“Para el liberal bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos”

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Seguimos hablando de liberalismo, hay algunos católicos que siguen obstinados en ocultar su identidad católica, como si pudieran quitársela como una chaqueta.

Decía Monseñor Sanahuja que Dios espera de nosotros un testimonio de fe íntegra y no un dialoguismo, que de la pérdida de identidad católica se convierta en apostasía y a eso conduce el liberalismo y el ocultar nuestra identidad católica. No me imagino a San Pablo confesando a Cristo unas veces sí y otras no según convenga, no me imagino a San Pablo identificándose con la Iglesia de Cristo unas veces sí , otras no según convenga.

Les dejo con la entrada del padre Iraburu:

–Yo diría que usted tiene una fobia antiliberal.

–Le aseguro que la fobia del liberalismo contra la Iglesia es mucho mayor. Los cristianos hemos recibido de Cristo el mandato de «amar a nuestros enemigos». Y los liberales no.

La palabra liberal, liberalismo, como todas las palabras importantes, tiene muchas acepciones. Aquí la considero ante todo –como normalmente lo ha hecho el Magisterio de la Iglesia–, en su acepción filosófica, pero también en sus derivaciones culturales, políticas y sociales.

La Ilustración lleva al Liberalismo, que consiste en la afirmación de la libertad del hombre por sí misma, independiente de la voluntad de Dios y del orden natural por Él creado. Implantado en las antiguas naciones cristianas desde finales del siglo XVIII, hasta nuestros días, en un crecimiento cada vez más acelerado, fue entendido desde el principio por el Magisterio apostólico como el rechazo de la soberanía de Dios sobre el hombre y el mundo. Es, pues, un modo histórico del naturalismo militante, un ateísmo práctico, una rebelión contra Dios (1888, León XIII, enc. Libertas 1,11,24). Y es muy importante entender bien que del liberalismo nacen el socialismo y el co­munismo: son hi­jos suyos naturales (1937, Pío XI, enc. Divini Redemptoris). Liberalismo, socialismo y comunismo son entre sí familiares de la misma sangre.

 

Cuando el liberalismo alza lo humano, como valor absoluto, frente a Dios, puede hacerlo, como de hecho lo ha realizado en la historia, en modalidades muy diversas –la mayoría soberana, el pluripartidismo, el partido único, la raza, el jefe carismático, etc.–. Pero todas esas modalidades, lo mismo el liberalismo que el comu­nismo, el socialismo o el nazismo o las dictaduras personales, coinciden siempre en el rechazo de la soberanía de Dios sobre el mundo. En todos ellos es el hombre el que, haciéndose como dios, establece la diferencia entre lo bueno y lo malo, sin referencia alguna a Dios y al orden natural por él creado. Todos ellos caen en la primitiva tentación diabólica: «seréis como Dios, conocedores del bien y el mal» (Gén 3,5). Unos y otros son modos diversos del milenarismo naturalista –«el cielo bajará a la tierra»–. Y al estar todos inspirados por un mismo espíritu diabólico, son siempre homicidas y destruyen las culturas y los pueblos.

El mundo moderno liberal se construye como una contra-Iglesia, pues quiere vivir sin­Dios y sinCristo. En las antiguas naciones cristianas de Occidente se implanta progresivamente desde hace dos siglos en el pensa­miento y las instituciones, las leyes y las costum­bres. Y por supuesto es após­tata, pues todo él procede del cristianismo. Rechazando la guía de Cristo, en realidad se va configurando contraCristo. Este mundo liberal cree que «la ra­zón humana, sin tener para nada en cuenta a Dios, es el único árbitro de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal; es ley de sí misma; y bastan sus fuerzas naturales para procurar el bien de los hombres y de los pueblos» (1864, S. Pío X, Syllabus 3).

La unidad radical que existe entre liberalismo y comunismo, socialismo o nazismo, explica que todos ellos sean profundamente hostiles hacia la Iglesia, y que todos ellos, aunque pe­leen muchas veces entre sí, llegado el caso, pue­den llegar a compromisos cómplices, pues coinciden al menos en lo fundamental. Todos están en la misma opción radical: «no quere­mos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14). Todos coinciden en el principio más decisivo: «los hombres, solamente si se gobiernan sin sujeción alguna a Dios, podrán llegar a ser como dioses, conocedores del bien y del mal» (cf. H. Graf Huyn, Seréis como dioses; Ediciones Internacionales Universitarias, Barcelona 1991).

Así pues, no es la Iglesia la culpable de sus dificultades con el mundo moderno liberal. Ésta es la calumnia tópica, antigua y actual, no sólo de los ateos, sino especialmente de los modernistas y católicos liberales, que así pre­tenden justificar sus complicidades, concesiones y adulaciones hacia el mundo. Por supuesto que dentro de la Iglesia hay pecados y torpezas, y los habrá siempre; pero es el mundo liberal el que, consumando la ruptura con el cristianismo iniciada en el Renacimiento, se va constituyendo más y más como una contra-Iglesia. Y llega al despotismo del partido único o del pluripartidismo; proclama por ley el derecho al aborto, financiado por todos los ciudadanos; etc. Se sigue cumpliendo así la palabra de Cristo: «el que no está con­migo, está contra mí, y el que conmigo no re­coge, desparrama» (Mt 12,30).

El naturalismo liberal se ha ido extendiendo unas veces –por conveniencia oportunista, sobre todo en la alta burguesía, por intereses personales, económicos, de promoción social, etc.; y también otras veces –por convicción intelectual, especialmente entre los hombres de la universidad o de las profesiones liberales.Unos y otros han esperado del liberalismo –atención: o de cualquiera de las derivaciones del liberalismo, ya señaladas– la felicidad de los pueblos, y aún más la suya propia. En efecto, así como Demas, «enamorado de este mundo presente», dejó a San Pablo (2Tim 4,9), también no pocos católicos de las clases altas, en la so­ciedad civil y en la eclesial, «enamorados de este mundo», dejaron el seguimiento verdadero de Cristo y de su Iglesia, aunque muchos de ellos –ahora ya no tantos– se siguieran considerando cristianos. Siempre han tenido una determinada determinación de pasar por todo, o casi por todo, antes que verse marginados de la ortodoxia mundana vigente. Cual­quier cosa antes que «perder el tren de la historia».

Pues bien, no tiene nada de extraño que el mundo moderno liberal haya perseguido du­ramente a la Iglesia en los dos siglos últi­mos, ya que ello viene exigido por sus mismos principios doctrinales. Unas veces lo ha hecho con las armas; otras, las más, con acciones inteligentes y progresivas en la política y la cultura, en la educación escolar y la universidad, en la banca y los medios de comunicación, etc. Estas acciones son mucho más eficaces, y reducen siempre lo más posible el influjo cristiano en la vida de los pueblos.

El mundo liberal entiende la causa de la moderni­dad como una lucha contra los hombres e instituciones que se obstinan en afirmar la abso­luta soberanía de Dios sobre este mundo. Los hombres modernos liberales estiman como vocación pro­pia «luchar contra los obstáculos tradicionales», con­tra el fanatismo del clero y del pueblo, contra sus in­numerables tradiciones cristianas –educación y costumbres, arte y fiestas, folclore y cultura–.

Del blog del padre Iraburu: Reforma o apostasía

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