Doctrina política de la Iglesia. Por el Padre Iraburu (VIII)

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San Luis, rey de Francia

 

Ascética, utópica y política

No es infrecuente la sospecha de que los hombres utópicos, al pretender la perfección comunitaria, aunque sea en una comunidad reducida, se incapacitan para la acción política, pues ésta se mueve siempre en el campo del bien posible, y llevada de un sano realismo, no tiende hacia lo perfecto. Tal cosa puede darse, en efecto, al menos como tentación. Podrá darse, pero como un error o como una vocación especial, que un hombre ascético, buscando con empeño su perfección personal, se retraiga de la vida comunitaria y no quiera implicarse en servicios políticos. Como también podrá darse que algunos, dedicados intensamente a conseguir la perfección utópica de una pequeña comunidad, se desinteresen de la vida política, llena de mediocridades, oportunismos y trampas. Todo esto, sin duda, puede darse; pero no tiene por qué darse.

Las tentaciones existen en todas las situaciones posibles; y aunque es bueno conocerlas bien, para estar alertas, no es necesario caer en ellas. Esa cuestión, vista en la perspectiva contraria, mucho más realista, es muy simple: ¿qué clase de política hará el hombre sujeto a las pasiones en su vida personal? ¿O cómo buscará el perfeccionamiento de la sociedad aquél que no busca su propia perfección personal? ¿Qué sinceridad tendrán los proyectos políticos para una mayor justicia que no son anticipados en la vida concreta del político y de su familia, sin esperar a que se produzcan en la sociedad? ¿Es creíble, por ejemplo, el político que pretende trabajar por una más justa igualdad económica, si en tanto ésta se logra, se resigna a vivir como los más ricos?…

El testimonio de la vida de grandes políticos honestos de la historia -como un San Luis de Francia- da respuesta elocuente a esas preguntas.

Gabriel García Moreno (1821-1875), eminente político católico del Ecuador, unió también de modo admirable ascetismo y política. Después de dos períodos presidenciales, y elegido para un tercero, fue asesinado por el liberalismo masónico cuando salía de rezar, del modo acostumbrado, en la Catedral de Quito (Iraburu, Hechos 550-557).

¿Qué otro modo hay de renovar el mundo secular? Unos novios, por ejemplo, que libres de las costumbres vigentes, se comportan como Dios manda, están transformando «el mundo de las relaciones prematrimoniales». Y cuando estas renovaciones se van realizando en grupos mayores, puede llegar un tiempo -a los treinta años o a los tres siglos- en que afecten al conjunto de la sociedad. ¿Cómo ha de concebirse si no la transformación cristiana de las realidades seculares? (Cto.-M 177-178).

El Reino de los Cielos «es semejante a un grano de mostaza», que siendo tan pequeño, llega a hacerse un gran arbusto, «y echa ramas tan grandes, que a su sombra pueden abrigarse las aves del cielo» (Mc 4,31-32).

La vida ascética, consumada en la mística, puede llevar a la persona a perfección. Y la vida utópica, aunque más precariamente, puede alcanzar también en la comunidad una cierta perfección. La vida política, en cambio, para ser digna, debe pretender cuanta perfección sea posible en la sociedad; pero hasta que venga el Reino de Cristo en plenitud, ésta se mantiene siempre sumamente imperfecta.

En fin, cualquier hombre de buena voluntad, que no tenga la mente oscurecida por ideologías falsas, comprende fácilmente que entre ascética, utópica y política no hay contradicción alguna, sino mutua exigencia y potenciación.

¡ que arda tu corazón!

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