos a mera educación humanista , antropocéntrica. Si no unimos el mensaje humano con el mensaje divino todos esos colegios no servirán para nada. Les dejo con el artículo:

La escuela católica debe ser una escuela de santidad. Nuestros niños se merecen lo mejor: que nosotros – sus maestros – seamos santos y les enseñemos a ellos el camino de la santidad. No se merecen menos: sólo así serán verdaderamente felices. Eso es lo mejor que les podemos ofrecer. Y para ellos debemos seguir el ejemplo de María: decir sí al Señor, dejarnos preñar por su Gracia y dejar que Él actúe en nosotros para que podamos decir con San Pablo: “No soy yo, sino Cristo que vive en mí”.

¿Qué debe propiciar la Escuela Católica?

La Escuela Católica tiene que propiciar que los alumnos adquieran:

1.- Sabiduría: debemos transmitir conocimiento impregnado de caridad. El alumno aprende cuando se siente amado. Nuestros alumnos deben crecer en sabiduría y para eso tiene que conocer las ciencias, las artes, las humanidades, la gramática, la filosofía, la teología, la literatura… Debemos combatir la ignorancia y promover la excelencia. Pero siempre debemos enseñar desde el amor, desde el cariño, desde la ternura. Y también desde el castigo siempre que sea necesario. Porque amar también es corregir. Y amar también es rezar por nuestros niños y por sus familias.

2.- Entendimiento: debemos desarrollar la inteligencia del alumno para que sea capaz de comprender la realidad que le rodea para que sea capaz de descubrir los signos de Dios inscritos en la Creación. El niño debe desarrollar la razón y la lógica para buscar siempre la verdad y no ser engañado por la propaganda ni ser manipulado por las ideologías y los intereses de los poderosos. Dios es el Logos. Razón y fe no están reñidas, sino que se complementan.

3.- Consejo: debemos ayudar a los niños a discernir sobre lo que deben hacer y lo que no, para que sepan distinguir entre lo que les conviene y lo que deben evitar. Debemos ayudar al niño a formar rectamente su conciencia para que tenga un sentido crítico que le permita elegir lo bueno y rechazar y combatir contra el mal.

4.- Fortaleza: tenemos que educar a los niños para que sean fuertes ante las adversidades. No vale tener a los niños entre algodones. No se debe hiperproteger porque no les hacemos ningún favor a los alumnos. Hoy en día tenemos muchos niños blanditos, incapaces de soportar la frustración. Los niños tienen que aprender a sobrellevar las contrariedades de la vida, a resistir a las tentaciones, a controlar sus pasiones y a resistir las presiones del ambiente y de las modas dominantes.

5.- Ciencia: los niños deben saber valorar rectamente el valor de las cosas. Decía San Juan Pablo II:

“Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo”.

El fin de la propia vida no son las cosas, sino Dios: esa es la ciencia que debemos enseñar a los niños. Las cosas deben verlas como manifestaciones verdaderas y reales, aunque limitadas, de la verdad, de la belleza, del amor infinito que es Dios. No es el hedonismo, no es la lujuria, no es hacer lo que me apetece o lo que me gusta lo que me hará feliz: es el amor, es la caridad, es la entrega, es la donación de uno mismo.

6.- Piedad: amar a Dios y amar al prójimo. Debemos desarrollar la capacidad de los niños de mostrar ternura hacia Dios y hacia el prójimo. Esa es la verdadera solidaridad de los cristianos: la caridad. Caridad es compasión, es dulzura, es comprensión, es empatía, es entrega, es ayuda, es generosidad…

7.- Temor de Dios: no miedo a Dios. El temor de Dios consiste en no querer ofender a Dios, en el deseo de cumplir los mandamientos, de cumplir un código ético, de llevar una vida moral coherente. El temor de Dios es el deseo de ser santos y de vivir en gracia ante Dios y ante los hombres. El temor de Dios desarrolla la humildad de sabernos limitados y necesitados de la gracia de Dios para levantarnos de nuestras caídas, de nuestros fallos, de nuestras debilidades. A Dios no se le puede engañar ni ocultar nada. El temor de Dios consiste en tener las lámparas llenas de aceite: nos prepara para el encuentro con Dios. El temor de Dios nos ayuda a llevar una vida decente, a levantarnos cada mañana y poder mirarnos en el espejo sin que se nos caiga la cara de vergüenza.

Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios: son los siete dones del Espíritu Santo. Y la escuela debe ser templo del Espíritu Santo. Los maestros debemos vivir en gracia para que el Espíritu Santo nos enseñe a educar. Y debemos rogar al Señor que envíe sus dones a nuestros niños y nos los envíe a nosotros mismos como educadores. Porque Cristo es el verdadero y único Maestro. Nosotros – desde el director hasta el último maestro – no somos más que inútiles siervos suyos. Si nosotros vivimos llenos del Espíritu Santo, los niños lo perciben. Y aprenden… Pero el mérito y la gloria y la alabanza sea siempre para nuestro Señor. Suyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos.

Sólo dejándonos educar por el Espíritu Santo, puede cambiar el mundo. Sólo los santos cambian el mundo, por la gracia de Dios.

http://www.infocatolica.com/blog/gobiendes.php/1806251124-solo-cambiando-la-educacion-s#more36129

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