Los cristianos católicos afirman: «es preciso que reine Cristo» sobre nues­tros pueblos .Los modernos, liberales quieren lo contrario: «no queremos que Éste reine sobre nosotros»

Narnia Lion witch wardrobe witch Cair Paravel concept art accessed 07-10-2011 1-32pm

 

El naturalismo liberal, propugnando, por ejemplo, la legalidad del divorcio o del aborto, mucho más que el divorcio o el aborto lo que le importa en re­alidad es lu­char contra las personas o institucio­nes que continúan afirmando un orden natural inviolable, funda­mentado en el mismo Creador. Ahí es donde se centra su batalla. Y es muy importante entenderlo. Al exigir, por ejem­plo, «la igualdad de derechos entre el matrimonio y las parejas homo­sexuales» –algo manifiestamente irracional–, no está luchando propiamente en fa­vor de gays y lesbianas, está luchando principalmente por eliminar todos los restos del influjo de Cristo sobre la sociedad; está luchando por afirmar de una vez por todas una sociedad en la que, sin Dios ni orden natural, no haya más autoridad que la de el hombre solo. Eso es lo que de verdad le importa.

Un ejemplo. Las autoridades sanitarias de Inglaterra y Gales legalizan y favorecen la contracepción en adolescentes de 13 a16 años (prensa, octubre 2012). En ambulatorios de la Seguridad Social, siguiendo un programa establecido, 7.400 niñas y adolescentes de esas edades han recibido tratamientos e implantes anticonceptivos sin el consentimiento previo de sus familias –se da por supuesto que, ya a esa edad, la persona tiene pleno uso de razón y de libre voluntad–. Con ello, obviamente, el Gobierno está promoviendo el ejercicio de la sexualidad desde edades cada vez más tempranas. Pero no es ésa su finalidad principal: su propósito mayor es lograr que en la vida social el ejercicio de la libertad de los individuos, en ciertas materias –en ciertas materias–, no se vea frenada por ninguna ley civil; su meta decisiva es crear una humanidad plenamente autónoma, del todo independiente de las leyes divinas o naturales, afirmando así hasta el límite el principio fundamental del liberalismo: el hombre es el único señor de sí mismo: él es el único dios de este mundo. Esto es lo decisivo. Y en ese mismo empeño diabólico colaboran igualmente conservadores y laboristas, liberales y socialistas. Están todos en lo mismo. Son todos de la misma sangre.

El «celo apostólico» naturalista tiene una sorprendente intensidad proselitista. Concretamente, el Estado sinDios –sea marxista, socialista o democrático liberal– es, de una u otra forma, como ya vimos (107-108), un Leviatán monstruoso, que tiende siempre a dar forma mental y prác­tica a la sociedad, aplastando con una ingeniería social implacable tradiciones, instituciones y expresiones comu­nitarias naturales, reduciendo las personas a individuos anónimos masifi­cados y manipula­bles, eliminando la varie­dad de costumbres y derechos, imponiendo una interpretación de la historia y un mo­delo único de educación y de sociedad, sujetando el cuerpo social con miles y miles y miles de leyes, dominando más y más la situación económica de los ciudadanos con im­puestos y regulaciones siempre crecientes, y fomentando decididamente en el pueblo la imbecilidad más inerme: «panes et circenses». Es la Bestia apocalíp­tica que, con fe­roz violencia y, más frecuentemente, con insidiosa y envolvente suavidad, conduce al pueblo a la Apostasía.

La Iglesia lucha permanentemente contra el naturalismo liberal moderno, conside­rándolo inconciliable con el cristianismo, y causa de atroces males para la vida pre­sente y la futura. La Iglesia ve en la concep­ción naturalista del mundo y del orden polí­tico una máquina para ateizar al pueblo y para aplastarlo con indeci­bles calamidades, que el Magisterio apostólico anuncia y denuncia una y otra vez.

Recordaré algunos documentos principales. La Iglesia describe y combate con energía los errores modernos (Gregorio XVI, Mirari vos 1832; Pío IX, Syllabus 1864). Rechaza las de­rivaciones naturalistas, socialistas o comunistasdel liberalismo (Pío IX, Quanta cura 1864). Impugna todas las formas de concebir la vida mundana sin Dios o con­tra Dios (León XIII, Quod Apostolici muneris 1878, socialismo; Diuturnum 1881, poder civil; Humanum genus 1884, masonería; Im­mortale Dei 1885, constitución del Estado; Libertas 1888, libertad verdadera; Rerum no­varum 1891, cuestión social; Testem benevolentiæ 1899, americanismo; Annum sacrum 1899, potestad regia de Cristo; S. Pío X, Pascendi 1907, modernismo; Pío XI, Mit brennender Sorge 1937, nazismo). Llama Pío XII a superar con el cristianismo los errores y horrores del mundo moderno (Summi Pontificatus 1939; Oggi 1944), enseña las condiciones irrenun­ciables de una demo­cracia digna y benéfica (Benignitas et humanitas 1944), y el necesario influjo salvífico de la Iglesia so­bre los pueblos (Vous avez voulu 1955). El Magisterio de la Iglesia enseña así los principios de justicia y de solidaridad real que el mundo moderno está ig­norando (Juan XXIII, Mater et Magistra 1961, Pacem in terris 1963; Juan Pablo II, Redemptor hominis 1979).

Es un combate incesante entre la Iglesia de Cristo y el mundo liberal moderno, que quiere construirse sin Dios, al margen de Dios, y a veces contra Dios; en todo caso, cerrado en un humanismo naturalista absolutamente autónomo.De un lado, los cristianos católicos afirman: «es preciso que reine Cristo» sobre nues­tros pueblos (1Cor 15,25); sin Él, no hay salvación ni temporal ni eterna (Hch 4,12). Al otro lado, los modernos, liberales y deriva­dos, quieren lo contrario: «no queremos que éste reine sobre nosotros» (Lc 19,14).

Del blog Reforma y apostasía del padre Iraburu

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